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jueves, 12 de noviembre de 2015

ELLA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



RETRATO DE UNA SOLEDAD EN EL OTOÑO DE LA VIDA: UN AFECTO Y COMPLICIDAD PERDIDOS  



ELLA


Mis pensamientos vuelan esperando la inminencia presumible de la muerte, mientras la vida escapa de entre mis labios con el gemido efímero de aquél que se siente virtualmente al borde de lo que tanto ha deseado. Diez años pasaron ya desde que aquellos dulces jugueteos y caricias dejaron los míos de alimentar, de que mis sentidos se expresaran torpemente a lo largo del resto de mi existencia, pues ya no había nadie con quién me sintiera cómo con ella. Ella fue la primera. En todas la veía y a ninguna he logrado querer como a aquella.

Murió, como una más de entre las anónimas vidas que la fea Parca -monstruo grande y negro- exige sin piedad como libación ritual en culto sangriento. Murió... murió... murió... , me lo repito una y mil veces, pero algo dentro de mí se niega a aceptarlo. Es demasiado duro, es demasiado triste, demasiado... 

He esperado día tras día a que aparezca, alegre, rebosante de vida, de calor, de sangre palpitante y no como sangre inútilmente perdida. Espero, porqué la casa es grande y la siento vacía; porqué los ecos de su silencio aletean. Miro a un lado, miro a otro, y continuamente los recuerdos de tiernas escenas me embelesan. Espero, inútilmente, volver a sentir su cabeza en mi pecho, sus miembros atrapados en mi cintura, su dormitar plácido cuando se recostaba en mis piernas.

¡Murió! Sin saber por qué moría. ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué no me llevaste contigo? ¡No!, No pienso que así lo quisieras. Pero, ¿no ves que ahora no puedo acariciarte ni tenerte entre mis brazos?

Ella, pálida y radiante como el amanecer trémulo de una primavera, silenciosa como la escarcha depositada en la noche. Era hermosa, pero el más rico origen de encanto no radicaba en su exterior, sino más bien en su interior escondido y refulgente que atacaba con insistencia y con piedad el mal que había en mí y que raramente quería reconocer. Supuso, en cierto modo, la voz de mi conciencia.

Porque germinando de la tierra calmaba mi sed su fruto maduro, prieto de pulpa y zumo vital. Ahora, germinando de la tierra, después de tantos años, me sostengo cual árbol sin frutos, sin obras que puedan ser semillas a la hora de que la leña de mi cuerpo se corrompa y sea también, posiblemente, pasto de las llamas cómo inútiles troncos que ya no se asemejan a lo que fueron.

Por ello, durante años, por no mirar al mundo que te arrebató de mí, agacho la cabeza con vergüenza ajena, con el mirar triste, hablar huidizo, semblante pálido y desolado; agacho la cabeza resentido, devorado por el odio, por el olvido de tu faz paulatino y por ello, sin paz dolido. Agacho la cabeza, mas no humilde sino duro altivo en mi hundimiento y con furor desabrido. Me tienta la sumisión, pero es el corazón el que recupera la entereza.

Pero de mi corazón, no de la tierra, germina la esperanza; por qué ella, bella entre las bellas rosas marchitas, primorosa entre los montes áridos y calcinados de mi interior, bonita entre las ruinas de mis proyectos e ideas cuando aún no había despertado del letargo que el odio y resentimiento me habían provocado y alimentado; ella, preciosa entre lo deformado, me dio nueva existencia.

Levántate frente, acoge tu dignidad inherente, tanto en los momentos de interior lucha, cómo en la hora decisiva y, a veces temible, de la triste escucha. ¡Levántate, no te hundas! No consientas corazón mío ser también destruido, si no por las armas, por el delirante raciocinio.

¡Pobre de mí, cuanto tiempo perdí! Roce sus pelos cómo en un sueño, con la inquietud y sensación que se tiene cuando se toca algo que se cree prohibido y a la vez maravilloso. Nada había en ellos que no dejara de traslucir la cariñosa personalidad de su dueña.

Ahora, mis sienes plateadas desde hace tiempo me traen noticias de que un invierno total e inminente se acerca a los noviembres de mi vida; y así, mientras tanto, anhelo y sueño con la eterna primavera por venir, a la cual me acercaré de nuevo y para siempre a mi perra en un infinito y tierno abrazo por el fin de los tiempos, donde las lágrimas no existirán, ni habrá dolor, ni caninos cuerpos que sean arrebatados por borrachos y mezquinos conductores, y habrá vida, y habrá calor.

Lo que me diste nadie me lo arrebatará, está dentro de mí. En mí interior permanecen la fidelidad, la paciencia, la mirada sin reproches, la alegría al recibirme al llegar a casa tras una larga jornada, el restregar de tu cuerpo en mis piernas como si algo de gato tuvieras, los brincos, saltos, juegos, destrezas; los momentos en los que sólo a ti te tuve como única compañera.

Llegué a quererte, quizá egoistamente, más que a los seres humanos, pues en mi ser nunca me sentí tan admirado y aceptado como por ti.



La reina no es la muerte, ni el rey el olvido, sino tú, mi chucha callejera.




lunes, 25 de agosto de 2014

DE VISITA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



DE VISITA

Los primeros amigos, las primeras experiencias, los primeros amores que nacen dejan surcos durante toda la  vida


DE VISITA


¡Ah! ¿Os llega a extrañar que aún venga a veros? Ya sé que hay mucha gente que está mejor que vosotros; yo sólo diría que generalmente me ofrecen una silla para sentarme, y no esta piedra tan fría y dura que se clava en las nalgas.

Estaréis de acuerdo conmigo en que como siempre, sigo teniendo relación con gran cantidad de gente, y si así lo deseara, no faltaría un hogar en el que pasar la tarde, calentito compartiendo sábanas con algún chico musculoso o alguna sensual mujer. También podría dar tranquilos paseos, entre setos y árboles antes de acercar mis labios al objeto de mi deseo. Un inciso, no os podéis imaginar qué mal día hace hoy; nubes oscuras, viento y frío con posibilidad de nieve.

     Pero, ¿por qué voy a decir lo contrario o negarlo? Soy incapaz de evitar recordaros de una manera muy especial, mis amigos de la infancia. ¿O era de la adolescencia? Ya son tantas las cosas que el olvido me arrebata, que cuando hablo o pienso, me siento más inseguro de lo que desearía. Todo parece que se escabulle y oculta…A pesar de ello, entre vosotros, me siento en la plenitud de la vida, en mis mejores momentos, como si de nuevo todos tuviéramos treinta años.

¿Qué os estaba contando? ¡Ah, sí! Fuisteis mis primeros amigos y lo primero no se suele olvidar nunca: la primera pandilla, la primera excursión, el primer viaje, la primera vez que contemplas el mar, el primer beso, el primer amor ¡El primer amor! ¡Cómo si pudieran existir más! Porque el primer amor se busca en el segundo para mejorar el primero, y en el tercero, para mejorar el segundo, que mejora el primero…Siempre el primer amor, la primera vez que yaces con alguien descubriendo un universo nuevo. En mi caso varios universos al ser bisexual.

¡Queridos míos! Pienso que nosotros fuimos el ejemplo más claro y contundente de cómo el pasado puede unir.  ¿Qué teníamos en común para estar juntos, aunque solo fuera de vez en cuando? No, no hace falta que cada uno busque un motivo en su interior, ya respondo yo: más bien poco. Con el tiempo comprendimos, no sin ciertos esfuerzos en un inicio, que nuestra diversidad sexual nos enriquecía y unía en lugar de separarnos.  Era una época en la que el concepto de LGTB+H no estaba de moda; ni siquiera se había inventado. Sin ponerle siglas conseguimos aceptar nuestra diversidad.

    Sin embargo teníamos tantas cosas para recordar; eso que ahora mis nietos, si los hubiera tenido, denominarían con acierto “las batallitas del abuelo”. Rememorábamos nuestros viajes, los amigos y amores perdidos, las fiestas, aquellas Cabalgatas de Navidad… ¡Tantas y tantas cosas! Éramos los mejores magos transformando lo rancio en actual, lo maduro en infantil, lo perecedero en inmortal. ¡De joven siempre se siente uno inmortal!

Bajo el manto de los recuerdos, nuestras preocupaciones y diferencias se camuflaban y se diluían en sencillos comentarios que a la vez nos entretenían. ¿Eh? Estaba seguro de que tendríamos que hablar de eso también. Sí, soy consciente de que era poco constante, me olvidaba de vosotros y teníais que estar pendientes de mí. Cada uno tiene su forma de ser y yo me encontraba en la plenitud de niveles de testosterona...

Pero daros cuenta de la ironía de la vida; planteado desde el punto de vista de cipreses y cruces, he sido yo el que ha dado las mejores pruebas de perseverancia, el que se mantiene con vosotros hasta el final… ¿Qué digo?... ¡Hasta más allá del final.! Al fin y al cabo, de una manera o de otra yací en algún momento con unos y con otras; incluso robé algún beso imprudente a quien no debía dejando en mi una marca indeleble o un bofetón.

¡Vaya! Ya me están llamando. Lo van a cerrar. El tiempo pasa volando recordando los viejos tiempos.

Sí, procuraré venir antes la próxima ocasión. De acuerdo. No sé, no sé cuándo será. ¡es posible que la visita próxima sea   definitiva! Mis ochenta y siete años pasan factura.

Bueno, sea como fuere, hasta entonces:

¡Ya voy, ya voy! Si no estuvieran tan juntas estas lápidas se caminaría mejor. No piensan que estorban para caminar torpemente con las muletas. A veces creo que buscan inquilinos de manera indirecta.

Preguntaré al joven y guapo guardés si me puede acercar al pueblo en su coche. Este cementerio queda tan lejos...

miércoles, 4 de junio de 2014

REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.



El significado del tema de los tres monos es complejo y diverso; así como para la élite intelectual se encontraban relacionados con el mencionado código filosófico y moral santai, entre el pueblo el sentido era «rendirse» al sistema, un código de conducta que recomendaba la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción, sentido que perdura en la actualidad 



Crisis (del latín crisis, a su vez del griego κρίσις) es una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución; especialmente, la crisis de una estructura. Los cambios críticos, aunque previsibles, tienen siempre algún grado de incertidumbre en cuanto a su reversibilidad o grado de profundidad, pues si no serían meras reacciones automáticas como las físico-químicas. Si los cambios son profundos, súbitos y violentos, y sobre todo traen consecuencias trascendentales, van más allá de una crisis y se pueden denominar revolución.
Las crisis pueden ocurrir a un nivel muy desesperante entonces puedes morir a nivel personal o social. Pueden designar un cambio traumático en la vida o salud de una persona o una situación social inestable y peligrosa en lo político, económico, militar, etc. También puede ser la definición de un hecho medioambiental de gran escala, especialmente los que implican un cambio abrupto. De una manera menos propia, se refieren con el nombre de crisis las emergencias o las épocas de dificultades.


REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.


En ocasiones me siento desbordado. Crisis, crisis, crisis... Creo que he sido consciente con la crisis económica que estamos en una continua situación de crisis: crisis de los treinta, cuarenta, cincuenta...;crisis de pareja, crisis existencial, crisis de valores, crisis ecológica, crisis política. Con la explosión de las repercusiones y medidas ante la crisis monetaria me he dado cuenta paulatinamente, de una manera distinta, de cuan frágiles somos y lo perdidos que estamos. Buscamos seguridades, referentes a los que aferrarnos, como siempre hemos hecho a lo largo de la historia. Lo inquietante es que ya no sirven las medidas de antaño, que hay que inventarlas.

 Compruebo con amigos, vecinos, familiares y conocidos que en cierta medida ellos están experimentando lo mismo que yo con sus particularidades, no exentas de nexos comunes.
La crisis está cambiándonos, a algunos más a otros menos, a distintas velocidades y no me refiero en términos consumistas o de capitalismo salvaje. Es obvio. Para sacar lo bueno ya hay otros que destaquen la solidaridad, el espíritu de sacrificio, el llamado despertar de la conciencia y otros aspectos positivos. Yo no planteo ésto ahora, aunque si hay otros relatos o reflexiones en el blog en los que los destaco.

Creo que tras las grandes protestas globales y comunitarias, tras las manifestaciones y huelgas generales pasadas o por venir que parecen reflejar cierta unidad hay un fenómeno preocupante. Nos estamos volviendo más intolerantes, desconfiados, egoístas y nuestra manera de relacionarnos unos con otros no es del todo positiva por utilizar un eufemismo. 
En las parejas se generan tensiones cuando uno o los dos se encuentran sin trabajo. Eso es una novedad, pero si lo es el que se lleguen a plantear el "sálvense quien pueda" con o sin la existencia de hijos de por medio. El pan y cebolla, en la riqueza y en la pobreza no son suficientes y el amor es sustituido por necesidades más apremiantes en algunos casos. El amor que acuna y mece es sustituido por la crisis que arrasa y descoloca.
Los amigos y conocidos, incluso miembros familiares tienen reservas en el momento de hablar de determinados temas que no tienen que porque reflejar necesariamente un punto de vista político. 

La ayuda y apoyo ofrecidos -no me refiero al monetario o en forma de prestamos- se queda en palabras que se lleva el viento. Los apoyos morales, emocionales, las maneras sin gasto económico que nos podemos prestar mutuamente se ven reducidos, como si sobre ellos se cernieran una hipoteca no pagada a tiempo a punto de ser reclamada por Bankia. 
Me siento desconcertado cuando tiendo la mano para ofrecer, para intercambiar emociones y sentimientos, cuando me abro a amistades nuevas o viejas que parecen tener bases solidas para luego encontrarme abanicando el aire. Pareciera que se ahorran afectos y atenciones como si dependieran de la prima de riesgo. Cierto que en la vida todo cambia y tiene su proceso, que nada es permanente. No se puede ayudar a quien no se deja; a quien pone la soberbia, vergüenza, timidez o imagen social por encima de sus verdaderas necesidades holísticas.
En los últimos años y meses he hecho amigos interesantes. El intercambio de conocimientos mutuos y asesoramiento, ademas de implicar un desarrollo personal tiene su propia gratificación y recompensa como proceso y no como finalidad. Así ha sido por mi parte al menos. Es un ejemplo prosaico tal vez, pero viene muy a mano. Es una bocanada de aire fresco compartir de esa manera.

 La crisis hace que ahorremos hasta las palabras de aliento, de apoyo, de comprensión. Esperamos, en muchas ocasiones, algunas de ellas en lugar de juicios o prejuicios pero la subida del IVA ha debido de encarecer mucho su manifestación. Reconozco que, a pesar de mi optimismo, hay momentos en los que flaqueo. Entonces intento sentir en soledad, meditar, dejarme fluir y crear mi realidad modificando mis pensamientos acerca de mi percepción de la realidad. 
 Lo más terrible para mi es que, en ocasiones, me estoy volviendo de esa manera; al menos soy consciente de ello. En una época en la que la moneda compra poco, en la que el trueque emocional y afectivo deberían ser un recurso valioso me he percatado de mis pinceladas de tacaño. Tengo, en ocasiones, la percepción de que "mis inversiones" han sido depositadas en una entidad inadecuada o que no me aportan los réditos que esperaba. Es como si el BCE me susurrara que debo de guardar en casa, bajo el colchón de mi personalidad o la baldosa de mis intuiciones, todo aquello que me parece que es de valor personal sin compartirlo con nadie. ¿Será eso lo que les ha sucedido a los demás antes que a mi? Puede que simplemente sea un periodo de transición personal en el que descubro nuevas formas de apego de las que antes no era tan consciente.

Otro aspecto, cuanto menos llamativo, es el mundo de los contactos mediante perfiles o demandas de servicios, a los cuales no soy muy aficionado. De cuando en cuando pruebo, pues no hay que cerrar puertas. Aparecen de la nada, de pronto, gentes que no son más que chaperos encubiertos y de medio pelo o chicos en busca de protección, como se decían hace algunos lustros, que con tal de tomar  un café o cenar de gorra regalan los oídos a los pobres incautos. Evidentemente no hablo de sexo necesariamente, que también... Las paginas de contactos o de búsqueda de empleo están desempeñando un papel similar al del INEM o de los auxilios sociales. Varios amigos y yo mismo hemos tenido experiencias ciertamente curiosas al respecto, que no por ello dejan de ser desalentadoras emocionalmente en algunos momentos... Incluso si buscas en la red un profesional de la informática, un fontanero o electricista no es de extrañar que ponga como cebo   servicios sexuales añadidos. La gente tiene que ganarse la vida pero... me sorprendo.

 Hace unos días, durante una cena amistosa, ironizábamos acerca de la posibilidad de solicitar currículos y cartas de recomendación de los ex-amigos o ex-parejas de quienes se acercaran a nosotros, acompañados de una evaluación psicológica y un certificado de penales al estilo del periodo franquista. Si bien eran comentarios jocosos, en cierto modo, manifestaban con humor ese estado de inseguridad, de temor hacia el otro, de desconfianza.

Evidentemente estamos en crisis, eso ya nadie es capaz de negarlo pero, ¿No lo estaremos mucho más de lo que creemos?
Si con ella caen estructuras mentales generando otras nuevas formas de pensar que  sea bienvenida.

martes, 1 de abril de 2014

EL COLECCIONISTA DE MIRADAS.POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ






(Advertencia de contenido homoerótico)

LA NO ACEPTACIÓN DE LA ORIENTACIÓN  SEXUAL SIGUE CAUSANDO MUCHA SOLEDAD Y SUFRIMIENTO, SEA CUAL SEA LA EDAD. ESTE RELATO ESTÁ DEDICADO A TODOS AQUELLOS AMIGOS Y CONOCIDOS QUE OBSERVAN LA VIDA EN LUGAR DE VIVIRLA, CON LA ESPERANZA DE QUE DESPIERTEN DE SU LETARGO Y SE DEN CUENTA DE QUE AUN NO ES TARDE, DE QUE HAY OTRAS FORMAS DE RELACIONARSE CON ELLOS MISMOS Y CON EL MUNDO.

EL COLECCIONISTA  DE MIRADAS

            Antonio continuó sin moverse sudando copiosamente. El calor era ya insoportable a esas horas de la mañana. No había dormido bien y tras el café frio que había tomado como desayuno para espabilarse había prescindido de una ducha reparadora que le despejara y eliminara su fuerte olor corporal. Se encontraba demasiado cómodo en su sillón como para desperezarse y descolgar el teléfono, que de nuevo insistía en quebrar el silencio que deseaba. La ceniza de su cigarrillo se desplomó indolentemente sobre su ingle desnuda y, al intentar apartarla de un manotazo, sólo consiguió formar un tiznajo grisáceo. El cenicero estaba repleto de colillas acumuladas a los largo de varios días despidiendo un olor que, aunque le molestara, no le motivaba lo suficiente como para vaciarlo. Una mueca de desagrado se esbozó en su rostro avejentado al alcanzar su tercera lata de cerveza de la mañana, ya tibia.
A sus cincuenta y dos años  el descuido de su aseo, el abandono, la alimentación desmedida, el tabaco y la bebida habían cobrado su precio; aparentaba diez años más. Nunca había sido guapo, ni siquiera atractivo. Siempre fue un ser vulgar y desapercibido que ni siquiera logró brillar con su personalidad para compensar aquellas otras gracias que el destino no le concedió. Intentó recordar algún momento glorioso en el que hubiera destacado dignamente en algo. Su baja autoestima, su depresión crónica distorsionaron la realidad considerando injustamente que no hubo ninguno. No le era fácil creerse bueno, digno, amado, útil o poseedor de cualquier otro valor positivo. Su vida estaba cargada de decisiones inadecuadas, de metas planteadas pero no encaminadas a la acción, de reproches propios y ajenos, de las inseguridades convenientes a la crisis de los maduros no realizados. Atrás quedaron los escasos amigos, en general comunes con su ex mujer y con la cual no mantenía una relación cordial. Tal vez ese fuera uno de los pasos que, aunque doloroso, había sido adecuado: divorciarse. Aún se reprochaba haberse casado sin más pilares que el adatarse a lo que se esperaba de él. Todo parecía haberse desarrollado con cierto sentido de predestinación diabólica desde que la conociera en la universidad ; cuando quiso darse cuenta había optado por un estereotipo de vida cómoda y socialmente aceptada.
            El teléfono volvió a sonar con pertinaz insistencia interrumpiendo aquellos recuerdos. Se levantó pesadamente, lo descolgó sin contestar y lo arrojó sobre el sofá empolvado y repleto de pelusas. No, no se molestó en responder. Únicamente deseaba no escuchar esos timbrazos semejantes a martillazos en sus oídos. Las únicas llamadas que solía recibir eran las de los implacables asesores de las distintas compañías telefónicas que rivalizaban entre sí con precios aparentemente competitivos y que no aceptaban un no por respuesta. Casi siempre tenían prefijos similares y, hasta que desactivara el contestador automático, se quedaban grabadas voces desconocidas que le llamaban por su nombre como si le conocieran de toda la vida. Tras consultar algunos de los pertinaces números en la web se había informado acerca del spam telefónico y de la posibilidad de hacer las denuncias pertinentes. Sin embargo, lo había dejado estar optando por la indiferencia. Se apartó el sudor de la frente ya que caía sobre sus ojos, sopesando de nuevo la posibilidad de ducharse.
            La cerveza se acabó. Estrujó con la mano la lata vacía hasta convertirla en una retorcida masa de metal coloreado que arrojó al suelo, percutiendo contra otras  más que resonaron lánguidamente como las atadas a un coche de recién casados que no puede ponerse en marcha definitivamente. Con esfuerzo exagerado, pues le encantaba la teatralidad aunque sólo fuera ante sí mismo, caminó hacia la cocina. Sus pies descalzos, renegridos por la mugre acumulada, se adherían como restos de chicle al pavimento. Momentáneamente disfrutó con la sensación y se sintió como un astronauta con botas adecuadas para caminar por la solitaria luna. Intentando esquivar papeles, latas, restos de comida, colillas descuidadas, platos y ropas sucias esparcidos por toda la casa se dirigió al refrigerador. Al abrirlo, ante él aparecieron estantes vacíos, inertes, sin proposiciones tentadoras o suculentas para llevarse a la boca. Un tarrina de margarina, dos tomates pasados, una bolsa de aceitunas negras, una lechuga mustia y medio cartón de leche agriada y maloliente era todo lo que ofrecía; ni un resto de lúpulo fresquito… Quiso recordar alguna otra bebida espiritosa a la que pudiera echar mano, pero fue inútil ya que toda ya había sido engullida por su gola. Sus otros escondrijos estaban saqueados también.
            Se aproximó al fregadero con la esperanza ardiente de encontrar restos de coñac o ron en algún vaso olvidado entre el cúmulo infernal de platos, cubiertos y demás cacharros de cocina que se amontonaban  hasta el punto de desbordar la pila. Inicialmente buscó con cuidado, mas lo infructuoso de sus pesquisas enervó su ánimo, terminando por sacar toda la vajilla, tirándola desconsideradamente al suelo como si en modo alguno pudiera romperse. Evidente no fue así. Ni encontró alcohol, ni todos los platos y vasos quedaron incólumes. Le vino un regüeldo inesperado que le dejo un sabor agrio.
            Cuándo quiso darse cuenta tobillos, plantas y dedos de los pies sangraban ligeramente a causa de pequeñas esquirlas disparadas sin rumbo. No se inmutó apenas. Dejando rastros escarlatas en las baldosas se tumbó de nuevo en el sillón, cerró los ojos y al pronto quedó adormecido en un incómodo sopor. Entre nebulosos pensamientos escogió uno: quizá más tarde saliera a la calle para tomar algo, reponer sus bebidas y coleccionar gestos y miradas ajenos.
           
             Continuó hojeando una revista  abandonada, melancólicamente, con aires de nobleza, mientras el camarero retiraba de la mesa de la cafetería los servicios de una anónima consumición anterior. Interrogado acerca de lo que deseaba tomar, dudó unos instantes, para finalmente decidirse por un té frío con limón acompañado de dos sobres de azúcar con la presunta redención de calmar la acidez de su estómago. Si bien se había aseado, no había tardado demasiado en transpirar. El lugar estaba inusualmente tranquilo y apenas se podían captar las conversaciones de las otras mesas dispersas a una prudente distancia.
De soslayo, indagó si un desarrapado impertinente continuaba observándole desde la calle. En un acto inconsciente de coquetería displicente ladeó la cabeza, echando hacía atrás los ordinarios mechones de cabello de rubio que habían caído sobre sus facciones y que necesitaban urgentemente ser amputados por un peluquero experto. No cabía duda, él seguía allí, le importunaba mirándole como si fuera una efigie de mármol, apenas sin parpadear. Le había negado la usual petición de “prestarle un euro”…Giró el rostro y contempló a través del ventanal el desfilar de las personas que intentaban buscar la más mínima sombra para guarecerse, aunque sólo fuera por unos segundos, del sofocante bochorno de aquel mes de agosto en el que la ola de calor prometía batir records. Aún a esas últimas horas de la tarde jóvenes en bermudas y sin camiseta lucían bronceados sobre distintos tipos de complexiones. En su fuero interno deseaba arrebatar sus primaveras y poder pasear por la calle como ellos. Su edad le hacía aparentar gazmoñamente concepciones morales acordes a sus años, mientras que deseaba y aceptaba interiormente un poco de aquello que en público condenaría como heterosexual intransigente. El “armario” del que no había salido era su cárcel y penitencia. ¡Si hubiera reconocido su sexualidad, si hubiera asumido su afecto y deseo por los hombres; si al menos se hubiera arriesgado a tomar  decisiones en su vida y no dejarlas en manos de otros a los que no debía de dar explicaciones…!
            Otro joven se detuvo unos metros más adelante, bajo el toldo, devorando con los ojos los pasteles y helados protegidos por expositores refrigerados. Su cuerpo bien proporcionado relucía a causa del sudor, del ejercicio realizado indebidamente y sin criterio alguno en parque cercano. Su torso brillaba, en su escaso vello rasurado se adherían pequeñas gotas iridiscentes, su camiseta colgaba de la riñonera ajustada a su cintura. Su ceñido y empapado pantalón deportivo marcaba una virilidad con promesas que con toda posibilidad podrían ser cumplidas copiosamente. Con los pulgares cogidos de la cinturilla de la prenda exhibía una actitud sexualmente agresiva que no pasó desapercibida al observador de mediana edad. Los brazos del muchacho se encontraban en posición de alerta, sus manos señalaban y destacaban la zona genital. En conjunto, su inconsciente  parecía gritar soy viril y puedo dominarte. El “pitopausico” en público, como sus recios compañeros de trabajo, hubiera criticado tal ostentación chulesca, ya que era lo que se esperaba de él. Íntimamente, deseó palpar aquel cuerpo terso y atrayente de unos veinticinco años, atraerlo lentamente hacia sí, abrazarlo y estrecharlo. Un atisbo de ternura emergió y asumió esa actitud para su colección de gestos.
            Decidido, el acalorado deportista empujó la puerta sonriendo de satisfacción ante el drástico cambio de temperatura. Se puso la camiseta, tanto por respeto al local como  por un fingido sentido del pudor.  Solicitando a la dependienta un enorme cucurucho de tres sabores -nata, turrón y pistacho-, se encontraba a unos cinco metros del circunstante. El corazón del reflexivo se descompasó al imaginar su lengua en contacto con la suya, mezcladas con papilas chocolate, que era su preferido.
            Para otro testigo, no dejaría de ser interesante el juego de miradas cargadas de concupiscencia o desaire según se observara al fisgón o fisgoneado. El observador del fino degustado té pero sediento de cervezas no perdió detalle de lo que su presunta presa apreciaba sintiéndose desairado, invisible, acomplejado. Una vez más: ¿cómo competir, cómo arriesgarse, cómo aspirar a…? La cruel ojeada del muchacho le amilanó, pero también la sumó a su compilación de miradas. Cruzó los brazos, cerró los puños en un inconsciente acto de defensa y hostilidad, con los dientes apretados y la cara enrojecida. Sus pretensiones ocultas se desinflaron, las intenciones imaginarias de un inminente acercamiento por su parte se vieron aplacadas como si su pene hubiera sido fragmentado, similar a un lápiz al que, tras intentar sacarle punta, ésta emergiera siempre quebrada desencantando al escriba. ¡Clac!
            El Apolo, mientras tanto, jugueteó con sus ojos verdes ante la dependienta que sonrió tontamente ante las atenciones de que era objeto. Su mirada caía por debajo del nivel de los ojos de la jovencita, dirigiéndose a un triángulo imaginario formado por los ojos y la boca. Risas tontas, gestos nerviosos, culebreos en los miembros, rubor en las mejillas. El ritual de cortejo continuó durante unos minutos.
            El bebedor impenitente contempló su propia expresión de envidia reflejada en el escaparate, se sentía vapuleado por el rebote de la indiferencia. Los dos muchachos eran esferas arrogantes golpeadas por un taco emocional inexperto en una indefinida mesa de billar cuyas normas eran inexistentes en la actualidad. ¡Normas! Si él hubiera luchado contra ellas en su momento. El mozo salió finalmente del establecimiento lamiendo voluptuosamente las gélidas bolas chorreantes hasta la muñeca, al tiempo que se despedía de la empleada con la mano libre. En el exterior le esperaba, emergido de la nada, un muchacho algo mayor que él al que abrazó efusivamente, procurando que el helado no rodara por los suelos o manchara la camiseta de tirantes del otro mancebo. Le ofreció un bocado con las pupilas dilatadas fijas en él, que dio un lengüetazo lento al pistacho en un gesto de doble sentido entendido por ambos. Se alejaron cogidos impune y orgullosamente de la mano.
            No podía dar crédito a sus fisgoneos. Sorprendido, colorado, en su orgullo herido, agachó la cabeza para ocultar su íntima vergüenza en la revista. Tomó un  trago de su té helado, que ya se estaba aguado por el hielo derretido, para calmar el fuego de sus entrañas junto con el del desagrado. Suspiró hondamente con un gesto  que en su dramatismo le sorprendió a sí mismo. Alzó la mano y pidió una cerveza bien fría.

   Aburrido, simuló contemplar los cuadros mientras que, en realidad, cotilleaba a los que  bajo de ellos se encontraban sentados en las mesas: alborotados estudiantes, una pareja de ancianos columbrando en distinta dirección, tres solteras de mediana edad conversando acerca de lo caro que resultaba hacer la compra diaria causa de la crisis, una parejita de enamorados ausentes del mundo y un grupo de ejecutivos agresivos. Mantuvo con uno de estos últimos una mirada más larga de lo necesario; mezcla de morbo e inquina se lanzaron. Pretendieron alargar su desdén en un reto no escrito, esperando que el otro fuera el primero en bajar la vista. Ganó el diligente emprendedor. Incómodo, quiso refugiarse en otras atenciones que disimularan su derrota. Se interesó entonces en los otros dos hombres encorbatados que le acompañaban, despojados de sus chaquetas que reposaban, pulcramente, sobre una silla neutralmente compartida.  Con la actitud de “mear colonia” parecían ajenos a las temperaturas. El más joven hablaba animadamente al mostrar unos documentos al más veterano. Su mirada era firme, segura, casi intimidatoria; una mirada que no se desviaba del entrecejo del otro, mirada de negocios rebosante de asertividad. En principio interesado, el encanecido sujeto permanecía inclinado sobre su joven orador, mas algo debió contrariarlo, pues en un momento determinado se recostó sobre el respaldo de su asiento, desviando el contacto visual al tiempo que cruzaba los brazos como si de una coraza se tratara. El vendedor de ideas cambió de táctica. Para incitar su apertura le entregó otros informes que no tuvo más remedio que tomar en sus manos. Periódicamente, con una pluma de elegante marca señalaba los puntos más importantes del contenido, alternando un ascendente movimiento de la mano a la altura de su rostro, obligándolo de nuevo a mirarle a los ojos. El bebedor reconoció que aquello era toda una obra maestra y la sumó a su recolección.
            Estragado tras unos minutos de constante escrutación tomó un largo trago. No aguantaba el no poder fumar. En su mente encendió un pitillo y se imaginó con la cabeza inclinada hacia abajo exhalando el humo por la nariz como un toro embravecido. Atisbó ahora a una explosiva mujer que entraba en la café. Se desplazaba digna y sensualmente por entre las mesas ocupadas, obligando a ser admirada o valorada. Al caminar, acentuaba la ondulación de sus caderas para destacar la zona pelviana. Demorándose conscientemente, de pie para conceder a los demás unos segundos añadidos para que pudieran contemplarla, escogió un rincón, ni muy a la vista ni muy escondido. Su corta minifalda negra retrepó bruscamente al sentarse dejando a la vista sus contorneados muslos. Como si en algo pudiera mitigar el resultado la estiró elevando ligeramente sus nalgas del asiento para facilitar el intento de recato. Sus labios se humedecieron adquiriendo un aspecto que invitaba a la sexualidad, al tiempo que acariciaba con la mano, ascendiendo y descendiendo, el vaso olvidado de una consumición ajena. Cruzó y descruzó lentamente las piernas indicando inconscientemente que deseaban ser tocadas.
            El la escudriño activamente, admirando el buen uso de los rituales de cortejo que compartían en complicidad las mujeres para llamar la atención de los hombres. Reconoció su técnica y coordinación, concediéndola una puntuación elevada con una generosidad quizá demasiado empática pero emocionalmente competitiva.

                Un camarero que comenzaba su turno se aproximó a la llamada del desastrado y hogareño rompedor de platos y vasos, que durante unos instantes dudó entre marcharse a casa para enfrascarse en la autocompasión o quedarse un rato más. Eligió esta última opción dispuesto a dar un nuevo repaso a la clientela pidiendo una cerveza. El camarero no se inmutó al pasar delante de los amantes fogosos. Ella, apretando bajo la mesa la virilidad de su compañero bajo sus pantalones, era besada ardientemente. Las pupilas de ambos se dilataban en un reflejo mutuo, sus labios se encontraban hinchados y ligeramente enrojecidos por la excitación, su ritmo cardiaco se encontraba acelerado, sus manos se acariciaban mutuamente ajenas a lo que les rodeaba. Unos evitaron la mirada, otros la mantuvieron de soslayo sonrientes, los más la fijaron insolentemente. Los amantes se encontraban demasiado absortos en sus ardores. Tras besos, caricias y manoseos disimulados, él lanzó un gemidillo al tiempo que cerraba los ojos. Segundos después, tapándose con una llamativa carpeta se dirigió a los aseos. Sólo entonces la dueña de la mano hábil reparó en los discrepantes espionajes de que habían sido objeto. Se ruborizó ligeramente, no demasiado, pensando hasta que punto ellos habían perdido la noción de la realidad y hasta qué extremo los demás habían permanecido atentos a ella. Sin saber que hacer simuló repasar con interés algunos de sus apuntes. Al levantar el rostro, la minifaldera de caderas oscilantes le lanzó un guiño de  complicidad sumado al gesto del pulgar hacia arriba  que fue interpretado con todo su significado.  Azorado y al mismo tiempo feliz por la mancha húmeda en sus pantalones al intentar borrar otras más significativas bajo su ropa interior, el varón regresó. El bebedor vio como ella le susurraba algo al oído; pidieron la cuenta precipitadamente y se marcharon.

            Un ruido de cristales rotos procedente de la cocina sobresaltó a los clientes, que en general sonrieron y bromearon sobre el susto. Con un delantal no demasiado presentable, el cocinero salió de la dependencia y se inclinó enfurecido sobre el encargado. Con voz tensa y apenas contenida le comunicó algo y casi le arrastró al interior. Una expectación general animó nuevamente el ambiente, causando inevitables especulaciones públicas o íntimas acerca del suceso y algunos conatos de indiscretos atisbos. Voces subidas de tono, intentos de apaciguamiento, algunas palabras soeces traspasaron las puertas…

            Transcurrieron las horas despaciosamente y el local ya no conservaba los susurros de una ermita; la gente charlaba animadamente esforzándose en hacerse entender.  Clientes entraron y salieron, pero él permaneció hasta el cierre. Repitió sus ritos una y otra vez, con unos y con otros, escrutando con diversos márgenes de interés aquellos esbozos fragmentados de vidas que le parecían mucho más interesantes que la suya. Él bebió y bebió, su boca se convirtió en una oquedad pastosa, su vista se nubló… sin embargo permaneció estoicamente, atesorando sus nuevas adquisiciones.
            Llegada la hora de cerrar la actividad se fue paralizando. Conscientes de la inminente clausura, los asistentes fueron abonando sus consumiciones. Los empleados fueron limpiando la barra y las mesas con bayetas de dudosa higiene, colocaron las sillas sobre ellas y barrieron con serrín. Descuidadamente, los clientes salieron   encontrando una noche tórrida, sofocante. Unos se dirigirían a sus hogares, otros prosiguieron la velada en alguna terraza  o discoteca, algunos rumiaban a solas  sus pensamientos, los de más allá charlaron animadamente. Unos pocos se prepararon para su incorporación a la soledad y monotonía diarias, deseando que a la mañana siguiente sucediera algo que diera sentido a sus vidas y carencias. Entre estos últimos se encontraba el desgraciado -cargado con una bolsa con una docena  de latas de cerveza- que caminó serpenteando sobre el ardiente asfalto nocturno. Demoró su retorno apoyándose en paredes y farolas cómplices. Tras penetrar en el portal subió lentamente los treinta y siete escalones que le separaban de su celda incomunicada elegida por él mismo. Lo hizo a oscuras ya que no logró acertar a encontrar el interruptor de la luz de la escalera. Sorprendentemente logró abrir la puerta al quinto intento, más por casualidad que por pulso, pericia o excelente visión. Podría permanecer en su pocilga un par de días más, hasta que se viera obligado a ir al bar o la cafetería y avizorar durante unas horas las existencias de extraños para regresar de nuevo cargado con sus raciones etílicas y emocionales. Llevaba años haciendo lo mismo.
            Se tendió en la cama de la habitación y abrió el cajón de la mesilla. Sacó de ella una abultada carpeta repleta de fotos de gente que recordaba y pero que a él habían olvidado, cartas con fechas cada vez más dispersas. Extrajo una libreta bancaria. Comprobó el último saldo y sonrió ante aquellos números caprichosos que no dejaban de aumentar a pesar de que la mayoría de la gente lo estaba pasando francamente mal por la cacareada crisis. Pero, ¿de qué le servían sus ahorros? No eran suficientes para que fuera feliz, para que no se sintiera solo, para que no viviera a través de los demás, para que estuviera cuerdo…
            En el portátil abrió varias ventanas de google y tomó el teléfono. Dudo entre llamar a una de las compañías telefónicas  para escuchar una monocorde voz lejana o solicitar por fin los servicios de alguno de los hombres que vendían sus cuerpos y afectos.
            Marcó. La línea  estaba comunicando. No importaba. Esperaría.

viernes, 28 de junio de 2013

Reflexiones: Amigos y circunstancias




Reflexiones: Amigos y circunstancias


Hoy es el el Día del Orgullo Gay y creo algo tiene que ver. Hace unos jornadas, mientras miraba mi lista de contactos del MSN que ya se unificaron con Skype, pensaba que muchas de las personas con las cuales uno se relaciona y se toma el atrevimiento de llamarlos Amigos no son mas que Amigos circunstanciales…La amistad es un vínculo afectivo que nace, se mantiene y se fortalece por voluntad de dos o más personas con intereses comunes. Esta relación interpersonal puede darse en cualquier etapa de la vida de un ser humano, pero no siempre poseen el mismo grado de importancia y trascendencia.

¿Por qué? Porque las circunstancias de la vida llevaron a que uno tenga mas relación con esas personas en un determinado momento compartiendo muchas cosas y uno les da la categoría de amigos, en la mayoría de las ocasiones de una manera demasiado ligera. Entran en juego otros conceptos de amistad como, por ejemplo, el de “amigos por conveniencia” (relación que, en realidad, no honra al verdadero significado de la amistad porque no está impulsada por buenas intenciones ni posee un carácter desinteresado sino que contempla la idea consciente o inconsciente de acercarse a alguien sólo para obtener algún tipo de beneficio personal). Tampoco se puede dejar de mencionar en este contexto a la denominada “amistad con derechos”, una modalidad que combina amistad con atracción física y amor pero no exige ninguna clase de compromiso entre las partes.

No digo que este mal. Todo lo contrario pero creo que la amistad es mucho mas que eso y que concedemos una categoría de relaciones personales de manera apresurada sin ser muy conscientes de lo que hacemos. He aquí algunos perfiles bien definidos de tipos de amigos que he ido teniendo: 

Compañeros de trabajo: Esta relación es importante ya que se ha comprobado que tener un amigo en el trabajo incrementa la productividad; no es ningún misterio, a todo el mundo le gusta más trabajar en un ambiente laboral con buen "rollito" antes que estar entre puñales mientras tiene que cumplir con su tarea. Con ellos se puede establecer una relación de apoyo mutuo dentro del empleo, para que se pueda trabajar bien, sin embargo -hasta que la relación de síntomas de poder estrecharse siendo ambas personas aptas emocionalmente para tratarse- se puede buscar una relación fuera del empleo pero entonces yo no serian compañeros de trabajo. Un compañero de trabajo es alguien con quien es mejor llevarse bien pero no es nada prudente compartir los problemas que se tienen con el jefe o los compañeros; nada de criticar a los demás aunque te caigan mal, eso es un grave error al igual que compartir los planes personales y las miserias. 

Compañero de facultad o escuela: Se puede comentar la mala nota que puso la profesora, la verruga que luce encima del labio, o el culo tan gordo que tiene la hija de puta. No sólo se comparten los problemas de los estudios, la vida del estudiante, sino que se resuelven dudas y se tiene a una persona en la cual apoyarse cuando las cosas se vuelven difíciles. 

Unidos por el hobby: Son amistades para compartir una afición, pero no para tratar temas personales profundos, son perfectos para salir al cine, para hacer deporte pero no para abrir nuestro corazón. 

El amigo psicólogo: Es el amigo que escucha los problemas de los demás, que trata de animar a la gente quejica que se encuentra algo depresiva y comparte sus miserias. Es un buen oyente y trata de contestar de forma sincera y honesta aunque pueda molestar al decir verdades incómodas para la persona que cuenta sus problemas. 

Amigos para siempre: por encima de todas las categorías está aquel que se conoce de por vida, desde la infancia hasta la tumba, con el que se ha compartido las vivencias más tristes y las más felices, que conoce los detalles de la biografía de una persona y entiende lo que siente la persona con muy pocas palabras o miradas. Para mantener una amistad no hay que ser una persona de grandes gestos, sino alguien que sea capaz de regar la rosa cada dia, cuidando la amistad. Las amistades para siempre mantienen viva la memoria del pasado compartido y se transforman, con el tiempo, en algo mucho más grande que sólo un amigo, aunque las personas van cambiando su forma de ser, teniendo más compromisos, tratan de mantener la amistad. Un ejemplo de este tipo de amistad son Los Solfamidas, compuesto por Homer Simpson, Apu Nahassamapetila, Barney Gamble o Seymour Skinner (Armin Tanzarian) y anteriormente con el policia Clansey Wiggum. Formaron grupo musical cuando eran mucho más jóvenes y pese a lo que ocurra durante el año, se siguen reuniendo en la azotea para cantar, al menos alguna vez cada año. 

Amigos fiesteros: Son amistades cuyos limites los marcan las salidas nocturnas, pueden ser un grupo de animales nocturnos siempre cambiantes y que se reúnen para salir a discotecas, tomar copas o ir a fiestas pero no son amigos que se apoyen o se cuenten las penas mientras las ahoga el alcohol. 

Amistades intermitentes: Son amigos que han sido amigos y que por algún motivo real han dejado de verse en varios años, en bastante tiempo. Por ejemplo unos amigos pueden separarse si uno de ellos se muda a un país lejano por motivos laborales o de estudios pero aunque pasen meses o algunos años pueden seguir siendo amigos cuando vuelvan a encontrarse. 

Amigos ciberneticos: Son amistades a través de Internet, en chats para depresivos, foros o comunidades de ligue. Generalmente es lo más prudente que estos amigos mantengan su afinidad por Internet y esto no ser traslade fuera de la red, sobretodo si has mentido o has tratado de ir de cool. Si queremos que la amistad se mantenga fuera de Internet es importante ser honesto y mostrarnos como realmente somos para no fracasar después en la vida real, no tener un dualismo Internet/Vida cotidiana si pensamos en traspasar la red y conocernos mejor. Estas experiencias más interactivas pueden llegar a ser muy gratificantes en algunas ocasiones. Sin embargo este tipo de amistades ciberneticas alcanzan el patetismo absoluto en las redes sociales donde mucha gente se pelea por tener el mayor número de amigos virtuales, que únicamente son un contador numérico que va aumentando pero de amistad, nada de nada salvo con un pequeño grupo. 

En conclusión, hay muchos tipos de amigos, muchas amistades por descubrir y disfrutar, muchos más tipos de amigos de los que aquí he tratado, por no hablar de los "follamigos".
Entre tanta variedad hay pocos amigos "para todo", para lo que haga falta. Por eso es bueno reconocer las limitaciones, los pros y contras, lo que nos ofrece y lo que no nos ofrece cada relación de amistad, conocernos a nosotros mismos y al prójimo después para saber si la cosa puede funcionar dentro del los limites marcados para no dar ni recibir daño emocional. No seamos necios, ni digamos que nos traicionaron si no supimos evaluar el tipo de amistad que manejábamos.


De mi lista de contactos actualmente hay conectadas veintidós personas, de las cuales no estoy hablando con ninguna.. Y con algunas ya perdí contacto hace mucho tiempo. Hace meses que no hablamos y no creo que volvamos a hablar. De cuando en cuando les fui dejando algún mensaje, pero ante el silencio he dejado de hacerlo. Pero entonces...¿Por qué están ahí?

Y no me baso solamente en la lista del MSN, no soy tan hueco de pensar en la amistad solo por ese lado virtual. Pero si empiezo a recorrer la lista de mi teléfono móvil o de las redes sociales  sucede lo mismo… Veo nombres y caras de personas a las que hace meses o años que no veo o que ya ni recuerdo-algunos de ellos fugaces amantes- pero tampoco tengo ganas de apretar el botón verde para llamarlos y decirles: ¡Hola! ¿Como estas? ¡Tanto tiempo! 

No, porque fueron amigos -o polvos- en ciertas circunstancias de mi vida y/o de su vida; ahora cada uno va por caminos diferentes. Tienen otras actividades, otros amigos, otros revolcones y esta bien así como esta… Todo llegó hasta donde llegó y la propia autoestima exige que no se esté pendiente de quien no es capaz de hacer lo mismo por uno:


-No dediques tiempo a quien no lo valora.
-No dediques letras a quien no las lee.
-No dediques amor a quien no lo merece.
-No dediques búsqueda a quien no te busca.


¿Por qué presentarme yo, un amigo del pasado a modificar eso? Es mejor dejar las cosas así como están en algunas ocasiones y ser consciente de que aferrarse a las relaciones interpersonales es algo inútil.

Mis amigos de este momento son pocos pero los valoro mucho, como lo hice con todos mis amigos circunstanciales. Por supuesto que están esos amigos que uno dice: estos son amigos de verdad. Pero no tengo miedo de que un día nos distanciemos y pasen a ser solo amigos circunstanciales.  Seguro que dolerá al principio y que me preguntaré como sucedió; hasta que punto hay responsabilidad por mi parte y/o en el otro. Mientras tanto disfruto de tenerlos, hablar con ellos, contarnos hasta las cosas mas intimas, saber que están ahí cuando uno los necesita. Así sea un miércoles a las dos de la madrugada para contarnos algo, o para salir un viernes en la noche.

También están los que nunca consideré amigos. Los de estudios de adolescente. A esos si que nunca los consideré amigos: nunca pude compartir nada importante con ellos. No me inspiraban la confianza necesaria como para yo contarles algo importante de mi vida, como por ejemplo el hecho de ser gay… Generalmente nos soportábamos cortesmente por tener que compartir de manera obligatoria un tiempo y un espacio. Lo mismo puedo argumentar de algunos compañeros de trabajo.

Hace un tiempo, después de casi tres años de no vernos y ni siquiera hablarnos, le conté a una de mis amigas laborales de antaño que "entendía", que en ese momento estaba con una potencial pareja y "bla bla bla" ... Lo único que hizo fue darme la espalda y no hablarme nunca más. No me afectó en lo mas mínimo; simplemente era algo que quería compartir con ella para ser yo mismo pero su respuesta ante eso me hizo ver que realmente nunca fue amiga e hice bien en nunca considerarla amiga. Muy posiblemente fue a causa de uno de mis particulares y personales Días del Orgullo Gay no limitados al 28 de junio.

En conclusión… Adoro a mis amigos, circunstanciales o no.. Los adoro... Comparto muchas cosas con ellos y estoy feliz de tenerlos; ahí están y tal vez mañana no lo estén o no sean mis amigos pero en el presente los adoro. Son como mariposas que se posan en mi y dan color a mi arcoiris, alas a mi existencia; algunas salen espantadas ante un ligero movimiento, otras permanecen tranquilas.

domingo, 31 de marzo de 2013

EN LAS FIESTAS PATRONALES





Cuando el servicio militar era obligatorio en este país un amigo me contó esta anécdota, de  como perdió su virginidad. Yo lo he dado mi toque personal y, a pesar de haberme declarado objetor de conciencia en una época complicada con todo lo que suponía, debo de reconocer que el tema de los uniformes no me es indiferente.


 EN LAS FIESTAS PATRONALES  



Tenía casi diecisiete años cuándo durante en las fiestas patronales del pueblo tuve la primera relación homosexual real. Hasta entonces la fantasía había suplido cuerpos y caricias. Había tenido los frecuentes devaneos sexuales con chicos de mi edad  en los que, de manera desinhibida, comparábamos miembros, tamaños, formas y vellos púbicos en compartidas masturbaciones comunitarias en los campos o cobertizos. En alguna ocasión logré convencer a uno de los más jóvenes de que me la chupara. El resultado no fue demasiado placentero. Se limitó a dar tres o cuatro lametazos con la punta de la lengua, conteniendo la respiración. Jamás pude introducirla en boca alguna y mucho menos follarme a nadie. Si era aceptada la masturbación recíproca, que sinceramente me excitaba mucho, sobre todo cuando el compañero expulsaba un fluido blanquecino y pegajoso que salpicaba las ropas con descaro y que al limpiarse o secarse dejaba cercos escamosos.
  Llegaron las fiestas patronales. Como era normal, la bebida alegraba las fiestas en los bailes pachangueros en la plaza del pueblo. Las parejas de viejos y jóvenes bailaban pasodobles con denodados esfuerzos y desiguales resultados. El olor a morcillas, chorizos y pescaditos recién fritos, a algodón dulce y palomitas de maíz, a churros y porras grasientos se fusionaban en el aire. Las comadres conversaban animadamente acerca de las distintas novedades de sus vecinos o indagaban sobre alguno de los forasteros hasta entonces nunca vistos en el pueblo. Los hombres se agolpaban a las puertas de los bares comentando lo duras que eran las faenas del campo, los problemas de los sembrados, los acuerdos de ayuda solidaria para recoger los frutos, o los resultados y jugadas más interesantes de los distintos equipos de fútbol. Los jóvenes guardaban cola  ante la noria o el péndulo, los niños tiraban llorando de las faldas de sus madres para montar en el tiovivo o los toboganes luminosos en forma de espiral, las parejas consultaban a la echadora de cartas para cerciorarse de la dicha futura o paseaban por la sala de los espejos entre jácaras y destellos: los solteros desparejados competían en las barracas de tiro al blanco, billares o aparatos diversos para medir sus fuerzas.
 En ese ambiente de camaradería y complicidad que se entablaba en las verbenas, todo el mundo se encontraba en las calles o terrazas improvisadas y generalmente ilegales a las que el Ayuntamiento hacía la vista gorda.
 En el parquecillo que antecedía a la entrada de la iglesia -en la actualidad de un irreconocible estilo románico parcheado-, unos mozos que estaban haciendo el servicio militar y que disfrutaban de unos días de permiso se habían acercado al pueblo para divertirse en los festejos. Bebía, reían y gritaban escandalosamente, con la vulgaridad propia de aquellos que no se conocía antes de incorporarse a filas pero que terminan compartiendo penas y alegrías durante meses.
 Desde entonces he quedado prendado de los uniformes, del aspecto viril que proporcionan, de la apostura y rudeza que desprenden. Así se lo comenté a mi colega Pedro en aquel momento, que asintió vivamente. Los tres mozos continuaron bebiendo largos tragos de una botella de vino tinto compartida. A sus pies yacían agotadas otras tres. Uno de ellos, él más alto y corpulento, fijó la mirada en nosotros con una  sonrisa en los labios, susurró algo a sus compañeros y se acercó con balbuceante equilibrio. Su distintivo regimental nos desveló que pertenecía al regimiento de legionarios zapadores.
  Nos saludo jocosamente y nos dijo que se llamaba Mario, que él y sus compañeros había venido a las fiestas y que tenían tres días de permiso. Añadió, haciendo un teatral gesto con la mano, que el pueblo era muy bonito y animado. Nosotros callamos; en realidad el pueblo es feo y aburrido. Luego nos dijo que él y sus compañeros querían bañarse en algún río o acequia cercanos, que hacía mucho calor y que como estaban bebidos el baño les  despejaría. Nosotros le dijimos que había un río a unos dos kilómetros de allí, cerca de la ermita de San Lorenzo, pero que sus aguas no eran muy profundas en aquella época. Él nos contestó que no importaba y que les indicáramos el camino. Pedro me dio un codazo de complicidad. La noche era oscura, no conocían la zona y no sería extraño que se extraviaran en aquellas condiciones. Además, mi amigo alegó que durante el trayecto nos podrían contar peripecias de su regimiento e inocentadas a los novatos…
 Mientras el dulzón aliento a vino agredía nuestras narices, el recluta hizo una señal a sus camaradas. Tras los viriles saludos de rigor nos encaminamos a las afueras del pueblo hasta que el olor y el retumbar a celebración se amortiguaron hasta convertirse en recuerdos. La noche era estrellada. Durante el camino contaron anécdotas de la vida castrense, uniformes, guardias, novatadas, arrestos, cuidado y manejo de las armas y entrenamientos. Como zapadores cavaban, minaban y horadaban para construir trincheras, fortificaciones, obstáculos antitanques, minas, galerías, túneles, zanjas y, evidentemente, zapas. Los imaginé  utilizando palas, badilas, piquetes, cizallas, mechas con detonador y explosivos bajo un sol justiciero. ¡Cuánto reluciría la sudación al ser traspasada por los rayos! De cuándo en cuándo los movilizados se echaban los brazos al hombro y cantaban a coro canciones picantes bromeando, pellizcándose el culo o sobándose las vergas con esa confianza que dan las duchas comunitarias. Varias veces simularon ofenderse persiguiéndose a carreras, fingiendo pelearse rudamente y con insultos. Todo teatro.
 Al llegar a la rivera del río los pichones de soldado se despojaron de sus uniformes de media gala con premura. Las guerreras verdes de botones resplandecientes, las oliváceas camisas sudorosas, los pantalones caquis, los cinturones cetrinos, los calzoncillos verduscos se confundieron con el oscuro verde agostado del campo. Incluso de noche percibimos las zonas blancas que habían sido protegidas por las camisetas o pantalones cortos durante las jornadas de instrucción. El contraste con el resto del cuerpo, tostado oscuro, me llamó mucho la atención. Dando saltos, cabriolas y chapoteos se internaron en las aguas. En la zona más profunda no llegaba a cubrir las ingles.
 Uno de ellos nos preguntó si no nos bañábamos y aseguró que el agua estaba estupenda. Otro nos preguntó con sorna si nos daba vergüenza y nos dijo que  en el cuartel, verse en pelotas era algo cotidiano; que verse el culo en las duchas no tenía remedio y que dentro de pocos años nos tocaría a nosotros.
 Aun deseándolo, nos desnudamos con timidez. Se nos puso la piel de ave de corral. El agua se encontraba demasiado fresca para mí y se me encogieron los genitales. Dos de los reclutas comenzaron a retozar salpicándose, haciéndose aguadillas o forcejeando. Entre gritos y blasfemias parecían chicos pequeños.
  -¡A por ellos! -gritó Mario.
 Entonces todos rozamos nuestros cuerpos, luchamos, nos asimos sin miramientos. Todos contra todos, todo valía, no había reglas… Así, cuando quisimos darnos cuenta estábamos empalmados y los miembros fueron considerados como una posibilidad añadida de ser aferrados.
 El corpulento Mario se dedicó a mí, que intente zafarme de las aguadillas mientras me agarraba por  el bálano. Al tomar unos segundos de descanso para recuperar el aliento sentí que me  agarraba el miembro con más fuerza y lo manipulaba con lentitud. Nos miramos y sin decirme nada acercó su boca a la mía. Me sentí sorprendido. Sentí su aliento espiritoso y me gustó. Ante mi desconcierto introdujo su lengua en mi boca y comenzó a moverla. Fue mi primer beso de tornillo; en realidad mi primer beso.
  El resto habían organizado una terna complicada en la que Pedro se encontraba a sus anchas al ser el núcleo de la dedicación. Con reciprocidad, tomé la culebra de agua de Mario en las manos, sorprendiéndome por su grosor y peso. No era demasiado larga, y si ruda y tosca, sobresaliendo del agua como el periscopio de un submarino. En las gruesas venas abultadas sentí un palpitar acelerado y espasmódico. Deseé fervientemente tenerla así cuándo tuviera su edad.
    Esa noche penetré a Mario ansiosamente, con impericia. Posteriormente, los cinco nos enfrascamos en una complicada danza en la orilla. Se confundieron cuerpos, flores, piernas, espigas, hormigueros, brazos, yerbajos, miembros… Al vestirnos, cada grupo se fue por un lado con los cabellos húmedos. Nos saludamos con la mano a la vez que renovaron sus pretensiones musicales. Pedro y yo descubrimos un mundo nuevo. No sabíamos si aquellos amantes ocasionales comentarían la orgía o se interrogarían al día siguiente: “¿Que pasó anoche? Estaba tan borracho que no me acuerdo muy bien”. ¿Eran gais, un desahogo ocasional? ¿Heterosexuales complacientes bajo el efecto del alcohol? Nosotros si tuvimos mucho de qué hablar, y durante mucho tiempo...
 Los mozos nunca regresaron al pueblo y nosotros no volvimos a ser los mismos. Habíamos perdido la virginidad. Las esquirlas a sabor a pecado que llevábamos clavadas en los genitales a causa de la atracción hacía los hombres fueron extraídas limpia e indoloramente. Desde entonces  los uniformes, la rudeza, la virilidad, la fortaleza se convirtieron casi en fetiches de mi libido, si bien luego tras esa imagen los prefería sumisos en la cama. En el fondo tal vez buscaba en ellos a Mario, a aquel que hizo despertar la realidad de mi homosexualidad convirtiéndome en el ser más feliz de la tierra.
  Desgraciadamente para mí, que deseaba hacer el servicio militar -no precisamente por motivos patrióticos-, mi nombre y número salieron como excedentes de cupo en el momento del sorteo de destinos. Nunca pude admirar de cerca la apostura que los atavíos militares prestaban, ni contemplar docenas de cuerpos desnudos  de compañeros en las duchas comunitarios
Años más tarde me encontré con Mario -ya capitán- en una sauna. Sintiendo nostalgia hablamos un buen rato y rememoramos viejos tiempos demostrándole en una cabina que ya no era tan torpe e inexperto.