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martes, 11 de agosto de 2015

EL RELATO "RITUAL DE AMOR", de David Mario Villa Martínez, incluido en el II PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS MIL PALABRAS - TERROR






II PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS MIL PALABRAS



Ediciones JavIsa23 organizó con la colaboración del grupo de facebook "Como triunfar en la literatura sin Morir en el intento", el II Premio Internacional de Relatos "MIL PALABRAS" 2014, con el tema TERROR.
Si bien la publicación de la recopilación se ha demorado unos   meses, todo llega:
¡Mi relato "Ritual de amor" ha sido incluido!





martes, 4 de febrero de 2014

EL BAILE MALDITO (AUDIO LIBRO). POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.



Continuando con la idea de los audio libros os presento el primer relato de Halloween que leí en el Espacio Niram auspiciado por el Circulo Literario Mundi Book.

El miedo es intrínseco al ser humano,nos pone en alerta ante los peligros.Sin embargo la fantasía y realidad son difíciles de discernir. La imaginación nos puede causar malas pasadas...o no.





lunes, 28 de octubre de 2013

ESPECIAL HALLOWEEN: CHAMPÚ PH 6 (ANTI-GRASA) -Versión íntegra- POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



En ocasiones una misma situación o ambiente nos puede crear filias y fobias paralelas, placeres y displaceres que no somos capaces de gestionar.

CHAMPÚ PH 6 (ANTI-GRASA)
VERSIÓN ÍNTEGRA


Ángel entró en la sala. Su cara reflejaba una serenidad que, dada la situación en la que se encontraba resultaba anacrónica, extravagante; algunos la denominarían como curiosa… Los objetos que observó, escasos y viejos, a duras penas lograban imitar la normalidad usual y cotidiana, pero su visión fue suficiente para que se olvidara instantáneamente del caprichoso y brutal destino que había encaminado sus pasos hasta horas antes del desenlace final.

El brusco y seco sonido metálico que se cerró a sus espaldas pareció empujarle hacia una silla cuyo respaldo inclinado desembocaba en una pila de piedra blanca en su origen, descascarillada y deslucida que evidentemente había conocido tiempos de esplendor que ya no existían. Ahora se asemejaba más a un elegante abrevadero de ovejas o cabras.

Se sentó y se dejó caer sobre el mullido asiento de imitación a cuero, cuarteado y desgastado, relajando totalmente el cuerpo hasta que notó en la cabeza, especialmente en la nuca, el frío tacto de piedra. La molestia de la postura, un tanto forzada dado su altura, y el pinchazo de hielo opresivo en las sienes desaparecieron, fugaces, arrastrados por el chorro de agua ardiente y humeante que le iba recorriendo la cabeza como una lluvia purificadora y esterilizadora en tierra reseca y estéril tras una guerra bacteriología.

Agradeció después el frescor del champú deslizándose por la esfera de su dolicocéfalo cráneo y, con los ojos cerrados, se abandonó al masaje de unas manos expertas que amasaban su pelo con cierta rudeza, ejerciendo una presión medida, precisa, recorriendo sin orden toda la superficie en lo que se le antojó un contacto húmedo y provocador, que al aproximarse al cuello y rozar levente las orejas le arrancaron chispas de placer, erizando el vello de su brazos, recorriendo el valle de su espalda con pequeñas descargas de escalofrió que se concentró entre sus ingles. Sintió como el masaje hacía crecer la espuma, y la sensación algodonosa con fragancia a durazno y avellanas le trajo recuerdos de su infancia cuando acompañaba a su madre al “Salón de Belleza”, como a ella le gustaba decir. Allí, desde sus ojos inocentes de niño, no se cansaba de mirar los movimientos y contoneos de las muchachas, los brazos remangados y las manos enfundadas en los húmedos guantes; para él era un misterio el cambio -tanto físico como anímico- que experimentaban las mujeres trascurrido todo el proceso de lavado, corte, peinado y todo un sinfín de combinaciones alquímicas mezcladas en aquel ambiente de alegría, despreocupación y cotilleos que despedía un constante olor de lacas y tintes.

La espuma le entró en los ojos, le ardían; sintió unos momentos de pánico antes de intentar apartarla con el dorso de las manos. El contacto con una toalla más rígida y áspera de lo deseable le trajo bruscamente al presente y se encontró sometido a meneos enérgicos, a los que se abandonó con resignación. Después abrió los ojos enrojecidos por el escozor como si quisiera comprobar cuantas cosas habían quedado en su sitio tras el temblor, y examinó la habitación, parpadeando ansiosamente, con un lento movimiento de cabeza, perplejo, como si se extrañara de estar entre aquellas paredes grises, desconchadas y frías, con una pequeña ventana enrejada como única decoración.

Se sentó entonces en otro sillón, notando que giraba sobre su eje y no se resistió a la tentación de formar parte de un torbellino, impulsado por uno de sus pies. Una vez parado, el regular sonido de la tijera le hizo cerrar los ojos aún dolientes y rememorar de nuevo como las mismas muchachas que atendían a su madre se peleaban por aturdirlo con mimos y carantoñas. A pesar de no ser un niño tímido, las picardías que entre risas llegaban a sus oídos y un miedo- sin fundamento racional- a que las tijeras que no paraban de frotar sus dos hojas le produjeran algún corte sangriento, conseguían que se convirtiera en estatua, anulando por unos minutos su curiosidad y asombro dejando paso al resentimiento, al pánico y al odio ciegos. Todas en la peluquería reían ante aquella escultura catatónica y sudorosa en forma de niño pálido con pantalones cortos y mirada color verde perdido.

El anuncio de que ya era suficiente rompió la mezcla de ensueño y pesadilla de una manera que asumió como definitiva. Simultáneamente a la orden impersonal, el eco de la tijera dio paso al zumbido eléctrico de una maquinilla vieja que empezó a rapar su higienizado pelo -que se depositó en suelo de cemento en grandes mechones-, destrozando la obra recién hecha y preparando el cráneo del apodado “Asesino de las Peluqueras” para los electrodos que serian adosados como ventosas mortales en distintos lugares de su anatomía.

Cinco años atrás había sido condenado a la silla eléctrica, sentencia que debía de ejecutarse dado que los atenuantes justificados, la ausencia de historial delictivo anterior y los recursos que se sucedieron ante las autoridades cada vez más superiores y también más remotas, no surtieron el efecto buscado.

Mientras la preparación para algo que sabía se convertiría en un macabro espectáculo para los familiares de sus víctimas, sonrió. Tampoco pudo evitar sonreír al evocar la sorpresa del director de la prisión al oír su última voluntad: un lavado de cabello con el mejor champú del mercado…

Ahora, una nueva idea cruzó su cabeza, ya libre de cabello: seguiría con los ojos cerrados hasta que todo acabara; su última protesta sería negarse a ser testigo de su realidad externa.

Así, con la única visión de sus recuerdos más felices, dueño al fin de su vida, eligió el momento de marcharse y, envuelto en la oscuridad de un camino sin tiempo, se despidió de lo que le quedaba de cordura recordando con ternura los ojos extirpados con afiladas tijeras de las peluqueras a las que había asesinado y que lavaba meticulosamente junto a su cuerpo y ropas ensangrentadas en la bañera, con champú Ph 6 (antigrasa)...


¡Ver flotar los ojos en la superficie espumosa de color rojo frutas del bosque a causa de la sangre y jugar con ellos como un niño con su patito amarillo le proporcionaba tanta paz y felicidad…! ¡Se sentía tan seguro! 


miércoles, 8 de agosto de 2012

EL BAILE MALDITO. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



El miedo es intrínseco al ser humano,nos pone en alerta ante los peligros.Sin embargo la fantasía y realidad son difíciles de discernir. La imaginación nos puede causar malas pasadas...o no.


EL BAILE MALDITO


            Afuera estaba lloviendo. Era de noche y hacía frío. Dentro de la aislada cabaña, resguardados por la bebida y una compañía amena, un grupo de hombres y mujeres escandalizan alegremente alrededor de una gran mesa de madera situada en el centro de una de las estancias, iluminada por el amor de la lumbre.
            En la mesa se encuentran suculentas viandas exquisitamente preparadas por manos expertas, la bebida espiritosa desborda los vasos con indolencia, las risas femeninas imitan el cloqueo de las gallinas espantadas, las de los hombres como la de perros retozando. Animación, despreocupación, goce relajado.
            ¡Y cómo silba el viento en las montañas! ¡Y cómo penetra por las rendijas de la covacha! El temporal arrecia ante la impasibilidad de la parentela.
            El pueblo es una aldehuela de montaña donde la tradición luce, sin cortapisas, su extravagante imaginación. Los hombres son duendes caprichosos, imprevisibles; las mujeres ninfas veleidosas, brujas disfrazadas. Todo sirve, todo vale.
            Uno de los contertulios se ha retrasado y viene sólo por los caminos sorteando los charcos, barrizales y otras trampas de la oscuridad. Perseguido por el eco chapoteado de sus propios pasos aprieta la marcha, inmerso en un confuso terror que le es difícil interpretar. Aquellos que ni en elfos, hadas, duendes, magos, brujas, fantasmas y dragones creen, nada pueden entender del miedo milenario que la oscuridad causa. ¿Fantasía? ¿Realidad? Lo cierto es que la noche ofrece oportunidades sobradas para que lo impredecible suceda.
            En su etílico caminar su imaginación se dispara, cree ver seres de cuentos y leyendas danzar ancestrales movimientos que observa hipnotizado. ¿Ha bebido demasiado o tan solo lo ha conjeturado? Un extraño atrapado por la casualidad en un aquelarre incruento. En su delirio, aparecen y desaparecen ante él machos cabríos que huelen a heno mojado, excitantes bambas vestidas de domingo que intentan enrollarse en sus pies como grilletes mortales. En un charco, dos elfos cruzan espadas de madera al son de una frenética música que ellos sólo pueden oír, parodiando caballerescos duelos galantes de la época imperial. Las hadas, coquetas, se maquillan mutuamente e intercambian el carmín; comparan sus vestidos, sacan brillo su varitas.  Ve a tres jóvenes brujos a los pies de su maestro al que prestan atención: los conejos que eran gallos crestas tienen. Las brujas están enamoradas no de hombres, entre ellas dos. Los fantasmas, que son novatos, el verle se esfuman asustados pues se han dejado los gritos que hielan la sangre en el congelador. Un dragón presumido saca brillo a sus garras para cegar a los hombres y causarles más terror Los peñascos envueltos en niebla junto con los cortinajes aguacerados prestan una densa atmósfera de irrealidad al baile. De pronto, todo desaparece de su mente.  “Es sólo un sueño, una quimera -se intenta convencer-, he bebido demasiado"
            Su mano está agarrotada en la botella que compró. Vino color sangre aguada, vino aferrado en acto inconsciente de aferrarse a algo, todos los sentidos alerta, pendientes de luces y sombras, ruidos y susurros dispuestos a dispararse ante la menor señal de peligro.
            Está calado hasta los huesos, humedad sobre su piel, holgadas vestiduras que en nada le protegen de la dura inclemencia. Echa un trago. Siente el vino en la garganta, experimenta el delicado ardor en su vientre, y espera, espera a que el alcohol circule por sus venas con la esperanza vana de entrar en calor.
            Jadea. La cuesta es demasiado pronunciada, es resbaladiza y traicionera. Las piernas se cansan, los músculos se tensan y suda copiosamente a pesar del gélido ambiente que le envuelve. El viento abofetea su cara, la golpea y la desgarra, le hace llorar fatuamente pues aparentemente ninguna pena le espera. El frio se burla de sus ropas, la carne muerde y hasta los huesos duelen.
            El camino se bifurca, gira a la izquierda y vuelve a bifurcarse. Duda. La oscuridad, el inconsistente muro líquido confunde su memoria. El efecto del alcohol su visitón engaña, todo parece moveré .Se decide. Da un paso, tropieza sin llegar a caerse, al intentar guardar el equilibrio parece que danza. Aún no se divisa la casa.
            Se ha alejado mucho del pueblo, está en campo abierto, abierto al raso, abierto al viento, abierto al miedo... A ambos lados del serpenteante sendero, unos olvidados muros de piedra siluetean caprichosas figuras, como un infierno inventado de vacas y ovejas grandes con dientes puntiagudos, devoradoras de carne prieta. A la derecha, la pared se detiene violentamente, y en ella destaca algo más elevado, sentado, inmóvil, a la espera.
            Noche sin luna, noche sin estrellas, noche cerrada por la lluvia y por la niebla.
            ¡Mas fíjate bien! ¡Es la Muerte! No se mueve debajo de su manto color noche, no se inmuta bajo la oscuridad extrema. Está aquí por ti, quiere verte pasar, contemplarte, recordarte que más pronto o más tarde tienes una cita con ella. Esta vez no es una visión. Es una presencia real y certera.
            Aprieta los dientes, cierra los ojos y sigue caminando irreflexivamente. Cálmate caminante, no te llevará contigo esta noche, parece saciada. Pero, ¡Cuidado! ¡No la mires! ¡No la encares! Si atisbas su rostro velado tendrá que iniciar contigo el Baile Maldito, el que todos hemos de danzar un día, mas nunca nadie acabó; deberás danzar con lentos pasos que en frenesí aumentaran dejando en ellos tu aliento, consciente de tu final. ¡Cuidado! ¡No la contemples por mezquina curiosidad!
            Humo difuso en la chimenea. La casa se divisa. Ya el transeúnte se acerca con la lengua negra por el pavor. La puerta chirría. Un viento más glacial que el del campo culebrea y escapa por ella. El hogar está silencioso, en penumbras, no se oyen las risas, ni música, ni cantos, ni el chocar las jarras de cerveza en brindis anecdotarios. Apenas rescoldos y cenizas quedan en la hoguera. Copas vacías, copas llenas; instrumentos musicales yacen en el suelo sin estrofas en el aire. La cabaña está vacía, yerma se encuentra. Solo hay huellas negras que parecen girar y girar cada vez con más  fuerza como si un ritmo frenético acabara en ellas.
            ¿Quién habrá ocupado esta vez el lugar del caminante? ¿Todos? ¿Ninguno? ¿Han escapado despavoridos? ¿Quizá ha bailado un familiar querido, algún entrañable amigo u otro anónimo viajero cuyo camino se cruzó, por azar o por destino, con el suyo?    ¡Despéjate caminante; piensa!.. Sé cauto: si Muerte cuida tus pasos, contempla tu ir y venir, te busca a ti mas no tu vida  oscuras sombras conjurarán tu futuro. ¡Ha elegido pareja de danza para un próximo Baile Maldito!