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miércoles, 10 de febrero de 2016

YA HA SALIDO EL NÚMERO 18 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART



Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.
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viernes, 22 de enero de 2016

MUSICA EN NUESTROS CUERPOS.POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ


Música en nuestros cuerpos

Es al verte cuando resueno con ritmos nuevos.
No aprendidos.Sentidos alerta expectativos.
Ambos nos mostramos alegres, divertidos.

Nos vemos.
Nuestros ojos tocan sin palpar.
Las aves alzan el vuelo para podernos contemplar,
los ríos cambian su curso para no molestar.

Las fieras se asientan y apacientan,
hasta que las podemos domar.
A nuestros pies,nuestros miedos,
domesticados están.

Nos acercamos, damos un paso más.
Hemos reconocido nuestros rostros
tras esta envoltura carnal.

El sol nos da el mismo calor,
nos atempera para el siguiente descendimiento.
Los pasillos largos se acortan,
estamos en el mismo sendero.

En un acto de fe,
hacemos el salto del ángel
desde lo alto de nuestras cascadas
para caer impecablemente en el lago del otro

Ya no dan miedo las fieras,
las tenemos en las manos,
chapotean cuales gotas indefensas.

El águila vuela,alzamos nuestras cabezas.
Me señalas con el dedo aun pequeño oso mio que bosteza.
Junto a ti yace un jaguar negro que cordialmente,
junto a mi fiera se adormece.

Damos unos pasos saltarines,
 por dentro,sin que lo parezca.
Es la música que emitimos la que resuena.
Es divertida, es de las que corteja.
Ya ha enredado nuestras manos
como si fuera una madeja.
Nos lía y nos lía más;
juguetonamente nos enreda.

Cantas. Al principio no te entiendo.
pero luego, en mi interior la letra la comprendo.
Con todo nuestro ser,
sin premeditación,
nos estamos seduciendo.

En las pupilas, dilatadas,
hacemos un nuevo descubrimiento.
Mis músculos se mueven a tu compás,
oscilan ante ti sin más.
Somos dos hombres que,
frente a frente,
pecho a pecho ante si están.
Nos sabemos acariciados,
sin tocarnos,
como preludio delicioso
de lo que intuimos a de venir.

Extraño es, siendo como era.
pero hoy soy como soy:
Danzo, bailo,dejo sentir tu música dentro de mi
sin importarme si la letra entiendo
si soy hábil o  torpe en el movimiento.

Me dejo llevar,me dejo sentir;
me permito embriagarme con aquello,
con aquello que mueve mis miembros
como si vida propia tuvieran.

Luego viene la sonoridad del mantra que es tu imagen
como un susurro,como algo que adormece la inquietud,
que las dudas despeja;
que cobra forma, color, textura en la mente
como si fuera un descubierto diamante.

Glorifico mi cuerpo en tu cuerpo.
No tan solo con el placer del goce,importante.
Sino en el roce,la caricia,
la ternura expresada cuando,
como instrumentos musicales
somos capaces de arrancarnos
nuevas melodías y acordes.

¿Qué corchea hemos pasado por alto?
¿Cual hemos repetido?
Vibraciones, música hay en nuestros envoltorios.
Tus manos arrancan notas y colores del mio,
como si fuera un piano.
Tu aliento me trasmite do-re-mi
y sabores en movimiento.
Tus ojos son partituras que me indican
que he de componer en el tuyo en cada momento.

¡Te toco, te siento!
Tus caderas son acordes al viento.
Tus cabellos se electrizan en el tercer movimiento.
Tu lengua y la mía son batutas,
que compiten en cual ha de ser la mandante.

Se compone, se improvisa sin escasos lamentos.
Me convences y me entrego:
soy ahora tu partitura al viento...
Y al instante siguiente
eres tu partitura en blanco.
Sobre tu frente escribo con el dedo.
Pones la mano en mi pecho,
percibes tambores en ese momento.

Dulces pieles de melodías improvisadas somos.
¡El goce de palparnos es intenso!
Más no hay prisa en componer nada fijo;
lo que hacemos es estar componiendo.

Mi cuerpo es un xilófono sobre el cual recitas sosiego.
es así como me siento.
Poco a poco, la pasión incrementa su momento,
cuando paras dejo escapar un leve lamento.

Ahora escucho tu jadeo, que se hace,
poco a poco mas intenso.
Somos de nuevo un mismo instrumento.
En el vello de tu pecho
redoblar de tambores siento.

¿Llueve? ¿Suenan las campanas?
¿Es fuera o aquí dentro?
Acuno tu mano en ese momento.
¿Quien es lluvia, quien campana?
Somos diapasón que mide ambos momentos.
Captamos la humedad del otro como tierra seca del desierto.
La campana toca a vida, y no a muerto.
Pletóricos están nuestros cuerpos.

Sobre nosotros se han formado luces.
Nos sobrevuelan y son como las del firmamento.
Son las notas que hemos tocado
y que han pillado al cosmos en desconcierto.

Yo te beso...Yo te beso...
Dulce lastimero grito escapa
cuando yo en ti resueno.
eres mi eco¡
reverberas lo que te doy al universo.

Llega la hora de las estrellas,
seguimos componiendo.
Tu abres, yo entro..
El compás girará y girará en cualquier momento.
Estamos afinados como un solo instrumento.
Y ambos nos repetimos, aunque ya lo sabemos:
¡no solo es sexo!

Las campanas desafinan,
la lluvia se hace antojadiza.
En momentos parece que morimos..
Melodía acabada, suspiros,
en los que abrazados nos quedamos
 adormilados,empapados,satisfechos ...





lunes, 12 de octubre de 2015

EL NUMERO 16 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART YA ESTÁ AQUÍ




 


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lunes, 10 de agosto de 2015

EL NUMERO 15 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART YA ESTÁ AQUÍ






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lunes, 8 de junio de 2015

REVISTA DIGITAL GAY+ART NÚMERO 14






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miércoles, 8 de abril de 2015

REVISTA DIGITAL GAY+ART NÚMERO 13




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martes, 10 de febrero de 2015

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 12 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART









Nuevos relatos, más colaboradores; vamos creciendo cada vez más gracias a vosotros.  
En esta ocasión, además de los relatos, diseños gráficos y demás aportaciones de mis compañeros de proyecto contiene un especial San Valentín

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http://www.bubok.es/libros/238883/GayArt-12-Revista-de-Literatura-y-Arte-Grafico-Gay

miércoles, 10 de septiembre de 2014

NARCISOS DE TEMPORADA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.





En recuerdo a Johs Weston, Erik Roodes, Roman Ragazzi, Arpad Miklos, Wilfred Knight y muchos más que nos dieron buenos momentos.



NARCISOS  DE TEMPORADA

Era ese tipo de personas que, en apariencia, habían sido bendecidas por los dioses, además de ser considerados héroes míticos por muchos de los mortales. Es curiosa la lotería que supone la  combinación casi infinita que plantea la mezcolanza del ADN. Algunos obtienen los premios ganadores en todos los aspectos, como si obtuvieran el premio gordo en la lotería de la vida; otros como mucho obtienen el reintegro, que simplemente consiste en estar vivo y sobrevivir de la mejor manera posible.

Era atractivo y lo sabía, lo explotaba como una de sus mejores armas sociales e incluso laborales. Para nadie es un secreto que ante iguales conocimientos y aptitudes la apariencia física proporciona puntos extra. Incluso, suele contrarrestar la ineptitud o la estupidez. Vigoréxico enfermizo, dedicaba más horas de las que necesitaba en el gimnasio, buscando un grado de perfección que no era necesario. Se miraba al espejo como una reencarnación de Narciso, enamorado de sí mismo pero no del todo satisfecho, cayendo en el reflejo de su propia imagen mientras hacía posturas exhibicionistas. Como otros clones sin demasiadas diferencias entre si había obtenido unas anchas y musculosas espaldas, bíceps impresionantes, piernas fuertes, torso definido, culo apretado… Como en el caso de otros afamados actores porno se comenzaron a hacer consoladores y dildos realísticos de su polla con la mayor fidelidad posible basados en moldes de caucho.  En los sex shop y tiendas on line se podía adquirir su impresionante dildo realístico de 27cm x 6 cm. La réplica del pene del actor porno disponía de todo lujo de detalles venosos y estaba fabricado de material antialérgico.

Desde esa conciencia de poseer una belleza, pasajera en el tiempo, vivía de fiesta en fiesta, de locura en locura, bebiendo la vida con intensidad cercana a peligros innecesarios, lo que, por otro lado, no era criticable sino admirable en muchos casos. Como no podía ser de otra forma sus mejores amigos padecían el mismo síndrome  de dismorfia muscular, un trastorno que se caracteriza por la preocupación obsesiva por el físico y la distorsión del esquema corporal. Los vigoréxicos sienten que carecen de musculatura y de tonicidad; por lo tanto, tienen una obsesión con la realización de ejercicios físicos que les permitan mejorar su aspecto corporal. Estos ejercicios son realizados de manera compulsiva hasta que el cuerpo pierde sus proporciones normales. Los ejercicios físicos se complementaban con el consumo de esteroides o anabólicos que contribuían aumentar la musculatura. De esta forma, la vigorexia se vuelve aún más peligrosa, ya que el abuso de este tipo de sustancias aumenta el riesgo de padecer cáncer de próstata, disfunción eréctil y otras enfermedades.

Era inimaginable para él tener amigos que no alcanzaran un mínimo grado de apostura. Caminando por la vida con la firmeza e indolencia de aquel que se cree hijo de los cojones de un marqués, y por lo tanto con derecho a que le dieran casi todo hecho sin trabajar demasiado para lograrlo, exceptuando sus esfuerzos por mantener su cuerpo, tendía a ningunear a los demás con una arrogancia innecesaria. En realidad eran más propensos aquellos sujetos con baja autoestima y tendencia a las conductas adictivas. El tratamiento de la vigorexia es principalmente psicológico para que la persona supere su miedo al fracaso y mejore su autoestima. El nunca lo admitió. Se mostraba en sus conversaciones y discusiones en las que, como si meara colonia, creía estar en la posesión de todas las verdades, especialmente si tomaba alguna de las llamadas sustancias de la noche.

Autodefinido inicialmente como heteroflexible, había transmutado su vida sexual a bicurioso, siempre y cuando las carnes que se fundieran a las suyas tuvieran una distribución cercana a la perfección. Finalmente había admitido su preferencia por los hombres, tal vez como promoción de las propuestas de las productoras porno especializadas. Pronto se hizo un hueco, y nunca mejor dicho, en la industria de la pornografía, tras superar los casting con soltura. Aquella había sido la causa de su despegue en las redes sociales, tanto promocionales como personales; de ser el objeto de deseo, ya fuera oculto o manifiesto, de miles de personas que en sus sueños deseaban follar con él. Una de sus apariciones en las que tuvo más éxito, fue en la que participó en una doble penetración espectacular y por la cual recibió el premio al mejor versátil del año, subiendo como la espuma.

Nunca se le vio con alguien vulgar, de la media, más allá de algún acto social en el que, inevitablemente, hubiera coincidido por casualidad, accediendo a hacerse una foto con alguno de sus admiradores.

Lo triste, o cuanto menos deprimente, era que muchos le seguían el juego con tal de estar ante su imponerte presencia. En las redes sociales bastaba que dijera “buenos días”, “valla resacón tengo hoy” o un “a quemar la noche” acompañados de una foto en la cama, en el baño o en cualquier lugar que le pareciera exótico, desnudo hasta donde la censura lo podía permitir, para que sus enloquecido seguidores le concedieran cientos de pulgares alzados y jugosos comentarios que alimentaban su ego. ¡Miles de amigos le seguían! Pendientes de sus fiestas, borracheras, buenos días, buenas tardes, buenas noches o tomando una cañita alimentaban unas entradas de lo más intrascendentes, en las que predominaba comentarios como: “Wapo”, “Qué bueno estas”  o “Quiero un hijo tuyo”.

Hay que reconocer que hacía alguna concesión para que se acercaran a su divina presencia con aquellos que tenían poder, dinero, contactos o un cociente intelectual reconocidos y por los cuales eran famosos. En aquel solidario gesto escondía, tras las divertidas fotos de fiestas o eventos en los que aparecía semidesnudo, la exhibición narcisista en la que tenía la seguridad de ser el centro de atención, en la que su belleza brillaba aún más en comparación a la simpleza de los otros.

Un día, varios nos dimos cuenta que, en casi todas las fotos, presentaba el mismo lado bueno del rostro, el izquierdo, con la misma inclinación de la cabeza y mirada azul estudiada e inexpresiva. Evidentemente había tenido tiempo de sobra de estudiarse en el espejo. Era como si mediante diversos montajes de Photoshop se hubiera cortado y pegado el rostro de manera repetida, e igualmente enigmática; en pocas ocasiones sonreía. Le parecía más propio poner cara de interesante, de distante. En esta dinámica de fiestas erótico festivas en las que se centraba un protagonismo de manera sistemática fue apareciendo, poco a poco, un rostro inicialmente anónimo, algo más joven. Era otro Narciso -eso era cierto- pero aún no tan pagado de sí mismo y con grandes probabilidades de cambiar el rumbo de su vida al ser más joven. Esporádicamente aparecía al lado de editores, productores y actores consagrados como una nueva promesa que revolucionaría la industria. Muchos de sus seguidores comenzaron a preguntar quién era el personaje, si eran pareja… Su espontaneidad era evidente, no le costaba sonreír de manera honesta, no le importaba salir más o menos favorecido en los momentos inmortalizados. De manera sincera o no, posaba con unos y con otros, sin que tuvieran que ser modelos perfectos. En definitiva, tenía empatía y comenzó a transmitirla en las tórridas escenas.

Antes de lo esperado, de una manera espontánea, alguien creó una página de admiradores del joven Narciso. De manera viral la mutación se produjo en cuestión de semanas, consiguió tal popularidad que se convirtió, en cierto modo, en una amenaza para el hijo de los cojones del marqués. También era hermoso, cercanamente sociable y se hacía evidente que era hijo de los cojones de un clase media. Su cuerpo formado venía más bien de un trabajo como descargador de camiones; su empatía, de charlar con unos y con otros, con la gente del barrio sin perder nunca de vista sus orígenes. Miraba como los demás, es decir, era accesible, cercano, con las virtudes y defectos de los mortales. Siempre estaba abierto escuchar y aprender de los demás con una actitud de humildad.

El vigoréxico fue relegado poco a poco al olvido, como las vistosas y caras camisas de temporada que, ante las nuevas modas y tendencias, quedan confinadas en el armario. De protagonista en películas porno de relumbrón pasó a papeles secundarios, en los que continuaba mostrando su mejor perfil, aunque con la mejilla llena, abultada de la carne del protagonista, de la polla del momento. La estrella se apagaba, el maduro Narciso se marchitaba. Sus carnes ya no eran tan deseadas mas que por los fieles nostálgicos incondicionales en masturbaciones habituales.

La sensación, incomprensible para él, de ser relegado a pesar de sus dones, minó su arrogancia y autoestima de tal manera que no supo cómo reaccionar. En el fondo era un ser herido, que había perdido su propia dignidad, que se había dejado cegar por la fama y la admiración. La evidencia era que, como muchos, había sido usado y degustado cuando aún era carne fresca, explotado para ganar dinero con su imagen, para luego ser escupido al mundo real que le cerraba las puertas por su pasado de actor. Como en el cuento de Blancanieves ya no era el más bello y deseado del reino. Otro había sustituido su puesto, además sin pretenderlo. Durante un tiempo alterno sus esporádicas y cada vez menores apariciones en las películas de las famosas compañías alquilando su cuerpo mediante enlaces especializadas de chaperos con los llamativos ganchos de actor porno solo por unos días en Madrid, para aumentar su caché en aquellos que aún le deseaban y podrían permitirse sus servicios.  Evidentemente muchos de sus clientes eran más que maduros y en el pasado ni siquiera les habría dirigido la palabra. El problema no era el oficio, era su actitud.

Un día apareció muerto en su casa. Causa por determinar, como dirían los medios con cautela inicial. Eso sí, aun muerto en la bañera, en el agua, como el Narciso mítico, no dejó de mostrar su mejor perfil.

Los dildos fueron retirados en los sex shop en poco tiempo, convirtiéndose casi en piezas de coleccionismo.



jueves, 3 de julio de 2014

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 9 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART







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miércoles, 7 de mayo de 2014

LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ






Un pasado que aunque parezca lejano muchos podréis recordar. Eran otros tiempos...

(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO)



   LA MOVIDA MADRILEÑA DE 1983

La exótica fauna y flora nocturnas se reunía con desigual frecuencia en aquel extraño local de moda de Madrid del año 1983. Su publicidad consistía en el boca a boca; no se anunciaba en los periódicos, revistas o carteles. Era clandestino entre los clandestinos y solo un escogido grupo de elegidos era invitado, entre susurros, por otros componentes asiduos con la consiguiente consigna para poder entrar.

 Mario tocó el timbre de un desapercibido local con apariencia de estar abandonado, sin ningún rótulo que lo identificara. Un bigardo, de casi dos metros con una anchura de hombros semejante a la de una mesa camilla, abrió la puerta y la música se hizo estridente. Si bien Mario era fornido, al lado de aquel gorila pareció un alfeñique. Vestido solamente con unos vaqueros muy ajustados, marcando paquete, era el mejor reclamo y recibimiento del garito. Su torso desnudo, sin un ápice del vello, cuidadosamente depilado, brillaba bajo el efecto de algún aceite de los utilizados en las exhibiciones de culturismo. Su cuello ancho, bovino, dejaba raquítico al bien proporcionado de Mario, que le susurró la contraseña acercando sus labios deseosos a una de sus amplias orejas, que le recordaron a las palmeritas de hojaldre. Interiormente deseaba lamerla, pero se contuvo. El armario empotrado simplemente asintió y le indicó con la mano que traspasara una segunda puerta pintada en color rojo putón.

 Al entrar, a la derecha, lo primero que le llamó la atención fue una escultura de escayola imitación a bronce de dos hombres semidesnudos, abrazados. Imitaba una idílica escena y entre un adulto y un efebo de la Grecia clásica. Se aproximó más y contempló los delicados detalles; admiró los pliegues de las túnicas, el trabajo de los músculos y tendones, el cincelado de los acaracolados cabellos del joven y la minuciosidad de la barba del mayor. La mano del adulto tocaba el miembro del joven con intención iniciática. A la izquierda, cuadros y motivos eróticos cubrían casi la totalidad de la pared, formando una composición abigarradamente selvática en la que pululaban animales reales o mitológicos en fraternal convivencia orgiástica, entremezclada, con hombres y mujeres de diversa orientación sexual. Dioses y mortales se enzarzaban en simuladas luchas, seducciones y coitos, en ocasiones complejos y múltiples. Depositó en el guardarropa su cazadora de cuero negro tras pagar por adelantado un precio que le pareció excesivo pero ante el cual no replicó. Le dieron una ficha metálica con el número 69. ¡Ironías de la vida! En el mostrador observó curioso  otra obra clásica del arte erótico grecorromano, hallada en Herculano, que representaba a Pam, dios de la naturaleza, fecundando a una cabra.

 Traspasado el vestíbulo la ambientación cambió, descubrió vestimentas inimaginables a pesar de conocer gran parte del ambiente de la movida madrileña. Aquella mezcla era totalmente distinta. Gentes absolutamente incompatibles en cualquier otro local conocido se daban cita allí sin mayor problema ni rivalidad, como un catálogo viviente de las distintas tribus urbanas. Sentado en la barra, un bello travestí que vestía un modelo de Armani, entornó los rojos, conjuntado con una extravagante pamela similar a un paraguas.  De espaldas, inconfundible por su antojo en forma de fresa entre las escápulas, descubrió a Victoria. Vestía un ceñido vestido turquesa con un escote en la espalda que le llegaba casi hasta las nalgas. Llevaba el pelo más largo y se había teñido de morena. Ella giró imperceptiblemente la cabeza al sentir una ligera corriente de aire fresco como consecuencia de la apertura de las puertas de entrada. Reaccionó como si no lo conociera, sin intención alguna de saludarlo. Mario quedó perplejo. Su primer impulso fue darse la vuelta y marcharse. Su presencia le incomodaba y una fuerte sensación de prudencia se aferró a su corazón. Su mente, en cambio, práctica, razonó que él tenía el mismo derecho que los demás a estar ahí, que no debía sentirse intimidado o coartado por el hecho de que hubiera coincidido con una de sus amantes casuales ya descartada. Se fijó en el abrumador parpadeo de las pestañas postizas de la drag queen, en los rizos de sus cabellos, en el exagerado maquillaje. Su más pura imitación de Sara Montiel, con la pose de fumando espero, le resultó cómica de manera agradable y agradecida. La estética camp comenzó a recurrir al drag para la personificación de la ironía en las artes, valiéndose del vestuario afeminado y abigarrado de figuras masculinas para formular una intención cómica dentro de la cultura masiva y sus medios de comunicación. Las drag se estaban haciendo habituales como una expresión de género totalmente enfocada a la identidad trasgénero formando parte de la expresión del aun incipiente orgullo LGBT de España. En su intención histriónica, comenzaban a dedicarse al canto, baile, playback, su participación en Gay Prides, concursos de belleza y drag shows.

Su intuición le susurró que ambos habían compartido intimides ocultas. Mario, sin saber el origen, se sintió herido. Pero era algo más, era el temor, la precaución, el rechazo a aquella amante caprichosa y desechada. No deseando echar a perder aquella noche en aventuras de cama pasadas, se dedicó a investigar el resto del local y su clientela. Se encontraba abarrotado, desprendía un humo asfixiante y aire modernista que le hizo sentir fuera de lugar inicialmente. Su indumentaria, aunque juvenil y actual, desentonaba estridentemente con la forma de vivir y sentir de la mayoría de aquellos otros jóvenes, aunque en aquel recinto todo fuera permisible. Como chico pop en ciernes que buscaba su estilo vestía ropa de marca, e intentaba imitar a su ídolo preferido del momento. Llevaba pantalones cómodos, una chomba color hueso, zapatos a la moda,  cadenas, anillos de oro y anteojos de sol. Le llamaban la atención las nuevas tecnologías y la cultura bailable le acompañaba. Le gustaban las motos y los autos de marca con los que se sentía identificado a través de la publicidad; lo suyo era consumir marca. La frase que definiría mejor a su tribu sería:”Lo importante no es ganar si no participar de las ganancias” 

Se percibía la movida madrileña como un estilo más que una sustancia, una explosión de anhelos contenidos de libertad durante el periodo de La Transición en el que estaba teniendo lugar la llegada de la cultura punk o New Wave, la moda y la revolución sexual. La Movida era un momento de expresión de música pop y underground, comics, fotonovelas, marketing descarado, películas y diseños extravagantes. Todo el mundo se cubría con purpurina, maquillajes exagerados, chaquetas de cuero y peinados multicolores. Era el tiempo de los punks, glams, rockers y otros muchos más; del abuso del alcohol, drogas, experimentos sexuales y otros excesos que Mario comenzaba a explorar.  Grupos como Mecano, Alaska, Radio Futura, Paraíso, Kaka Deluxe, Burning, Gabinete Caligari, Nacha Pop y Hombres G eran sus preferidos. El trío Mecano se preguntaba ese año, abandonando la estética bohemia de su primer disco para adoptar una imagen cercana al  post punk, ¿Dónde está el país de las hadas? Y él también lo hacía y buscaba un particular y personal “Barco a Venus”  que le llevara a ese país interior para no hundirse. ¿Lo encontraría ahí?

 A unos metros, dos chicas vestidas como si fueran hermanas gemelas se besaban tiernamente, indiferentes a todo. Ambas llevaban vestidos largos en crepé  de lana con ataduras en los brazos. La más alta, morena y delgada, tenía tatuada en su hombro izquierdo una enorme tarántula con todo lujo de detalles. La otra, algo mayor y más corpulenta lucía aretes a lo largo del borde de la oreja derecha. Un poco más allá, apretujados, había un grupo de unos seis chicos y chicas empréstitos al más puro estilo de los años 60, tarareando canciones de la época a la vez que las coreografiaban. Al fondo, vio a una chica sola con un top de gasa transparente y franjas de raso, con un chal de plumas. Comenzó a sonar la canción “Embrujada” de Tino Casal y Mario se dejó invadir por las notas mientras encontraba crudas semejanzas con la vida de Victoria.

Al lado de Mario, con el pie apoyado contra la pared, un joven punk con cresta rubia platino, una argolla en la nariz, tirantes y botas militares bebía un generoso coñac, muy posiblemente de garrafón. La estética punk se basaba en el principio fundamental de la provocación visual, es decir la “estética "es anti-estética. Buscaban la provocación y la expresión de los ideales de desprecio por la burguesía y todo lo que se le relacionaba mediante el uso de la ropa vieja y andrajosa. Él nunca había estado con uno y la idea le excitó. El punk volvió la cabeza y mirándole, sonriendo vivamente, le dijo que iba a mear.

En otro contexto aquella información entre desconocidos hubiera sido considera innecesaria o grosera, pero allí era una proposición sexual en toda regla. Mario le siguió. Dando codazos, pidiendo disculpas constantemente a los que bailaban  enloquecidos, llegó a los lavabos. Los cotidianos muñequitos en las puertas habían sido sustituidos por primeros planos fotográficos de genitales masculinos y femeninos en todo su esplendor. Empujó la puerta que le correspondía por su sexo. Ante él, sobre los lavabos, dos jóvenes extremadamente pijos, esnifaban unas rayas de cocaína. Haciendo caso omiso a las cordiales invitaciones a compartirlas con ellos, se dirigió a los urinarios, situados a mano izquierda. En realidad era un círculo dividido en cuatro radios, con bajos paneles verticales transparentes de metacrilato, lo suficientemente altos para no salpicar al compañero miccionario que apuntaba a una narcisista pared espejada. Se acercó, se aflojó el cinturón, desabrochó los cuatro botones del pantalón, tomó el pene en la mano y orinó sobre una sinuosa espiral, también de metacrilato. Casi inmediatamente dos jóvenes se pusieron a cada lado y le imitaron, e incluso fueron más allá: comenzaron a masturbarse. Uno de ellos era el de la argolla nasal, extremadamente guapo, aunque con algún que otro kilo de más. El otro, un gótico con ropa inspirada en la época victoriana, camisa vaporosa, elegantes tejidos, leotardos, y calzado similar era más vulgar, picado de viruela bajo un aspecto pálido, pero de buen cuerpo y miembro generoso. Sin pretenderlo se excitó por la morbosa situación y opuestas opciones, participó momentáneamente en el juego de miradas explícitas y lentos repliegues. El punk pasó el brazo sobre el pequeño tabique trasparente; le masturbó lenta y deliciosamente, mientras que el de camisa con bellas puntillas le besaba como si le fuera la vida en ello. Al cabo del rato se vio arrastrado a los retretes cuando uno de ellos quedó libre. Mientras, sus anteriores ocupantes se lavaban las manos y enjuagaban la boca bajo un grifo en forma de falo. La puerta abierta mostraba un inodoro casi cósmico, posiblemente de aluminio. Cuando estuvo cerrada, pensó en lo traslucida que era al recordar las eróticas evoluciones de sus usuarios anteriores, como si se tratara de un teatro de nítidas sombras chinescas. Conocía los cuartos oscuros, las saunas, incluso había hecho el amor en lugares indiscretos y públicos... Se dejó llevar.

Al salir, vio que el recinto se encontraba a algo más despejado. Sin dificultad divisó a Victoria, que esta vez charlaba animadamente con un chico que parecía haberse vestido con uno de los visillos de la casa de su madre. Vaporosamente, desplazaba sus brazos con armonía, causando un efecto posiblemente ensayado ante el espejo. Tal como preveía, Victoria no le prestó atención. Sin saber la causa decidió quedarse, tal vez ante la expectativa inconsciente de repetir en aquellos cósmicos retretes. Ya no se sentía desplazado. Victoria estaba bebida, alegre, mordaz, hiriente incluso ante su textil interlocutor drag. Parecía decidida a causar daño indiscriminadamente, jugando con unos y con otros, manejando las situaciones, fomentando las hostilidades.

Frente Mario, una cabeza lustrosa y brillante casi le deslumbró. Vestido con unas amplias y presumiblemente cómodas vestiduras negras, y capa, a pesar del ambiente cargado, parecía vampiro de película serie b. Mantuvieron la mirada   denotando un mutuo interés más allá de la curiosidad y más cercana a la valoración. Mario, curioso, se acercó a él.

-¡Hola! -saludó gritando la criatura de la noche sin dejar de  seguir el ritmo de la ensordecedora música.

-¡Hola! –correspondió sin lograr a que tribu urbana podía pertenecer.

-Eres nuevo. Nunca te he visto por aquí -siseó el alopécico por elección. ¡Pareces tan salido del mundo real!

 Mario no supo cómo interpretar y corresponder a tan extraña observación. Esperó a que prosiguiera con una conversación menos cabalística.
 
-Mira -le dijo al tiempo que entreabría su capa y desabrochaba su holgada camisa para mostrar el pecho- todo esto es tuyo si lo deseas.

 Mario se sintió turbado al ver sus pezones atravesados por gruesas argollas de las que colgaban unas enormes pesas caseras, aparentemente de plomo. Le dolieron los suyos solidariamente con solo verlos.

-Si lo deseas puedes ser mi amo. Tengo sitio -le susurró con complicidad- y una inmensa cantidad de juguetes... Puedes dejar caer cera hirviendo en mis pezones, en mi culo o en el capullo, después de eso orinarme encima, puedes pegarme y pedirme que te  lama los pies como un perro... ¡lo que desees! ¡Soy tuyo, amo!

-Lo siento –contestó Mario lo más cortésmente que fue capaz-. Creo que me he confundido. No buscamos lo mismo.

Hizo intención de marcharme, pero en un último intento el sadomasoquista le sujetó la muñeca.

 -Te que dicho que no -repitió con más firmeza de la que hubiera deseado apartando el brazo bruscamente-. Si soy tu amo te dejo en libertad.

 Enfadado por el rechazo, incomprensible para él, cerró de nuevo su capa, dio media vuelta y se alejó. Mario se sintió muy extraño, pero lo dejó pasar. ¿Qué sentido tenía que me quedara allí? ¡Venus cada vez parecía estar más lejos! Anecdóticamente, Carmen, la nueva y posiblemente temporal amiga de cama de su hermano, le había hablado de aquel lugar de manera ambigua, sin dar demasiados detalles. Había dicho que no recomendaría a aquel lugar a nadie tan inexperto como él, pero que quizá mereciera la pena conocerlo. Algo en su pecho le oprimía, sentía como si una bola de estopa le impidiera respirar: era la ansiedad, la angustia. Recordó lo sucedido durante las últimas semanas, en lo mucho que estaba cambiando su vida, en lo mucho que echaba de menos a Jorge, su amante más duradero. De camino a la salida encontró a Victoria en pésimo estado. Su borrachera era tal que apenas podía mantenerse en pie. El complejo de Ángel de la Guarda resucitó en Mario, ¿Cómo podía abandonarla en aquella situación? Sin embargo, ella había demostrado reiteradamente que no quería ser salvada. Una víctima del desamor...

Fue entonces cuando posó su mirada en uno motoqueros, uno de los hijos de los bikers, a los que gustaban las motos antiguas, las marcas y modelos Harley Davidson e Indian, escuchaban música heavy, country y rock & roll, como Motorhead, Steppenwolf o Judas Priest. Era común que los motoqueros se asociaran  a moto clubes, con el fin de compartir con otros aficionados, su pasión por los vehículos así como una filosofía de vida que fomentaba los valores del compañerismo, la libertad y el contacto con la naturaleza. Eran nómades fanáticos de las travesías ruteras. Era lo más parecido al capitán del “Barco a Venus” que buscaba.

Tenían fama de poseer  un carácter machista junto a una estética relacionada con el fetichismo del cuero convirtiendo al arquetipo viril del motoquero en uno de los mitos sexuales más difundidos en la cultura gay. Recordó diversos dibujantes eróticos   y especialmente a Tom de Finlandia. Sin embargo éste era delgado, pero con músculo. Cejas enmarcadas, ojos lánguidos como un cordero que llevaran al matadero, labios alegres y barbilla cuadrada pero sobresaliente con respecto a la mandíbula. Según momentos le parecía guapo o normal.

Admiró su chaleco de cuero vacuno, en este caso fino, acompañado de chaleco jeans con tachas y parches con el nombre a de la comunidad motoquera a la que pertenecía. Al bajar la vista comprobó su bulto en los pantalones vaqueros algo gastados. Su pelo era salvaje, acompañado por una barba de distintos cortes. Sus botas eran texanas. Tras las gafas tipo Ray-Ban vislumbró una mirada amable. El motero comenzó a acercarse y algunos de sus accesorios, cadenas, billetera de cuero, anillos, muñequeras y la cruz de hierro que usaba como protección, comenzaron a tintinear.

-Mi nombre es Héctor –dijo el motero extendiendo la mano. Estoy aburrido de estar aquí y me marcho. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Entonces pareció embargado de encanto y su sonrisa lo iluminó todo. Podía respirar mucho mejor.

Mario no lo dudó. En la Harley Davidson, agarrado fuertemente a los abdominales del conductor, con los genitales apretados a sus nalgas, le había asegurado que le llevara donde quisiera. Disfrutó de su Barco a Venus personal y del desconocido trayecto hasta llegar al destino. Se sentía como una chica Almodobar en un papel estelar; poseído por un laberinto de pasiones que deseaba experimentar junto a Héctor, su príncipe troyano.



domingo, 4 de mayo de 2014

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 8 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART










Nuevos relatos, más colaboradores; vamos creciendo cada vez más gracias a vosotros.  

Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.

Es gratis y si os gusta, por favor, compartid el enlace. Hay alguna modificación respecto al sistema de descarga según las nuevas políticas de Bobok, pero seguimos siendo los mismos de siempre, o mejores.


martes, 1 de abril de 2014

EL COLECCIONISTA DE MIRADAS.POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ






(Advertencia de contenido homoerótico)

LA NO ACEPTACIÓN DE LA ORIENTACIÓN  SEXUAL SIGUE CAUSANDO MUCHA SOLEDAD Y SUFRIMIENTO, SEA CUAL SEA LA EDAD. ESTE RELATO ESTÁ DEDICADO A TODOS AQUELLOS AMIGOS Y CONOCIDOS QUE OBSERVAN LA VIDA EN LUGAR DE VIVIRLA, CON LA ESPERANZA DE QUE DESPIERTEN DE SU LETARGO Y SE DEN CUENTA DE QUE AUN NO ES TARDE, DE QUE HAY OTRAS FORMAS DE RELACIONARSE CON ELLOS MISMOS Y CON EL MUNDO.

EL COLECCIONISTA  DE MIRADAS

            Antonio continuó sin moverse sudando copiosamente. El calor era ya insoportable a esas horas de la mañana. No había dormido bien y tras el café frio que había tomado como desayuno para espabilarse había prescindido de una ducha reparadora que le despejara y eliminara su fuerte olor corporal. Se encontraba demasiado cómodo en su sillón como para desperezarse y descolgar el teléfono, que de nuevo insistía en quebrar el silencio que deseaba. La ceniza de su cigarrillo se desplomó indolentemente sobre su ingle desnuda y, al intentar apartarla de un manotazo, sólo consiguió formar un tiznajo grisáceo. El cenicero estaba repleto de colillas acumuladas a los largo de varios días despidiendo un olor que, aunque le molestara, no le motivaba lo suficiente como para vaciarlo. Una mueca de desagrado se esbozó en su rostro avejentado al alcanzar su tercera lata de cerveza de la mañana, ya tibia.
A sus cincuenta y dos años  el descuido de su aseo, el abandono, la alimentación desmedida, el tabaco y la bebida habían cobrado su precio; aparentaba diez años más. Nunca había sido guapo, ni siquiera atractivo. Siempre fue un ser vulgar y desapercibido que ni siquiera logró brillar con su personalidad para compensar aquellas otras gracias que el destino no le concedió. Intentó recordar algún momento glorioso en el que hubiera destacado dignamente en algo. Su baja autoestima, su depresión crónica distorsionaron la realidad considerando injustamente que no hubo ninguno. No le era fácil creerse bueno, digno, amado, útil o poseedor de cualquier otro valor positivo. Su vida estaba cargada de decisiones inadecuadas, de metas planteadas pero no encaminadas a la acción, de reproches propios y ajenos, de las inseguridades convenientes a la crisis de los maduros no realizados. Atrás quedaron los escasos amigos, en general comunes con su ex mujer y con la cual no mantenía una relación cordial. Tal vez ese fuera uno de los pasos que, aunque doloroso, había sido adecuado: divorciarse. Aún se reprochaba haberse casado sin más pilares que el adatarse a lo que se esperaba de él. Todo parecía haberse desarrollado con cierto sentido de predestinación diabólica desde que la conociera en la universidad ; cuando quiso darse cuenta había optado por un estereotipo de vida cómoda y socialmente aceptada.
            El teléfono volvió a sonar con pertinaz insistencia interrumpiendo aquellos recuerdos. Se levantó pesadamente, lo descolgó sin contestar y lo arrojó sobre el sofá empolvado y repleto de pelusas. No, no se molestó en responder. Únicamente deseaba no escuchar esos timbrazos semejantes a martillazos en sus oídos. Las únicas llamadas que solía recibir eran las de los implacables asesores de las distintas compañías telefónicas que rivalizaban entre sí con precios aparentemente competitivos y que no aceptaban un no por respuesta. Casi siempre tenían prefijos similares y, hasta que desactivara el contestador automático, se quedaban grabadas voces desconocidas que le llamaban por su nombre como si le conocieran de toda la vida. Tras consultar algunos de los pertinaces números en la web se había informado acerca del spam telefónico y de la posibilidad de hacer las denuncias pertinentes. Sin embargo, lo había dejado estar optando por la indiferencia. Se apartó el sudor de la frente ya que caía sobre sus ojos, sopesando de nuevo la posibilidad de ducharse.
            La cerveza se acabó. Estrujó con la mano la lata vacía hasta convertirla en una retorcida masa de metal coloreado que arrojó al suelo, percutiendo contra otras  más que resonaron lánguidamente como las atadas a un coche de recién casados que no puede ponerse en marcha definitivamente. Con esfuerzo exagerado, pues le encantaba la teatralidad aunque sólo fuera ante sí mismo, caminó hacia la cocina. Sus pies descalzos, renegridos por la mugre acumulada, se adherían como restos de chicle al pavimento. Momentáneamente disfrutó con la sensación y se sintió como un astronauta con botas adecuadas para caminar por la solitaria luna. Intentando esquivar papeles, latas, restos de comida, colillas descuidadas, platos y ropas sucias esparcidos por toda la casa se dirigió al refrigerador. Al abrirlo, ante él aparecieron estantes vacíos, inertes, sin proposiciones tentadoras o suculentas para llevarse a la boca. Un tarrina de margarina, dos tomates pasados, una bolsa de aceitunas negras, una lechuga mustia y medio cartón de leche agriada y maloliente era todo lo que ofrecía; ni un resto de lúpulo fresquito… Quiso recordar alguna otra bebida espiritosa a la que pudiera echar mano, pero fue inútil ya que toda ya había sido engullida por su gola. Sus otros escondrijos estaban saqueados también.
            Se aproximó al fregadero con la esperanza ardiente de encontrar restos de coñac o ron en algún vaso olvidado entre el cúmulo infernal de platos, cubiertos y demás cacharros de cocina que se amontonaban  hasta el punto de desbordar la pila. Inicialmente buscó con cuidado, mas lo infructuoso de sus pesquisas enervó su ánimo, terminando por sacar toda la vajilla, tirándola desconsideradamente al suelo como si en modo alguno pudiera romperse. Evidente no fue así. Ni encontró alcohol, ni todos los platos y vasos quedaron incólumes. Le vino un regüeldo inesperado que le dejo un sabor agrio.
            Cuándo quiso darse cuenta tobillos, plantas y dedos de los pies sangraban ligeramente a causa de pequeñas esquirlas disparadas sin rumbo. No se inmutó apenas. Dejando rastros escarlatas en las baldosas se tumbó de nuevo en el sillón, cerró los ojos y al pronto quedó adormecido en un incómodo sopor. Entre nebulosos pensamientos escogió uno: quizá más tarde saliera a la calle para tomar algo, reponer sus bebidas y coleccionar gestos y miradas ajenos.
           
             Continuó hojeando una revista  abandonada, melancólicamente, con aires de nobleza, mientras el camarero retiraba de la mesa de la cafetería los servicios de una anónima consumición anterior. Interrogado acerca de lo que deseaba tomar, dudó unos instantes, para finalmente decidirse por un té frío con limón acompañado de dos sobres de azúcar con la presunta redención de calmar la acidez de su estómago. Si bien se había aseado, no había tardado demasiado en transpirar. El lugar estaba inusualmente tranquilo y apenas se podían captar las conversaciones de las otras mesas dispersas a una prudente distancia.
De soslayo, indagó si un desarrapado impertinente continuaba observándole desde la calle. En un acto inconsciente de coquetería displicente ladeó la cabeza, echando hacía atrás los ordinarios mechones de cabello de rubio que habían caído sobre sus facciones y que necesitaban urgentemente ser amputados por un peluquero experto. No cabía duda, él seguía allí, le importunaba mirándole como si fuera una efigie de mármol, apenas sin parpadear. Le había negado la usual petición de “prestarle un euro”…Giró el rostro y contempló a través del ventanal el desfilar de las personas que intentaban buscar la más mínima sombra para guarecerse, aunque sólo fuera por unos segundos, del sofocante bochorno de aquel mes de agosto en el que la ola de calor prometía batir records. Aún a esas últimas horas de la tarde jóvenes en bermudas y sin camiseta lucían bronceados sobre distintos tipos de complexiones. En su fuero interno deseaba arrebatar sus primaveras y poder pasear por la calle como ellos. Su edad le hacía aparentar gazmoñamente concepciones morales acordes a sus años, mientras que deseaba y aceptaba interiormente un poco de aquello que en público condenaría como heterosexual intransigente. El “armario” del que no había salido era su cárcel y penitencia. ¡Si hubiera reconocido su sexualidad, si hubiera asumido su afecto y deseo por los hombres; si al menos se hubiera arriesgado a tomar  decisiones en su vida y no dejarlas en manos de otros a los que no debía de dar explicaciones…!
            Otro joven se detuvo unos metros más adelante, bajo el toldo, devorando con los ojos los pasteles y helados protegidos por expositores refrigerados. Su cuerpo bien proporcionado relucía a causa del sudor, del ejercicio realizado indebidamente y sin criterio alguno en parque cercano. Su torso brillaba, en su escaso vello rasurado se adherían pequeñas gotas iridiscentes, su camiseta colgaba de la riñonera ajustada a su cintura. Su ceñido y empapado pantalón deportivo marcaba una virilidad con promesas que con toda posibilidad podrían ser cumplidas copiosamente. Con los pulgares cogidos de la cinturilla de la prenda exhibía una actitud sexualmente agresiva que no pasó desapercibida al observador de mediana edad. Los brazos del muchacho se encontraban en posición de alerta, sus manos señalaban y destacaban la zona genital. En conjunto, su inconsciente  parecía gritar soy viril y puedo dominarte. El “pitopausico” en público, como sus recios compañeros de trabajo, hubiera criticado tal ostentación chulesca, ya que era lo que se esperaba de él. Íntimamente, deseó palpar aquel cuerpo terso y atrayente de unos veinticinco años, atraerlo lentamente hacia sí, abrazarlo y estrecharlo. Un atisbo de ternura emergió y asumió esa actitud para su colección de gestos.
            Decidido, el acalorado deportista empujó la puerta sonriendo de satisfacción ante el drástico cambio de temperatura. Se puso la camiseta, tanto por respeto al local como  por un fingido sentido del pudor.  Solicitando a la dependienta un enorme cucurucho de tres sabores -nata, turrón y pistacho-, se encontraba a unos cinco metros del circunstante. El corazón del reflexivo se descompasó al imaginar su lengua en contacto con la suya, mezcladas con papilas chocolate, que era su preferido.
            Para otro testigo, no dejaría de ser interesante el juego de miradas cargadas de concupiscencia o desaire según se observara al fisgón o fisgoneado. El observador del fino degustado té pero sediento de cervezas no perdió detalle de lo que su presunta presa apreciaba sintiéndose desairado, invisible, acomplejado. Una vez más: ¿cómo competir, cómo arriesgarse, cómo aspirar a…? La cruel ojeada del muchacho le amilanó, pero también la sumó a su compilación de miradas. Cruzó los brazos, cerró los puños en un inconsciente acto de defensa y hostilidad, con los dientes apretados y la cara enrojecida. Sus pretensiones ocultas se desinflaron, las intenciones imaginarias de un inminente acercamiento por su parte se vieron aplacadas como si su pene hubiera sido fragmentado, similar a un lápiz al que, tras intentar sacarle punta, ésta emergiera siempre quebrada desencantando al escriba. ¡Clac!
            El Apolo, mientras tanto, jugueteó con sus ojos verdes ante la dependienta que sonrió tontamente ante las atenciones de que era objeto. Su mirada caía por debajo del nivel de los ojos de la jovencita, dirigiéndose a un triángulo imaginario formado por los ojos y la boca. Risas tontas, gestos nerviosos, culebreos en los miembros, rubor en las mejillas. El ritual de cortejo continuó durante unos minutos.
            El bebedor impenitente contempló su propia expresión de envidia reflejada en el escaparate, se sentía vapuleado por el rebote de la indiferencia. Los dos muchachos eran esferas arrogantes golpeadas por un taco emocional inexperto en una indefinida mesa de billar cuyas normas eran inexistentes en la actualidad. ¡Normas! Si él hubiera luchado contra ellas en su momento. El mozo salió finalmente del establecimiento lamiendo voluptuosamente las gélidas bolas chorreantes hasta la muñeca, al tiempo que se despedía de la empleada con la mano libre. En el exterior le esperaba, emergido de la nada, un muchacho algo mayor que él al que abrazó efusivamente, procurando que el helado no rodara por los suelos o manchara la camiseta de tirantes del otro mancebo. Le ofreció un bocado con las pupilas dilatadas fijas en él, que dio un lengüetazo lento al pistacho en un gesto de doble sentido entendido por ambos. Se alejaron cogidos impune y orgullosamente de la mano.
            No podía dar crédito a sus fisgoneos. Sorprendido, colorado, en su orgullo herido, agachó la cabeza para ocultar su íntima vergüenza en la revista. Tomó un  trago de su té helado, que ya se estaba aguado por el hielo derretido, para calmar el fuego de sus entrañas junto con el del desagrado. Suspiró hondamente con un gesto  que en su dramatismo le sorprendió a sí mismo. Alzó la mano y pidió una cerveza bien fría.

   Aburrido, simuló contemplar los cuadros mientras que, en realidad, cotilleaba a los que  bajo de ellos se encontraban sentados en las mesas: alborotados estudiantes, una pareja de ancianos columbrando en distinta dirección, tres solteras de mediana edad conversando acerca de lo caro que resultaba hacer la compra diaria causa de la crisis, una parejita de enamorados ausentes del mundo y un grupo de ejecutivos agresivos. Mantuvo con uno de estos últimos una mirada más larga de lo necesario; mezcla de morbo e inquina se lanzaron. Pretendieron alargar su desdén en un reto no escrito, esperando que el otro fuera el primero en bajar la vista. Ganó el diligente emprendedor. Incómodo, quiso refugiarse en otras atenciones que disimularan su derrota. Se interesó entonces en los otros dos hombres encorbatados que le acompañaban, despojados de sus chaquetas que reposaban, pulcramente, sobre una silla neutralmente compartida.  Con la actitud de “mear colonia” parecían ajenos a las temperaturas. El más joven hablaba animadamente al mostrar unos documentos al más veterano. Su mirada era firme, segura, casi intimidatoria; una mirada que no se desviaba del entrecejo del otro, mirada de negocios rebosante de asertividad. En principio interesado, el encanecido sujeto permanecía inclinado sobre su joven orador, mas algo debió contrariarlo, pues en un momento determinado se recostó sobre el respaldo de su asiento, desviando el contacto visual al tiempo que cruzaba los brazos como si de una coraza se tratara. El vendedor de ideas cambió de táctica. Para incitar su apertura le entregó otros informes que no tuvo más remedio que tomar en sus manos. Periódicamente, con una pluma de elegante marca señalaba los puntos más importantes del contenido, alternando un ascendente movimiento de la mano a la altura de su rostro, obligándolo de nuevo a mirarle a los ojos. El bebedor reconoció que aquello era toda una obra maestra y la sumó a su recolección.
            Estragado tras unos minutos de constante escrutación tomó un largo trago. No aguantaba el no poder fumar. En su mente encendió un pitillo y se imaginó con la cabeza inclinada hacia abajo exhalando el humo por la nariz como un toro embravecido. Atisbó ahora a una explosiva mujer que entraba en la café. Se desplazaba digna y sensualmente por entre las mesas ocupadas, obligando a ser admirada o valorada. Al caminar, acentuaba la ondulación de sus caderas para destacar la zona pelviana. Demorándose conscientemente, de pie para conceder a los demás unos segundos añadidos para que pudieran contemplarla, escogió un rincón, ni muy a la vista ni muy escondido. Su corta minifalda negra retrepó bruscamente al sentarse dejando a la vista sus contorneados muslos. Como si en algo pudiera mitigar el resultado la estiró elevando ligeramente sus nalgas del asiento para facilitar el intento de recato. Sus labios se humedecieron adquiriendo un aspecto que invitaba a la sexualidad, al tiempo que acariciaba con la mano, ascendiendo y descendiendo, el vaso olvidado de una consumición ajena. Cruzó y descruzó lentamente las piernas indicando inconscientemente que deseaban ser tocadas.
            El la escudriño activamente, admirando el buen uso de los rituales de cortejo que compartían en complicidad las mujeres para llamar la atención de los hombres. Reconoció su técnica y coordinación, concediéndola una puntuación elevada con una generosidad quizá demasiado empática pero emocionalmente competitiva.

                Un camarero que comenzaba su turno se aproximó a la llamada del desastrado y hogareño rompedor de platos y vasos, que durante unos instantes dudó entre marcharse a casa para enfrascarse en la autocompasión o quedarse un rato más. Eligió esta última opción dispuesto a dar un nuevo repaso a la clientela pidiendo una cerveza. El camarero no se inmutó al pasar delante de los amantes fogosos. Ella, apretando bajo la mesa la virilidad de su compañero bajo sus pantalones, era besada ardientemente. Las pupilas de ambos se dilataban en un reflejo mutuo, sus labios se encontraban hinchados y ligeramente enrojecidos por la excitación, su ritmo cardiaco se encontraba acelerado, sus manos se acariciaban mutuamente ajenas a lo que les rodeaba. Unos evitaron la mirada, otros la mantuvieron de soslayo sonrientes, los más la fijaron insolentemente. Los amantes se encontraban demasiado absortos en sus ardores. Tras besos, caricias y manoseos disimulados, él lanzó un gemidillo al tiempo que cerraba los ojos. Segundos después, tapándose con una llamativa carpeta se dirigió a los aseos. Sólo entonces la dueña de la mano hábil reparó en los discrepantes espionajes de que habían sido objeto. Se ruborizó ligeramente, no demasiado, pensando hasta que punto ellos habían perdido la noción de la realidad y hasta qué extremo los demás habían permanecido atentos a ella. Sin saber que hacer simuló repasar con interés algunos de sus apuntes. Al levantar el rostro, la minifaldera de caderas oscilantes le lanzó un guiño de  complicidad sumado al gesto del pulgar hacia arriba  que fue interpretado con todo su significado.  Azorado y al mismo tiempo feliz por la mancha húmeda en sus pantalones al intentar borrar otras más significativas bajo su ropa interior, el varón regresó. El bebedor vio como ella le susurraba algo al oído; pidieron la cuenta precipitadamente y se marcharon.

            Un ruido de cristales rotos procedente de la cocina sobresaltó a los clientes, que en general sonrieron y bromearon sobre el susto. Con un delantal no demasiado presentable, el cocinero salió de la dependencia y se inclinó enfurecido sobre el encargado. Con voz tensa y apenas contenida le comunicó algo y casi le arrastró al interior. Una expectación general animó nuevamente el ambiente, causando inevitables especulaciones públicas o íntimas acerca del suceso y algunos conatos de indiscretos atisbos. Voces subidas de tono, intentos de apaciguamiento, algunas palabras soeces traspasaron las puertas…

            Transcurrieron las horas despaciosamente y el local ya no conservaba los susurros de una ermita; la gente charlaba animadamente esforzándose en hacerse entender.  Clientes entraron y salieron, pero él permaneció hasta el cierre. Repitió sus ritos una y otra vez, con unos y con otros, escrutando con diversos márgenes de interés aquellos esbozos fragmentados de vidas que le parecían mucho más interesantes que la suya. Él bebió y bebió, su boca se convirtió en una oquedad pastosa, su vista se nubló… sin embargo permaneció estoicamente, atesorando sus nuevas adquisiciones.
            Llegada la hora de cerrar la actividad se fue paralizando. Conscientes de la inminente clausura, los asistentes fueron abonando sus consumiciones. Los empleados fueron limpiando la barra y las mesas con bayetas de dudosa higiene, colocaron las sillas sobre ellas y barrieron con serrín. Descuidadamente, los clientes salieron   encontrando una noche tórrida, sofocante. Unos se dirigirían a sus hogares, otros prosiguieron la velada en alguna terraza  o discoteca, algunos rumiaban a solas  sus pensamientos, los de más allá charlaron animadamente. Unos pocos se prepararon para su incorporación a la soledad y monotonía diarias, deseando que a la mañana siguiente sucediera algo que diera sentido a sus vidas y carencias. Entre estos últimos se encontraba el desgraciado -cargado con una bolsa con una docena  de latas de cerveza- que caminó serpenteando sobre el ardiente asfalto nocturno. Demoró su retorno apoyándose en paredes y farolas cómplices. Tras penetrar en el portal subió lentamente los treinta y siete escalones que le separaban de su celda incomunicada elegida por él mismo. Lo hizo a oscuras ya que no logró acertar a encontrar el interruptor de la luz de la escalera. Sorprendentemente logró abrir la puerta al quinto intento, más por casualidad que por pulso, pericia o excelente visión. Podría permanecer en su pocilga un par de días más, hasta que se viera obligado a ir al bar o la cafetería y avizorar durante unas horas las existencias de extraños para regresar de nuevo cargado con sus raciones etílicas y emocionales. Llevaba años haciendo lo mismo.
            Se tendió en la cama de la habitación y abrió el cajón de la mesilla. Sacó de ella una abultada carpeta repleta de fotos de gente que recordaba y pero que a él habían olvidado, cartas con fechas cada vez más dispersas. Extrajo una libreta bancaria. Comprobó el último saldo y sonrió ante aquellos números caprichosos que no dejaban de aumentar a pesar de que la mayoría de la gente lo estaba pasando francamente mal por la cacareada crisis. Pero, ¿de qué le servían sus ahorros? No eran suficientes para que fuera feliz, para que no se sintiera solo, para que no viviera a través de los demás, para que estuviera cuerdo…
            En el portátil abrió varias ventanas de google y tomó el teléfono. Dudo entre llamar a una de las compañías telefónicas  para escuchar una monocorde voz lejana o solicitar por fin los servicios de alguno de los hombres que vendían sus cuerpos y afectos.
            Marcó. La línea  estaba comunicando. No importaba. Esperaría.