viernes, 23 de mayo de 2014

VIOLETAS PARA AMALIA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



Dicen que el amor nos hace ver las cosas de una manera diferente cuando permitimos que entre en nuestras vidas. ¿Permitimos que por miedo o por lo que digan los demás se nos escapen oportunidades?

(DEDICADO A MI VECINA PILAR )


VIOLETAS PARA AMALIA


Como todos los días, Antonio se acicaló con discreción, pero sí lo suficiente como para intentar impresionar a Amalia. Se había despertado más temprano de lo habitual, pues le parecía que la cama se encontraba provista de alfileres puntiagudos que azuzaban a sus carnes para que se irguieran de una vez. Las horas, los minutos, discurrían perezosamente, y pensó que el mejor remedio para aplacar su intranquilidad era la prematura actividad. 


El pijama cayó al suelo, como una inerte piel de serpiente expulsada ante la aparición de una nueva, cuando se introdujo la ducha. Se demoró bajo ella hasta que el agua fría terminó por despejar sus pensamientos y vigorizar su cuerpo. Se afeitó cuidadosamente para no infringirse los cotidianos cortes o enrojecimientos en su castigada piel. Se peinó meticulosamente y se echó colonia, sonriendo con incredulidad ante el recuerdo de los gratificantes efectos sensuales que su publicidad prometía. Eso sí, se puso la camisa blanca que ella le había regalado por su cumpleaños, dos meses atrás. Se contempló satisfecho ante el espejo que, tal como esperaba, le devolvió un guiño de complicidad. 

Desayunó en la cafetería de la esquina. El ser cliente asiduo tiene la ventaja de intercambiar “buenos días” y obtener en la mesa lo que se desea. Algunos camareros, por cortesía, solían añadir: “¿Lo de siempre?”. Degustó el café con churros con una fruición que a él mismo sorprendido, procurando no ensuciar su impoluta vestimenta. Y ahora -como siempre- se encontraba quince minutos antes de lo previsto en el lugar de la cita, sentado en uno de los viejos bancos cercanos a los almendros. Siempre se había sentido atraído por ellos. Árboles aparentemente muertos durante meses, de pronto, de su sequedad manifestaban vida, flores rosadas o blancas se abrían escandalosamente de entre unas ramas desprovistas aún de hojas. El parque era amplio y cuidado. Gracias al casi nulo ruido del tráfico podía apreciar el canto de los gorriones, a veces nerviosos, en ocasiones confiados, que cabían en un puño. Con épico valor se aproximaban para picotear, nerviosamente, las migajas abandonadas de meriendas infantiles. 

Le gustaba acudir el primero a la citas, revivir la sensación de descubrimiento, de novedad, atracción al verla aparecer destacando de entre todas las mujeres como un ángel de mirada azul, muy azul. Cotidianamente dedicaba este interludio a recordar el como la conoció. Fue allí mismo: faltaban días para hacer un año. Sí, los almendros ya habían roto en flor. Durante uno de sus paseos había posado sus ojos en ella inevitablemente. Se encontraba sentada, llorosa, ausente, con una apariencia de sangrante soledad. Antonio pensó primero en ignorarla, en no entrometerse en aquella vida ajena. ¡Bastante tenía con sus propias preocupaciones! Finalmente se sentó junto a ella en el otro extremo del banco e intentó entablar conversaciones intrascendentes y tópicas que la distrajeran o, incluso, arrancaran el esbozo de una sonrisa. Así, sin pretenderlo, sin esperarlo, sin desearlo... empezó todo. Tímidamente comenzaron a buscarse cada vez que iban al parque, procuraban sentarse cada vez más cerca el uno al otro. Un año significaba muchos paseos compartidos, conversaciones mantenidas, confidencias intercambiadas. El invierno había favorecido otro tipo de intimidad al tener que guarecerse en la cafetería con terraza cerrada climatizaba que permitía nuevas complicidades. 

No, no fue un flechazo. El no había creído nunca en ellos. Fue el paulatino conocimiento mutuo, y el compartir esperanzas y desesperanzas, ilusiones, momentos en la mesa, cines, actividades en común; el pasado, un poco de futuro y sobre todo el presente. No, - reflexionó- esa relación no nació como una solución para matar el tiempo, era para vivirlo. Así lo sentían ambos a pesar de todas las adversidades. Antonio deseaba llegar hasta el final, dar el paso decisivo, expresar visiblemente sus deseos y sentimientos. 


Con puntualidad, ella apareció. A él se le alteró el corazón como el primer día. Ella, al verle, retocó su cabello recogido en un acto de inconsciente coquetería. Lucía un vestido estampado en tonos azules, unos zapatos y un bolso perfectamente conjuntados junto una blanca pasmina ligera, mas como complemento coqueto que por necesidad climatológica. ¡Siempre en ella la azul! ¡Se acercaba su dulce princesa, la reina de su corazón, la dueña de su vida, el despertar de su alma! 

El se levantó; le dio besó en la mejilla depositando en sus manos un ramillete de violetas y se sentaron juntos en el banco, muy juntos. A ninguno pareció molestarle. Mirando nerviosamente a su alrededor, por si alguien les observaba, se cogieron de la mano y decidió hablar. En el interior de su boca encontró piedras frías que incomodaban su dicción y absorbían su saliva como si fueran esponjas marinas. Nada de lo que tenía tan primorosamente preparado salió de sus labios. No era su memoria, sino su corazón el que le dictaba las palabras. 

-Amalia, gracias por acudir una vez más. Siempre temo que un día no te presentes, que te hayas cansado de mí, de esta situación. Sabes lo mucho que significas para mí, a pesar de que nunca te lo he dicho claramente –añadió bajando la mirada-. Sabes que, hasta cierto punto, lo que estamos haciendo es absurdo. Un absurdo para los demás, sin embargo para mí es lo más coherente y palpable de mi vida. -Antonio inspiró profundamente. Las pequeñas rocas le seguían incomodando. Al fin, tras unos segundos de dudas y titubeos, se decidió. 

-Mis sentimientos van mas allá de la amistad…No me salen las palabras. No me juzgues mal. Te quiero, Amalia. 

Una extraña sensación de serena euforia invadió a Amalia. El instante imaginado mil veces se había hecho realidad. En el pecho de la anciana comenzó a latir el corazón de una jovencita. ¡No era una locura! ¿Era posible volver a vivir? Una lágrima se deslizó por sus arrugadas mejillas. El azul sólo se nubló en sus ojos. 

-¡Amalia! -Replicó el nerviosamente- ¿Te he ofendido? ¿Te ha molestado lo que te he dicho? 

-No, al contrario.- calmo ella, dándole una cariñosa palmadita con la mano libre. 

Con su mano derecha, en la que se apreciaba el paulatino avance de la artritis, se dejó llevar por lo que sentía. Sin darte importancia a que el resto de los jubilados miraran o no, acarició sus blancos cabellos, esos cabellos que en algún tiempo fueron negros, rizados, siempre rebeldes. Hacía lustros que habían dejado de existir para dar paso al color del otoño, casi del invierno 

-¿No te das cuenta de que yo también te quiero, aunque digan que somos unos viejos? En realidad lo somos –apostilló encogiéndose de hombros-.Afirman que a nuestra edad ya no hay lugar para el amor o las pasiones, sin embargo -afirmo con dulce ironía y sonrisa abierta- eres el príncipe azul que esperaba desde mi juventud. 

Antonio escuchaba atentamente y las piedrecillas se disolvieron como terrones de azúcar, dejando en su paladar un regusto a sosiego. 

-Estoy confusa –reconoció-. Somos viejos. ¿Qué es lo que sentimos si nuestros cuerpos no son que eran? Somos arrugas, achaques, una colección de pastillas, dentaduras postizas, estamos más cerca del fin de lo que creemos…. 

-Amalia, desde que me jubile mi vida no ha sido más que soledad. Al no haberme casado el trabajo llenaba el vacío, me evitaba pensar demasiado en él. Nunca encontré una mujer que me amara; tal vez no aprendí a amar lo suficiente para descubrir y conservar el amor. Buscaba a otras cosas... ¡Ya sabes! 

Amalia intentó interrumpirle con un gesto de fingido escándalo. Le impidió continuar con el tema. El gusto de su boca ahora era dulce y siguió por otros derroteros. 

-No hagamos caso al mundo que pretende condenarnos a la insensibilidad, que intenta convencernos de que somos inservibles para amar, para esperar, para vivir en deseos o pasiones. No escuchemos a nuestros compañeros, que nos miran asombrados como si estuviéramos cometiendo un pecado, como si quebrantáramos las buenas formas y maneras, como si él cariño estuviera reservado a los jóvenes. Hagamos las locuras que nuestra juventud no cometimos, o repitámoslas. No por ello aceptaré ser “un viejo verde” 

-Antonio -objetó ella con curiosidad- ¿Qué es lo que puedes ver en mí, en un cuerpo erosionado por los años que no es la sombra de lo que fue? Otras mujeres, que se conservan mejor o que son más jóvenes podrían ofrecerte más. 

-Te quiero a ti. Quiero a estas manos apergaminadas, casi resecas, deformadas -susurró tomándolas más fuertemente entre las suyas- porque son capaces de acariciarme sin lástima o piedad. Para mí son tersas y suaves, son delicadas y hermosas como las de una jovencita. Son las manos que me dan y transmiten ternura. Sí, todo tu cuerpo tiene caminos que los años han recorrido por tu vida, al igual que el mío. Para mí tus mejillas son sonrosadas, tus ojos luminosos; tu boca, radiante, pues es la que me dice que me quiere aunque calle discretamente, y no otra. 

Amalia no pudo evitar sonreír. La verdad es que no podía negar que su pretendiente fuera un conquistador nato. ¡Que habría sido de joven! Sus palabras no la habían hecho sentir más joven, pero sí menos vieja. Recordó otros hombres, otras declaraciones, otros besos, otros cuerpos. Mensualmente se difuminaban, se confundían, se entremezclaban. El hambre impulsa a veces a cometer actos que no se desean, pero que parecen ser la única salida. Recordó, ya sin amargura, a los hombres a los que se entregó durante la guerra civil y postguerra para alimentar a su familia. Vino a su memoria la imagen de su fugaz marido, que la abandono con tres hijos pequeños para irse -como suele suceder- por otra más joven. Antonio estaba al tanto de esa oscura parte de su pasado, y aun así... Reflexionó. No, no habría tenido demasiada suerte con los hombres. 

-Está bien- concedió ella-. Vivamos los años que nos quedan con toda la intensidad que podamos. Neguémonos a convertirnos en despojos eternamente pegados al televisor, enfrascados en sus recuerdos, en los errores cometidos ó en aquello que perdimos. Apostemos por el futuro, aunque ese futuro pueda terminar mañana. Lo importante es amar, sentirse vivo, el que ya no nos encontramos solos; el que mi príncipe ha venido, después de tantos años, a rescatarme con su brillante armadura y afilada espada del monstruo que me tenía encerrada en el castillo de la soledad. 

Ahora fue el quien rió jocosamente al verse comparado con tan hidalgo personaje. En los ojos de Amalia, encontró el mar sereno una vez más, y contemplando respondió: 

-¡Valiente príncipe achacoso! ¡Con bastón en lugar de espada, con faja para la hernia en lugar de resplandeciente coraza! 

Ella beso sus labios logrando que Antonio se ruborizara ligeramente. Como a una doncella, apoyó la cabeza sobre su hombro contemplando el ramo de violetas. El más hermoso que nunca tuvo. 

A su lado, como todos los años en su aproximada fecha, los almendros despuntaban gloriosamente. Promesas de flores. Frente a ellos, en otro banco, un vejete con sombrero y gafas bifocales que fingía leer el periódico distraídamente les sonrió con complicidad. 

Pasados unos minutos alzó los ojos y ya no les vio. En cambio, su amigo Tomás se aproximaba con sus muletas nuevas tras someterse a un cambio de prótesis de cadera. En su fuero interno, deseo que se sentara a su lado. Ambos sabían de sus mutuas correrías, de sus amores pasados llenos de cautela por época en la que les había tocado vivir. 

-¡Hola , Buenos días! -dijo él, tomando asiento con esfuerzo para no caer de golpe-. 

-¡Hola! -replicó, arrojando el diario en la papelera cercana- “¿Y si me atreviera a decirselo?”-sopesó.







martes, 13 de mayo de 2014

RESEÑA DE LA NOVELA "PORVENIR" DE P. A. GARCÍA.







RESEÑA  DE LA NOVELA PORVENIR DE P. A. GARCÍA

La obra de P. A. García se puede definir inicialmente como una "novela de naves" que se transforma en una novela apocalíptica. Pero no es tan simple. No es ciencia ficción "dura" a la usanza y, por ello, no renuncia a presentar ciertos aspectos de coherencia y rigor científico-técnicos que son de agradecer en el género, haciéndolo así más cercano. Esencialmente y como premisa podemos descubrir que intenta ser una advertencia sobre el nefasto futuro que puede esperarle a la humanidad si continúa contaminando el planeta, agotando sus recursos, superpoblándolo de manera insostenible y dejándose llevar por la codicia y el enfrentamiento. Todos los temas los tenemos en mente continuamente, ya sea por propia reflexión o por la influencia de los medios de comunicación, ante los cuales la mayoría nos hemos anestesiado.

P. A. García consigue acercarnos a ellos de manera sutil bajo una apariencia inocente para terminar implicándonos de manera más directa.  Para otros lectores puede destacar más el aspecto futurista con pinceladas acertadas de terror psicológico. Ante la misma novela hay conclusiones comunes por parte de los lectores, pero también muchos reflejos personales. Para descubriros tendrás que leer la novela Porvenir, de la cual os dejo una breve sinopsis:

Es el año 2.59. La contaminación, la superpoblación y el abuso de los recursos naturales están llevando al planeta Tierra al colapso.Por ello ser organiza la misión Tellus, con la finalidad de encontrar un mundo lo suficientemente similar a la Tierra como para convertirse en un nuevo hogar para la humanidad.

A  las órdenes del comandante Lubos Uldin, se reúne en la espacio-nave Porvenir un equipo de científicos del más alto nivel. Tras dos años de viaje y apunto de dar por fracasada la misión, encuentran una luna aparentemente habitable orbitando uno de los gigantes gaseosos del sistema Procyon, un rico conjunto planetario a once años luz de la Tierra.

Es el gran descubrimiento que estaban buscando y que puede cambiarlo todo. El vehículo de desembarco Rohan se desprende de la Porvenir y se posa en la superficie de la luna. La tripulación contempla maravillada que está es un paradisíaco retrato de la Tierra. Los astronautas envueltos en trajes espaciales como medida de protección, comienzan a recoger muestras de aire, agua, tierra y vegetación... siguiendo una senda que los conduce a una exuberante selva. El descubrimiento puede suponer la solución a las penurias de la vida en la desbordada Tierra. Pero lo que parecía el mayor hallazgo de la historia de la humanidad pronto mostrará una siniestra cara oculta.



P.A. García nació en Pontevedra en 1982. Tras licenciarse en psicología en año 2005 trabajó como psicólogo forense en procesos de separación y divorcio. Durante ese periodo se inició en el mundo de la escritura con sendos relatos de terror: Ecce Homo y El Vigilante.
Fue en 2011 cuando se volcó en la escritura de Porvenir, su primera novela de ciencia ficción, auto-publicada finalmente en 2013. Actualmente se encuentra inmerso en la escritura de su próxima novela.

Enlace a la novela en Amazon.es: http://amzn.to/1d4HVUF
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miércoles, 7 de mayo de 2014

LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ






Un pasado que aunque parezca lejano muchos podréis recordar. Eran otros tiempos...

(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO)



   LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983

La exótica fauna y flora nocturnas se reunía con desigual frecuencia en aquel extraño local de moda de Madrid del año 1983. Su publicidad consistía en el boca a boca; no se anunciaba en los periódicos, revistas o carteles. Era clandestino entre los clandestinos y solo un escogido grupo de elegidos era invitado, entre susurros, por otros componentes asiduos con la consiguiente consigna para poder entrar.

 Mario tocó el timbre de un desapercibido local con apariencia de estar abandonado, sin ningún rótulo que lo identificara. Un bigardo, de casi dos metros con una anchura de hombros semejante a la de una mesa camilla, abrió la puerta y la música se hizo estridente. Si bien Mario era fornido, al lado de aquel gorila pareció un alfeñique. Vestido solamente con unos vaqueros muy ajustados, marcando paquete, era el mejor reclamo y recibimiento del garito. Su torso desnudo, sin un ápice del vello, cuidadosamente depilado, brillaba bajo el efecto de algún aceite de los utilizados en las exhibiciones de culturismo. Su cuello ancho, bovino, dejaba raquítico al bien proporcionado de Mario, que le susurró la contraseña acercando sus labios deseosos a una de sus amplias orejas, que le recordaron a las palmeritas de hojaldre. Interiormente deseaba lamerla, pero se contuvo. El armario empotrado simplemente asintió y le indicó con la mano que traspasara una segunda puerta pintada en color rojo putón.

 Al entrar, a la derecha, lo primero que le llamó la atención fue una escultura de escayola imitación a bronce de dos hombres semidesnudos, abrazados. Imitaba una idílica escena y entre un adulto y un efebo de la Grecia clásica. Se aproximó más y contempló los delicados detalles; admiró los pliegues de las túnicas, el trabajo de los músculos y tendones, el cincelado de los acaracolados cabellos del joven y la minuciosidad de la barba del mayor. La mano del adulto tocaba el miembro del joven con intención iniciática. A la izquierda, cuadros y motivos eróticos cubrían casi la totalidad de la pared, formando una composición abigarradamente selvática en la que pululaban animales reales o mitológicos en fraternal convivencia orgiástica, entremezclada, con hombres y mujeres de diversa orientación sexual. Dioses y mortales se enzarzaban en simuladas luchas, seducciones y coitos, en ocasiones complejos y múltiples. Depositó en el guardarropa su cazadora de cuero negro tras pagar por adelantado un precio que le pareció excesivo pero ante el cual no replicó. Le dieron una ficha metálica con el número 69. ¡Ironías de la vida! En el mostrador observó curioso  otra obra clásica del arte erótico grecorromano, hallada en Herculano, que representaba a Pam, dios de la naturaleza, fecundando a una cabra.

 Traspasado el vestíbulo la ambientación cambió, descubrió vestimentas inimaginables a pesar de conocer gran parte del ambiente de la movida madrileña. Aquella mezcla era totalmente distinta. Gentes absolutamente incompatibles en cualquier otro local conocido se daban cita allí sin mayor problema ni rivalidad, como un catálogo viviente de las distintas tribus urbanas. Sentado en la barra, un bello travestí que vestía un modelo de Armani, entornó los rojos, conjuntado con una extravagante pamela similar a un paraguas.  De espaldas, inconfundible por su antojo en forma de fresa entre las escápulas, descubrió a Victoria. Vestía un ceñido vestido turquesa con un escote en la espalda que le llegaba casi hasta las nalgas. Llevaba el pelo más largo y se había teñido de morena. Ella giró imperceptiblemente la cabeza al sentir una ligera corriente de aire fresco como consecuencia de la apertura de las puertas de entrada. Reaccionó como si no lo conociera, sin intención alguna de saludarlo. Mario quedó perplejo. Su primer impulso fue darse la vuelta y marcharse. Su presencia le incomodaba y una fuerte sensación de prudencia se aferró a su corazón. Su mente, en cambio, práctica, razonó que él tenía el mismo derecho que los demás a estar ahí, que no debía sentirse intimidado o coartado por el hecho de que hubiera coincidido con una de sus amantes casuales ya descartada. Se fijó en el abrumador parpadeo de las pestañas postizas de la drag queen, en los rizos de sus cabellos, en el exagerado maquillaje. Su más pura imitación de Sara Montiel, con la pose de fumando espero, le resultó cómica de manera agradable y agradecida. La estética camp comenzó a recurrir al drag para la personificación de la ironía en las artes, valiéndose del vestuario afeminado y abigarrado de figuras masculinas para formular una intención cómica dentro de la cultura masiva y sus medios de comunicación. Las drag se estaban haciendo habituales como una expresión de género totalmente enfocada a la identidad trasgénero formando parte de la expresión del aun incipiente orgullo LGBT de España. En su intención histriónica, comenzaban a dedicarse al canto, baile, playback, su participación en Gay Prides, concursos de belleza y drag shows.

Su intuición le susurró que ambos habían compartido intimides ocultas. Mario, sin saber el origen, se sintió herido. Pero era algo más, era el temor, la precaución, el rechazo a aquella amante caprichosa y desechada. No deseando echar a perder aquella noche en aventuras de cama pasadas, se dedicó a investigar el resto del local y su clientela. Se encontraba abarrotado, desprendía un humo asfixiante y aire modernista que le hizo sentir fuera de lugar inicialmente. Su indumentaria, aunque juvenil y actual, desentonaba estridentemente con la forma de vivir y sentir de la mayoría de aquellos otros jóvenes, aunque en aquel recinto todo fuera permisible. Como chico pop en ciernes que buscaba su estilo vestía ropa de marca, e intentaba imitar a su ídolo preferido del momento. Llevaba pantalones cómodos, una chomba color hueso, zapatos a la moda,  cadenas, anillos de oro y anteojos de sol. Le llamaban la atención las nuevas tecnologías y la cultura bailable le acompañaba. Le gustaban las motos y los autos de marca con los que se sentía identificado a través de la publicidad; lo suyo era consumir marca. La frase que definiría mejor a su tribu sería:”Lo importante no es ganar si no participar de las ganancias” 

Se percibía la movida madrileña como un estilo más que una sustancia, una explosión de anhelos contenidos de libertad durante el periodo de La Transición en el que estaba teniendo lugar la llegada de la cultura punk o New Wave, la moda y la revolución sexual. La Movida era un momento de expresión de música pop y underground, comics, fotonovelas, marketing descarado, películas y diseños extravagantes. Todo el mundo se cubría con purpurina, maquillajes exagerados, chaquetas de cuero y peinados multicolores. Era el tiempo de los punks, glams, rockers y otros muchos más; del abuso del alcohol, drogas, experimentos sexuales y otros excesos que Mario comenzaba a explorar.  Grupos como Mecano, Alaska, Radio Futura, Paraíso, Kaka Deluxe, Burning, Gabinete Caligari, Nacha Pop y Hombres G eran sus preferidos. El trío Mecano se preguntaba ese año, abandonando la estética bohemia de su primer disco para adoptar una imagen cercana al  post punk, ¿Dónde está el país de las hadas? Y él también lo hacía y buscaba un particular y personal “Barco a Venus”  que le llevara a ese país interior para no hundirse. ¿Lo encontraría ahí?

 A unos metros, dos chicas vestidas como si fueran hermanas gemelas se besaban tiernamente, indiferentes a todo. Ambas llevaban vestidos largos en crepé  de lana con ataduras en los brazos. La más alta, morena y delgada, tenía tatuada en su hombro izquierdo una enorme tarántula con todo lujo de detalles. La otra, algo mayor y más corpulenta lucía aretes a lo largo del borde de la oreja derecha. Un poco más allá, apretujados, había un grupo de unos seis chicos y chicas empréstitos al más puro estilo de los años 60, tarareando canciones de la época a la vez que las coreografiaban. Al fondo, vio a una chica sola con un top de gasa transparente y franjas de raso, con un chal de plumas. Comenzó a sonar la canción “Embrujada” de Tino Casal y Mario se dejó invadir por las notas mientras encontraba crudas semejanzas con la vida de Victoria.

Al lado de Mario, con el pie apoyado contra la pared, un joven punk con cresta rubia platino, una argolla en la nariz, tirantes y botas militares bebía un generoso coñac, muy posiblemente de garrafón. La estética punk se basaba en el principio fundamental de la provocación visual, es decir la “estética "es anti-estética. Buscaban la provocación y la expresión de los ideales de desprecio por la burguesía y todo lo que se le relacionaba mediante el uso de la ropa vieja y andrajosa. Él nunca había estado con uno y la idea le excitó. El punk volvió la cabeza y mirándole, sonriendo vivamente, le dijo que iba a mear.

En otro contexto aquella información entre desconocidos hubiera sido considera innecesaria o grosera, pero allí era una proposición sexual en toda regla. Mario le siguió. Dando codazos, pidiendo disculpas constantemente a los que bailaban  enloquecidos, llegó a los lavabos. Los cotidianos muñequitos en las puertas habían sido sustituidos por primeros planos fotográficos de genitales masculinos y femeninos en todo su esplendor. Empujó la puerta que le correspondía por su sexo. Ante él, sobre los lavabos, dos jóvenes extremadamente pijos, esnifaban unas rayas de cocaína. Haciendo caso omiso a las cordiales invitaciones a compartirlas con ellos, se dirigió a los urinarios, situados a mano izquierda. En realidad era un círculo dividido en cuatro radios, con bajos paneles verticales transparentes de metacrilato, lo suficientemente altos para no salpicar al compañero miccionario que apuntaba a una narcisista pared espejada. Se acercó, se aflojó el cinturón, desabrochó los cuatro botones del pantalón, tomó el pene en la mano y orinó sobre una sinuosa espiral, también de metacrilato. Casi inmediatamente dos jóvenes se pusieron a cada lado y le imitaron, e incluso fueron más allá: comenzaron a masturbarse. Uno de ellos era el de la argolla nasal, extremadamente guapo, aunque con algún que otro kilo de más. El otro, un gótico con ropa inspirada en la época victoriana, camisa vaporosa, elegantes tejidos, leotardos, y calzado similar era más vulgar, picado de viruela bajo un aspecto pálido, pero de buen cuerpo y miembro generoso. Sin pretenderlo se excitó por la morbosa situación y opuestas opciones, participó momentáneamente en el juego de miradas explícitas y lentos repliegues. El punk pasó el brazo sobre el pequeño tabique trasparente; le masturbó lenta y deliciosamente, mientras que el de camisa con bellas puntillas le besaba como si le fuera la vida en ello. Al cabo del rato se vio arrastrado a los retretes cuando uno de ellos quedó libre. Mientras, sus anteriores ocupantes se lavaban las manos y enjuagaban la boca bajo un grifo en forma de falo. La puerta abierta mostraba un inodoro casi cósmico, posiblemente de aluminio. Cuando estuvo cerrada, pensó en lo traslucida que era al recordar las eróticas evoluciones de sus usuarios anteriores, como si se tratara de un teatro de nítidas sombras chinescas. Conocía los cuartos oscuros, las saunas, incluso había hecho el amor en lugares indiscretos y públicos... Se dejó llevar.

Al salir, vio que el recinto se encontraba a algo más despejado. Sin dificultad divisó a Victoria, que esta vez charlaba animadamente con un chico que parecía haberse vestido con uno de los visillos de la casa de su madre. Vaporosamente, desplazaba sus brazos con armonía, causando un efecto posiblemente ensayado ante el espejo. Tal como preveía, Victoria no le prestó atención. Sin saber la causa decidió quedarse, tal vez ante la expectativa inconsciente de repetir en aquellos cósmicos retretes. Ya no se sentía desplazado. Victoria estaba bebida, alegre, mordaz, hiriente incluso ante su textil interlocutor drag. Parecía decidida a causar daño indiscriminadamente, jugando con unos y con otros, manejando las situaciones, fomentando las hostilidades.

Frente Mario, una cabeza lustrosa y brillante casi le deslumbró. Vestido con unas amplias y presumiblemente cómodas vestiduras negras, y capa, a pesar del ambiente cargado, parecía vampiro de película serie b. Mantuvieron la mirada   denotando un mutuo interés más allá de la curiosidad y más cercana a la valoración. Mario, curioso, se acercó a él.

-¡Hola! -saludó gritando la criatura de la noche sin dejar de  seguir el ritmo de la ensordecedora música.

-¡Hola! –correspondió sin lograr a que tribu urbana podía pertenecer.

-Eres nuevo. Nunca te he visto por aquí -siseó el alopécico por elección. ¡Pareces tan salido del mundo real!

 Mario no supo cómo interpretar y corresponder a tan extraña observación. Esperó a que prosiguiera con una conversación menos cabalística.
 
-Mira -le dijo al tiempo que entreabría su capa y desabrochaba su holgada camisa para mostrar el pecho- todo esto es tuyo si lo deseas.

 Mario se sintió turbado al ver sus pezones atravesados por gruesas argollas de las que colgaban unas enormes pesas caseras, aparentemente de plomo. Le dolieron los suyos solidariamente con solo verlos.

-Si lo deseas puedes ser mi amo. Tengo sitio -le susurró con complicidad- y una inmensa cantidad de juguetes... Puedes dejar caer cera hirviendo en mis pezones, en mi culo o en el capullo, después de eso orinarme encima, puedes pegarme y pedirme que te  lama los pies como un perro... ¡lo que desees! ¡Soy tuyo, amo!

-Lo siento –contestó Mario lo más cortésmente que fue capaz-. Creo que me he confundido. No buscamos lo mismo.

Hizo intención de marcharme, pero en un último intento el sadomasoquista le sujetó la muñeca.

 -Te que dicho que no -repitió con más firmeza de la que hubiera deseado apartando el brazo bruscamente-. Si soy tu amo te dejo en libertad.

 Enfadado por el rechazo, incomprensible para él, cerró de nuevo su capa, dio media vuelta y se alejó. Mario se sintió muy extraño, pero lo dejó pasar. ¿Qué sentido tenía que me quedara allí? ¡Venus cada vez parecía estar más lejos! Anecdóticamente, Carmen, la nueva y posiblemente temporal amiga de cama de su hermano, le había hablado de aquel lugar de manera ambigua, sin dar demasiados detalles. Había dicho que no recomendaría a aquel lugar a nadie tan inexperto como él, pero que quizá mereciera la pena conocerlo. Algo en su pecho le oprimía, sentía como si una bola de estopa le impidiera respirar: era la ansiedad, la angustia. Recordó lo sucedido durante las últimas semanas, en lo mucho que estaba cambiando su vida, en lo mucho que echaba de menos a Jorge, su amante más duradero. De camino a la salida encontró a Victoria en pésimo estado. Su borrachera era tal que apenas podía mantenerse en pie. El complejo de Ángel de la Guarda resucitó en Mario, ¿Cómo podía abandonarla en aquella situación? Sin embargo, ella había demostrado reiteradamente que no quería ser salvada. Una víctima del desamor...

Fue entonces cuando posó su mirada en uno motoqueros, uno de los hijos de los bikers, a los que gustaban las motos antiguas, las marcas y modelos Harley Davidson e Indian, escuchaban música heavy, country y rock & roll, como Motorhead, Steppenwolf o Judas Priest. Era común que los motoqueros se asociaran  a moto clubes, con el fin de compartir con otros aficionados, su pasión por los vehículos así como una filosofía de vida que fomentaba los valores del compañerismo, la libertad y el contacto con la naturaleza. Eran nómades fanáticos de las travesías ruteras. Era lo más parecido al capitán del “Barco a Venus” que buscaba.

Tenían fama de poseer  un carácter machista junto a una estética relacionada con el fetichismo del cuero convirtiendo al arquetipo viril del motoquero en uno de los mitos sexuales más difundidos en la cultura gay. Recordó diversos dibujantes eróticos   y especialmente a Tom de Finlandia. Sin embargo éste era delgado, pero con músculo. Cejas enmarcadas, ojos lánguidos como un cordero que llevaran al matadero, labios alegres y barbilla cuadrada pero sobresaliente con respecto a la mandíbula. Según momentos le parecía guapo o normal.

Admiró su chaleco de cuero vacuno, en este caso fino, acompañado de chaleco jeans con tachas y parches con el nombre a de la comunidad motoquera a la que pertenecía. Al bajar la vista comprobó su bulto en los pantalones vaqueros algo gastados. Su pelo era salvaje, acompañado por una barba de distintos cortes. Sus botas eran texanas. Tras las gafas tipo Ray-Ban vislumbró una mirada amable. El motero comenzó a acercarse y algunos de sus accesorios, cadenas, billetera de cuero, anillos, muñequeras y la cruz de hierro que usaba como protección, comenzaron a tintinear.

-Mi nombre es Héctor –dijo el motero extendiendo la mano. Estoy aburrido de estar aquí y me marcho. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Entonces pareció embargado de encanto y su sonrisa lo iluminó todo. Podía respirar mucho mejor.

Mario no lo dudó. En la Harley Davidson, agarrado fuertemente a los abdominales del conductor, con los genitales apretados a sus nalgas, le había asegurado que le llevara donde quisiera. Disfrutó de su Barco a Venus personal y del desconocido trayecto hasta llegar al destino. Se sentía como una chica Almodobar en un papel estelar; poseído por un laberinto de pasiones que deseaba experimentar junto a Héctor, su príncipe troyano.



lunes, 5 de mayo de 2014

VÍDEO DE LA LECTURA DE "LEYENDAS" EN LA JORNADA DE LA NOCHE DE LOS LIBROS


 LEYENDAS

La Noche de los Libros en el Mercado de San Antón

El Círculo Literario Mundi book realizó la lectura "Relatos de Barrio y Mercados" en el vestíbulo del Mercado de San Antón.

 (Vídeo cortesía de uno de los espectadores. ¡Gracias Vicente!)





domingo, 4 de mayo de 2014

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 8 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART










Nuevos relatos, más colaboradores; vamos creciendo cada vez más gracias a vosotros.  

Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.

Es gratis y si os gusta, por favor, compartid el enlace. Hay alguna modificación respecto al sistema de descarga según las nuevas políticas de Bobok, pero seguimos siendo los mismos de siempre, o mejores.


jueves, 24 de abril de 2014

LECTURA DE "LEYENDAS" EN LA JORNADA DE LA NOCHE DE LOS LIBROS EN EL MERCADO DE SAN ANTÓN




 LEYENDAS

La Noche de los Libros en el Mercado de San Antón

El Círculo Literario Mundi book realizó la lectura "Relatos de Barrio y Mercados" en el vestíbulo del Mercado de San Antón.



Cuentan múltiples leyendas de distintas culturas del mundo, que el ser humano, último ser de la creación, buscó desnudo por la naturaleza quien le dijera qué clase de animal era, pues el creador no le  había informado sobre su identidad.

Intentó que la tierra misma que pisaba le susurrara algo a través de los diferentes árboles y plantas, que si bien eran bellos y, en ocasiones llenos de colorido, permanecían inmóviles a causa de sus raíces. Solo se mecían sus ramas, hojas o flores a causa del viento. Evidentemente no se reconoció en ellos y se marchó pensando cuan diferente era, y se percibió extraño.

Luego probó con los animales de diferentes tamaños, de distintos colores y formas, lentos o rápidos que vivían sobre la tierra, en las rocas o en los árboles; algunos se acercaron curiosos a él, pero se marchaban luego indiferentes. Otros le miraban desde lejos, cautos y expectantes. Unos le provocaban una sensación de inquietud bajo la piel, un hormigueo de temor que lo asustaba. Pero ninguno hablaba ni se movía como él, por lo tanto se sintió privilegiado, ajeno a ellos, distanciado…

Se dirigió después hacia las aguas del mar, donde se sumergió, comprobando que no podía mantenerse dentro mucho tiempo. Al contrario que los habitantes de aquel elemento azul y transparente, él tenía que respirar fuera. A pesar de la desilusión por no hallar las respuestas que buscaba, permaneció largo tiempo contemplando en zambullidas cortas la belleza de aquel mundo marino. No había ser similar a él y se sintió lejano y superior.

Continuó su búsqueda, atraído ahora por los animales que proyectaban en el suelo sombras en movimiento. Secándose al sol, observó a las aves que iniciaban el vuelo desde el suelo y como se alzaban hasta distintas alturas en un despliegue de elegancia, humildad o falsa sencillez según los casos, buscando cambios y caminos invisibles de inalcanzables y caprichosas geometrías. Ésta vez no necesito establecer ninguna comparación. Supo inmediatamente que él no podía volar jamás.

Sigue diciendo la leyenda que la fuerza creadora,  al ver la confusión del ser humano le dio la última capa de barniz, su principal creación quería más. Le aumentó la consciencia y le dijo:

"Tú eres un ser humano y tendrás compañero o compañera según salga de tu ser amar, independientemente de tu género. Tu especie podrá dominar el espacio y el tiempo, permanecer sobre la tierra hasta el fin de los ciclos. Sois los únicos seres de la creación capaces de pensar, de inventar, de sentir y transmitir sentimientos al más alto nivel; de aspirar a ideales inalcanzables y de realizar cualquier deseo racionalmente, de apreciar la belleza, de llorar o reír. Formas parte de lo que te rodea, eres uno con la tierra, con el resto de los seres que existen. Sois sus guardianes, mas no sus dueños.

Recuerda también que aunque muchas veces sufras el olvido de todo esto, serás el responsable, igualmente, de restaurar la dignidad a todos los hombres y mujeres por igual, sin que las diferencias por cualquier causa entre personas, puedan frenar esta ley de igualdad… Así mismo, aunque te consideres superior no olvides que dependes de la coexistencia con los otros seres con los que has estado comparándote. Sin ellos estarías solo, no tendrías nada; haz buen uso de ellos y se agradecido. Tampoco te olvides de tus iguales."

Y tal como comentó la fuerza creadora el ser humano, al poco, olvidó todo. Hubo guerras, invasiones mutuas; ya ni se reconocía a sí mismo en el otro. El ser humano, la tierra, los seres se fueron convirtiendo en un gran mercado; el mercado del mundo en el cual todo tiene un importe, incluso nosotros mismos; donde la oferta y la demanda reinan. Pensando que nuestras necesidades básicas serán cubiertas, con más o menos convicción, seamos conscientes o no, nos hemos convertido también en productos que como terneras, ovejas, pollos, merluzas, besugos, calabazas, peras o manzanas…somos consumidos, repelados e ingeridos con voracidad, mutuamente, pero con mucha más gula por nuestros alternantes dirigentes o gobernantes, que tampoco se identifican con nosotros. Todos nos sentimos ajenos, distanciados, comparados, consumidos; con hambre y con sed de muchas cosas, en ocasiones sin techo; incluso nos pueden calificar como mercancías caducadas. Sin embargo cada vez hay más productos que despiertan de una aparente única realidad y se plantean convencidos que debe existir otra forma de vivir; tal vez la han olvidado, tal vez haya que inventarla. Somos guardianes del mercado del planeta, y por lo tanto de nosotros mismos en las distintas formas de sobrevivir.

La violación de los derechos iguala nuevamente a todas las personas, al igual que el derecho a la propia identidad, necesidades básicas, sueños y aspiraciones. Esto se ha repetido a lo largo de los siglos y no ha sido recogido por esta leyenda; eso forma parte del apartado más triste de nuestra historia actual.

Estoy convencido que otra fábula puede ocuparse de ello, que se llegará a despojar el mercadeo del pasado, que hay que recordar, para no repetir. Os invito a comenzar a escribirla entre  todos... aquí, en el Mercado de San Antón.




lunes, 21 de abril de 2014

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "EL GEN. LAS RUINAS DE MAGERIT" DE COVAGONDA GONZALEZ-POLA JAQUETE






Covadonga González-Pola Jaquete:

Es ambientóloga, experta en sostenibilidad y escritora autora de El gen. Las ruinas de Magerit y El Cristal de Amatista. Es directora del Círculo Literario Mundi Book e imparte talleres literarios gratuitos a través de internet con cerca de 3000 seguidores de los mismos. Es integrante del equipo de Leyendo hasta el amanecer,  un programa de podcast sobre literatura. y este año ha sido reconocida con el premio del público al mejor relato de ciencia ficción de Sopa de Relatos y con la selección de su relato Vampiros en La Habana en el II Concurso homenaje a John William Polidori de Ediciones Saco de Huesos.

"El gen. Las ruinas de Magerit" es una novela de ficción distopica con toques de realismo fantástico, que en un comienzo puede desconcertar, pero que en cada capítulo va desgranando una trama interesante y muy actual. Digo actual porque la novela representa situaciones y vivencias de manera solapada o no tan evidentes, a las que estamos asistiendo.


La novela refleja muy bien la verdadera realidad de las intenciones en el mundo de los poderosos, donde los buenos propósitos son disfraces que esconden el egoísmo y la deshumanización. Es una trama con mucha acción, aventura, muy vertiginosa, donde no dejan de pasar cosas. No es una novela fatalista, sino de esperanza. Esta esperanza está representada por el gen, que significa la posibilidad innata de evolucionar. Y evolucionar significa la posibilidad de salir adelante.


"El gen. Las ruinas de Magerit" propone un tema para reflexionar: como sería la humanidad después de una catástrofe, como serían las reacciones de la gente ante situaciones extremas como la falta de agua o el regreso a la esclavitud. A mi personalmente el aspecto que más me ha impactado ha sido la sensación de aislamiento y soledad dentro de una ciudad hacinada por los supervivientes, en la que en cierta medida la lucha y la culpa por haber sobrevivido se alternan constantemente. Es muy posible que a vosotros os sorprendan otros aspectos que Covadonga plantea en la novela. Os invito a leer el libro para descubrirlos. 


domingo, 20 de abril de 2014

PRESENTANDO EN CÓRDOBA EL LIBRO "CIUDAD OSCURA" DE DANIEL G. DOMÍNGUEZ







Daniel es Cordobés afincado en Madrid autor de novela y relato y actor, comenzó su carrera como escritor de manera accidental en 1997. Un año más tarde descubrió su verdadera vocación durante un encuentro literario con el autor Jordi Serra i Fabra, quedó imbuido de su energía y decidió dedicarle más tiempo a la escritura. Es integrante del Círculo literario Mundi Book y parte del equipo de Leyendo hasta el amanecer, programa de radio dedicado a la literatura. Tras varios relatos, algunos de ellos ganadores de un primer premio en concursos locales y un éxito importante en internet, publica su primera novela Ciudad Oscura. Amante del misterio y la intriga en todas sus acepciones, conocedor de lo que se esconde tras las Sombras... También podéis encontrar on-line, de forma gratuita y por capítulos que se están actualmente escribiendo, MORIENDUM, su novela de aventuras y de corte steampunk, en un futuro distópico

"Ciudad Oscura" sorprende a cada capítulo y entran ganas de seguir hasta la última página. Cuando crees captar algo de la historia, las cosas no son lo que parecen.

En la "Ciudad Oscura" de Daniel G. Domínguez vamos a encontrar cuatro historias distintas que aparentemente no tienen nada que ver entre sí. Avanzando en la lectura vamos descubriendo como los protagonistas van entrelazándose de manera inesperada. La novela nos muestra un ambiente tenebroso, tenso, con acontecimientos que se suceden con velocidad, sin dar tiempo al lector prácticamente respirar.

En esta atmósfera, los personajes muestran su parte más oscura, que puede encontrar un reflejo en cada uno de nosotros. Como decía Nietzsche "cuándo miras mucho tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti". Al igual que la obra de Nietzsche, los personajes de "Ciudad Oscura" van más allá del bien y del mal.


Los protagonistas están inmersos en circunstancias que a veces están por encima de ellos y lo único que les queda es actuar fuera de cualquier norma moral o preestablecida. La sensación que tuve al leer "Ciudad Oscura" es que algo nuevo estaba por suceder de forma inminente. Como sí de un tablero de ajedrez se tratara, a medida que avanzaba con la lectura, el tablero de la "Ciudad Oscura" se iba despejando. Es una novela entretenida que deja al lector con ganas de más. Y justamente por esto, la historia de "Ciudad Oscura" sigue (continuará) en otros dos libros. El segundo libro de la trilogía saldrá a la luz a principios del próximo año.

martes, 1 de abril de 2014

EL COLECCIONISTA DE MIRADAS.POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ






(Advertencia de contenido homoerótico)

LA NO ACEPTACIÓN DE LA ORIENTACIÓN  SEXUAL SIGUE CAUSANDO MUCHA SOLEDAD Y SUFRIMIENTO, SEA CUAL SEA LA EDAD. ESTE RELATO ESTÁ DEDICADO A TODOS AQUELLOS AMIGOS Y CONOCIDOS QUE OBSERVAN LA VIDA EN LUGAR DE VIVIRLA, CON LA ESPERANZA DE QUE DESPIERTEN DE SU LETARGO Y SE DEN CUENTA DE QUE AUN NO ES TARDE, DE QUE HAY OTRAS FORMAS DE RELACIONARSE CON ELLOS MISMOS Y CON EL MUNDO.

EL COLECCIONISTA  DE MIRADAS

            Antonio continuó sin moverse sudando copiosamente. El calor era ya insoportable a esas horas de la mañana. No había dormido bien y tras el café frio que había tomado como desayuno para espabilarse había prescindido de una ducha reparadora que le despejara y eliminara su fuerte olor corporal. Se encontraba demasiado cómodo en su sillón como para desperezarse y descolgar el teléfono, que de nuevo insistía en quebrar el silencio que deseaba. La ceniza de su cigarrillo se desplomó indolentemente sobre su ingle desnuda y, al intentar apartarla de un manotazo, sólo consiguió formar un tiznajo grisáceo. El cenicero estaba repleto de colillas acumuladas a los largo de varios días despidiendo un olor que, aunque le molestara, no le motivaba lo suficiente como para vaciarlo. Una mueca de desagrado se esbozó en su rostro avejentado al alcanzar su tercera lata de cerveza de la mañana, ya tibia.
A sus cincuenta y dos años  el descuido de su aseo, el abandono, la alimentación desmedida, el tabaco y la bebida habían cobrado su precio; aparentaba diez años más. Nunca había sido guapo, ni siquiera atractivo. Siempre fue un ser vulgar y desapercibido que ni siquiera logró brillar con su personalidad para compensar aquellas otras gracias que el destino no le concedió. Intentó recordar algún momento glorioso en el que hubiera destacado dignamente en algo. Su baja autoestima, su depresión crónica distorsionaron la realidad considerando injustamente que no hubo ninguno. No le era fácil creerse bueno, digno, amado, útil o poseedor de cualquier otro valor positivo. Su vida estaba cargada de decisiones inadecuadas, de metas planteadas pero no encaminadas a la acción, de reproches propios y ajenos, de las inseguridades convenientes a la crisis de los maduros no realizados. Atrás quedaron los escasos amigos, en general comunes con su ex mujer y con la cual no mantenía una relación cordial. Tal vez ese fuera uno de los pasos que, aunque doloroso, había sido adecuado: divorciarse. Aún se reprochaba haberse casado sin más pilares que el adatarse a lo que se esperaba de él. Todo parecía haberse desarrollado con cierto sentido de predestinación diabólica desde que la conociera en la universidad ; cuando quiso darse cuenta había optado por un estereotipo de vida cómoda y socialmente aceptada.
            El teléfono volvió a sonar con pertinaz insistencia interrumpiendo aquellos recuerdos. Se levantó pesadamente, lo descolgó sin contestar y lo arrojó sobre el sofá empolvado y repleto de pelusas. No, no se molestó en responder. Únicamente deseaba no escuchar esos timbrazos semejantes a martillazos en sus oídos. Las únicas llamadas que solía recibir eran las de los implacables asesores de las distintas compañías telefónicas que rivalizaban entre sí con precios aparentemente competitivos y que no aceptaban un no por respuesta. Casi siempre tenían prefijos similares y, hasta que desactivara el contestador automático, se quedaban grabadas voces desconocidas que le llamaban por su nombre como si le conocieran de toda la vida. Tras consultar algunos de los pertinaces números en la web se había informado acerca del spam telefónico y de la posibilidad de hacer las denuncias pertinentes. Sin embargo, lo había dejado estar optando por la indiferencia. Se apartó el sudor de la frente ya que caía sobre sus ojos, sopesando de nuevo la posibilidad de ducharse.
            La cerveza se acabó. Estrujó con la mano la lata vacía hasta convertirla en una retorcida masa de metal coloreado que arrojó al suelo, percutiendo contra otras  más que resonaron lánguidamente como las atadas a un coche de recién casados que no puede ponerse en marcha definitivamente. Con esfuerzo exagerado, pues le encantaba la teatralidad aunque sólo fuera ante sí mismo, caminó hacia la cocina. Sus pies descalzos, renegridos por la mugre acumulada, se adherían como restos de chicle al pavimento. Momentáneamente disfrutó con la sensación y se sintió como un astronauta con botas adecuadas para caminar por la solitaria luna. Intentando esquivar papeles, latas, restos de comida, colillas descuidadas, platos y ropas sucias esparcidos por toda la casa se dirigió al refrigerador. Al abrirlo, ante él aparecieron estantes vacíos, inertes, sin proposiciones tentadoras o suculentas para llevarse a la boca. Un tarrina de margarina, dos tomates pasados, una bolsa de aceitunas negras, una lechuga mustia y medio cartón de leche agriada y maloliente era todo lo que ofrecía; ni un resto de lúpulo fresquito… Quiso recordar alguna otra bebida espiritosa a la que pudiera echar mano, pero fue inútil ya que toda ya había sido engullida por su gola. Sus otros escondrijos estaban saqueados también.
            Se aproximó al fregadero con la esperanza ardiente de encontrar restos de coñac o ron en algún vaso olvidado entre el cúmulo infernal de platos, cubiertos y demás cacharros de cocina que se amontonaban  hasta el punto de desbordar la pila. Inicialmente buscó con cuidado, mas lo infructuoso de sus pesquisas enervó su ánimo, terminando por sacar toda la vajilla, tirándola desconsideradamente al suelo como si en modo alguno pudiera romperse. Evidente no fue así. Ni encontró alcohol, ni todos los platos y vasos quedaron incólumes. Le vino un regüeldo inesperado que le dejo un sabor agrio.
            Cuándo quiso darse cuenta tobillos, plantas y dedos de los pies sangraban ligeramente a causa de pequeñas esquirlas disparadas sin rumbo. No se inmutó apenas. Dejando rastros escarlatas en las baldosas se tumbó de nuevo en el sillón, cerró los ojos y al pronto quedó adormecido en un incómodo sopor. Entre nebulosos pensamientos escogió uno: quizá más tarde saliera a la calle para tomar algo, reponer sus bebidas y coleccionar gestos y miradas ajenos.
           
             Continuó hojeando una revista  abandonada, melancólicamente, con aires de nobleza, mientras el camarero retiraba de la mesa de la cafetería los servicios de una anónima consumición anterior. Interrogado acerca de lo que deseaba tomar, dudó unos instantes, para finalmente decidirse por un té frío con limón acompañado de dos sobres de azúcar con la presunta redención de calmar la acidez de su estómago. Si bien se había aseado, no había tardado demasiado en transpirar. El lugar estaba inusualmente tranquilo y apenas se podían captar las conversaciones de las otras mesas dispersas a una prudente distancia.
De soslayo, indagó si un desarrapado impertinente continuaba observándole desde la calle. En un acto inconsciente de coquetería displicente ladeó la cabeza, echando hacía atrás los ordinarios mechones de cabello de rubio que habían caído sobre sus facciones y que necesitaban urgentemente ser amputados por un peluquero experto. No cabía duda, él seguía allí, le importunaba mirándole como si fuera una efigie de mármol, apenas sin parpadear. Le había negado la usual petición de “prestarle un euro”…Giró el rostro y contempló a través del ventanal el desfilar de las personas que intentaban buscar la más mínima sombra para guarecerse, aunque sólo fuera por unos segundos, del sofocante bochorno de aquel mes de agosto en el que la ola de calor prometía batir records. Aún a esas últimas horas de la tarde jóvenes en bermudas y sin camiseta lucían bronceados sobre distintos tipos de complexiones. En su fuero interno deseaba arrebatar sus primaveras y poder pasear por la calle como ellos. Su edad le hacía aparentar gazmoñamente concepciones morales acordes a sus años, mientras que deseaba y aceptaba interiormente un poco de aquello que en público condenaría como heterosexual intransigente. El “armario” del que no había salido era su cárcel y penitencia. ¡Si hubiera reconocido su sexualidad, si hubiera asumido su afecto y deseo por los hombres; si al menos se hubiera arriesgado a tomar  decisiones en su vida y no dejarlas en manos de otros a los que no debía de dar explicaciones…!
            Otro joven se detuvo unos metros más adelante, bajo el toldo, devorando con los ojos los pasteles y helados protegidos por expositores refrigerados. Su cuerpo bien proporcionado relucía a causa del sudor, del ejercicio realizado indebidamente y sin criterio alguno en parque cercano. Su torso brillaba, en su escaso vello rasurado se adherían pequeñas gotas iridiscentes, su camiseta colgaba de la riñonera ajustada a su cintura. Su ceñido y empapado pantalón deportivo marcaba una virilidad con promesas que con toda posibilidad podrían ser cumplidas copiosamente. Con los pulgares cogidos de la cinturilla de la prenda exhibía una actitud sexualmente agresiva que no pasó desapercibida al observador de mediana edad. Los brazos del muchacho se encontraban en posición de alerta, sus manos señalaban y destacaban la zona genital. En conjunto, su inconsciente  parecía gritar soy viril y puedo dominarte. El “pitopausico” en público, como sus recios compañeros de trabajo, hubiera criticado tal ostentación chulesca, ya que era lo que se esperaba de él. Íntimamente, deseó palpar aquel cuerpo terso y atrayente de unos veinticinco años, atraerlo lentamente hacia sí, abrazarlo y estrecharlo. Un atisbo de ternura emergió y asumió esa actitud para su colección de gestos.
            Decidido, el acalorado deportista empujó la puerta sonriendo de satisfacción ante el drástico cambio de temperatura. Se puso la camiseta, tanto por respeto al local como  por un fingido sentido del pudor.  Solicitando a la dependienta un enorme cucurucho de tres sabores -nata, turrón y pistacho-, se encontraba a unos cinco metros del circunstante. El corazón del reflexivo se descompasó al imaginar su lengua en contacto con la suya, mezcladas con papilas chocolate, que era su preferido.
            Para otro testigo, no dejaría de ser interesante el juego de miradas cargadas de concupiscencia o desaire según se observara al fisgón o fisgoneado. El observador del fino degustado té pero sediento de cervezas no perdió detalle de lo que su presunta presa apreciaba sintiéndose desairado, invisible, acomplejado. Una vez más: ¿cómo competir, cómo arriesgarse, cómo aspirar a…? La cruel ojeada del muchacho le amilanó, pero también la sumó a su compilación de miradas. Cruzó los brazos, cerró los puños en un inconsciente acto de defensa y hostilidad, con los dientes apretados y la cara enrojecida. Sus pretensiones ocultas se desinflaron, las intenciones imaginarias de un inminente acercamiento por su parte se vieron aplacadas como si su pene hubiera sido fragmentado, similar a un lápiz al que, tras intentar sacarle punta, ésta emergiera siempre quebrada desencantando al escriba. ¡Clac!
            El Apolo, mientras tanto, jugueteó con sus ojos verdes ante la dependienta que sonrió tontamente ante las atenciones de que era objeto. Su mirada caía por debajo del nivel de los ojos de la jovencita, dirigiéndose a un triángulo imaginario formado por los ojos y la boca. Risas tontas, gestos nerviosos, culebreos en los miembros, rubor en las mejillas. El ritual de cortejo continuó durante unos minutos.
            El bebedor impenitente contempló su propia expresión de envidia reflejada en el escaparate, se sentía vapuleado por el rebote de la indiferencia. Los dos muchachos eran esferas arrogantes golpeadas por un taco emocional inexperto en una indefinida mesa de billar cuyas normas eran inexistentes en la actualidad. ¡Normas! Si él hubiera luchado contra ellas en su momento. El mozo salió finalmente del establecimiento lamiendo voluptuosamente las gélidas bolas chorreantes hasta la muñeca, al tiempo que se despedía de la empleada con la mano libre. En el exterior le esperaba, emergido de la nada, un muchacho algo mayor que él al que abrazó efusivamente, procurando que el helado no rodara por los suelos o manchara la camiseta de tirantes del otro mancebo. Le ofreció un bocado con las pupilas dilatadas fijas en él, que dio un lengüetazo lento al pistacho en un gesto de doble sentido entendido por ambos. Se alejaron cogidos impune y orgullosamente de la mano.
            No podía dar crédito a sus fisgoneos. Sorprendido, colorado, en su orgullo herido, agachó la cabeza para ocultar su íntima vergüenza en la revista. Tomó un  trago de su té helado, que ya se estaba aguado por el hielo derretido, para calmar el fuego de sus entrañas junto con el del desagrado. Suspiró hondamente con un gesto  que en su dramatismo le sorprendió a sí mismo. Alzó la mano y pidió una cerveza bien fría.

   Aburrido, simuló contemplar los cuadros mientras que, en realidad, cotilleaba a los que  bajo de ellos se encontraban sentados en las mesas: alborotados estudiantes, una pareja de ancianos columbrando en distinta dirección, tres solteras de mediana edad conversando acerca de lo caro que resultaba hacer la compra diaria causa de la crisis, una parejita de enamorados ausentes del mundo y un grupo de ejecutivos agresivos. Mantuvo con uno de estos últimos una mirada más larga de lo necesario; mezcla de morbo e inquina se lanzaron. Pretendieron alargar su desdén en un reto no escrito, esperando que el otro fuera el primero en bajar la vista. Ganó el diligente emprendedor. Incómodo, quiso refugiarse en otras atenciones que disimularan su derrota. Se interesó entonces en los otros dos hombres encorbatados que le acompañaban, despojados de sus chaquetas que reposaban, pulcramente, sobre una silla neutralmente compartida.  Con la actitud de “mear colonia” parecían ajenos a las temperaturas. El más joven hablaba animadamente al mostrar unos documentos al más veterano. Su mirada era firme, segura, casi intimidatoria; una mirada que no se desviaba del entrecejo del otro, mirada de negocios rebosante de asertividad. En principio interesado, el encanecido sujeto permanecía inclinado sobre su joven orador, mas algo debió contrariarlo, pues en un momento determinado se recostó sobre el respaldo de su asiento, desviando el contacto visual al tiempo que cruzaba los brazos como si de una coraza se tratara. El vendedor de ideas cambió de táctica. Para incitar su apertura le entregó otros informes que no tuvo más remedio que tomar en sus manos. Periódicamente, con una pluma de elegante marca señalaba los puntos más importantes del contenido, alternando un ascendente movimiento de la mano a la altura de su rostro, obligándolo de nuevo a mirarle a los ojos. El bebedor reconoció que aquello era toda una obra maestra y la sumó a su recolección.
            Estragado tras unos minutos de constante escrutación tomó un largo trago. No aguantaba el no poder fumar. En su mente encendió un pitillo y se imaginó con la cabeza inclinada hacia abajo exhalando el humo por la nariz como un toro embravecido. Atisbó ahora a una explosiva mujer que entraba en la café. Se desplazaba digna y sensualmente por entre las mesas ocupadas, obligando a ser admirada o valorada. Al caminar, acentuaba la ondulación de sus caderas para destacar la zona pelviana. Demorándose conscientemente, de pie para conceder a los demás unos segundos añadidos para que pudieran contemplarla, escogió un rincón, ni muy a la vista ni muy escondido. Su corta minifalda negra retrepó bruscamente al sentarse dejando a la vista sus contorneados muslos. Como si en algo pudiera mitigar el resultado la estiró elevando ligeramente sus nalgas del asiento para facilitar el intento de recato. Sus labios se humedecieron adquiriendo un aspecto que invitaba a la sexualidad, al tiempo que acariciaba con la mano, ascendiendo y descendiendo, el vaso olvidado de una consumición ajena. Cruzó y descruzó lentamente las piernas indicando inconscientemente que deseaban ser tocadas.
            El la escudriño activamente, admirando el buen uso de los rituales de cortejo que compartían en complicidad las mujeres para llamar la atención de los hombres. Reconoció su técnica y coordinación, concediéndola una puntuación elevada con una generosidad quizá demasiado empática pero emocionalmente competitiva.

                Un camarero que comenzaba su turno se aproximó a la llamada del desastrado y hogareño rompedor de platos y vasos, que durante unos instantes dudó entre marcharse a casa para enfrascarse en la autocompasión o quedarse un rato más. Eligió esta última opción dispuesto a dar un nuevo repaso a la clientela pidiendo una cerveza. El camarero no se inmutó al pasar delante de los amantes fogosos. Ella, apretando bajo la mesa la virilidad de su compañero bajo sus pantalones, era besada ardientemente. Las pupilas de ambos se dilataban en un reflejo mutuo, sus labios se encontraban hinchados y ligeramente enrojecidos por la excitación, su ritmo cardiaco se encontraba acelerado, sus manos se acariciaban mutuamente ajenas a lo que les rodeaba. Unos evitaron la mirada, otros la mantuvieron de soslayo sonrientes, los más la fijaron insolentemente. Los amantes se encontraban demasiado absortos en sus ardores. Tras besos, caricias y manoseos disimulados, él lanzó un gemidillo al tiempo que cerraba los ojos. Segundos después, tapándose con una llamativa carpeta se dirigió a los aseos. Sólo entonces la dueña de la mano hábil reparó en los discrepantes espionajes de que habían sido objeto. Se ruborizó ligeramente, no demasiado, pensando hasta que punto ellos habían perdido la noción de la realidad y hasta qué extremo los demás habían permanecido atentos a ella. Sin saber que hacer simuló repasar con interés algunos de sus apuntes. Al levantar el rostro, la minifaldera de caderas oscilantes le lanzó un guiño de  complicidad sumado al gesto del pulgar hacia arriba  que fue interpretado con todo su significado.  Azorado y al mismo tiempo feliz por la mancha húmeda en sus pantalones al intentar borrar otras más significativas bajo su ropa interior, el varón regresó. El bebedor vio como ella le susurraba algo al oído; pidieron la cuenta precipitadamente y se marcharon.

            Un ruido de cristales rotos procedente de la cocina sobresaltó a los clientes, que en general sonrieron y bromearon sobre el susto. Con un delantal no demasiado presentable, el cocinero salió de la dependencia y se inclinó enfurecido sobre el encargado. Con voz tensa y apenas contenida le comunicó algo y casi le arrastró al interior. Una expectación general animó nuevamente el ambiente, causando inevitables especulaciones públicas o íntimas acerca del suceso y algunos conatos de indiscretos atisbos. Voces subidas de tono, intentos de apaciguamiento, algunas palabras soeces traspasaron las puertas…

            Transcurrieron las horas despaciosamente y el local ya no conservaba los susurros de una ermita; la gente charlaba animadamente esforzándose en hacerse entender.  Clientes entraron y salieron, pero él permaneció hasta el cierre. Repitió sus ritos una y otra vez, con unos y con otros, escrutando con diversos márgenes de interés aquellos esbozos fragmentados de vidas que le parecían mucho más interesantes que la suya. Él bebió y bebió, su boca se convirtió en una oquedad pastosa, su vista se nubló… sin embargo permaneció estoicamente, atesorando sus nuevas adquisiciones.
            Llegada la hora de cerrar la actividad se fue paralizando. Conscientes de la inminente clausura, los asistentes fueron abonando sus consumiciones. Los empleados fueron limpiando la barra y las mesas con bayetas de dudosa higiene, colocaron las sillas sobre ellas y barrieron con serrín. Descuidadamente, los clientes salieron   encontrando una noche tórrida, sofocante. Unos se dirigirían a sus hogares, otros prosiguieron la velada en alguna terraza  o discoteca, algunos rumiaban a solas  sus pensamientos, los de más allá charlaron animadamente. Unos pocos se prepararon para su incorporación a la soledad y monotonía diarias, deseando que a la mañana siguiente sucediera algo que diera sentido a sus vidas y carencias. Entre estos últimos se encontraba el desgraciado -cargado con una bolsa con una docena  de latas de cerveza- que caminó serpenteando sobre el ardiente asfalto nocturno. Demoró su retorno apoyándose en paredes y farolas cómplices. Tras penetrar en el portal subió lentamente los treinta y siete escalones que le separaban de su celda incomunicada elegida por él mismo. Lo hizo a oscuras ya que no logró acertar a encontrar el interruptor de la luz de la escalera. Sorprendentemente logró abrir la puerta al quinto intento, más por casualidad que por pulso, pericia o excelente visión. Podría permanecer en su pocilga un par de días más, hasta que se viera obligado a ir al bar o la cafetería y avizorar durante unas horas las existencias de extraños para regresar de nuevo cargado con sus raciones etílicas y emocionales. Llevaba años haciendo lo mismo.
            Se tendió en la cama de la habitación y abrió el cajón de la mesilla. Sacó de ella una abultada carpeta repleta de fotos de gente que recordaba y pero que a él habían olvidado, cartas con fechas cada vez más dispersas. Extrajo una libreta bancaria. Comprobó el último saldo y sonrió ante aquellos números caprichosos que no dejaban de aumentar a pesar de que la mayoría de la gente lo estaba pasando francamente mal por la cacareada crisis. Pero, ¿de qué le servían sus ahorros? No eran suficientes para que fuera feliz, para que no se sintiera solo, para que no viviera a través de los demás, para que estuviera cuerdo…
            En el portátil abrió varias ventanas de google y tomó el teléfono. Dudo entre llamar a una de las compañías telefónicas  para escuchar una monocorde voz lejana o solicitar por fin los servicios de alguno de los hombres que vendían sus cuerpos y afectos.
            Marcó. La línea  estaba comunicando. No importaba. Esperaría.