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martes, 8 de diciembre de 2015

YA HA SALIDO EL NÚMERO 17 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART






Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.
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martes, 10 de febrero de 2015

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 12 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART









Nuevos relatos, más colaboradores; vamos creciendo cada vez más gracias a vosotros.  
En esta ocasión, además de los relatos, diseños gráficos y demás aportaciones de mis compañeros de proyecto contiene un especial San Valentín

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lunes, 10 de noviembre de 2014

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 11 DE LA REVISTA GRATUITA GAY+ART




Nuevos relatos, más colaboradores; vamos creciendo cada vez más gracias a vosotros.  
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viernes, 14 de febrero de 2014

PRESENTACIÓN DEL NUMERO 7 DE LA REVISTA GAY+ART (ESPECIAL SAN VALENTÍN)







Nuevos relatos, más colaboradores en este número especial de San Valentín, día del amor diverso.

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sábado, 8 de febrero de 2014

ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ







En pleno reinado de Felipe IV dos hombres solitarios con pasados distintos se encontrarán en Madrid




ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS




Desde que se asentara en Madrid años atrás, Hernán no tenía demasiados amigos, al menos no como los escasos que tuviera en San Román, su pequeña aldea natal de la provincia de Toledo. Su cuerpo había cobrado unas proporciones adultas, propiciadas por el duro trabajo que realizaba con sus músculos, con tanta pieza que arrastrar y tanta carne que cargar a sus espaldas. Esto le había ayudado a recuperarse físicamente de las fiebres tercianas, aunque el inicio había sido extremadamente duro. Su piel había recobrado el color de su raza gitana. Cuando trabaja descamisado sus compañeros observaban en silencio las cicatrices de su espalda ancha y brazos fornidos, pero ninguno osaba preguntar. Sus facciones infantiles se habían difuminado para dar espacio a las del hombre en el que se había convertido. Lo que no había variado demasiado era aquella mirada triste y melancólica ni su ligera cojera.

Hernán solo había encontrado trabajo en el Rastro, desempeñando un oficio que nunca hubiera imaginado ni deseado: rastrero, matarife... Habiendo huido siempre de las matanzas del cerdo en San Román, no tuvo más remedio que aceptar un empleo en el mercado de reses, vacas, guarros y carneros. El nombre del lugar se debía a que los animales sacrificados se llevaban arrastrando desde los corrales a los postes dónde eran degollados, y por el rastro de sangre que dejaban las piezas descuartizadas. El Rastro se encontraba muy cerca de la Puerta de Toledo, que era de construcción reciente, pues había sustituido a la de la Latina al ampliarse el perímetro de la ciudad en 1625 con la cerca de Felipe IV. En realidad, era de mala calidad y muy sencilla, con dos arcos iguales de ladrillo.

El Albergue de San Lorenzo estaba situado junto a ella y cerca del matadero. Daba cobijo a los pobres que no tenían dónde pasar la noche. En su llegada, Hernán había dormido a la intemperie hasta que un mendigo le había indicado el lugar. Hacía buen tiempo y por aquel entonces no quería gastar su capital a no ser que fuera necesario. Tras tantos meses de permanencia entre las cuatro paredes de la celda, dormir al raso casi era una necesidad, una experiencia liberadora. Sentir el viento en la cara, el sol sobre su piel, las hierbas cuando se tumbaba en el suelo, eran pequeñas cosas que no había valorado en su momento, pero que ahora eran como pequeños tesoros.

Había conocido al guapo pordiosero en las gradas de San Felipe, dónde se hablaba de la clase dominante, de los galanteos del Felipe IV y la prepotencia de su valido, el Conde-Duque de Olivares. Cuando sonaba la campana mayor de los agustinos anunciando el medio día, los contertulios se dispersaban para comer. Entonces, una turba de mendigos, vagos, sin techo y estudiantes de sotanas raídas se agolpaba ante la presencia de uno de los hermanos legos del convento que daba nombre a las gradas para disputarse los restos de las viandas conventuales. Un gallofero habitual, joven pero desdentado, que se aprovechaba de la sopa boba y vivía de ella, se había compadecido de Hernán informándole sobre dónde podría pasar las noches a cubierto…Compartieron jergón y caricias durante semanas, hasta que encontró a otro pardillo forastero que le desplazó. A Hernán no le preocupó demasiado ni se sintió despreciado. Sin bien había llegado a sentir cierto afecto durante aquellas noches de pecado nefando sabía que no era la persona que necesitaba.

Al poco tiempo fue cuando  encontró el trabajo en el  Rastro que le permitía pagarse un reducido cuarto en una sencilla posada. Se tenía que levantar pronto, de madrugada, para conducir las reses a dónde encontrarían la muerte. Con rapidez, para no llegar tarde, desayunaba naranja y aguardiente que vendían los voceadores ambulantes nada más amanecer. El lectuario, la confitura de naranjas amargas sumergidas en miel, era reconocidamente buena para combatir la bilis y le despejaba rápidamente. Le gustaba sentir su fuerza en el paladar, en la lengua. A partir de aquella hora acudían los compradores de carne y los que esperaban los despojos, como las asaduras, tripas, sesos, pulmones, gallinejas, criadillas y mollejas. Años atrás se distribuían gratuitamente, pero ahora, con vista comercial, se empezaba a venderlos a menor precio que la carne, pero como una parte más del despiece de las reses.
         
Durante semanas, Hernán había sentido nauseas, e incluso vomitado a la hora de clavar un cuchillo en el vientre de los animales y soportar sus chillidos de pánico, al desmadejar las gallinejas como si fueran grandes y grasosos ovillos de lana como los que viera hacer a su madre para tejerlos durante sus horas libres de invierno, al ver manar chorros de sangre caliente que despedían un olor dulzón. Atar a las reses a los postes de madera mientras mugían, gruñían o balaban le recordaba, invariablemente, las sesiones del tormento en las que, de manera similar, se había visto inmovilizado, gritando y llorando de dolor. De cuando en cuando, aún se despertaba  por la  noche  aterrorizado y cubierto de sudor, para descubrir que no estaba en una celda de la Inquisición, sino en un sencillo y humilde cuarto sin rejas y... sobre todo, libre.

Había conseguido que ciertos propietarios de las reses le permitieran quedarse con algo  de casquería. Humildemente, como los propios alimentos considerados como desperdicios, logró poner una pequeña barra de freiduría que había adquirido alguna clientela al paso de los meses. En su cuarto, partía los despojos en trozos grandes y los lavaba con cuidado, dándolos varias aguas, dejándolos sumergidos hasta el día siguiente, limpiándolos de nuevo varias veces. Tal proceso le había causado al principio no pocos incidentes con el dueño de la posada hasta que le descubrió con un joven mancebo andaluz. Hernán calló y no dijo nada a las autoridades ni a la vecindad con la secreta esperanza de que, llegado un momento determinado hiciera lo mismo por él. Así fue. Con discreta frecuencia se acostaba con curtidores, mercaderes errantes, pastores trashumantes…

Le agradaba la rudeza de sus cuerpos, la brusquedad de gestos, las distintas formas de enfrentarse a una forma de practicar el sexo prohibida e innombrable. Le causaba casi tanta satisfacción y placer el mismo hecho de la conquista, de la seducción; el interpretar de manera adecuada una mirada mantenida más de lo necesario o dirigida a una zona concreta de la anatomía, el roce o toque más o menos directo, con intención evidente. El riesgo era alto y su corazón se aceleraba tanto o más con el riesgo del coqueteo entre hombres como con el tacto de los cuerpos.


A menudo el río -especialmente cuando empezaba el deshielo en las montañas o abundaban las lluvias torrenciales- inundaba las riveras con remolinos de agua sucia, destruyendo todo cuanto se encontraba a su camino. Arrancaba de cuajo los bancos de las lavanderas o arrastraba la ropa sucia o tendida sembrando la muerte y miseria entre aquellas mujeres que en ocasiones eran arrebatadas por el Manzanares hasta el Jarama. Madrid había sido desde siempre una ciudad rica en aguas, cristalinos manantiales con cualidades medicinales y caños abundantes. A pesar de ello, el agua no llegaba a todos los puntos de la Villa y Corte, y las lavanderas se veían esporádicamente acompañadas de aguadores que coqueteaban o bromeaban con ellas y en ocasiones entre ellos y los viandantes. Era algo que le había llamado la atención despertando en él otro tipo de emociones que deseaba experimentar.

Antonio tenía dieciseis años. Era moreno, delgado, de pequeña estatura. No era especialmente tímido; la vida le había enseñado a defenderse. Como los demás aguadores  cobraba poco, apenas para comer en algunas jornadas. Si se daba bien el día se alimentaba de chicharrones y pan, o gallinejas con aguardiente para entonar el cuerpo. Su madre había sido lavandera y, como todas, iba de casa en casa recogiendo la ropa sucia de aquellos que se podían permitir aquellos servicios; después se encontraba en el río con algunas criadas que también saneaban y tendían las ropas de sus señores. Eran mujeres de vida humilde, generalmente viudas o madres de familia numerosa, maridos borrachos o fugados a las Américas, que vivían en chozas miserables. Bajaban de madrugada con sus cestos y cuarterones de jabón. Durante todo el día se deslomaban en forzadas posturas, descarnándose los nudillos de tanto restregar vestidos, trapos y sábanas, regresando a sus casas con las manos agrietadas o amoratadas a causa del frío, el jabón y el agua.

Antonio había crecido en ese ambiente y desde niño había pedido monedas a cambio de agua fresca o de dejarse hacer… si es que el cliente no era de su gusto. Eso no significaba que solo lo hiciera por dinero, sino que solo cobraba cuando el solicitante no era de su agrado. Ésto lo había descubierto de manera natural años atrás al observar como zagales mayores que él se entregaban a placeres sin nombre entre arbustos y matorrales, al comparar su incipiente vello púbico y miembro inquieto con los espesos y encrespados, con los penes arrogantes. En su primera vez pensó que iba a desmayarse ante aquel arrebato tan diferente a las manipulaciones solitarias, ante aquel torrente sorprendente expulsado en cálidas oquedades hasta entonces solamente contempladas, pero no compartidas.

En contraste con la miseria del pueblo medio y bajo al que él pertenecía, el poder del rey y la nobleza de su entorno se fortalecían día a día. Al establecerse la Corte en Madrid, la Villa se había convertido en el centro político de los extensos territorios del Imperio dominados por la Corona, y también de la vida política, económica y financiera de los reinos peninsulares. Todo ello, lejos de beneficiar y aumentar la capacidad y el poder del Concejo, no estaba suponiendo ninguna ventaja para la Villa y sus ciudadanos. Lejos de defender los intereses locales y vecinales, el Ayuntamiento madrileño se había ido convirtiendo en un muñeco en manos e intereses del Felipe IV. La pobreza en Madrid era miseria; él formaba parte de ella.

De pequeño, subiéndose a un cajón, tendía la ropa o se esmeraba en recogerla cuidadosamente para que no cayera al suelo y se manchara de nuevo. Hacía dos años que su madre y su hermana pequeña habían muerto a causa de los enfriamientos que desembocaron en pulmonías debido a la humedad del río. La hermana que sobrevivió había fallecido el febrero del año anterior junto a otras siete victimad en una de las más grandes e imprevistas riadas del río Manzanares recordadas.  Antonio  se había salvado de puro milagro al agarrarse a unos grandes tablones arrancados del lavadero por la fuerza del agua, rescatado en ultima instancia por unos viandantes valerosos y fornidos cuerpos.

Se había quedado solo.


Hernán tardó en descubrir que la Plaza Mayor de la ciudad de Madrid había sido levantada sobre la vieja y desordenada Plaza del Arrabal. Su ligera desviación de este a oeste había sido el resultado de la imposición municipal de que se dispusiera en paralelo a la prestigiosa calle de Guadalajara, tránsito más directo a Monasterio de los Jerónimos, al que acudía el rey. Por ser la única plaza digna, amplia y céntrica, era un escenario adecuado de fiestas, corridas de toros, juegos de caballos, ajusticiamientos, canonizaciones y Autos de la Inquisición. La Plaza Mayor, terminada en 1620, hacía poco más de treinta años, había sido la construcción más trascendental llevada a cabo hasta el momento. El pueblo se sentía orgulloso de ella, aunque viviera en la miseria. Su finalización, el ensanchamiento de los tramos más estrechos de la calle Guadalajara y el establecimiento de un eje central entre el Alcázar y la Plaza Mayor, con el Palacio de los Concejos en el centro había sido considerada una excelente idea.

Para hacer olvidar los problemas y pobreza que los madrileños tenían a causa de las repetidas crisis de gobierno y decadencia del imperio, de la arraigada afición de la sociedad barroca por la fiesta y la escenografía, las autoridades de la Corte organizaban en ella fiestas, desfiles, festejos y celebraciones organizados por la Corona, el Concejo o la Inquisición. La Casa Real se asomaba a los Balcones de la Casa de la Panadería, y lo mejor de la sociedad cortesana y el Concejo en los de la Carnicería. Hernán había sido invitado a seguir a alguno de ellos, a la prudente distancia que ha de hacerlo un plebeyo hasta que, tras entrar por la puerta de servicio esta desaparecía durante unas horas para luego ocupar cada uno su lugar en la calle. Ni saludos, ni menciones, ni tan siquiera repetidas proposiciones.

En las tabernas y botillerías se despachaban vinos manchegos que se vendían bien entre el populacho y del que Hernán era también asiduo; los vinos eran buenos aliados para justificar determinados deslices carnales con los que podrían justificarse o fingir olvidar los escarceos carnales. El de la “Membrilla” era considerado como uno de los mejores y solía venderse en cuartillos en puestos ambulantes y carromatos situados en la Plaza, así como en la de Santo Domingo y Puerta Cerrada. En ella había mercados de carnes, aves, verduras y frutas muy baratas venidas de las huertas del Alberche, Jarama y Henares; pero también granadas, limones y naranjas de Valencia y Murcia. También se podían encontrar escabeches, arenques, y salazones. Entre aquellos puestecillos, en una esquina, ponía Hernán el suyo no exento de cierto orgullo. Freía las gallinejas en aceite hirviendo y las sazonaba con sal, una cucharada de pimentón dulce y otra de picante. El olor que desprendían las fritangas se confundía con el de los productos de los puestos cercanos, las gentes poco aseadas y los animales vivos en venta, como gallinas, patos, corderos lechales o cochinillos. No ganaba mucho, pero con el trabajo de la mañana tenía suficiente para comer y pagarse el humilde techo sin tener que recurrir al refugio o tocar sus ahorros.

Estaba rodeado por estratégicas alojerías que alternaban su levantamiento, a veces en los mentideros, otras en las plazas. Ofrecían resolís, mistelas y aguardientes a precios competitivos y calidades diversas, según fueran más o menos aguados  por los vendedores. A la hora de comer, Hernán intercambiaba unas buenas gallinejas por una bebida de origen árabe compuesta de agua, miel, arroz y especias aromáticas: el hipocrás. Este y la aloja rivalizaban con los vinos causando no pocos incidentes entre tabernas, tenderos y buñoleros que querían venderlos. Y de nuevo eran lugares llenos de posibilidades para miradas, tonteos y rozamientos no exentos de riesgos y de algún rechazo airado.

La cercanía de los puestos callejeros concitaba la atención de numerosa clientela y en ocasiones hacían las veces de mentideros, en los que los soldados narraban sus proezas, los cómicos su fama y el público; generalmente se mentía sin medida. El tema favorito era la doble personalidad de Felipe IV. Por un lado era estricto y distante, rodeado de etiqueta, de religiosidad con pompa y circunstancia, el arrepentido mil veces de sus pecados; por otro, acudía a mujeres públicas de manera evidente, se filtraba en los corrales de las comedias, era amigo de excéntricos y obseso sexual. Todo ello proporcionaba jugosos rumores y matices para entretenimiento de la plebe.

Hernán despachaba a personas pertenecientes a los gremios artesanos que daban nombre a las calles cercanas: curtidores de piel, zapateros, herradores, guarnicioneros, pellejeros... Con el tiempo coleccionó oficios entre sus piernas, calles en sus labios. Su sueño era poder montar una tienda de cestería con su pequeña fortuna en el momento en que dominara bien las técnicas de manufactura de la ciudad y se quedara vacante algún local que pudiera pagar. Por las noches o en sus ratos libres, entre amante y amante, practicaba en la posada para recuperar la agilidad de antaño y copiar los nuevos modelos que había visto en los tenderetes capitalinos. No se resignaba a ser un matarife, como tampoco lo hacía a estar solo.   

           
En la Corte la moral férrea no se podía romper, pero si doblar en el sentido que se quisiera. Madrid estaba lleno de contradicciones. La fornicación apenas era un grave pecado; la pagada estaba admitida legalmente en ocasiones alternantes. En los últimos tiempos las mancebías más populares se habían visto abocadas a trasladarse. Las putas se mudaron al barranco de San Juan de Dios, a la Torrecilla del Leal y al barranco de Lavapies. Hernán necesitaba de sus servicios de vez en cuando, como desahogo de sus ingles cuando llevaba cierto tiempo sin estrechar en sus brazos espaldas fuertes o llevara sus labios dedos rudos.

Una barragana que le llevaba diez años, que conociera en el barranco de Lavapies y con la que había mantenido un contacto esporádico, le había enseñado años atrás a actuar de manera tranquila y sosegada, preocupándose no solo de su propio disfrute, sino también del que yaciera con él. Con ella descubría variedades dulcemente pecaminosas que nunca hubiera imaginado y que luego aplicaba a sus amantes masculinos. Aquellos hombres toscos se quedaban sorprendidos de lo que era capaz de hacer.

Desde hacía semanas tenía un  cliente fijo que le había llamado la atención. Su aspecto no podía ser más humilde. Sin que él se diera cuenta, Hernán le vendía los mejores y más grandes trozos a un precio menor del conveniente. Simplemente se sentía pagado por su presencia aniñada de mirada experta. Le percibía de manera distinta y no tardó en comprender que nuevas emociones emergían no solo de su entrepierna, sino de su pecho.


Antonio intentaba pasar de largo ante las perolas humeantes de los buñoleros, las tiendecillas de pasteles, los puestos de refrescos y los expendedores de carnes de calidad hervidas: tajadas de carnero, tocino, falda... Haciendo una excepción, a veces se compraba pastelillos de carne, en unas ocasiones dulces y en otras salados. Sobre todo muy especiados y picantes. Eran baratos y asequibles para las miserables posibilidades alimenticias de la población. Aunque tuviera que esperar, le gustaba ver cómo los expendedores hacían la masa de harina de manteca para formar la caja y mirar como la rellenaban de carne, cubriéndola con otra masa más fina para cocerla en el horno y comerlos calientes. Generalmente compartía las colas con rameras ante los bodegones de torreznillos, que resultaban mucho más baratos. Por dos maravedís podía comprar una tajadilla de hígado frito.

Sin embargo, cada vez se dejaba ver más por la Plaza Mayor, en el puesto de un joven de piel morena y ligera cojera que le miraba con estima. Se sentía halagado ante sus maneras y habían cruzado varias palabras ajenas a la simple compra de los torreznos. Al inicio no se había dado cuenta de le trataba no solo como un cliente especial, sino como una persona especial. Cada vez con más frecuencia se mantenían la mirada mientas rozaban sus manos levemente deseando no solo tocar unas criadillas que no fueran de toro o cordero, sino las mutuas; no solo yacer juntos y marcharse, sino quedarse.

viernes, 3 de enero de 2014

YA HA SALIDO EL NÚMERO 6 DE LA REVISTA DIGITAL GAY+ART





Gay+Art nº6 (revista de literatura y arte gráfico gay)



Ya ha salido el primer numero del año...como regalo anticipado de reyes. Nuevos relatos, más colaboradores...

Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.

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viernes, 1 de noviembre de 2013

YA HA SALIDO EL NÚMERO CINCO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"




YA HA SALIDO EL NÚMERO CINCO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"

Como regalo de Halloween os presentamos este número con contenidos que espero que sean de vuestro agrado.Ya podeis descargaros el nº5 de Gay+Art (revista de literatura y arte grafico gay)

Un grupo multidisciplinar de artistas os ofrecemos la revista digital gratuita GAY +ART en el enlace.


Podéis descraros tambien los numeros anterioresSi os gusta, por favor, compartid el enlace.

viernes, 6 de septiembre de 2013

HA SALIDO ELNÚMERO CUATRO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"




YA HA SALIDO EL NÚMERO CUATRO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"

Tras el verano volvemos a la normalidad y con nuevos contenidos que espero que sean de vuestro agrado.Ya podeis descargaros el nº4 de Gay+Art (revista de literatura y arte grafico gay

Un grupo multidisciplinar de artistas os ofrecemos la revista digital gratuita GAY +ART en el enlace.



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martes, 9 de julio de 2013

LECTURA DEL RELATO EN EL EVENTO "MALDITO CALOR" EN EL ESPACIO NIRAM: LICENCIATURA DE VERANO



LICENCIATURA DE VERANO


(Gracias a Daniel García -compañero de Circulo Mundibook- por ponervoz y sentimiento a este relato en el Espacio Niram al no poder yo asistir)

El calor, el maldito calor no impide que "los chicos de alquiler"se ganen su sustento.


LECTURA DEL RELATO EN EL EVENTO "MALDITO CALOR" EN EL ESPACIO NIRAM: LICENCIATURA DE VERANO

Aun siendo las cuatro de la madrugada el bochorno de estas noches de Junio es insoportable. El “portero” -un hombre maduro de rostro afable a la vez que respetuoso- viste un uniforme azul y rojo. Inclinando levemente la cabeza como señal de cortesía nos da la bienvenida al Hotel. Mi acompañante corresponde; yo soy incapaz de articular palabra.

Traspasamos la balaustrada de hierro forjado -de al menos tres metros de altura- y pisamos la larga alfombra roja como si fuéramos embajadores en visita oficial. Admiro el techo, embobado, contemplando las inmensas lámparas de cristal iridiscente. Antes de atravesar la inmensa puerta giratoria, flanqueada por columnas dóricas, me fijo en los cuidados maceteros cuajados de flores naturales.

-Gabriel, ¿sabes que el precio no varía? –insisto agarrándole suavemente del brazo.

-De vez en cuando hay que hacer alguna locura. Nunca he venido aquí, y me apetece conocer el hotel. En cuanto al dinero... No soy millonario, pero dame este gusto -insiste meloso-. Hace mucho que quería dormir en una de sus habitaciones, y esta noche quiero hacerlo... contigo.

Con algo de malignidad disfruto de la incomodidad que siento ante la idea de que page por mi y por estar conmigo tal cantidad de dinero. De haberme llevado a otro lugar, incluso a su casa, posiblemente hubiera aceptado de mejor gana, pero la presumiblemente escandalosa minuta me desasosiega un poco. Simplemente me abro a esta experiencia, como he tenido que hacer en los últimos meses desde que no me quedó más salida…   Debe de estar forrado de dinero de todas las maneras. Este capricho no lo puede pagar cualquiera.

Me indica que espere mientras  él  se acerca a recepción. Me siento en un vistoso tresillo de color blanco impoluto con adornos dorados, admirando su comodidad. Con el rabillo de ojo él ve como paso la mano por la tapicería impulsado por una irresistible curiosidad al tacto: es suave y agradable. Ahora lo hago de una forma insinuante, llena de intención para excitarle. El recibidor no es muy amplio. Esta adornado con columnas nuevas, de mármol resplandeciente, barrocos espejos, cuadros clásicos y relojes antiguos. Intuyo que se ha prescindido del gran vestíbulo original, tal vez para evitar curiosos y corrillos, habilitándose salones adyacentes, tal y como puedo divisar desde donde me encuentro. En su casi un siglo de historia, reyes y príncipes, aristócratas, la dorada bohemia intelectual de la generación del noventa y ocho y del veintisiete, creadores de moda y de fortunas y celebridades internacionales han creado, alimentado y mantenido su peculiar estilo.

Jean Claude Van Erik, el tercer hijo de una familia de burgueses belgas, había abandonado pronto las verdes praderas y las majadas de vacas por el brillo de Madrid. Ambicioso, dotado de una notable intuición y orfebre de las relaciones humanas, decidió hacer de la hospitalidad un arte. Antes de los treinta años había conseguido comprar uno de los mejores hoteles de la capital, El Dorado, destruido desgraciadamente durante la guerra civil. En aquellos tiempos ya era el director del Mónaco. Años antes había conseguido contratar a Mariano Rivera, el más célebre chef de su tiempo. Con él formó pareja, tanto comercial como íntima. Además de cama, compartían las mismas ideas: orden y limpieza en las cocinas, cuidada presentación de los platos, calidad y frescura de los manjares hasta la mesa. Con respecto a los clientes consideraron vital anticiparse a sus deseos y satisfacer las más difíciles exigencias. El hotel debía ser perfecto, no solamente bello sino también higiénico, eficiente, íntimo y discreto. Tras la muerte del afamado cocinero -fusilado en la posguerra por “ser rojo y maricón”- Jean Claude se sumió en una profunda depresión de la que no logró salir, teniendo que abandonar la dirección del hotel. A pesar de ello, sus socios han conseguido conservar tanto los ideales de servicio como su fama.

¿Cómo iba a pensar que mi carrera de arquitecto con honores tendría estas peculiaridades? Cosas de la vida.  Ahora ya no se nota la climatización y comienzo a transpirar  de nuevo.

Cuándo Gabriel dirige la vista hacía mí, vislumbro la mirada fija que me dirige el recepcionista. Me siento avergonzado al pensar que me crean puto, un gigoló. En realidad es así; lo llamen como o llamen soy un cuerpo en venta, un chapero, un chico de compañía, un scort a la fuerza aún no muy acostumbrado a su nuevo oficio. No asimilo encontrarme en un lugar donde se codean princesas, banqueros, representantes de diversos gobiernos y grandes fortunas en general. ¡Y yo con pantalones vaqueros ajustados  “marcando tendencia” y una camiseta sudada –eso sí, de marca-!

Regresa. Tras mio permanece la mirada del recepcionista. Tampoco me importaría hacerle un favor. Un botones entrado en años de mirada afable que dice “ya-lo-he-visto-todo”  lleva las llaves de la habitación.

-Ya está –dice Gabriel con satisfacción.

-Tengo la sensación de que el recepcionista me ha mirado de una manera –digo sin pensar-... no demasiado amistosa. Vuelvo la cabeza y descaradamente le lanzo un guiño. Colorado, simula revisar el libro de admisión. ¿Acabo de reaccionar como en la película  “Pretty Woman? ¡No doy crédito¡ El calor está haciendo estragos en mi. Solo me falta mascar chicle.

Mi cliente me tranquiliza diciendo que aquí deber haber un credo básico: Ver todo sin mirar, oír sin escuchar, ser atento sin mostrarse servil, prever sin parecer presuntuoso. El botones responde asintiendo con la cabeza -con estoicismo- que así es.


La habitación se encuentra en el tercer piso. Esta totalmente alfombrada, con chimenea -más decorativa que funcional- y amueblada al estilo Luis XIV. El inmenso lecho de baldaquino ostenta un hermoso cubrecamas de chintz en tonos pastel, exquisitamente combinados. La cómoda, el tocador, el tapiz y los cuadros me recuerdan al Palacio de Versalles. Ambos nos sentimos como insaciables esponjas incapaces de absorber el maridaje de lujo, arte y belleza que despide el cuarto. Y como esponja me lanzo a precioso minibar con el propósito de reponer fluidos pasados y aminorar los futuros.

-Tengo que reconocer –me dice Gabriel, dejándose caer en el mullido colchón-  que es la más barata. De todas formas es muy bonita, ¿no? -pregunta mirando alrededor, como si buscara mi aprobación.

No replico; no sé qué decir ante este tipo de clientes. Como niños, agarrados de la mano, admiramos las rutilantes lámparas, dorados y cortinajes dobles adornados de pasamanerías. Al pasar al cuarto de baño nos encontramos con un escenario a semejanza de una pequeña terma pompeyana, con una sauna, jacuzzi y mobiliario de mármol blanco a la usanza de la época. En las paredes hay pequeños estucos imitando la época flavia, con amorcitos, trofeos y bacantes. Sin cruzar palabra nos desnudamos mutuamente arrojando la ropa al suelo. Nos sumergimos en una cálida y burbujeante fluidez. Sigo teniendo calor, pero al menos estoy aseado para comenzar de verdad mi trabajo… mi nuevo trabajo… hasta conseguir la licenciatura.



martes, 2 de julio de 2013

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO (SEGUNDA PARTE)





(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO EXPLICITO)

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO (SEGUNDA PARTE)

El salón estaba presidido por una foto en blanco y negro –enmarcada- de un chico blanco desnudo sosteniendo en sus brazos un rollizo bebé negro. El adulto, sentado en una silla de mimbre, con los pies cruzados sobre una mesa también de junco -ocultando púdicamente sus genitales- miraba al rorro dormido, que apoyaba su cabecita sobre su hombro derecho. Al fondo se veía el mar a través de una ventana abierta. Le agradó la combinación de virilidad y ternura que el fotógrafo había logrado plasmar en aquella imagen.

Las mesas laterales y del centro eran de cristal y hierro con acabado óxido-cobrizado. En primer término, grandes candelabros de hierro forjado. Al fondo, un mueble estantería de madera de olivo con marquetería de Ten contenía varias piezas de cerámica vanguardista de polifacéticos colores y formas. El éxito de los contrastes estribaba en el azul fuerte de los sofás, los azules y óxidos de los cortinones y la madera de cerezo para casi la totalidad de los muebles. En otra pared, bajo una réplica de un cuadro del pintor Antonio López, se encontraba la cadena de música.

-¿Te gustan los cantos gregorianos? -preguntó Jorge. Roberto se acercó por detrás mientras él se agachaba para poner en marcha el equipo. Agarrando su cintura, dio un significativo golpe de caderas.

-Me encantan -contestó, dándole un beso en la mejilla cuando Jorge se incorporó.

 -Eres un irreverente -censuró banalmente Jorge.

 -¿Por qué? ¿Por la música sacra?

-En parte sí, pero también porque quieres cometer sacrilegio con mi cuerpo –bromeó-.

-Por ti, no me importaría caer en herejía –replicó socarronamente.

Cuando comenzó a sonar el “Puer natus est nobis” en modo VII, la habitación cobró un encanto cercano a lo mágico. Se sentaron en el sofá, muy juntos. Jorge cerró los ojos y movió la cabeza al son de los cantos, embargado por la música como si hubiera sido poseído por miles de musas que le dominaran. A Roberto le gustó aquella pasión con que vivía el ritmo y disfrutaba de las notas. Se limitó a observar aquella faceta que no esperaba descubrir en un hombre aparentemente tan rudo y viril: la sensibilidad.

El piso era pequeño, pero en él se vivía a lo grande, ya que Jorge había estudiado las necesidades más importantes, sin reservar espacios inútiles para actividades que se podían realizar en contadas ocasiones. La sensación de amplitud se veía favorecida gracias a la utilización de los mismos materiales y colorido a lo largo de toda la vivienda. Había conseguido armonía, continuidad y equilibrio sin sobrecargar demasiado algunas zonas. Los poco más de sesenta metros cuadrados se habían distribuido en un salón-estar, un dormitorio principal con libros, un segundo dormitorio para utilizar básicamente como estudio, un baño, cocina y recibidor que, por sus dimensiones, era más un aislante con respecto al rellano de la escalera. Colores fuertes, que oportunamente contrastados producían un entorno atractivo, daban al apartamento un encanto relajado. Las paredes estaban cubiertas con estuco veneciano, con fondo beig y, sobre éste, óxido rojizo. Los techos eran lisos, algo más claros y las molduras color blanco, con el fin de separar visualmente paredes y techos y conseguir la ilusión de mayor altura. Las puertas estaban lacadas en mate, al tono de las paredes.

-Es una casa preciosa –alabó Roberto por cuarta vez, obligando a Jorge a salir de su ensimismamiento. Él sonrió.

-Gracias. He tenido que ingeniármelas para tener de todo en tan poco espacio. He prescindido de la librería, pasándola al dormitorio, y el comedor lo he sustituido por esta mesa de centro -explicó tocándola con la palma de la mano-, que con solo girar la base se puede convertir en una mesa para comer.

-Realmente ingenioso. La casa está muy bien aprovechada.

-Espero que opines lo mismo de mí -respondió inclinando la cabeza para besarle  al tiempo que posaba una de sus manos en el muslo, ascendiendo lentamente a su entrepierna.

-Primero tendremos que comprobarlo, ¿no crees?

-Quisiera enseñarte un par de libros en el dormitorio... ¿te apetece? -propuso con doble intención.

-¡Me encanta cultivarme! -exclamó dándole un cariñoso azote en el culo.

Jorge se levantó y disminuyó la intensidad de la iluminación, basada en apliques de yeso orientados hacia el techo y estucados igual que las paredes para que no cobraran protagonismo. Al entrar en el dormitorio el vigorexico advirtió que, el empleo de los colores fuertes, lejos de achicar el espacio, creaba un ambiente cálido y acogedor.

Sus especulaciones en el gimnasio durante sus ejercicios iban a esclarecerse… Contra todo lo esperado el acercamiento había sido mucho más rápido y natural de lo que abrigaba o había planeado. Esa misma tarde, en los vestuarios, mientras Jorge se duchaba y Roberto se secaba las piernas sentado en uno de los bancos, el vigorexico encontró abierta su bolsa de deporte. Al lado de una toalla cuidadosamente doblada, un peine, un frasco de colonia Loewe y desodorante de la misma marca, se encontraba un ejemplar de la revista digital “GAY+ ART” sacado por la impresora y cuidadosamente encuadernado en una carpeta de plástico transparente. Jorge se acercó con el propósito de tomar la toalla justo en el momento en el que Roberto se había inclinado para contemplar mejor la portada.  Pensando que era la oportunidad que esperaba, Roberto se decidió.

-¿Es el último número?

-Si, -respondió Jorge, sentándose a su lado. Comenzó a secarse vigorosamente la cabeza, con el pene reposando sobre los listones de madera del banco- Ha salido ayer…

-El ordenador me está dando problemas  y no he tenido tiempo de bajarla –respondió Roberto con una naturalidad que tranquilizó a Jorge-. ¿Podrías prestármela como termines de leerla?

-Tengo una idea mejor -argumentó con una incipiente erección que no intentó disimular-: ¿Te apetece que la veamos juntos en mi casa?

-Desde luego. Me parece una idea estupenda.

Estaba claro que, al llegar a la casa, la revista no saldría de la bolsa de deportes.



En el dormitorio, la cama estaba situada contra la ventana, separada por una repisa que hacía las veces de cabezal. La luz exterior era tamizada con una cortina de lamas orientables. A ambos lados, estanterías de madera de cerezo que llegaban hasta el techo, parecían a punto de desmoronarse bajo el peso de los numerosos libros. Una de las baldas parecía desafiar las leyes de la gravedad. A la izquierda se encontraba una mesa de cristal y acero. Jorge colocó un cenicero y una cajetilla de tabaco rubio al lado de un despertador digital en forma de pirámide. Se desnudaron mutuamente con lentitud, sin pasar a la siguiente prenda hasta aquella parte de sus cuerpos no fue completamente explorada. Dejaron la ropa a los pies de la cama, sobre un mueble con cajones de idéntica madera que las estanterías. La camiseta de Roberto se deslizó por uno de sus extremos hasta caer al suelo de parquet. Apartaron la colcha azul, y mientras Jorge apagaba los focos del cabecero, Roberto se tendió en la cama. Aún había suficiente luz natural como para mantenerlas encendidas y la penumbra les proporcionaba un escenario agradablemente erótico. El canto gregoriano que llegaba heréticamente desde el salón propiciaba la intimidad.
Jorge acarició los muslos de Roberto. Después, con fuertes y experimentados dedos, masajeó sus nalgas y las ingles, hasta que él se dio la vuelta. Jorge, entregado, frotó y oprimió su pene con falso disimulo. Roberto permaneció con los ojos cerrados y se dejó hacer.



Jorge tomó su polla y la introdujo en su boca; le agradó que estuviera húmeda y caliente. Primero tomó su miembro con la mano y lo acarició levemente con sus labios como si besara una flor. Luego cerró los dedos como si fuera un tallo y besó y mordió la punta del capullo. Roberto aparentó mostrarse insensible ante su deliciosa insistencia. Lejos de arrendarse, su compañero lo introdujo en la boca cerrando los labios con fuerza, tirando de él como si deseara arrancárselo. El badajo cobró un vigor desconocido para el propio Roberto. Por unos instantes pensó que iba estallar. Satisfecho por la excitación que provocaba, Jorge introdujo el dedo índice entre sus nalgas con precaución. Fue fácil, apenas se resistió… Mientras lo metía y sacaba rítmicamente se insertó su miembro en la boca más profundamente y lo apretó y soltó alternativamente, para terminar mordiéndola suavemente. A Roberto le fue imposible permanecer inmóvil por más tiempo y posó las manos sobre la cabeza de Jorge acompasando sus movimientos, empujando con fuerza para que la felación fuera más intensa. Como respuesta, Jorge apartó sus manos y las sujetó, acariciando el miembro con su lengua hasta que de nuevo lo introdujo en su boca hasta la mitad, acariciándolo y chupándolo enérgicamente. Era evidente que Roberto eyacularía de un momento a otro. Deseando que quedara totalmente satisfecho, Jorge se metió todo el badajo en la garganta, apretándolo con gran esfuerzo hasta el pubis, como si quisiera tragárselo entero. Roberto se arqueó violentamente entre gemidos incontrolados cuando su amante insistió que excretara en su boca. A pesar de sus súplicas salpicadas de placer no cejó en su empeño, sino que siguió masturbándole hasta que Roberto casi lloró, sintiendo como si  su alma abandonara  el cuerpo durante unos segundos en los que se sintió morir dulcemente y alcanzar lo divino.

lunes, 1 de julio de 2013

YA HA SALIDO EN NÚMERO TRES LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"






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viernes, 10 de mayo de 2013

LOS ORGASMOS DE VIGOREXICO





LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO

Dedicado a M.A.V .con todo cariño, tal y como le prometí.

 Algunos pasan por etapas en las que el cuidado de su cuerpo es esencial y una fuente de superación, de realidades e incluso fantasías.

LOS ORGASMOS DE VIGOREXICO

Roberto caminó erguido, orgulloso de su cuerpo, con la presunción y exhibición de aquellos que lo han cuidado y quieren transmitir su masculinidad ante los demás tanto como convencerse a sí mismos de ella.

Tras la noche anterior se sentía vigorizado. Natalia había insistido -sin que él se resistiera- en amortizar la suite del hotel hasta el último momento, antes de abandonarla a las doce. Esperaba que las aparatosas manchas en las sábanas pasaran desapercibidas cuando las camareras asearan el cuarto. Sabía que era estúpido  preocuparse por lo que pudieran comentar; al fin y al cabo no le conocían y estaban acostumbradas a ver manchas de semen –entre otras cosas- todos los días. Habían desayunado juntos, tardíamente, en una pequeña cafetería en la calle Cisneros. Varios albañiles se quedaron mirando a Natalia y, su fuera de lugar vestido de noche. Ante su indiferencia los obreros se la comían con los ojos, se daban codazos y luego carcajeaban escandalosamente. Roberto pensó que aquel objeto de deseo que ellos no podían tocar había estado entre sus brazos poco antes. Esto le hizo sentir que se encontraba en un agradable escalafón de superioridad a pesar de no encontrarse en un andamio. Ellos nunca sabrían lo que era yacer con ella y de lo que era capaz. Culpable por haber devorado ávidamente cinco porras junto a dos cafés con azúcar -pues no tenían sacarina-, se había consolado ante la perspectiva de que durante aquella misma tarde, a base de constancia, perdería las calorías ganadas con glotonería.

Ella se había mostrado silenciosa, su mente parecía estar en otro lugar; no prestaba atención a la conversación. Al contemplar sus ojeras -que no logró disimular el maquillaje- las achacó al cansancio. A la luz del día seguía siendo bella, pero el misterio y sofisticación de la noche habían disminuido notablemente, a pesar de haberse retocado en el baño durante casi media hora. “Al fin y al cabo es bastante mayor que yo, ¿qué esperabas?”-se explicó a sí mismo-. Había intentando mantener viva la conversación, pero sin demasiado éxito. La mujer que se encontraba junto a él no era la dinámica y segura de sí misma de la jornada anterior. Al despedirse, se habían intercambiado los números de teléfono móvil con cierta vergonzosa premura.

Con aparente indiferencia se encaminó a las barras para hacer unas dominadas. Era un magnífico ejercicio para desarrollar los músculos de la espalda: él era un ejemplo evidente de su indudable, a la par que sacrificada, efectividad. Se requería una gran fuerza muscular para llevar a cabo el ejercicio con cierta dignidad y elegancia. Los novatos solían desistir avergonzados a la cuarta o quinta repetición -si es que llegaban-, necesitando en muchas ocasiones un compañero más avezado que les ayudara a alzarse y disminuir el peso de su cuerpo, sosteniéndoles.

Alzó la vista, sabedor de que algunas miradas distraídas contemplarían su evolución. Su joven ego narcisista se sintió henchido, y por lo tanto reafirmado. Indudablemente acudían al gimnasio otros cuerpos mucho más fuertes y desarrollados que el suyo, pero no importaba mientras también gozara de su público. Se ajustó las muñequeras, se agachó para cobrar impulso y, como un resorte, se lanzó hacia las barras. Le satisfizo su precisión. Con una separación de las manos algo mayor que la anchura de los hombros, permaneció colgado de la barra durante unos segundos. Desde esa posición, ascendió hasta que la barra quedó por debajo de sus clavículas, y el  tríceps pegado al dorsal. Tal como le habían enseñado cuando comenzó a asistir al gimnasio a los dieciséis años no se dejó caer volviendo a la completa extensión de los brazos -lo que le había propiciado una pequeña lesión años atrás-, sino que resistió la tensión muscular con estoicismo. El ejercicio, inexplicablemente, le proporcionaba un doloroso placer similar al erótico. Cada vez que el esfuerzo era mayor, la tensión de sus sudorosos brazos se iba haciendo implacable. A pesar de ello continuó –con la mandíbula apretada-, manteniendo el pecho salido y respirando correctamente; aspirando el aire al bajar el cuerpo y expulsándolo al llegar al final de la repetición. Al cabo de tantos años de práctica, el proceso y la sincronía eran automáticos;  por ello, pudo permitirse el concentrar sus pensamientos en Natalia. Recordó sus caricias y su piel. Se imaginó desnudo, realizando complicadas maniobras sexuales junto a ella, ambos colgados de la barra, como si fueran trapecistas de un circo evolucionando sin red. Finalizadas seis series de diez, se dejó caer suavemente sin perder el equilibrio, se sentó y descansó; sólo lo suficiente para recuperarse un poco, no permitiéndose mostrar su verdadero cansancio.

Una parte de él se sentía tentada a llamarla durante los próximos días; otra, reconocía que, en el caso de hacerlo, la relación nunca iría más allá de decrecientes escenas de cama y relativa intimidad. Con el tiempo, si es que continuaban tratándose, podrían llegar a ser amigos, pero desde luego no empalagosos enamorados. Emocionalmente sólo conseguiría implicarse con un hombre, enamorarse de un hombre. Había sido sincero durante el desayuno cuando le confesó que, si bien había disfrutado con ella, sus preferencias bisexuales eran predominantemente masculinas. Ella no había demostrado sorpresa, su rostro no se inmutó ni hizo comentario alguno, quizá albergando la consabida esperanza de “redimirlo” totalmente para la heterosexualidad, demostrando así el poder de su femineidad. Muchos caían en aquel error de perspectiva y creían que el fracasar equivalía a un menoscabo de su poder de seducción. “No -rechazó Roberto-, es demasiado inteligente como para pensarlo”. Llegó a especular sí que aquel silencio durante el desayuno se podía atribuir a aquella revelación, pero lo cierto es que éste había aparecido mucho antes, prácticamente al salir del hotel.

Roberto se levantó para hacer unas series de bíceps crural. Se tumbó boca abajo, con los talones enganchados en la parte del aparato giratorio, haciendo fuerza con el bíceps crural hasta que el aparato se elevó con facilidad. La resistencia que ofrecía no le pareció suficiente. Movió la clavija que equilibraba las pesas dos líneas más arriba, sumando diez kilos al contrapeso de la máquina. Mantuvo todo el cuerpo en contacto con el tablero  apretando los glúteos para no levantarlos. La presión contra la acolchada superficie y el inevitable deslizamiento le originó una erección.

Desde donde se encontraba contempló a un compañero de gimnasio haciendo aberturas con mancuernas. Era Jorge, un joven moreno, bien proporcionado, con rizado vello en el pecho y algo mayor que él. Se había matriculado tan solo unos tres meses atrás. Sus músculos no estaban tan definidos como los suyos, ni eran tan voluminosos, pero denotaban un trabajo constante y una equilibrada proporción. No habían coincidido demasiado durante los entrenamientos y, cuando lo hacían, tal sólo cruzaban unas palabras de saludo, comentarios triviales y adioses. Nada personal... Roberto se sentía cada vez más atraído por él y procuraba estar cerca suyo.

Jorge, con el propósito de atacar directamente los músculos pectorales, se encontraba tumbado en el banco con las mancuernas encima del pecho y los brazos semi-extendidos. Bajaba los brazos hacia los lados, con los codos ligeramente doblados y las palmas de las manos hacia arriba. A través de las piernas abiertas -sujetándose con los tobillos al banco- asomaban sus genitales de entre unos vaqueros cortados casi a la altura de la entrepierna. Algunos no utilizaban ropa deportiva a pesar de que las normas del gimnasio así lo establecían. A la hora de la verdad, cada uno vestía como quería sin que ningún monitor le llamara la atención por ello. Roberto le contempló ensimismado, agradecido de que no llevara ni slips ni suspensorio, disfrutando aún más de su ejercicio y de la situación privilegiada, intentando ajustar su ritmo al de su compañero como si se encontrara sobre él, armonizando y complementando ambos ejercicios en uno solo. El objeto de su deseo, al llegar a la posición máxima, comenzó a subir nuevamente los brazos contrayendo los músculos durante todo el movimiento, procurando no encajar los codos al finalizar el ejercicio, realizándolo estrictamente, con lentitud.

La excitación de Roberto llegó al clímax. Los gemidos del orgasmo pasaron desapercibidos, confundiéndose con los del sufrimiento del esfuerzo físico. Finalizó las series cuando finalizó su placer. Exhausto, permaneció unos instantes tendido, parpadeando pero sin apartar la vista, jadeando ante aquel doble esfuerzo cardiaco. El sudor corporal disimulaba la humedad de la corrida

Satisfecho de la placentera jornada se duchó con la intención de sentir deslizar del agua fría sobre su cuerpo para vigorizarlo nuevamente. En las duchas comunitarias compartió su desnudez con un jubilado de sesenta y dos años que en unos meses, sin haber hecho anteriormente ningún tipo de ejercicio, consiguió moldear su aspecto con la armonía de un joven. Era extraño el contraste con su cara avejentada y llena de arrugas, que conservaba el innegable atractivo de cuando fuera mozo. Roberto le admiraba por su constancia y tenacidad. No conocía ningún caso como aquel  y deseó envejecer como él.

Dejó el gimnasio, despidiéndose virilmente de los compañeros y monitores, cargando sobre el hombro la bolsa de deportes. “Ciertamente, hacer ejercicio proporciona grandes satisfacciones -se dijo a sí mismo con picardía.”

En las últimas veinticuatro horas había hecho el amor en tres ocasiones: dos físicamente con una mujer, y una con un hombre, en su imaginación. Hacerlo con Jorge en su mente durante unos minutos le había satisfecho más que con Natalia durante casi toda la noche.

“¿Cómo será tenerlo realmente entre mis brazos?”

Pensó que tendría que hacer algo para intentar averiguarlo.

Mientas hacía ejercicio en el salón de su casa encontró la manera de hacerlo...

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO


(RELATO INCLUIDO EN EL NUMERO DOS DE LA REVISTA GAY+ART)