miércoles, 7 de mayo de 2014

LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ






Un pasado que aunque parezca lejano muchos podréis recordar. Eran otros tiempos...

(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO)



   LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983

La exótica fauna y flora nocturnas se reunía con desigual frecuencia en aquel extraño local de moda de Madrid del año 1983. Su publicidad consistía en el boca a boca; no se anunciaba en los periódicos, revistas o carteles. Era clandestino entre los clandestinos y solo un escogido grupo de elegidos era invitado, entre susurros, por otros componentes asiduos con la consiguiente consigna para poder entrar.

 Mario tocó el timbre de un desapercibido local con apariencia de estar abandonado, sin ningún rótulo que lo identificara. Un bigardo, de casi dos metros con una anchura de hombros semejante a la de una mesa camilla, abrió la puerta y la música se hizo estridente. Si bien Mario era fornido, al lado de aquel gorila pareció un alfeñique. Vestido solamente con unos vaqueros muy ajustados, marcando paquete, era el mejor reclamo y recibimiento del garito. Su torso desnudo, sin un ápice del vello, cuidadosamente depilado, brillaba bajo el efecto de algún aceite de los utilizados en las exhibiciones de culturismo. Su cuello ancho, bovino, dejaba raquítico al bien proporcionado de Mario, que le susurró la contraseña acercando sus labios deseosos a una de sus amplias orejas, que le recordaron a las palmeritas de hojaldre. Interiormente deseaba lamerla, pero se contuvo. El armario empotrado simplemente asintió y le indicó con la mano que traspasara una segunda puerta pintada en color rojo putón.

 Al entrar, a la derecha, lo primero que le llamó la atención fue una escultura de escayola imitación a bronce de dos hombres semidesnudos, abrazados. Imitaba una idílica escena y entre un adulto y un efebo de la Grecia clásica. Se aproximó más y contempló los delicados detalles; admiró los pliegues de las túnicas, el trabajo de los músculos y tendones, el cincelado de los acaracolados cabellos del joven y la minuciosidad de la barba del mayor. La mano del adulto tocaba el miembro del joven con intención iniciática. A la izquierda, cuadros y motivos eróticos cubrían casi la totalidad de la pared, formando una composición abigarradamente selvática en la que pululaban animales reales o mitológicos en fraternal convivencia orgiástica, entremezclada, con hombres y mujeres de diversa orientación sexual. Dioses y mortales se enzarzaban en simuladas luchas, seducciones y coitos, en ocasiones complejos y múltiples. Depositó en el guardarropa su cazadora de cuero negro tras pagar por adelantado un precio que le pareció excesivo pero ante el cual no replicó. Le dieron una ficha metálica con el número 69. ¡Ironías de la vida! En el mostrador observó curioso  otra obra clásica del arte erótico grecorromano, hallada en Herculano, que representaba a Pam, dios de la naturaleza, fecundando a una cabra.

 Traspasado el vestíbulo la ambientación cambió, descubrió vestimentas inimaginables a pesar de conocer gran parte del ambiente de la movida madrileña. Aquella mezcla era totalmente distinta. Gentes absolutamente incompatibles en cualquier otro local conocido se daban cita allí sin mayor problema ni rivalidad, como un catálogo viviente de las distintas tribus urbanas. Sentado en la barra, un bello travestí que vestía un modelo de Armani, entornó los rojos, conjuntado con una extravagante pamela similar a un paraguas.  De espaldas, inconfundible por su antojo en forma de fresa entre las escápulas, descubrió a Victoria. Vestía un ceñido vestido turquesa con un escote en la espalda que le llegaba casi hasta las nalgas. Llevaba el pelo más largo y se había teñido de morena. Ella giró imperceptiblemente la cabeza al sentir una ligera corriente de aire fresco como consecuencia de la apertura de las puertas de entrada. Reaccionó como si no lo conociera, sin intención alguna de saludarlo. Mario quedó perplejo. Su primer impulso fue darse la vuelta y marcharse. Su presencia le incomodaba y una fuerte sensación de prudencia se aferró a su corazón. Su mente, en cambio, práctica, razonó que él tenía el mismo derecho que los demás a estar ahí, que no debía sentirse intimidado o coartado por el hecho de que hubiera coincidido con una de sus amantes casuales ya descartada. Se fijó en el abrumador parpadeo de las pestañas postizas de la drag queen, en los rizos de sus cabellos, en el exagerado maquillaje. Su más pura imitación de Sara Montiel, con la pose de fumando espero, le resultó cómica de manera agradable y agradecida. La estética camp comenzó a recurrir al drag para la personificación de la ironía en las artes, valiéndose del vestuario afeminado y abigarrado de figuras masculinas para formular una intención cómica dentro de la cultura masiva y sus medios de comunicación. Las drag se estaban haciendo habituales como una expresión de género totalmente enfocada a la identidad trasgénero formando parte de la expresión del aun incipiente orgullo LGBT de España. En su intención histriónica, comenzaban a dedicarse al canto, baile, playback, su participación en Gay Prides, concursos de belleza y drag shows.

Su intuición le susurró que ambos habían compartido intimides ocultas. Mario, sin saber el origen, se sintió herido. Pero era algo más, era el temor, la precaución, el rechazo a aquella amante caprichosa y desechada. No deseando echar a perder aquella noche en aventuras de cama pasadas, se dedicó a investigar el resto del local y su clientela. Se encontraba abarrotado, desprendía un humo asfixiante y aire modernista que le hizo sentir fuera de lugar inicialmente. Su indumentaria, aunque juvenil y actual, desentonaba estridentemente con la forma de vivir y sentir de la mayoría de aquellos otros jóvenes, aunque en aquel recinto todo fuera permisible. Como chico pop en ciernes que buscaba su estilo vestía ropa de marca, e intentaba imitar a su ídolo preferido del momento. Llevaba pantalones cómodos, una chomba color hueso, zapatos a la moda,  cadenas, anillos de oro y anteojos de sol. Le llamaban la atención las nuevas tecnologías y la cultura bailable le acompañaba. Le gustaban las motos y los autos de marca con los que se sentía identificado a través de la publicidad; lo suyo era consumir marca. La frase que definiría mejor a su tribu sería:”Lo importante no es ganar si no participar de las ganancias” 

Se percibía la movida madrileña como un estilo más que una sustancia, una explosión de anhelos contenidos de libertad durante el periodo de La Transición en el que estaba teniendo lugar la llegada de la cultura punk o New Wave, la moda y la revolución sexual. La Movida era un momento de expresión de música pop y underground, comics, fotonovelas, marketing descarado, películas y diseños extravagantes. Todo el mundo se cubría con purpurina, maquillajes exagerados, chaquetas de cuero y peinados multicolores. Era el tiempo de los punks, glams, rockers y otros muchos más; del abuso del alcohol, drogas, experimentos sexuales y otros excesos que Mario comenzaba a explorar.  Grupos como Mecano, Alaska, Radio Futura, Paraíso, Kaka Deluxe, Burning, Gabinete Caligari, Nacha Pop y Hombres G eran sus preferidos. El trío Mecano se preguntaba ese año, abandonando la estética bohemia de su primer disco para adoptar una imagen cercana al  post punk, ¿Dónde está el país de las hadas? Y él también lo hacía y buscaba un particular y personal “Barco a Venus”  que le llevara a ese país interior para no hundirse. ¿Lo encontraría ahí?

 A unos metros, dos chicas vestidas como si fueran hermanas gemelas se besaban tiernamente, indiferentes a todo. Ambas llevaban vestidos largos en crepé  de lana con ataduras en los brazos. La más alta, morena y delgada, tenía tatuada en su hombro izquierdo una enorme tarántula con todo lujo de detalles. La otra, algo mayor y más corpulenta lucía aretes a lo largo del borde de la oreja derecha. Un poco más allá, apretujados, había un grupo de unos seis chicos y chicas empréstitos al más puro estilo de los años 60, tarareando canciones de la época a la vez que las coreografiaban. Al fondo, vio a una chica sola con un top de gasa transparente y franjas de raso, con un chal de plumas. Comenzó a sonar la canción “Embrujada” de Tino Casal y Mario se dejó invadir por las notas mientras encontraba crudas semejanzas con la vida de Victoria.

Al lado de Mario, con el pie apoyado contra la pared, un joven punk con cresta rubia platino, una argolla en la nariz, tirantes y botas militares bebía un generoso coñac, muy posiblemente de garrafón. La estética punk se basaba en el principio fundamental de la provocación visual, es decir la “estética "es anti-estética. Buscaban la provocación y la expresión de los ideales de desprecio por la burguesía y todo lo que se le relacionaba mediante el uso de la ropa vieja y andrajosa. Él nunca había estado con uno y la idea le excitó. El punk volvió la cabeza y mirándole, sonriendo vivamente, le dijo que iba a mear.

En otro contexto aquella información entre desconocidos hubiera sido considera innecesaria o grosera, pero allí era una proposición sexual en toda regla. Mario le siguió. Dando codazos, pidiendo disculpas constantemente a los que bailaban  enloquecidos, llegó a los lavabos. Los cotidianos muñequitos en las puertas habían sido sustituidos por primeros planos fotográficos de genitales masculinos y femeninos en todo su esplendor. Empujó la puerta que le correspondía por su sexo. Ante él, sobre los lavabos, dos jóvenes extremadamente pijos, esnifaban unas rayas de cocaína. Haciendo caso omiso a las cordiales invitaciones a compartirlas con ellos, se dirigió a los urinarios, situados a mano izquierda. En realidad era un círculo dividido en cuatro radios, con bajos paneles verticales transparentes de metacrilato, lo suficientemente altos para no salpicar al compañero miccionario que apuntaba a una narcisista pared espejada. Se acercó, se aflojó el cinturón, desabrochó los cuatro botones del pantalón, tomó el pene en la mano y orinó sobre una sinuosa espiral, también de metacrilato. Casi inmediatamente dos jóvenes se pusieron a cada lado y le imitaron, e incluso fueron más allá: comenzaron a masturbarse. Uno de ellos era el de la argolla nasal, extremadamente guapo, aunque con algún que otro kilo de más. El otro, un gótico con ropa inspirada en la época victoriana, camisa vaporosa, elegantes tejidos, leotardos, y calzado similar era más vulgar, picado de viruela bajo un aspecto pálido, pero de buen cuerpo y miembro generoso. Sin pretenderlo se excitó por la morbosa situación y opuestas opciones, participó momentáneamente en el juego de miradas explícitas y lentos repliegues. El punk pasó el brazo sobre el pequeño tabique trasparente; le masturbó lenta y deliciosamente, mientras que el de camisa con bellas puntillas le besaba como si le fuera la vida en ello. Al cabo del rato se vio arrastrado a los retretes cuando uno de ellos quedó libre. Mientras, sus anteriores ocupantes se lavaban las manos y enjuagaban la boca bajo un grifo en forma de falo. La puerta abierta mostraba un inodoro casi cósmico, posiblemente de aluminio. Cuando estuvo cerrada, pensó en lo traslucida que era al recordar las eróticas evoluciones de sus usuarios anteriores, como si se tratara de un teatro de nítidas sombras chinescas. Conocía los cuartos oscuros, las saunas, incluso había hecho el amor en lugares indiscretos y públicos... Se dejó llevar.

Al salir, vio que el recinto se encontraba a algo más despejado. Sin dificultad divisó a Victoria, que esta vez charlaba animadamente con un chico que parecía haberse vestido con uno de los visillos de la casa de su madre. Vaporosamente, desplazaba sus brazos con armonía, causando un efecto posiblemente ensayado ante el espejo. Tal como preveía, Victoria no le prestó atención. Sin saber la causa decidió quedarse, tal vez ante la expectativa inconsciente de repetir en aquellos cósmicos retretes. Ya no se sentía desplazado. Victoria estaba bebida, alegre, mordaz, hiriente incluso ante su textil interlocutor drag. Parecía decidida a causar daño indiscriminadamente, jugando con unos y con otros, manejando las situaciones, fomentando las hostilidades.

Frente Mario, una cabeza lustrosa y brillante casi le deslumbró. Vestido con unas amplias y presumiblemente cómodas vestiduras negras, y capa, a pesar del ambiente cargado, parecía vampiro de película serie b. Mantuvieron la mirada   denotando un mutuo interés más allá de la curiosidad y más cercana a la valoración. Mario, curioso, se acercó a él.

-¡Hola! -saludó gritando la criatura de la noche sin dejar de  seguir el ritmo de la ensordecedora música.

-¡Hola! –correspondió sin lograr a que tribu urbana podía pertenecer.

-Eres nuevo. Nunca te he visto por aquí -siseó el alopécico por elección. ¡Pareces tan salido del mundo real!

 Mario no supo cómo interpretar y corresponder a tan extraña observación. Esperó a que prosiguiera con una conversación menos cabalística.
 
-Mira -le dijo al tiempo que entreabría su capa y desabrochaba su holgada camisa para mostrar el pecho- todo esto es tuyo si lo deseas.

 Mario se sintió turbado al ver sus pezones atravesados por gruesas argollas de las que colgaban unas enormes pesas caseras, aparentemente de plomo. Le dolieron los suyos solidariamente con solo verlos.

-Si lo deseas puedes ser mi amo. Tengo sitio -le susurró con complicidad- y una inmensa cantidad de juguetes... Puedes dejar caer cera hirviendo en mis pezones, en mi culo o en el capullo, después de eso orinarme encima, puedes pegarme y pedirme que te  lama los pies como un perro... ¡lo que desees! ¡Soy tuyo, amo!

-Lo siento –contestó Mario lo más cortésmente que fue capaz-. Creo que me he confundido. No buscamos lo mismo.

Hizo intención de marcharme, pero en un último intento el sadomasoquista le sujetó la muñeca.

 -Te que dicho que no -repitió con más firmeza de la que hubiera deseado apartando el brazo bruscamente-. Si soy tu amo te dejo en libertad.

 Enfadado por el rechazo, incomprensible para él, cerró de nuevo su capa, dio media vuelta y se alejó. Mario se sintió muy extraño, pero lo dejó pasar. ¿Qué sentido tenía que me quedara allí? ¡Venus cada vez parecía estar más lejos! Anecdóticamente, Carmen, la nueva y posiblemente temporal amiga de cama de su hermano, le había hablado de aquel lugar de manera ambigua, sin dar demasiados detalles. Había dicho que no recomendaría a aquel lugar a nadie tan inexperto como él, pero que quizá mereciera la pena conocerlo. Algo en su pecho le oprimía, sentía como si una bola de estopa le impidiera respirar: era la ansiedad, la angustia. Recordó lo sucedido durante las últimas semanas, en lo mucho que estaba cambiando su vida, en lo mucho que echaba de menos a Jorge, su amante más duradero. De camino a la salida encontró a Victoria en pésimo estado. Su borrachera era tal que apenas podía mantenerse en pie. El complejo de Ángel de la Guarda resucitó en Mario, ¿Cómo podía abandonarla en aquella situación? Sin embargo, ella había demostrado reiteradamente que no quería ser salvada. Una víctima del desamor...

Fue entonces cuando posó su mirada en uno motoqueros, uno de los hijos de los bikers, a los que gustaban las motos antiguas, las marcas y modelos Harley Davidson e Indian, escuchaban música heavy, country y rock & roll, como Motorhead, Steppenwolf o Judas Priest. Era común que los motoqueros se asociaran  a moto clubes, con el fin de compartir con otros aficionados, su pasión por los vehículos así como una filosofía de vida que fomentaba los valores del compañerismo, la libertad y el contacto con la naturaleza. Eran nómades fanáticos de las travesías ruteras. Era lo más parecido al capitán del “Barco a Venus” que buscaba.

Tenían fama de poseer  un carácter machista junto a una estética relacionada con el fetichismo del cuero convirtiendo al arquetipo viril del motoquero en uno de los mitos sexuales más difundidos en la cultura gay. Recordó diversos dibujantes eróticos   y especialmente a Tom de Finlandia. Sin embargo éste era delgado, pero con músculo. Cejas enmarcadas, ojos lánguidos como un cordero que llevaran al matadero, labios alegres y barbilla cuadrada pero sobresaliente con respecto a la mandíbula. Según momentos le parecía guapo o normal.

Admiró su chaleco de cuero vacuno, en este caso fino, acompañado de chaleco jeans con tachas y parches con el nombre a de la comunidad motoquera a la que pertenecía. Al bajar la vista comprobó su bulto en los pantalones vaqueros algo gastados. Su pelo era salvaje, acompañado por una barba de distintos cortes. Sus botas eran texanas. Tras las gafas tipo Ray-Ban vislumbró una mirada amable. El motero comenzó a acercarse y algunos de sus accesorios, cadenas, billetera de cuero, anillos, muñequeras y la cruz de hierro que usaba como protección, comenzaron a tintinear.

-Mi nombre es Héctor –dijo el motero extendiendo la mano. Estoy aburrido de estar aquí y me marcho. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Entonces pareció embargado de encanto y su sonrisa lo iluminó todo. Podía respirar mucho mejor.

Mario no lo dudó. En la Harley Davidson, agarrado fuertemente a los abdominales del conductor, con los genitales apretados a sus nalgas, le había asegurado que le llevara donde quisiera. Disfrutó de su Barco a Venus personal y del desconocido trayecto hasta llegar al destino. Se sentía como una chica Almodobar en un papel estelar; poseído por un laberinto de pasiones que deseaba experimentar junto a Héctor, su príncipe troyano.



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