lunes, 23 de junio de 2014

EL PRIMER DÍA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ





En demasiadas ocasiones supeditamos nuestra vida, deseos y sueños por los demás. Tomamos decisiones que consideramos inamovibles. Pero nuestro destino, en gran parte, lo podemos crear.

    EL PRIMER DÍA


Sentado en el borde de la cama, aún desnudo, Luis dirigió sus ojos hacia el foco de luz que, compuesto por filas horizontales de claridad discontinua en forma de estor veneciano, anunciaba el comienzo del día presente al otro lado de la ventana.

Tras calzarse las zapatillas se incorporó lenta, cansadamente, como si sus espaldas cargaran un peso mayor del habitual y se dirigió a la cocina: un café recién hecho le ayudaría a afrontar de mejor manera los acontecimientos venideros que a fuerza de repetirlos durante la pasada noche de desvelo, habían perdido gran parte de sentido, convirtiéndose en el espejismo de un sueño, la ilusión de una quimera, el delirio de una pesadilla. Demasiadas emociones…

Se sometió a una ducha dilatada que despejó su mente, al tiempo que su nuca, espalda y glúteos enrojecían bajo el chorro ardiente de agua. El vapor se fue espesando y sus ojos, perdida la vista en la blancura húmeda que lo ocultaba todo, enfocaron una vez más el pasado con esa mirada interior que en fotogramas caprichosos sin orden suele mostrarnos la película de nuestras vidas. 

Luis había dedicado toda su existencia a su familia; sus padres, dos hermanos y una tía soltera constituían una pequeña estirpe que descansaba en sus espaldas, de la que sin saber bien como no porqué se había responsabilizado. Las circunstancias, halladas o buscadas, natural o artificialmente provocadas –que de todo hubo- le forzaron en convertirse en la columna que sustentaba su hogar, le nutrieron de responsabilidades y le vetaron durante años la entrada al reino de la autocomplacencia y satisfacción de sus propias inquietudes y sueños. Cierto que hacia su vida, pero no la vida que realmente sabía que podía vivir. Y tenía la oportunidad… 

Salió de la ducha secándose con fuerza para espabilar su circulación y se dispuso a vestirse. En una silla, colocadas esmeradamente, se hallaban dispuestas todas las prendas, en orden inverso al que ocuparían sobre su cuerpo. Tras la colorida ropa interior, se embutió la camisa y mientras se peleaba con los botones, intentó acordarse del momento que marcó el principio de la resignación, de la aceptación de un destino que podía haber sido modificado; el momento en el que había arrinconado recelos, dudas, intuiciones y todo un compendio de aspiraciones que se fueron difuminando perdiendo su valor e interés. No encontró un momento concreto, sino una sucesión de acontecimientos ante los cuales podía haber sido más asertivo, actuado de manera distinta. Había postergado demasiadas cosas. 

Tiró de sus pantalones hacia arriba en un intento de que el cinturón, al quedar por encima de su incipiente estomago, le apretara lo menos posible; todo un símbolo que eliminaba las ataduras impuestas, las cargas emocionales y las obligaciones que habían anulado su voluntad durante tantos años. 

"No nos podemos quedar solos, tus hermanos necesitan aun de tu ayuda, ¿dónde vas a estar tú mejor que aquí?, tu familia es tu obligación, la sangre es lo primero". 

Las frases, como cantos de sirena engañosos, resonaron en su cabeza, reflejándose también en la imagen que el espejo le devolvía. Puesta ya la chaqueta se contempló satisfecho. 

Conteniendo la respiración, intentó absorber el fruto del buen comer y la falta de ejercicio regular y se peinó con la mano con un poco de gomina. A pesar de las dudas que pretendieron sembrar en él, inútiles intentos de tapar las grietas que presagiaban desastres imaginarios, estaba seguro que el placer que experimentaba con solo evocarle y el dolor que le producía su ausencia, únicamente podían ser fruto de aquello que se mezcla con el afecto, comprensión y pasión convertidos en amor y que una vez nacido es imposible parar. 

Absorto como se encontraba, se sobresaltó al escuchar tres pitidos. El coche ya le esperaba fuera. 

Se calzó los relucientes zapatos y se pasó la corbata por la cabeza, ajustándola en torno al cuello, al tiempo que contemplaba las puertas atrancadas del resto de las habitaciones. 

Antes de abrir la puerta del portal, oyó una nueva señal, otro sonido de libertad y esperanza. Ya en la calle, no pudo evitar sin embargo, mirar hacia arriba, hacia las ventanas cerradas tras las cuales su familia, sin estar ajena a lo que sucedía, permanecía como si nada pasara. Silencio, chantaje emocional…

Levantó la mano para decir adiós a todos y a nadie y, consciente de que no podría olvidar del todo su pasado, salió afuera, sintiendo como la ultima cadena se desprendía se su piel. 

Montó en el coche, adornado con tiras y flores de seda blancas. Erguido, deseando encontrarse con su amado y futuro cónyuge, sin volver la cabeza atrás inició el primer día de su vida. ¡El día de su boda con Daniel!

sábado, 14 de junio de 2014

PRESENTACIÓN DE LA LA NOVELA "DE LEVI" (SOSPECHA LEVE DE HEREJÍA) DE DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



Finalmente, podréis disfrutar como lectura de verano DE LEVI (SOSPECHA LEVE DE HEREJÍA). Es un día muy especial para mí y me gustaría compartirlo con vosotros, con aquellos que me han apoyado en la cercanía y la distancia. Todo tiene su tiempo y el de ésta novela se ha hecho presente.





SINOPSIS


La primera mitad de siglo XVII es una época en la que la ignorancia, superchería e inmovilismo de siglos aun persiste y lo diferente causa miedo; lo que no es usual es explicado mediante normas férreas que dogmatizan siendo consideradas verdades inamovibles. Todo aquello que se sale de la norma está asociado a la brujería o herejía y por tanto la iglesia y la Santa Inquisición velan por pureza de la fe y la verdad. No existe el criterio propio, individual.

En este contexto histórico nace Hernán en la villa de San Román de Montalbán de la provincia de Toledo, hijo de una gitana adivinadora y echadora de cartas que ha sido condenada a portar el sambenito como penitencia contra las leyes divinas y humanas. La dolencia que padece Hernán será el hilo conductor de una trama en la que se mostrarán formas de pensar y vivir de múltiples personajes, tanto rurales como capitalinos, de Toledo y Madrid, en los que el común denominador es el pensamiento único guiado por las instituciones político religiosas y la ignorancia.

Las situaciones se complican en San Román de Montalbán: celos, envidias, sucesos sin explicación aparente, miedo y supervivencia conducirán a algunos de los habitantes a tomar drásticas decisiones de acuerdo a su conciencia con imprevisibles consecuencias.

La Santa Inquisición irrumpe definitivamente en sus monótonas vidas y el desconcierto aumenta para hasta puntos insospechados. Muchos continuaran viviendo en el miedo, mientras que otros, en distinta medida, lo enfrentarán.

domingo, 8 de junio de 2014

ESTOY AQUÍ. POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ



ESTOY AQUÍ


Hay momentos en nuestra vida en los que hemos de enfrentarnos a lo que nos hace daño o infelices. Cada uno, con suerte, encontrará su personal manera de hacerlo.

ESTOY AQUÍ. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ


Llevaba allí tres días y aún faltaban cuatro más para que pudiera regresar a su vida normal. Siguiendo los pasos de la insoportable rutina, Luzvina se levantó desganadamente de la mesa donde, como siempre, dejó casi la mitad de la comida, después de removerla anárquicamente  con el tenedor en un ritual que acababa provocándole hastío y repulsión, pero al que se sentía inclinada irrenunciablemente. Al menos ese caos interior se plasmaba de alguna manera en el exterior, como una sutil vía de escape a la presión a la que se sentía sometida.

Por delante se extendía a otra faceta del acatamiento al descanso más absoluto; una sofisticada tortura que en lugar de calmar sus nervios, los desbocaba en una carrera hacia el delirio como caballos cojos perseguidos por fieras asesinas. Subió las escaleras que conducían a su habitación, dejando atrás el comedor en el que apenas dos o tres mesas registraban actividad y se adentró por el pasillo, un corredor poco iluminado con puertas en ambos lados. El hecho de que su habitación fuera la última de la derecha, la más alejada del centro vivo de la residencia, le pareció un guiño más del burlón destino.

Ya dentro de la sala se sentó sobre la cama, arrinconada frente a la ventana. El colchón era duro para su gusto Allí observó el resto del mobiliario, buscando con la mirada cualquier diferencia que no encajara en sus recuerdos. Todo seguía tal y como lo dejara una hora antes: una mesilla aséptica coronada por una pequeña lámpara, un escritorio que miraba la pared, cobijando bajo su marco de madera una banqueta giratoria y por último, un armario demasiado ampuloso y molesto a la vista para sus escasas necesidades  Miró a través de la ventana, sin ver. No sabía si se sentía encerrada o protegida; definir sus emociones sería como escoger al alzar una carta de una baraja de naipes arrojada al aire.

Luzvina se recostó, aburrida, hastiada, e intentó dormir un poco para adormecer no solo su cuerpo; también su mente inquieta. Tras dar mil y una vueltas hasta encontrar una postura relativamente cómoda se dejo vencer por la somnolencia.

¡Se despertó!

Al abrir los ojos, absolutamente confusa, tardó unos instantes en reconocer dónde estaba. La luz que entraba por la ventana era mucho más tenue. Se apoyó sobre sus codos e intentó incorporarse a la realidad.

¿Qué era lo que le había despertado? Era una especie de sonido, como una voz…

-Estoy aquí…

Recorrió con la vista la habitación, moviendo la cabeza lentamente en todas las direcciones, pero sin hallar el origen del aquel sonido.

-Arriba, sobre tu cabeza

Luzvina alzó los ojos hacia el techo y lo que vio le hizo buscar cobijo bajo las sábanas, a las que se aferró, apretando los brazos, cerrando los párpados y conteniendo el aliento. No se produjo ningún ruido revelador, no hubo voces en el siguiente intervalo de tiempo, que le resultó eterno, hasta que reunió el valor suficiente para asomar la cabeza fuera del protector refugio de tela. Volviendo a mirar aquella imagen, enmarcada por un halo desigual y cambiante de múltiples colores, confirmó lo inverosímil: aquella figura de otra dimensión era ella misma. Incomprensiblemente era una especie de reflejo en el espejo de facciones incorpóreas con iridiscentes colores de tonos imposibles. Algunos agradaban y aportaban seguridad, otros aumentaban su ansiedad y causaban rechazo, especialmente los de color marrón o gris sucio.

-¿Te he asustado? No debes tener miedo, porque aunque mires fuera, formó parte de ti; soy su otro yo, el sótano de tu conciencia.

Acurrucada en una postura casi fetal, abrió la boca en un gesto de respiración hiperventilada cercana al pánico. Se reconocía, pero eso no significaba que le agradara o que se sintiera directamente identificada con aquella doble etérica.

-He esperado mucho tiempo que me sacaras a la luz, que me dejaras ser consciente. Ya sé que soy lo peor de ti, pero debes aprender a convivir conmigo, pues si no me conoces y aceptas, nunca podrás ser feliz. No te preocupes, será como si nos encontrábamos por primera vez; mejor dicho, como si no nos hubiéramos separado.

Ante Luzvina se sucedieron un bombardeo de hechos, fechas y lugares de su pasado que, una vez pronunciados, cobraron realidad vestidos de palabras. La arroparon en un contacto doloroso, como si de nuevo volvieran a producirse. Instintivamente se tapó los oídos, intentando aislarse de aquella voz, pero el sonido le seguía llegando obstinado, profundo, como se procediera de su propio interior; cada vez más cerca de su garganta, las palabras se producían sin pausa, subían por su estómago, asfixiaban los pulmones y  se le encajaban en el cuello, provocándole las náuseas previas al vómito. Las voces de los recuerdos desbordaron su pecho recorriendo los brazos agarrotados hasta las yemas de los dedos Las palabras descendían también hasta su bajo vientre, sus ingles, recorriendo las piernas hasta la punta de los pies. Su cuerpo vibraba de una manera que nunca hubiera imaginado. Sintiendo calor en cada una de las células se abandonó al inevitable enfrentamiento, ante la manera en la que había percibido su existencia.

De pronto, como si una puerta cediera a la violencia del huracán de emociones, se encontró gritando entre sollozos todas las palabras que nunca había sido capaz de pronunciar, los sentimientos que no pudo asimilar, los recuerdos no curados que había ocultado, los odios y rencores guardados como joyas ponzoñosas, confesándose así misma todo lo que su corazón había ocultado en un protector e invalidante engaño. Asimiló sus propias traiciones, debilidades con responsabilidad y no con culpa mutiladora.

Por el eco de sus propias voces y los brazos de un corpulento hombre embutido en una bata blanca, volvió a la auténtica certidumbre, aunque tardó aún un tiempo en aceptar que éste no era uno más de los espejismos que antes le confundían. No bajó a cenar y durmió profundamente, sin apenas moverse, como si el colchón fuera el de su propia cama.

Días más tarde, contenta y cansada, traspasada la última puerta inspiró y expiró con profundidad tres veces. Sobre ella, el cartel “Centro de Regresión Mental”, ya no significaba únicamente una frontera entre el pasado y el presente, también era el mejor pasaporte para el futuro y Luzvina, en un alarde de reconquistar libertad, corrió escalera abajo, decidida a hacer el uso inmediato de ella.


Pocos, muy pocos, intuyeron la equilibrada gama de colores que envolvía su cuerpo, mente y espíritu.

miércoles, 4 de junio de 2014

REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.



El significado del tema de los tres monos es complejo y diverso; así como para la élite intelectual se encontraban relacionados con el mencionado código filosófico y moral santai, entre el pueblo el sentido era «rendirse» al sistema, un código de conducta que recomendaba la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción, sentido que perdura en la actualidad 



Crisis (del latín crisis, a su vez del griego κρίσις) es una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución; especialmente, la crisis de una estructura. Los cambios críticos, aunque previsibles, tienen siempre algún grado de incertidumbre en cuanto a su reversibilidad o grado de profundidad, pues si no serían meras reacciones automáticas como las físico-químicas. Si los cambios son profundos, súbitos y violentos, y sobre todo traen consecuencias trascendentales, van más allá de una crisis y se pueden denominar revolución.
Las crisis pueden ocurrir a un nivel muy desesperante entonces puedes morir a nivel personal o social. Pueden designar un cambio traumático en la vida o salud de una persona o una situación social inestable y peligrosa en lo político, económico, militar, etc. También puede ser la definición de un hecho medioambiental de gran escala, especialmente los que implican un cambio abrupto. De una manera menos propia, se refieren con el nombre de crisis las emergencias o las épocas de dificultades.


REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.


En ocasiones me siento desbordado. Crisis, crisis, crisis... Creo que he sido consciente con la crisis económica que estamos en una continua situación de crisis: crisis de los treinta, cuarenta, cincuenta...;crisis de pareja, crisis existencial, crisis de valores, crisis ecológica, crisis política. Con la explosión de las repercusiones y medidas ante la crisis monetaria me he dado cuenta paulatinamente, de una manera distinta, de cuan frágiles somos y lo perdidos que estamos. Buscamos seguridades, referentes a los que aferrarnos, como siempre hemos hecho a lo largo de la historia. Lo inquietante es que ya no sirven las medidas de antaño, que hay que inventarlas.

 Compruebo con amigos, vecinos, familiares y conocidos que en cierta medida ellos están experimentando lo mismo que yo con sus particularidades, no exentas de nexos comunes.
La crisis está cambiándonos, a algunos más a otros menos, a distintas velocidades y no me refiero en términos consumistas o de capitalismo salvaje. Es obvio. Para sacar lo bueno ya hay otros que destaquen la solidaridad, el espíritu de sacrificio, el llamado despertar de la conciencia y otros aspectos positivos. Yo no planteo ésto ahora, aunque si hay otros relatos o reflexiones en el blog en los que los destaco.

Creo que tras las grandes protestas globales y comunitarias, tras las manifestaciones y huelgas generales pasadas o por venir que parecen reflejar cierta unidad hay un fenómeno preocupante. Nos estamos volviendo más intolerantes, desconfiados, egoístas y nuestra manera de relacionarnos unos con otros no es del todo positiva por utilizar un eufemismo. 
En las parejas se generan tensiones cuando uno o los dos se encuentran sin trabajo. Eso es una novedad, pero si lo es el que se lleguen a plantear el "sálvense quien pueda" con o sin la existencia de hijos de por medio. El pan y cebolla, en la riqueza y en la pobreza no son suficientes y el amor es sustituido por necesidades más apremiantes en algunos casos. El amor que acuna y mece es sustituido por la crisis que arrasa y descoloca.
Los amigos y conocidos, incluso miembros familiares tienen reservas en el momento de hablar de determinados temas que no tienen que porque reflejar necesariamente un punto de vista político. 

La ayuda y apoyo ofrecidos -no me refiero al monetario o en forma de prestamos- se queda en palabras que se lleva el viento. Los apoyos morales, emocionales, las maneras sin gasto económico que nos podemos prestar mutuamente se ven reducidos, como si sobre ellos se cernieran una hipoteca no pagada a tiempo a punto de ser reclamada por Bankia. 
Me siento desconcertado cuando tiendo la mano para ofrecer, para intercambiar emociones y sentimientos, cuando me abro a amistades nuevas o viejas que parecen tener bases solidas para luego encontrarme abanicando el aire. Pareciera que se ahorran afectos y atenciones como si dependieran de la prima de riesgo. Cierto que en la vida todo cambia y tiene su proceso, que nada es permanente. No se puede ayudar a quien no se deja; a quien pone la soberbia, vergüenza, timidez o imagen social por encima de sus verdaderas necesidades holísticas.
En los últimos años y meses he hecho amigos interesantes. El intercambio de conocimientos mutuos y asesoramiento, ademas de implicar un desarrollo personal tiene su propia gratificación y recompensa como proceso y no como finalidad. Así ha sido por mi parte al menos. Es un ejemplo prosaico tal vez, pero viene muy a mano. Es una bocanada de aire fresco compartir de esa manera.

 La crisis hace que ahorremos hasta las palabras de aliento, de apoyo, de comprensión. Esperamos, en muchas ocasiones, algunas de ellas en lugar de juicios o prejuicios pero la subida del IVA ha debido de encarecer mucho su manifestación. Reconozco que, a pesar de mi optimismo, hay momentos en los que flaqueo. Entonces intento sentir en soledad, meditar, dejarme fluir y crear mi realidad modificando mis pensamientos acerca de mi percepción de la realidad. 
 Lo más terrible para mi es que, en ocasiones, me estoy volviendo de esa manera; al menos soy consciente de ello. En una época en la que la moneda compra poco, en la que el trueque emocional y afectivo deberían ser un recurso valioso me he percatado de mis pinceladas de tacaño. Tengo, en ocasiones, la percepción de que "mis inversiones" han sido depositadas en una entidad inadecuada o que no me aportan los réditos que esperaba. Es como si el BCE me susurrara que debo de guardar en casa, bajo el colchón de mi personalidad o la baldosa de mis intuiciones, todo aquello que me parece que es de valor personal sin compartirlo con nadie. ¿Será eso lo que les ha sucedido a los demás antes que a mi? Puede que simplemente sea un periodo de transición personal en el que descubro nuevas formas de apego de las que antes no era tan consciente.

Otro aspecto, cuanto menos llamativo, es el mundo de los contactos mediante perfiles o demandas de servicios, a los cuales no soy muy aficionado. De cuando en cuando pruebo, pues no hay que cerrar puertas. Aparecen de la nada, de pronto, gentes que no son más que chaperos encubiertos y de medio pelo o chicos en busca de protección, como se decían hace algunos lustros, que con tal de tomar  un café o cenar de gorra regalan los oídos a los pobres incautos. Evidentemente no hablo de sexo necesariamente, que también... Las paginas de contactos o de búsqueda de empleo están desempeñando un papel similar al del INEM o de los auxilios sociales. Varios amigos y yo mismo hemos tenido experiencias ciertamente curiosas al respecto, que no por ello dejan de ser desalentadoras emocionalmente en algunos momentos... Incluso si buscas en la red un profesional de la informática, un fontanero o electricista no es de extrañar que ponga como cebo   servicios sexuales añadidos. La gente tiene que ganarse la vida pero... me sorprendo.

 Hace unos días, durante una cena amistosa, ironizábamos acerca de la posibilidad de solicitar currículos y cartas de recomendación de los ex-amigos o ex-parejas de quienes se acercaran a nosotros, acompañados de una evaluación psicológica y un certificado de penales al estilo del periodo franquista. Si bien eran comentarios jocosos, en cierto modo, manifestaban con humor ese estado de inseguridad, de temor hacia el otro, de desconfianza.

Evidentemente estamos en crisis, eso ya nadie es capaz de negarlo pero, ¿No lo estaremos mucho más de lo que creemos?
Si con ella caen estructuras mentales generando otras nuevas formas de pensar que  sea bienvenida.

viernes, 23 de mayo de 2014

VIOLETAS PARA AMALIA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



Dicen que el amor nos hace ver las cosas de una manera diferente cuando permitimos que entre en nuestras vidas. ¿Permitimos que por miedo o por lo que digan los demás se nos escapen oportunidades?

(DEDICADO A MI VECINA PILAR )


VIOLETAS PARA AMALIA


Como todos los días, Antonio se acicaló con discreción, pero sí lo suficiente como para intentar impresionar a Amalia. Se había despertado más temprano de lo habitual, pues le parecía que la cama se encontraba provista de alfileres puntiagudos que azuzaban a sus carnes para que se irguieran de una vez. Las horas, los minutos, discurrían perezosamente, y pensó que el mejor remedio para aplacar su intranquilidad era la prematura actividad. 


El pijama cayó al suelo, como una inerte piel de serpiente expulsada ante la aparición de una nueva, cuando se introdujo la ducha. Se demoró bajo ella hasta que el agua fría terminó por despejar sus pensamientos y vigorizar su cuerpo. Se afeitó cuidadosamente para no infringirse los cotidianos cortes o enrojecimientos en su castigada piel. Se peinó meticulosamente y se echó colonia, sonriendo con incredulidad ante el recuerdo de los gratificantes efectos sensuales que su publicidad prometía. Eso sí, se puso la camisa blanca que ella le había regalado por su cumpleaños, dos meses atrás. Se contempló satisfecho ante el espejo que, tal como esperaba, le devolvió un guiño de complicidad. 

Desayunó en la cafetería de la esquina. El ser cliente asiduo tiene la ventaja de intercambiar “buenos días” y obtener en la mesa lo que se desea. Algunos camareros, por cortesía, solían añadir: “¿Lo de siempre?”. Degustó el café con churros con una fruición que a él mismo sorprendido, procurando no ensuciar su impoluta vestimenta. Y ahora -como siempre- se encontraba quince minutos antes de lo previsto en el lugar de la cita, sentado en uno de los viejos bancos cercanos a los almendros. Siempre se había sentido atraído por ellos. Árboles aparentemente muertos durante meses, de pronto, de su sequedad manifestaban vida, flores rosadas o blancas se abrían escandalosamente de entre unas ramas desprovistas aún de hojas. El parque era amplio y cuidado. Gracias al casi nulo ruido del tráfico podía apreciar el canto de los gorriones, a veces nerviosos, en ocasiones confiados, que cabían en un puño. Con épico valor se aproximaban para picotear, nerviosamente, las migajas abandonadas de meriendas infantiles. 

Le gustaba acudir el primero a la citas, revivir la sensación de descubrimiento, de novedad, atracción al verla aparecer destacando de entre todas las mujeres como un ángel de mirada azul, muy azul. Cotidianamente dedicaba este interludio a recordar el como la conoció. Fue allí mismo: faltaban días para hacer un año. Sí, los almendros ya habían roto en flor. Durante uno de sus paseos había posado sus ojos en ella inevitablemente. Se encontraba sentada, llorosa, ausente, con una apariencia de sangrante soledad. Antonio pensó primero en ignorarla, en no entrometerse en aquella vida ajena. ¡Bastante tenía con sus propias preocupaciones! Finalmente se sentó junto a ella en el otro extremo del banco e intentó entablar conversaciones intrascendentes y tópicas que la distrajeran o, incluso, arrancaran el esbozo de una sonrisa. Así, sin pretenderlo, sin esperarlo, sin desearlo... empezó todo. Tímidamente comenzaron a buscarse cada vez que iban al parque, procuraban sentarse cada vez más cerca el uno al otro. Un año significaba muchos paseos compartidos, conversaciones mantenidas, confidencias intercambiadas. El invierno había favorecido otro tipo de intimidad al tener que guarecerse en la cafetería con terraza cerrada climatizaba que permitía nuevas complicidades. 

No, no fue un flechazo. El no había creído nunca en ellos. Fue el paulatino conocimiento mutuo, y el compartir esperanzas y desesperanzas, ilusiones, momentos en la mesa, cines, actividades en común; el pasado, un poco de futuro y sobre todo el presente. No, - reflexionó- esa relación no nació como una solución para matar el tiempo, era para vivirlo. Así lo sentían ambos a pesar de todas las adversidades. Antonio deseaba llegar hasta el final, dar el paso decisivo, expresar visiblemente sus deseos y sentimientos. 


Con puntualidad, ella apareció. A él se le alteró el corazón como el primer día. Ella, al verle, retocó su cabello recogido en un acto de inconsciente coquetería. Lucía un vestido estampado en tonos azules, unos zapatos y un bolso perfectamente conjuntados junto una blanca pasmina ligera, mas como complemento coqueto que por necesidad climatológica. ¡Siempre en ella la azul! ¡Se acercaba su dulce princesa, la reina de su corazón, la dueña de su vida, el despertar de su alma! 

El se levantó; le dio besó en la mejilla depositando en sus manos un ramillete de violetas y se sentaron juntos en el banco, muy juntos. A ninguno pareció molestarle. Mirando nerviosamente a su alrededor, por si alguien les observaba, se cogieron de la mano y decidió hablar. En el interior de su boca encontró piedras frías que incomodaban su dicción y absorbían su saliva como si fueran esponjas marinas. Nada de lo que tenía tan primorosamente preparado salió de sus labios. No era su memoria, sino su corazón el que le dictaba las palabras. 

-Amalia, gracias por acudir una vez más. Siempre temo que un día no te presentes, que te hayas cansado de mí, de esta situación. Sabes lo mucho que significas para mí, a pesar de que nunca te lo he dicho claramente –añadió bajando la mirada-. Sabes que, hasta cierto punto, lo que estamos haciendo es absurdo. Un absurdo para los demás, sin embargo para mí es lo más coherente y palpable de mi vida. -Antonio inspiró profundamente. Las pequeñas rocas le seguían incomodando. Al fin, tras unos segundos de dudas y titubeos, se decidió. 

-Mis sentimientos van mas allá de la amistad…No me salen las palabras. No me juzgues mal. Te quiero, Amalia. 

Una extraña sensación de serena euforia invadió a Amalia. El instante imaginado mil veces se había hecho realidad. En el pecho de la anciana comenzó a latir el corazón de una jovencita. ¡No era una locura! ¿Era posible volver a vivir? Una lágrima se deslizó por sus arrugadas mejillas. El azul sólo se nubló en sus ojos. 

-¡Amalia! -Replicó el nerviosamente- ¿Te he ofendido? ¿Te ha molestado lo que te he dicho? 

-No, al contrario.- calmo ella, dándole una cariñosa palmadita con la mano libre. 

Con su mano derecha, en la que se apreciaba el paulatino avance de la artritis, se dejó llevar por lo que sentía. Sin darte importancia a que el resto de los jubilados miraran o no, acarició sus blancos cabellos, esos cabellos que en algún tiempo fueron negros, rizados, siempre rebeldes. Hacía lustros que habían dejado de existir para dar paso al color del otoño, casi del invierno 

-¿No te das cuenta de que yo también te quiero, aunque digan que somos unos viejos? En realidad lo somos –apostilló encogiéndose de hombros-.Afirman que a nuestra edad ya no hay lugar para el amor o las pasiones, sin embargo -afirmo con dulce ironía y sonrisa abierta- eres el príncipe azul que esperaba desde mi juventud. 

Antonio escuchaba atentamente y las piedrecillas se disolvieron como terrones de azúcar, dejando en su paladar un regusto a sosiego. 

-Estoy confusa –reconoció-. Somos viejos. ¿Qué es lo que sentimos si nuestros cuerpos no son que eran? Somos arrugas, achaques, una colección de pastillas, dentaduras postizas, estamos más cerca del fin de lo que creemos…. 

-Amalia, desde que me jubile mi vida no ha sido más que soledad. Al no haberme casado el trabajo llenaba el vacío, me evitaba pensar demasiado en él. Nunca encontré una mujer que me amara; tal vez no aprendí a amar lo suficiente para descubrir y conservar el amor. Buscaba a otras cosas... ¡Ya sabes! 

Amalia intentó interrumpirle con un gesto de fingido escándalo. Le impidió continuar con el tema. El gusto de su boca ahora era dulce y siguió por otros derroteros. 

-No hagamos caso al mundo que pretende condenarnos a la insensibilidad, que intenta convencernos de que somos inservibles para amar, para esperar, para vivir en deseos o pasiones. No escuchemos a nuestros compañeros, que nos miran asombrados como si estuviéramos cometiendo un pecado, como si quebrantáramos las buenas formas y maneras, como si él cariño estuviera reservado a los jóvenes. Hagamos las locuras que nuestra juventud no cometimos, o repitámoslas. No por ello aceptaré ser “un viejo verde” 

-Antonio -objetó ella con curiosidad- ¿Qué es lo que puedes ver en mí, en un cuerpo erosionado por los años que no es la sombra de lo que fue? Otras mujeres, que se conservan mejor o que son más jóvenes podrían ofrecerte más. 

-Te quiero a ti. Quiero a estas manos apergaminadas, casi resecas, deformadas -susurró tomándolas más fuertemente entre las suyas- porque son capaces de acariciarme sin lástima o piedad. Para mí son tersas y suaves, son delicadas y hermosas como las de una jovencita. Son las manos que me dan y transmiten ternura. Sí, todo tu cuerpo tiene caminos que los años han recorrido por tu vida, al igual que el mío. Para mí tus mejillas son sonrosadas, tus ojos luminosos; tu boca, radiante, pues es la que me dice que me quiere aunque calle discretamente, y no otra. 

Amalia no pudo evitar sonreír. La verdad es que no podía negar que su pretendiente fuera un conquistador nato. ¡Que habría sido de joven! Sus palabras no la habían hecho sentir más joven, pero sí menos vieja. Recordó otros hombres, otras declaraciones, otros besos, otros cuerpos. Mensualmente se difuminaban, se confundían, se entremezclaban. El hambre impulsa a veces a cometer actos que no se desean, pero que parecen ser la única salida. Recordó, ya sin amargura, a los hombres a los que se entregó durante la guerra civil y postguerra para alimentar a su familia. Vino a su memoria la imagen de su fugaz marido, que la abandono con tres hijos pequeños para irse -como suele suceder- por otra más joven. Antonio estaba al tanto de esa oscura parte de su pasado, y aun así... Reflexionó. No, no habría tenido demasiada suerte con los hombres. 

-Está bien- concedió ella-. Vivamos los años que nos quedan con toda la intensidad que podamos. Neguémonos a convertirnos en despojos eternamente pegados al televisor, enfrascados en sus recuerdos, en los errores cometidos ó en aquello que perdimos. Apostemos por el futuro, aunque ese futuro pueda terminar mañana. Lo importante es amar, sentirse vivo, el que ya no nos encontramos solos; el que mi príncipe ha venido, después de tantos años, a rescatarme con su brillante armadura y afilada espada del monstruo que me tenía encerrada en el castillo de la soledad. 

Ahora fue el quien rió jocosamente al verse comparado con tan hidalgo personaje. En los ojos de Amalia, encontró el mar sereno una vez más, y contemplando respondió: 

-¡Valiente príncipe achacoso! ¡Con bastón en lugar de espada, con faja para la hernia en lugar de resplandeciente coraza! 

Ella beso sus labios logrando que Antonio se ruborizara ligeramente. Como a una doncella, apoyó la cabeza sobre su hombro contemplando el ramo de violetas. El más hermoso que nunca tuvo. 

A su lado, como todos los años en su aproximada fecha, los almendros despuntaban gloriosamente. Promesas de flores. Frente a ellos, en otro banco, un vejete con sombrero y gafas bifocales que fingía leer el periódico distraídamente les sonrió con complicidad. 

Pasados unos minutos alzó los ojos y ya no les vio. En cambio, su amigo Tomás se aproximaba con sus muletas nuevas tras someterse a un cambio de prótesis de cadera. En su fuero interno, deseo que se sentara a su lado. Ambos sabían de sus mutuas correrías, de sus amores pasados llenos de cautela por época en la que les había tocado vivir. 

-¡Hola , Buenos días! -dijo él, tomando asiento con esfuerzo para no caer de golpe-. 

-¡Hola! -replicó, arrojando el diario en la papelera cercana- “¿Y si me atreviera a decirselo?”-sopesó.







martes, 13 de mayo de 2014

RESEÑA DE LA NOVELA "PORVENIR" DE P. A. GARCÍA.







RESEÑA  DE LA NOVELA PORVENIR DE P. A. GARCÍA

La obra de P. A. García se puede definir inicialmente como una "novela de naves" que se transforma en una novela apocalíptica. Pero no es tan simple. No es ciencia ficción "dura" a la usanza y, por ello, no renuncia a presentar ciertos aspectos de coherencia y rigor científico-técnicos que son de agradecer en el género, haciéndolo así más cercano. Esencialmente y como premisa podemos descubrir que intenta ser una advertencia sobre el nefasto futuro que puede esperarle a la humanidad si continúa contaminando el planeta, agotando sus recursos, superpoblándolo de manera insostenible y dejándose llevar por la codicia y el enfrentamiento. Todos los temas los tenemos en mente continuamente, ya sea por propia reflexión o por la influencia de los medios de comunicación, ante los cuales la mayoría nos hemos anestesiado.

P. A. García consigue acercarnos a ellos de manera sutil bajo una apariencia inocente para terminar implicándonos de manera más directa.  Para otros lectores puede destacar más el aspecto futurista con pinceladas acertadas de terror psicológico. Ante la misma novela hay conclusiones comunes por parte de los lectores, pero también muchos reflejos personales. Para descubriros tendrás que leer la novela Porvenir, de la cual os dejo una breve sinopsis:

Es el año 2.59. La contaminación, la superpoblación y el abuso de los recursos naturales están llevando al planeta Tierra al colapso.Por ello ser organiza la misión Tellus, con la finalidad de encontrar un mundo lo suficientemente similar a la Tierra como para convertirse en un nuevo hogar para la humanidad.

A  las órdenes del comandante Lubos Uldin, se reúne en la espacio-nave Porvenir un equipo de científicos del más alto nivel. Tras dos años de viaje y apunto de dar por fracasada la misión, encuentran una luna aparentemente habitable orbitando uno de los gigantes gaseosos del sistema Procyon, un rico conjunto planetario a once años luz de la Tierra.

Es el gran descubrimiento que estaban buscando y que puede cambiarlo todo. El vehículo de desembarco Rohan se desprende de la Porvenir y se posa en la superficie de la luna. La tripulación contempla maravillada que está es un paradisíaco retrato de la Tierra. Los astronautas envueltos en trajes espaciales como medida de protección, comienzan a recoger muestras de aire, agua, tierra y vegetación... siguiendo una senda que los conduce a una exuberante selva. El descubrimiento puede suponer la solución a las penurias de la vida en la desbordada Tierra. Pero lo que parecía el mayor hallazgo de la historia de la humanidad pronto mostrará una siniestra cara oculta.



P.A. García nació en Pontevedra en 1982. Tras licenciarse en psicología en año 2005 trabajó como psicólogo forense en procesos de separación y divorcio. Durante ese periodo se inició en el mundo de la escritura con sendos relatos de terror: Ecce Homo y El Vigilante.
Fue en 2011 cuando se volcó en la escritura de Porvenir, su primera novela de ciencia ficción, auto-publicada finalmente en 2013. Actualmente se encuentra inmerso en la escritura de su próxima novela.

Enlace a la novela en Amazon.es: http://amzn.to/1d4HVUF
Enlace a la novela en Payhip: https://payhip.com/b/HqYm


miércoles, 7 de mayo de 2014

LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ






Un pasado que aunque parezca lejano muchos podréis recordar. Eran otros tiempos...

(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO)



   LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983

La exótica fauna y flora nocturnas se reunía con desigual frecuencia en aquel extraño local de moda de Madrid del año 1983. Su publicidad consistía en el boca a boca; no se anunciaba en los periódicos, revistas o carteles. Era clandestino entre los clandestinos y solo un escogido grupo de elegidos era invitado, entre susurros, por otros componentes asiduos con la consiguiente consigna para poder entrar.

 Mario tocó el timbre de un desapercibido local con apariencia de estar abandonado, sin ningún rótulo que lo identificara. Un bigardo, de casi dos metros con una anchura de hombros semejante a la de una mesa camilla, abrió la puerta y la música se hizo estridente. Si bien Mario era fornido, al lado de aquel gorila pareció un alfeñique. Vestido solamente con unos vaqueros muy ajustados, marcando paquete, era el mejor reclamo y recibimiento del garito. Su torso desnudo, sin un ápice del vello, cuidadosamente depilado, brillaba bajo el efecto de algún aceite de los utilizados en las exhibiciones de culturismo. Su cuello ancho, bovino, dejaba raquítico al bien proporcionado de Mario, que le susurró la contraseña acercando sus labios deseosos a una de sus amplias orejas, que le recordaron a las palmeritas de hojaldre. Interiormente deseaba lamerla, pero se contuvo. El armario empotrado simplemente asintió y le indicó con la mano que traspasara una segunda puerta pintada en color rojo putón.

 Al entrar, a la derecha, lo primero que le llamó la atención fue una escultura de escayola imitación a bronce de dos hombres semidesnudos, abrazados. Imitaba una idílica escena y entre un adulto y un efebo de la Grecia clásica. Se aproximó más y contempló los delicados detalles; admiró los pliegues de las túnicas, el trabajo de los músculos y tendones, el cincelado de los acaracolados cabellos del joven y la minuciosidad de la barba del mayor. La mano del adulto tocaba el miembro del joven con intención iniciática. A la izquierda, cuadros y motivos eróticos cubrían casi la totalidad de la pared, formando una composición abigarradamente selvática en la que pululaban animales reales o mitológicos en fraternal convivencia orgiástica, entremezclada, con hombres y mujeres de diversa orientación sexual. Dioses y mortales se enzarzaban en simuladas luchas, seducciones y coitos, en ocasiones complejos y múltiples. Depositó en el guardarropa su cazadora de cuero negro tras pagar por adelantado un precio que le pareció excesivo pero ante el cual no replicó. Le dieron una ficha metálica con el número 69. ¡Ironías de la vida! En el mostrador observó curioso  otra obra clásica del arte erótico grecorromano, hallada en Herculano, que representaba a Pam, dios de la naturaleza, fecundando a una cabra.

 Traspasado el vestíbulo la ambientación cambió, descubrió vestimentas inimaginables a pesar de conocer gran parte del ambiente de la movida madrileña. Aquella mezcla era totalmente distinta. Gentes absolutamente incompatibles en cualquier otro local conocido se daban cita allí sin mayor problema ni rivalidad, como un catálogo viviente de las distintas tribus urbanas. Sentado en la barra, un bello travestí que vestía un modelo de Armani, entornó los rojos, conjuntado con una extravagante pamela similar a un paraguas.  De espaldas, inconfundible por su antojo en forma de fresa entre las escápulas, descubrió a Victoria. Vestía un ceñido vestido turquesa con un escote en la espalda que le llegaba casi hasta las nalgas. Llevaba el pelo más largo y se había teñido de morena. Ella giró imperceptiblemente la cabeza al sentir una ligera corriente de aire fresco como consecuencia de la apertura de las puertas de entrada. Reaccionó como si no lo conociera, sin intención alguna de saludarlo. Mario quedó perplejo. Su primer impulso fue darse la vuelta y marcharse. Su presencia le incomodaba y una fuerte sensación de prudencia se aferró a su corazón. Su mente, en cambio, práctica, razonó que él tenía el mismo derecho que los demás a estar ahí, que no debía sentirse intimidado o coartado por el hecho de que hubiera coincidido con una de sus amantes casuales ya descartada. Se fijó en el abrumador parpadeo de las pestañas postizas de la drag queen, en los rizos de sus cabellos, en el exagerado maquillaje. Su más pura imitación de Sara Montiel, con la pose de fumando espero, le resultó cómica de manera agradable y agradecida. La estética camp comenzó a recurrir al drag para la personificación de la ironía en las artes, valiéndose del vestuario afeminado y abigarrado de figuras masculinas para formular una intención cómica dentro de la cultura masiva y sus medios de comunicación. Las drag se estaban haciendo habituales como una expresión de género totalmente enfocada a la identidad trasgénero formando parte de la expresión del aun incipiente orgullo LGBT de España. En su intención histriónica, comenzaban a dedicarse al canto, baile, playback, su participación en Gay Prides, concursos de belleza y drag shows.

Su intuición le susurró que ambos habían compartido intimides ocultas. Mario, sin saber el origen, se sintió herido. Pero era algo más, era el temor, la precaución, el rechazo a aquella amante caprichosa y desechada. No deseando echar a perder aquella noche en aventuras de cama pasadas, se dedicó a investigar el resto del local y su clientela. Se encontraba abarrotado, desprendía un humo asfixiante y aire modernista que le hizo sentir fuera de lugar inicialmente. Su indumentaria, aunque juvenil y actual, desentonaba estridentemente con la forma de vivir y sentir de la mayoría de aquellos otros jóvenes, aunque en aquel recinto todo fuera permisible. Como chico pop en ciernes que buscaba su estilo vestía ropa de marca, e intentaba imitar a su ídolo preferido del momento. Llevaba pantalones cómodos, una chomba color hueso, zapatos a la moda,  cadenas, anillos de oro y anteojos de sol. Le llamaban la atención las nuevas tecnologías y la cultura bailable le acompañaba. Le gustaban las motos y los autos de marca con los que se sentía identificado a través de la publicidad; lo suyo era consumir marca. La frase que definiría mejor a su tribu sería:”Lo importante no es ganar si no participar de las ganancias” 

Se percibía la movida madrileña como un estilo más que una sustancia, una explosión de anhelos contenidos de libertad durante el periodo de La Transición en el que estaba teniendo lugar la llegada de la cultura punk o New Wave, la moda y la revolución sexual. La Movida era un momento de expresión de música pop y underground, comics, fotonovelas, marketing descarado, películas y diseños extravagantes. Todo el mundo se cubría con purpurina, maquillajes exagerados, chaquetas de cuero y peinados multicolores. Era el tiempo de los punks, glams, rockers y otros muchos más; del abuso del alcohol, drogas, experimentos sexuales y otros excesos que Mario comenzaba a explorar.  Grupos como Mecano, Alaska, Radio Futura, Paraíso, Kaka Deluxe, Burning, Gabinete Caligari, Nacha Pop y Hombres G eran sus preferidos. El trío Mecano se preguntaba ese año, abandonando la estética bohemia de su primer disco para adoptar una imagen cercana al  post punk, ¿Dónde está el país de las hadas? Y él también lo hacía y buscaba un particular y personal “Barco a Venus”  que le llevara a ese país interior para no hundirse. ¿Lo encontraría ahí?

 A unos metros, dos chicas vestidas como si fueran hermanas gemelas se besaban tiernamente, indiferentes a todo. Ambas llevaban vestidos largos en crepé  de lana con ataduras en los brazos. La más alta, morena y delgada, tenía tatuada en su hombro izquierdo una enorme tarántula con todo lujo de detalles. La otra, algo mayor y más corpulenta lucía aretes a lo largo del borde de la oreja derecha. Un poco más allá, apretujados, había un grupo de unos seis chicos y chicas empréstitos al más puro estilo de los años 60, tarareando canciones de la época a la vez que las coreografiaban. Al fondo, vio a una chica sola con un top de gasa transparente y franjas de raso, con un chal de plumas. Comenzó a sonar la canción “Embrujada” de Tino Casal y Mario se dejó invadir por las notas mientras encontraba crudas semejanzas con la vida de Victoria.

Al lado de Mario, con el pie apoyado contra la pared, un joven punk con cresta rubia platino, una argolla en la nariz, tirantes y botas militares bebía un generoso coñac, muy posiblemente de garrafón. La estética punk se basaba en el principio fundamental de la provocación visual, es decir la “estética "es anti-estética. Buscaban la provocación y la expresión de los ideales de desprecio por la burguesía y todo lo que se le relacionaba mediante el uso de la ropa vieja y andrajosa. Él nunca había estado con uno y la idea le excitó. El punk volvió la cabeza y mirándole, sonriendo vivamente, le dijo que iba a mear.

En otro contexto aquella información entre desconocidos hubiera sido considera innecesaria o grosera, pero allí era una proposición sexual en toda regla. Mario le siguió. Dando codazos, pidiendo disculpas constantemente a los que bailaban  enloquecidos, llegó a los lavabos. Los cotidianos muñequitos en las puertas habían sido sustituidos por primeros planos fotográficos de genitales masculinos y femeninos en todo su esplendor. Empujó la puerta que le correspondía por su sexo. Ante él, sobre los lavabos, dos jóvenes extremadamente pijos, esnifaban unas rayas de cocaína. Haciendo caso omiso a las cordiales invitaciones a compartirlas con ellos, se dirigió a los urinarios, situados a mano izquierda. En realidad era un círculo dividido en cuatro radios, con bajos paneles verticales transparentes de metacrilato, lo suficientemente altos para no salpicar al compañero miccionario que apuntaba a una narcisista pared espejada. Se acercó, se aflojó el cinturón, desabrochó los cuatro botones del pantalón, tomó el pene en la mano y orinó sobre una sinuosa espiral, también de metacrilato. Casi inmediatamente dos jóvenes se pusieron a cada lado y le imitaron, e incluso fueron más allá: comenzaron a masturbarse. Uno de ellos era el de la argolla nasal, extremadamente guapo, aunque con algún que otro kilo de más. El otro, un gótico con ropa inspirada en la época victoriana, camisa vaporosa, elegantes tejidos, leotardos, y calzado similar era más vulgar, picado de viruela bajo un aspecto pálido, pero de buen cuerpo y miembro generoso. Sin pretenderlo se excitó por la morbosa situación y opuestas opciones, participó momentáneamente en el juego de miradas explícitas y lentos repliegues. El punk pasó el brazo sobre el pequeño tabique trasparente; le masturbó lenta y deliciosamente, mientras que el de camisa con bellas puntillas le besaba como si le fuera la vida en ello. Al cabo del rato se vio arrastrado a los retretes cuando uno de ellos quedó libre. Mientras, sus anteriores ocupantes se lavaban las manos y enjuagaban la boca bajo un grifo en forma de falo. La puerta abierta mostraba un inodoro casi cósmico, posiblemente de aluminio. Cuando estuvo cerrada, pensó en lo traslucida que era al recordar las eróticas evoluciones de sus usuarios anteriores, como si se tratara de un teatro de nítidas sombras chinescas. Conocía los cuartos oscuros, las saunas, incluso había hecho el amor en lugares indiscretos y públicos... Se dejó llevar.

Al salir, vio que el recinto se encontraba a algo más despejado. Sin dificultad divisó a Victoria, que esta vez charlaba animadamente con un chico que parecía haberse vestido con uno de los visillos de la casa de su madre. Vaporosamente, desplazaba sus brazos con armonía, causando un efecto posiblemente ensayado ante el espejo. Tal como preveía, Victoria no le prestó atención. Sin saber la causa decidió quedarse, tal vez ante la expectativa inconsciente de repetir en aquellos cósmicos retretes. Ya no se sentía desplazado. Victoria estaba bebida, alegre, mordaz, hiriente incluso ante su textil interlocutor drag. Parecía decidida a causar daño indiscriminadamente, jugando con unos y con otros, manejando las situaciones, fomentando las hostilidades.

Frente Mario, una cabeza lustrosa y brillante casi le deslumbró. Vestido con unas amplias y presumiblemente cómodas vestiduras negras, y capa, a pesar del ambiente cargado, parecía vampiro de película serie b. Mantuvieron la mirada   denotando un mutuo interés más allá de la curiosidad y más cercana a la valoración. Mario, curioso, se acercó a él.

-¡Hola! -saludó gritando la criatura de la noche sin dejar de  seguir el ritmo de la ensordecedora música.

-¡Hola! –correspondió sin lograr a que tribu urbana podía pertenecer.

-Eres nuevo. Nunca te he visto por aquí -siseó el alopécico por elección. ¡Pareces tan salido del mundo real!

 Mario no supo cómo interpretar y corresponder a tan extraña observación. Esperó a que prosiguiera con una conversación menos cabalística.
 
-Mira -le dijo al tiempo que entreabría su capa y desabrochaba su holgada camisa para mostrar el pecho- todo esto es tuyo si lo deseas.

 Mario se sintió turbado al ver sus pezones atravesados por gruesas argollas de las que colgaban unas enormes pesas caseras, aparentemente de plomo. Le dolieron los suyos solidariamente con solo verlos.

-Si lo deseas puedes ser mi amo. Tengo sitio -le susurró con complicidad- y una inmensa cantidad de juguetes... Puedes dejar caer cera hirviendo en mis pezones, en mi culo o en el capullo, después de eso orinarme encima, puedes pegarme y pedirme que te  lama los pies como un perro... ¡lo que desees! ¡Soy tuyo, amo!

-Lo siento –contestó Mario lo más cortésmente que fue capaz-. Creo que me he confundido. No buscamos lo mismo.

Hizo intención de marcharme, pero en un último intento el sadomasoquista le sujetó la muñeca.

 -Te que dicho que no -repitió con más firmeza de la que hubiera deseado apartando el brazo bruscamente-. Si soy tu amo te dejo en libertad.

 Enfadado por el rechazo, incomprensible para él, cerró de nuevo su capa, dio media vuelta y se alejó. Mario se sintió muy extraño, pero lo dejó pasar. ¿Qué sentido tenía que me quedara allí? ¡Venus cada vez parecía estar más lejos! Anecdóticamente, Carmen, la nueva y posiblemente temporal amiga de cama de su hermano, le había hablado de aquel lugar de manera ambigua, sin dar demasiados detalles. Había dicho que no recomendaría a aquel lugar a nadie tan inexperto como él, pero que quizá mereciera la pena conocerlo. Algo en su pecho le oprimía, sentía como si una bola de estopa le impidiera respirar: era la ansiedad, la angustia. Recordó lo sucedido durante las últimas semanas, en lo mucho que estaba cambiando su vida, en lo mucho que echaba de menos a Jorge, su amante más duradero. De camino a la salida encontró a Victoria en pésimo estado. Su borrachera era tal que apenas podía mantenerse en pie. El complejo de Ángel de la Guarda resucitó en Mario, ¿Cómo podía abandonarla en aquella situación? Sin embargo, ella había demostrado reiteradamente que no quería ser salvada. Una víctima del desamor...

Fue entonces cuando posó su mirada en uno motoqueros, uno de los hijos de los bikers, a los que gustaban las motos antiguas, las marcas y modelos Harley Davidson e Indian, escuchaban música heavy, country y rock & roll, como Motorhead, Steppenwolf o Judas Priest. Era común que los motoqueros se asociaran  a moto clubes, con el fin de compartir con otros aficionados, su pasión por los vehículos así como una filosofía de vida que fomentaba los valores del compañerismo, la libertad y el contacto con la naturaleza. Eran nómades fanáticos de las travesías ruteras. Era lo más parecido al capitán del “Barco a Venus” que buscaba.

Tenían fama de poseer  un carácter machista junto a una estética relacionada con el fetichismo del cuero convirtiendo al arquetipo viril del motoquero en uno de los mitos sexuales más difundidos en la cultura gay. Recordó diversos dibujantes eróticos   y especialmente a Tom de Finlandia. Sin embargo éste era delgado, pero con músculo. Cejas enmarcadas, ojos lánguidos como un cordero que llevaran al matadero, labios alegres y barbilla cuadrada pero sobresaliente con respecto a la mandíbula. Según momentos le parecía guapo o normal.

Admiró su chaleco de cuero vacuno, en este caso fino, acompañado de chaleco jeans con tachas y parches con el nombre a de la comunidad motoquera a la que pertenecía. Al bajar la vista comprobó su bulto en los pantalones vaqueros algo gastados. Su pelo era salvaje, acompañado por una barba de distintos cortes. Sus botas eran texanas. Tras las gafas tipo Ray-Ban vislumbró una mirada amable. El motero comenzó a acercarse y algunos de sus accesorios, cadenas, billetera de cuero, anillos, muñequeras y la cruz de hierro que usaba como protección, comenzaron a tintinear.

-Mi nombre es Héctor –dijo el motero extendiendo la mano. Estoy aburrido de estar aquí y me marcho. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Entonces pareció embargado de encanto y su sonrisa lo iluminó todo. Podía respirar mucho mejor.

Mario no lo dudó. En la Harley Davidson, agarrado fuertemente a los abdominales del conductor, con los genitales apretados a sus nalgas, le había asegurado que le llevara donde quisiera. Disfrutó de su Barco a Venus personal y del desconocido trayecto hasta llegar al destino. Se sentía como una chica Almodobar en un papel estelar; poseído por un laberinto de pasiones que deseaba experimentar junto a Héctor, su príncipe troyano.