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martes, 26 de abril de 2016

EL AMARRE (Cuarta Parte-Fin)




EL AMARRE (Cuarta Parte)-Photography by Marko Popadic




Cuidado con lo que piensas, precaución con lo que deseas, serenidad a la hora de lo que pides al universo y los medios que  utilizas para adquirirlo: él se puede encargar de concedértelo estés equivocado o no. Eres lo que piensas, lo que sientes y si no eres consciente de ello, si no intentas poner freno o control a tus energías negativas, ellas te controlaran a ti.



EL AMARRE (Cuarta Parte-Fin)


José Luis miró a Pilar fijamente con aquellos ojos profundos y ligeramente extraviados bajo unas cejas anchas, densamente pobladas. Poniendo una mano en su hombro, le explicó nuevamente:

-Tenemos un Dios sexual, una religión sexual con un líder sexual -aclaró, tocando el pecho izquierdo de ella para recalcarlo- y un séquito de seguidores muy sexuales. El culto satánico en la actualidad, era en la mayoría de las ocasiones asociaciones o sectas como aquélla, en las que se practicaba el esoterismo y el sexo a discreción.

 -Lo sé. Ya me lo has dicho muchas veces -contestó sumisa al Oficiante.

-Éste es el momento. Hasta ahora sólo has vislumbrado el poder del dios verdadero, el único señor. Ha llegado la hora de que partícipes en una auténtica misa negra, y no en pequeños rituales introductorios. Si no te interesa este no es tu sitio –presionó, entrecerrando los ojos. 


A Pilar le gustaba la sexualidad. El prostituirse esporádicamente habría supuesto una verdadera fuente de placer y de dinero. Desde que descubriera aquella faceta de su personalidad, había mantenido numerosas relaciones con clientes escogidos, siempre a su gusto. Nunca feos, ni repulsivos. Ella se consideraba en condiciones de elegir. El dinero había vuelto a sus manos, la penuria parecía haber quedado atrás.


La comunión de integración sectaria se centraba mediante aquellas reuniones y su participación ritual. En este punto, estuvo a punto de echarse atrás, porque una parte de ella quería seguir adelante, mientras que otra, adormecida, le repetía: "esta gente está aún peor que yo”. 


-Es el comienzo... Si consigues unirte fuertemente a nosotros, pronto verás los resultados. Antonio, tu amado -susurró con malignidad disimulada- estará cada vez más cerca cuanto más partícipes; tu madre estará tu merced para siempre. No volverá a dañarte; tú serás su dueña.

Aquella noche Pilar recordó el momento -años antes- en el que Antonio le había regalado una alianza de oro -la que había empeñado- con el propósito de comprometerse para siempre y reafirmar su relación. "Volverás a mí -pensó convencida- y cumplirás tus promesas." 


Pilar bajo con lentitud las escaleras del sótano. Ligeros murmullos, susurros en lenguas desconocidas aleteaban el aire creando un ambiente hipnótico, monótono. Exteriormente la casa parecía normal, una de tantas. Nada hacía imaginar lo que frecuentemente escondían sus paredes. Al ser simplemente una novicia, había sido conducida a ella con los ojos vendados. En el interior del vehículo, había sentido como el ruido de los coches se amortiguada y quedaba atrás, como pasaban los minutos sin forma y como el camino se iba haciendo más abrupto. Previsiblemente, el centro de reunión se encontraba a las afueras de la ciudad, escondido. El resto de sus sentidos parecían encontrarse sobrestimulados, atentos a la más mínima percepción. Sólo le quitaron la venta cuando se encontraron en el interior de la casa, frente a la puerta conducía a la reunión.

Hacía frío. Encabezada por dos acólitos, penetró en una cámara situada al fondo de un largo pasillo. Ya se encontraban reunidas unas quince personas, la mayoría conocidas. Al igual que ella llevaban unas túnicas negras con capucha. Antes de descender, un atractivo muchacho de ojos tristes las había ido entregando a junto a un cirio negro. Mientras aguardaban la aparición de José Luis -el Oficiante- y de sus acólitos, Pilar se fijó en cada uno de los detalles de aquel cubículo. Una vieja mujer situada a la izquierda, a la que no conocía, se aproximó para explicarle todo cuanto veía. Con ropajes normales, sin su capucha, en la calle, hubiera parecido una adorable ancianita a la que cualquiera se hubiera ofrecido a cruzar la calle o recoger del suelo la bolsa de la compra que se hubiera escurrido de sus artríticas manos. En cambio, allí se parecía a las brujas de los cuentos infantiles que había leído de pequeña. Posando sus sarmentosas manos sobre ella, acariciando suavemente su hombro, fue señalando los diversos artefactos que conferían el ritual. Algunos de ellos ya le eran familiares. En la mesa que servía de altar debía extenderse la joven que serviría de víctima propiciatoria. Los antiguos altares de los rituales infernales siempre habían estado formados por seres vivos. El instinto natural era el fundamento en que ellos basaban sus expectativas. En el ara, se centraría en toda la atención de los asistentes. Una armoniosa voz -la de la anciana- le recordó el simbolismo del crucifijo fálico me encontraba sobre el altar y el de los cirios negros y blancos a cada lado. 

-Los negros -comenzó- representan la luz de Lucifer que, según las escrituras, era portador de la luz, del conocimiento, de la llama viva, del deseo ardiente, de las llamas del pozo insondable -añadió con solemnidad-. En la misa negra sólo se pueden usar cirios: de los blancos y negros. Se pueden prender tantos cirios negros como se necesiten.

Uno de los negros, de mayor tamaño, se encontraba la izquierda del ara, a la derecha, el blanco. El primero representaba el poder de las tinieblas; el otro, la hipocresía de los magos blancos y sus seguidores. Los azabache tenían la finalidad de conseguir el poder y el éxito de los participantes, empleándose para consumir los pergaminos de las bendiciones satánicas. El blanco se usaría para lograr la destrucción de los enemigos. En una mesa lateral divisó, ensimismada, una bellísima espada que, bajo la luz cobraba una tonalidad casi dorada, refulgiendo como si estuviera dotada de vida. El mango, de color amarillento, parecía de hueso. La coparticipante, a la que no pudo ver el rostro pero que reconoció por la voz, se inclinó sobre su espalda susurrándole al oído:

-El poder de la espada es una fuerza agresiva, es como una extensión plagada de intensidad del brazo que el Oficiante emplea para sus gestos. 

Durante los rituales, José Luis no era tal; investido por el poder y el respeto, era en aquellos momentos el Oficiante.
Pilar reconoció el ídolo de oro de Baphomet –también llamado Cabra Infernal, Cabrito Negro o Chivo Expiatorio- que se encontraba sobre la mesa. Una cabeza de repulsiva fealdad, con barba y cuernos en la cabeza, destacaba sobre un cuerpo deformado retorcido. La figura, representaba a los poderes de las tinieblas combinados con la potencia creadora de la cabra.
     José Luis apareció al fin, provocando un murmullo entre los asistentes. Pilar se sintió impresionada. Jamás hubiera imaginado que se presentará ante ellos con aquella aureola de poder. Bajo su túnica abierta de color rojo, se encontraba desnudo. A cada movimiento, a cada gesto, mostraba sus carnes, sus piernas, su torso, sus ingles... Su modesto pene se encontraba en semierección. Le acompañaban dos ayudantes jóvenes, en medio de los cuales iba una desnuda adolescente de apenas dieciséis años. Mientras se preparaba para la ceremonia, los acólitos tendieron a la chica sobre la mesa trapezoidal. Pilar cálculo que tendría un metro de altura por cuatro de diámetro. La doncella quedó inmóvil sobre ella. Por la mente de Pilar se cruzó el temor de que la sacrificaran realmente. Como si leyera sus pensamientos, la anciana le dijo:

-Es prácticamente imposible que el sacrificio se efectúe hasta el final -siseó. 


-¿Prácticamente? -exclamó Pilar en voz baja.

Entonces su mente quiso escapar de allí, pero no lo logró. Se encontraba en aquella situación por unos motivos concretos; fuera como fuera tenía que llegar hasta el final. No podía defraudar a José Luis. Está subyugada. Uno de los ayudantes agitó las campanillas nueve veces, girándolas en dirección contraria a las agujas del reloj, dirigiendo los toques a los cuatro puntos cardinales. Su sonido, alto y estridente, generó el silencio más absoluto en la estancia. Tradicionalmente el gesto se efectuaba al inicio de la ceremonia con el fin de purificar el ambiente de todo sonido externo, y nuevamente al finalizar el mismo para actuar como indicador de la petición conseguida. El ritual iba a comenzar. El Oficiante tomó la espada y la dirigió durante unos segundos a la figura del Baphomet; luego, apuntó con ella al norte, al sur, al este y al oeste, citando palabras extrañas que ella no logró entender del todo, pero que la estremecieron. Terminada la introducción, se dirigió hacia los congregados. Durante unos instantes interminables escrutó los rostros de todos y cada uno de ellos. Cuando fijó su mirada en Pilar, ésta sintió como si la sangre se helara en sus venas: sintió miedo, terror. Nuevamente deseó escapar. 

-¡Hermanos míos en Satanás! –declamó José Luis-. Estamos esta noche reunidos una vez más para ayudarnos y conseguir que en nuestro Señor nos apoye en lograr todos nuestros deseos y propósitos. Todos aquellos que han de realizar alguna petición -prosiguió- avancen y depositen los pergaminos con sus súplicas en manos de los acólitos.

Varias personas avanzaron. Pilar contempló el suyo, fabricado como los otros con piel de oveja en el que había expresado sus amores y sus odios. Era el medio -según explicaron- por el que el escrito podía ser consumido en el cirio blanco y ser enviado al otro mundo tras ser leído por el Oficiante. En su irracionalidad, Pilar dio un paso al frente, y luego otro, y así hasta que entregó el rollo. Al contemplar el rostro del encapuchado quedó prendada en sus ojos. Era Jaime, uno de los primeros compañeros que había conocido y que le habría apoyado amistosamente. El deseo ascendió desde sus ingles. La mirada verde le correspondió con una enigmática respuesta que no supo entender. La mesa lateral disponía ahora las peticiones, cuidadosamente colocadas. El sacerdote continuó. 

-Antes de iniciar este acto de la misa negra, ruego a todas las personas asistentes que no crean interiormente o que alberguen dudas que salgan de esta sala. Sus mentes podrían perjudicar seriamente el desarrollo y resultado de este ritual. 

Pilar pensó que una puerta se abría ante ella, pero comprendió que tal sugerencia era más que un puro formalismo que una opción real. Aunque ya no estaba segura de encontrarse preparada, no podía escapar. El Oficiante realizó una pausa teatral, haciendo gala del magnetismo con el que atraía a sus incondicionales, que esperaron con respiración entrecortada. Nadie se movió. Con voz generosa y transfigurada expresión en la que parecía haber rejuvenecido diez años, comenzó a recitar:

-¡Bendito sea Satanás, bendito sea Lucifer, bendito sea en todas las criaturas demoníacas del Averno que no es conceder su apoyo y poder desde los abismos infernales! Los creó para que fuéramos impuros y faltos hipocresía ante él, en él tenemos redención por medio de su sangre, con el perdón de todas nuestras transgresiones. Nos da a conocer su maldad para el cumplimiento de los tiempos, y mediante él nos es dada la herencia maligna que debe asolar el mundo para que resplandezca la verdad de los crímenes cometidos por los honrados y puros. ¡Gloria a Satanás! 

Los concurrentes, como accionados por un resorte invisible, encendieron sus cirios. El sacerdote se aproximó al altar. Sus ojos resplandecían ante el reflejo de las velas con un fulgor sádico, impredecible. Se inclinó para besar los pechos de la joven víctima. Ella no se resistió, sino que con un latigazo de sensaciones se arqueo ligeramente. Uno de los acólitos le entregó una copa enorme, el Cáliz del Éxtasis  Era de plata y su superficie envejecida por los años mostraba complicadas figuras talladas. No podía ser de oro -recordó Pilar-, el color estaba reservado a las religiones y el Reino de los Cielos. La copa fue colocada encima del cuerpo desnudo.

-¡Hoc est enim corpus meun! -clamó José Luis. 

Con lentitud ceremoniosa, tomó un cuchillo que había sobre la mesa lateral y procedió a rasgar la piel de uno de los senos desnudos de la drogada joven que, aparentemente, ignoraba lo que estaba sucediendo. De la limpia herida manó un hilo de sangre que fue resbalando morbosamente hasta ser recibido en el cáliz. Luego, él hizo lo mismo en su propio brazo izquierdo tras subirse las mangas de la túnica. Pequeños cortes cicatrizados evidenciaban que había repetido el acto en innumerables ocasiones. No se inmutó. Su rostro permanecía impasible. La nueva sangre fue mezclada en la copa con la anterior. La tomó con ambas manos y, sacando de la misma una especie de oblea, murmuró sobre ella unas palabras desconocidas. Se la comió. Con respeto similar al prestado a los reyes, se inició el desfile de los presentes, arrodillándose ante él para recibir la hostia impura de sus manos. Pilar no pudo evitar expresar una mueca de repugnancia ante todo lo que acababa de ver. Su psicología, por todos aquellos deberes y dolores morales, reales o imaginarios, se disgregó. Los sahumerios  alimentados con la mezcla de varias drogas alucinógenas desdoblaron lo que restaba de racionalidad y sensatez. Consciente del gesto sacrílego que iba a cometer, pero al tiempo incapaz de evitarlo, se incorporó a la fila. Por su mente pasearon los horrores que su psíquis enferma había padecido, las maneras que había utilizado para escapar de la dura realidad que era incapaz de aceptar. 

Pilar le miró, entreabrió los ojos y recibió en su lengua el producto del espanto que acababa de presenciar. Sorprendentemente, el sabor de la roja hostia blasfema era dulce, dulce como el pecado, como la venganza, como su esperanza de recuperar su amor perdido; dulce como aquellos labios que deseaba y que desde hacía años había intentado substituir inútilmente por otras bocas que no habían logrado satisfacerla. 

Pensó en su padres, en todo aquello que le enseñaron, en aquellas otras devociones olvidadas que tiempo atrás rechazó y que en ese momento quería recordar, en aquellas sutiles autotorturas mentales a las que se había expuesto. Recibía mensajes contradictorios.

Los incensarios despidieron oleadas de humo crepitante que entorpecieron aún más su consciencia. Algunos encapuchados se inclinaron sobre los braseros para inhalar con ansia los tóxicos aromas.

Sintió un calor que nacía de sus entrañas, un ardor que la hizo sudar copiosamente. Sin percatarse de lo que hacía se despojó de su túnica quedándose desnuda, como comenzaban hacerlo los demás, subyugada por la misma pasión alucinógena. Inflamada por unas pasiones irrefrenables consintió que la desdentada anciana que le había servido de instructora succionara sus pezones. Percibió sus cálidas encías desdentadas, el cómo apretaban sus pechos. Cerró los ojos. Numerosas manos comenzaron a palmear su cuerpo, ungiéndolo con un aceite caliente y viscoso que se deslizó lentamente hasta sus pies. Adormecida, entreabrió los ojos, deseando corresponder al placer proporcionado del que era centro.

Cuando se apercibió que su cuerpo estaba cubierto de sangre pensó que era suya. Al recordar una jofaina plateada se tranquilizó: entre nieblas recordó que habían sacrificado a una cabra. En los estertores de su mente adormecida quiso pedir perdón por lo que estaba haciendo, forcejeando con sus amantes anónimos.


Los ojos verdes a los que había entregado sus deseos apergaminados se plantaron ante ella. Fue penetrada brutalmente mientras que lenguas, pechos y genitales la acosaban. Con el orgasmo, el nexo con la realidad se esfumó. Con su renovado complejo de culpabilidad y afán de destrucción, se presentó con nitidez un amargo pensamiento: como si se encontrara maldita presumió que moriría pronto, que la parca la perseguiría y alcanzaría para llevarla a un lugar más horrendo que aquél. Se dejó mecer por aquellos que la rodeaban sintiéndose como una marioneta. Por primera vez, el hombre de ojos verdes fue investido con la imagen de Antonio, con los brazos de Antonio, con los besos de Antonio, con el miembro de Antonio, que fue sentido y experimentado con completa intensidad. 

El que al terminar el ritual fuera vendada de nuevo para que no supiera donde se encontraba la alivió someramente. Aún aturdida, no quiso mirar a nadie. No regresó a las reuniones y, a pesar del miedo, contra todo lo esperado, ninguno de sus componentes la buscó o se interesó por saber de ella. Por algún motivo intuía que ya no era necesaria…


La realidad o la falsedad de la secta demoníaca carecían de importancia. La validez o no del presunto rito satánico no era lo determinante. Al fallar las ayudas naturales, ¿no era lógico para ella acudir a las sobrenaturales? Para su mente enferma, transgredir aquel tabú fue demoledor, Sujeta desde su infancia a unas creencias y costumbres colectivas muy rígidas, escuchando de sus padres y abuelos terribles historias sobre la condenación; dominada por una profunda y permanente obsesión por la muerte, Pilar se perdió. Se creyó maldita, hechizada, embrujada y generadora de un proceso mortal. Un elemento nuevo había emergido: la demopatía, la creencia en los influjos demoníacos  Se había desatado en ella un proceso incontrolado de autosugestión marcado por alucinaciones tan reales como la vida. 

Se convenció de que la hostia sacrílega estaba liberando sustancias misteriosas que deterioraban su fisiología. En su nuevo universo, irreal y desfigurado, se sintió envenenada por dentro sabiendo que ya nada ni nadie podría ayudarla. 



-Te quiero Antonio -musitó Pilar con dulzura en la voz y odio en la mirada-. ¡Sabes que te quiero y que esto lo hago por nuestro bien! 

Antonio no respondió estaba amordazado con un pañuelo, atado y desnudo. 

-¿Por qué no me respondes? –interrogó ella con una sardónica sonrisa. 

Antonio quiso decir algo, suplicarle que le soltara, que le dejara en libertad, que le diría la verdad, que tuviera compasión… ¡Que dolía, que dolía mucho! Pero no se movió pues estaba amarrado y bien amarrado a las cuatro esquinas de la cama. La miró llorando, horrorizado, lleno de rabia y padecimiento; impotente, casi al borde del desvanecimiento. ¡Se sentía como un guiñapo, como un muñeco destrozado! En realidad era eso, un inmenso muñeco vivo y latiente.

Pilar, completamente desnuda, sentada al borde de la cama, le clavó lentamente hasta el fondo otro alfiler rojo junto a los tres que ya tenía entre la carne y la uña del pulgar de la mano derecha. Antonio apenas pudo retorcerse, todo su cuerpo parecía un inmenso corazón palpitante. ¡Si al menos pudiera gritar o desvanecerse del todo!

Pilar dirigió su mirada hacia el pasillo, regodeándose una vez más al ver el cadáver apuñalado de la que fuera su rival en vida. El final de su contrincante había sido rápido; la había acuchillado en el cuello nada más abrir la puerta de la villa sin dar oportunidad a los gritos. Había pillado a Antonio en una de sus frecuentes siestas y sobre él había vertido una mezcla concentrada de aquellas sustancias delirantes, inhibidoras de la voluntad que usara el Oficiante. Se había sobresaltado inicialmente, pero el efecto fue rápido, demoledor.

Como si de un inmenso muñeco de trapo, similar al que había utilizado meses atrás en sus infructuosos rituales, Antonio se encontraba inmovilizado y aseteado pacientemente por cientos de alfileres de color rojo, rojo pasión, rojo venganza, rojo muerte lenta por días de inanición, rojo sangrado por los intentos de cortarse el mismo las venas con las ataduras para acelerar el final inevitable. 

Pilar tomó un nuevo alfiler y mientras le atravesaba el glande marchito repitió lo mucho que le quería… Cuando anocheciera, a la hora sagrada, se tendería a su lado abrazándole; prendería fuego a la gasolina con la que había rociado la casa de la pareja y esperaría, no sabía muy bien cómo, a que las cenizas de ambos se entremezclaran y se dispersaran lo más lejos posible…. ¡Tal y como mandaba el propio ritual de desamor que ella misma había inventado y que solo aportaba dolor y destrucción a sí misma y a los que la rodeaban!  

martes, 19 de abril de 2016

EL AMARRE (Tercera Parte)



EL AMARRE (Tercera Parte)

Obcecada, equivocada de camino, perdida en sí misma profundiza en los tortuosos senderos de  su vació interior. Pilar se asoma a los abismos....

EL AMARRE (Tercera Parte)


       -¡Hola! -saludó Pilar al entrar en la tienda.
       -Hola, –correspondió Iris- espera un segundo. Enseguida te atiendo.
       La pitonisa estaba cobrando algunos artículos a una pareja de joviales ancianos. Mientras él pagaba, la mujer no hacía más que mirar unos pequeños pendientes de plata en forma de duendecillos. A su marido le pasó desapercibido tal capricho y ella no se atrevió a expresarlo de viva voz. Cuando se fueron, Iris se dirigió a Pilar con su habitual alegría y simpatía.
       -¿Cómo ha ido la cosa? -preguntó.
     -¡Mal, muy mal! Hice todo lo que me dijiste, punto por punto, pero no ha sucedido nada de nada -se lamentó.
      -¿Estás segura? -preguntó la dependienta con incredulidad.
     -Lo estoy -respondió seria, esperando que ella, nuevamente, le proporcionara alguna solución.
      -Desde luego, tendría que haber dado resultado, para qué te voy a decir otra cosa -sentenció echándose la mano a la boca intentando pensar algo que añadir.
      -Quiero seguir intentándolo -aseveró Pilar con mirada extrañada.
      -¿Deseas otros sortilegios?
      Pilar contesto sin dar tiempo a que su mente razonara.
      -Lo que hemos hecho es magia blanca…
      -Si, así es -respondió expectante.
     -Bien, esta vez quiero algo... ¿Cómo te diría? -fingió pensar- más fuerte, más poderoso.
      -Ya te digo que te puedo ofrecer otra serie de rituales y que...
     Pilar no la permitió terminar. Alzando ligeramente la mano para interrumpirla y negando con la cabeza añadió:
    -¡No entiendes! Quiero a otro tipo de magia más poderosa. ¿Qué tal la magia negra? -preguntó cómo si nada.
    Por primera vez desde que la conociera, vio a Iris sorprendida y con la jovialidad quebrada.
       -¡No, lo siento! -se apresuró a decir-. Nosotros no hacemos ese tipo de trabajos.
       -¿Seguro? -insistió Pilar- El dinero no sería un problema.
       -¡Desde luego que no! -repitió ella casi ofendida.
       -Entonces, ¿Puedes decirme a dónde puedo a acudir?

     -Te aconsejo que no recurras a ella. Es algo que a nosotros no nos gusta. Además, siempre termina uno cargado negativamente, se paga un precio. Lo que uno desea para los demás termina repercutiendo en nosotros mismos de una u otra manera. ¡Cuidado con lo que deseas y con los medios que eliges para conseguirlo! 
       -No has contestado a mi pregunta, ¿Conoces a alguien?
    La vidente volvió su mirada, y comprendió que de nada serviría el procurar que desistiera. ¡Cuanto antes se marchara, mejor! Sintió un escalofrío en su espalda e impulsivamente tomó una hoja de papel y escribió en ella un número de teléfono móvil.
     Pregunta por José Luis, -indicó entregándole la nota- pero no le digas que te he mandado yo. Es lo único que te pido.
     -¡Gracias!
   -No deberías dármelas, no te he hecho ningún favor -alegó convencida. Espero que sepas lo que haces. Yo no quiero saber nada, me lavo las manos. Te pido que no vuelvas…
    Cuando Pilar se marchó, Iris se arrepintió inmediatamente de haber accedido a sus deseos. "Bueno –pensó- ya es mayorcita para saber dónde se mete”.
     Efectivamente, Pilar era adulta, pero no tenía ni la menor idea de dónde se iba a meter.


    Las señales de su incipiente conversión no fueron fáciles de detectar, no incluyeron el abandonó de vida en familia, pero ya se encontraba distanciada de ella con anterioridad, no se habían cortado demasiados lazos con amigos, ya que apenas tenía. Sus cambios radicales de personalidad fueron achacados, como siempre, a su problemática personal. Su historia había sido ya demasiado compleja y cayó en nuevos comportamientos, pensamientos estrafalarios que cualquier persona en su sano juicio consideraría increíbles o incomprensibles. Las personas que recientemente habían pasado por alguna experiencia traumática dolorosa, que acumulaban ansiedad o incertidumbres intensas eran presas fáciles para la secta. Su falta de integración familiar, carácter débil e introspectivo, su desencanto hacia los demás y hacía sí misma, la carencia de afecto o comprensión junto a sus sentimientos de culpabilidad, la infelicidad y frustración la perfilaban como la candidata ideal. 


     José Luis nunca preguntó quién le había dado su teléfono, simplemente le interrogó acerca de lo que quería. Necesitada de seguridad, respuestas, fue adoctrinada básicamente en una nueva serie de valores, de propósitos y creencias sugestivas, atrayentes ante su vacío personal. El líder la convenció, le explicó que, antes de que ella se incorporara como miembro de pleno derecho, habría de aprender algunos conceptos esotéricos. La sumisión indiscutida a José Luis había sido un proceso sencillo al no ser capaz de dirigir sus propias riendas vitales. De manera retorcida, pensaba encontrar paz espiritual, felicidad y dar cumplimiento a sus deseos mediante formas distintas a las que había intentado hasta el momento: diversas religiones, psiquiatría…Tenía que romper la incertidumbre y la ansiedad con respecto al futuro. Pilar fue despojada, en cierta manera, de su pasado, cuestión que podría haber sido beneficiosa si lo hubiera hecho de buena fe y en otro contexto, pero... 


     Cuando conoció al resto de los integrantes, la simpatía les salía por los poros; todo el mundo la abrazaba y le decía que estaban contentos de que ser uniera a ellos. No comprendía las reticencias de Iris en el momento de darle aquellas referencias. Pilar se sintió aceptada, incluso amada, por primera vez en muchos años. ¡Qué fácil era en ocasiones dejarse engañar, autoengañarse por la necesidad de afecto! Se dejó convencer por halagos y voces de apoyo, sin darse cuenta de cuán falsas e impostadas eran. 



    Las semanas transcurrieron, y poco a poco los nuevos lazos emocionales establecidos con ellos fueron precipitados, profundamente irracionales y desmedidos. La confianza exagerada en aquellas personas había polarizado la desconfianza y suspicacias que sentía por el resto de la humanidad. Pilar había conocido tanto sufrimiento a causa de sus padres, trabajo, amigos, parejas y sí misma, que pronto comenzó a identificarse con los líderes de mayor de edad, proporcionándole una imagen materna o paterna aparentemente más agradables que las que había tenido realmente. Daban respuesta firme a toda pregunta, seguridad y confianza. En cierta medida, no se estaba dejando engañar. El mecanismo era mucho más complicado: estaba pidiendo a gritos que alguien le desvelara una doctrina o ideas que le ayudaran a dar sentido a su vida, que se hicieran cargo del pesado fardo que era su existencia, que se responsabilizaran de sus frustraciones, ambiciones, aspiraciones y penas. Pilar no se había planteado con sinceridad que estaba cayendo en un lugar peligroso. Creía, como si fuera una drogadicta, que lo podría controlar todo en cada momento. Interiormente se aseguraba que abandonaría el grupo cuando hubiera sacado de él lo que buscaba. El anzuelo que le habían tendido, el recuperar a Antonio: esa fue su fatalidad. Ella lo mordió con fuerza. El cruel espejismo se clavó en la boca de su ánimo y se hincó más y más cada vez que intentaba soltarse. El que de por si tuviera tendencias anoréxicas e insomnio aceleró su pesca, al no recargar sus defensas físicas y psicológicas. 



     José Luis era ensalzado con exageración, adoración. La fama de su poder y su conocimiento del mundo oscuro era capaz de cautivar a todos aquellos débiles de razón y corazón. Líder indiscutiblemente carismático, era el primero en creer, sin fisura alguna, ser un poderoso oficiante elegido por el propio Satanás. Su mente enferma y extremadamente inteligente deseaba satisfacer sus más inmediatas necesidades, justificar sus limitaciones y debilidades. El grupo se basaba en una doctrina creada por él, y presuntamente recogida y aprendida de famosos maestros iniciáticos de medio mundo. Su idea del ocultismo era de un ecléctico compendio de tendencias pseudofisosóficas que pretendía desvelar los secretos y misterios naturales. El grupo creía en el a pie juntillas, a pesar de no ser lógico o demasiado elaborado; se limitaba a una parodia de una misa cristiana en la que se ridículizaba y blasfemaba todo significado divino. Se basaba en las debilidades y aspiraciones de sus seguidores. Tocaba a todos y cada uno de ellos su fibra sensible o era expuesta de manera que coincidiera con su forma de pensar, o sentir en aquel momento preciso. Gran parte de su atractivo se basaba en el oscurantismo. Sin embargó, como cualquier otra, no soportaría un análisis racional. Todo lo nacido de las creencias emocionales era inadmisible a la razón, incluido el conflicto del Dios padre y bondadoso, su reverso positivo. Nada de ello respondía a un proceso lógico de pensamiento, ni a un orden natural, ni a una realidad palpable. En el caso de Pilar, la doctrina había llegado a su corazón acariciando su ambición, promesas de riqueza, empleo, ayudas económicas, venganza contra su madre y deseos románticos o sexuales con su amado Antonio. Traía consigo grandes problemas emocionales antes de ingresar en la secta y, por ello, comenzó a sufrir daños adicionales en su contacto con los cultos extremistas que comenzaba a controlar su personalidad e inhibir su comportamiento autónomo. Estaba perdiendo los restos de su capacidad de pensar y funcionar de un modo efectivo, había entrado con más fuerza aún en ese estado difuso de atención limitada en el que los marcos de referencia ordinarios se difuminaban con rapidez.

miércoles, 6 de abril de 2016

EL AMARRE (Segunda Parte)



EL AMARRE (Segunda parte)

Pilar, esperanzada, se dispone a cumplir sus deseos de recuperar a su amor adentrándose en un universo desconocido hasta el momento para ella.


EL AMARRE (Segunda Parte)


       El pequeño obsequio consistió en un decorativo incensario de madera con incrustaciones de latón para quemar varillas de incienso con aroma a sándalo, también incluidas. Pilar agradeció el insignificante detalle, comparado con los cerca de trescientos euros que había pagado por la consulta y los componentes para hacer el ritual de separación y  amarre.
   Pensando en la manera de llevar el ritual a cabo discretamente y no en su casa, decidió alquilar una pequeña habitación en una pensión de la calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol. Consumado en su propia casa, no podía efectuar los complicados sortilegios sin que su madre preguntara. Con una pequeña maleta en la que había metido al azar algunas prendas de vestir, entró en el cuarto. Era sencillo, antiguo pero muy limpio y con baño privado. La dueña resultó ser una mujer agradable de mediana edad que, tras preguntarle cuántos días pensaba quedarse, le entregó las llaves del portal, de la pensión y de su cuarto para que entrara y saliera a su antojo. Sobre una desvencijada cómoda, fue colocando todos y cada uno de los objetos que había comprado: alfileres rojos, una pastilla de carbón vegetal, tres muñecos: uno negro, otro rosa y el amarillo; una estampa de  D. Juan de Volteo -que no  sabía quién era y del cual desconocía su historia-, esencias,  velas y sahumerios. Los contempló alternativamente, recordando cómo debía de utilizar cada uno de ellos. El sortilegio debía de llevarse a cabo comenzando en un martes. Ese tipo de trabajo era uno de los adecuados para el caso en el que hubiera tres personas involucradas en el tema amoroso; la pareja formada por Antonio y su mujer, y Pilar que disputaba el amor del primero. Debía de separarlos antes de realizar el ritual de atracción de Antonio. Ni siquiera consideró las implicaciones de tratarle como un objeto sin voluntad; las consideraciones de “obligar” a alguien a querer sin la propia iniciativa nacida del “alma”.
Se desnudó completamente y se lavó las manos con las aguas correspondientes a aquel día, nombres vagos y extraños que no significaban nada para ella pero en los que creía en esos momentos.
     La habitación no contaba con mesa de escritorio, así que depositando la lámpara en la cama, tomó la mesilla de noche y la colocó de manera que le fuera más práctico proceder. Sobre la opción elegida colocó un paño limpio de color blanco, unos de los azules, las tres figuras, los alfileres rojos y recipiente con el carbón vegetal. Ungió las velas con esencias oleosas de dudoso aroma, prendió el carbón y echó sobre él varios sahumerios que comenzaron a  humear y crepitar. Ella se percató de que el olor podía llamar la atención de alguno de los huéspedes o de la misma dueña de hostal, así que abrió la ventana -que daba a un patio interior- de par en par. Bautizó, como si fuera un sacerdote, a los tres muñecos. El negro se llamaría Elvira, el amarillo a Alberto y el rosa llevaría su nombre: Pilar. Los pasó varias veces por el humo, cada vez más denso, cada vez más crujiente a causa de las resinas inflamables. Luego, con sumo cuidado para no quemarse, pasó uno de los alfileres y lo clavó en la cabeza del muñeco que representaba a Antonio mientras recitaba la oración que le habían entregado... En un papel, sobre la tela, colocó las figuras de Elvira y Antonio juntas y la suya separada. Luego, se lavó las manos con otra de las aguas.
        De pronto cayó en el detalle de que, a la mañana siguiente, cuando la dueña entrara a hacer la habitación, ésta se encontraría de cara con toda aquella parafernalia. Explicó que deseaba que no arreglarán su cuarto, ya que sus horarios podrían ser muy irregulares; no sabía ni cuando se podía acostar o levantar. Pilar agregó que, por ello, no  supondría ningún inconveniente  asearlo ella misma. Sólo le quedó la confianza de que la mujer cumpliera su promesa y no le venciera la curiosidad. Aquella noche durmió  convencida de que los hados estaban ya trabajando, cumpliendo sus promesas mediante las ofrendas que había realizado.
 Ya miércoles, salió de compras. Convencida de que para el éxito de la operación también tendría que poner algo de su parte compró dos modelos atrevidos en una tienda  carísima. No le importó el precio; tenía que aparecer ante Antonio deslumbrante, sensual e irresistible. Su preferido estaba compuesto por un pantalón de pitillo, estampado en colores muy vivos, conjuntado con una camisa sin mangas anudada bajo el pecho, dejando ver su vientre liso y suave. Pensando que el conjunto quizá fuera demasiado veraniego para aquella época del año, pues estaba comenzando  octubre, también adquirió una sobrecamisa haciendo juego que le daba una gran facilidad de movimientos. Por la tarde visitó varias zapaterías y tras probarse más de una docena de pares, se llevó cuatro. En la pensión se probó todos los conjuntos, se contempló en el espejo, ensayando posturas y andares, poniendo al día su feminidad.
El jueves, ansiosa, repitió el mismo proceso con las aguas azules y las velas marrones. En esta ocasión, colocó el muñeco amarillo entre los otros dos y separado de ambos, tras clavar en el segundo alfiler rojo, en este caso en el corazón. Pilar soñó aquella noche que el verdadero corazón de Antonio comenzaba a inflamarse de amor por ella, sintiéndose cada vez más ajeno a su esposa.
       El viernes descubrió que su tarjeta de crédito se encontraba casi en números rojos. Decidida, fue a una casa de empeño y compra de oro, tan populares en los últimos tiempos. Ella y el dueño regatearon durante largo rato sobre el valor de una cadena de oro con un pequeño berilo, un anillo también de oro y una pulsera. No sufrió demasiado al desprenderse de aquellos recuerdos regalados por Antonio y que había conservado a lo largo del tiempo. ¡Cuándo regresara a ella obtendría muchos más! Le dieron lo suficiente para sus propósitos.
Fue a un salón de belleza. Le hicieron una limpieza de cutis que dejó su piel tersa y resplandeciente,  la manicura y pedicua, se permitió un relajante masaje corporal y se arregló el pelo de manera natural, sin complicaciones estilísticas. Hacía meses que no cuidaba tanto su imagen y, hacerlo, levantó su autoestima y su seguridad pérdidas desde el día en Antonio rompiera con ella. Al salir a la calle, la gente volvía la mirada con admiración, algunos incluso la piropearon con mayor o menor acierto y educación. Estaba hermosísima. Pensó que quizá hubiera una manera de  obtener algo de dinero de manera fácil y rápida para ir tirando...
             El sábado continuó con el ritual. Hizo lo mismo que los anteriores, pero con las últimas aguas y unas de las de color verde. Esperanzada, clavó el tercer y último alfiler en el vientre del muñeco bautizado con el nombre de Antonio y le ató al  rosa -el suyo-, con una cinta roja, dándole tres vueltas y finalizando con tres nudos. Envolvió todos los componentes con el trapo blanco, incluidos los amantes atados. 
          No había dudado ni un momento el lugar en el que debía determinar el ritual: la Casa de Campo. Sin problema alguno, salió del hostal y tomo el coche. Era noche cerrada. Durante el camino fue imaginando nuevamente todo aquello que supuestamente  había sucedido durante los días anteriores. La dependienta le había asegurado que en el plazo de una semana  su hombre se pondría en contacto con ella, regresaría a su lado con amor renovado y fogosa pasión. Cuando aparcó el vehículo y salió de el, se sintió intimidaba por la solitaria y silenciosa oscuridad. Hacía fresco. No le hubiera sobrado  alguna ligera prenda de abrigo. Paso a paso se internó entre los árboles, mirando detenidamente alguno de ellos con la predisposición de intuir cuál sería el elegido. Finalmente, se paró ante un gran pino de grueso tronco y ramas extendidas. A tientas, con la escasa luz de la luna en cuarto menguante avanzado, sacó un pequeño pico de su bolsa y comenzó a cavar con ansia bajo el árbol, buscando sus raíces. Pequeños terrores de tierra -al principio secos, más tarde húmedos- fueron amontonados a su derecha. La piqueta retumbó hasta sus hombros: había topado con una piedra. Dificultosamente la agarró por uno de sus extremos para sacarla, pero era más grande de lo que parecía. Haciendo palanca con la herramienta y una piedra de  tamaño medio  consiguió levantarla, no sin romperse algunas uñas dolorosamente.
El esfuerzo hizo que su organismo entrara en calor. Ya no sentía fresco, sudaba. No se le había ocurrido vestirse más adecuadamente para no mancharse: tal vez con unos vaqueros y unas zapatillas deportivas y no con una falda ajustada y zapatos de medio tacón. Se secó la frente con el dorso de la mano, dejando pequeños granos de tierra adheridos en ella. Colocó la bolsa en el hueco que había dejado la piedra y empujó esta hasta dónde la había encontrado. El bulto quedó completamente sepultado. Satisfecha, la cubrió con la tierra extraída. Para que no se notara que alguien ha había estado hurgando ahí, rebuscó ramitas resecas y piñas, esparciéndolas al azar sobre el suelo removido. Se quedó mirando el lugar durante unos minutos. 
 Sólo le quedaba una cosa por hacer. Tomó el muñeco negro por un extremo con la intención de prenderle fuego. La incineración debía hacerse con cerillas, no con mechero. Tuvo que de encender tres antes de que una pequeña llama amarillenta lo inflamara. Poco a poco se extendió, cuando el calor fue insoportable lo soltó y dejó que terminara de consumirse en el suelo. Un odio visceral acompañó a la destrucción de la figura; finalmente la pisó con rabia y esparció sus cenizas lo más distanciadas que pudo. El ritual había terminado.

 Pilar regresó a su casa, es decir, a casa de su madre. Ella ni siquiera preguntó dónde había estado, mi alabó la nueva imagen de su hija. Pilar, a pesar de saber cómo era, había albergado la esperanza de que ella le halagara. No fue así. Disimuló el odio y el rencor acumulados de aquella progenitora tóxica emocionalmente.
Tachando los días en el calendario con un rotulador rojo, transcurrieron las jornadas. Finalizado el tiempo previsto  no sucedió nada. Dejó transcurrir unos días más, durante los cuales comenzó a desesperar. Con ansiedad, se interrogaba si había cometido algún error al hacer el ritual o si el trabajo no había sido lo suficientemente potente. La dependienta le había advertido la lejana posibilidad de que no diera buen resultado en el caso de que los amantes hubieran hecho  algún otro trabajo que les protegiera contra la brujería. Era improbable, una posibilidad entre un millón. Sin embargo, Pilar se aferró a ella  ya que no quería reconocer que todo lo que había hecho no había servido de nada, que era un engaño. Era más fácil mentirse a sí misma y no perder el ánimo. No sabía si cabría la posibilidad de reclamar. Al fin y al cabo, no era un comercio en el que la gerencia asegurara que si un cliente no quedaba satisfecho se devolvería el dinero. Evidentemente, algo ha había salido mal. A los quince días de haber efectuado el supuesto hechizo, Antonio no había aparecido pidiéndole perdón declarándo su incondicional pasión.

lunes, 7 de marzo de 2016

EL AMARRE (Primera Parte)







Este será un cuento más largo de lo usual y posiblemente conste de cuatro post para no cansar al paciente y sufrido lector. Tal vez sea el relato más "oscuro" hasta el momento, junto con el relato "ELEVARON". Está basado en hechos reales, en parte de la vida de un hombre que podía haber llegado a ser mi pareja; por azares del destino nuestros caminos se encontraron y también, oportunamente, se separaron.¡Menos mal!
Nada más lejos de mi intención de molestar, herir susceptibilidades con la evolución de la trama u ofender a las mujeres. Como licencia literaria el que una mujer fuera la protagonista daba más juego. A ellas les puede quedar siempre el consuelo que en la realidad fue un hombre.
En todo caso, el sexo del protagonista, así como la orientación sexual que tenga es algo que considero secundario. Esta es una historia de desamor-que no de amor- y de como, según deseemos....
  
EL AMARRE (Primera Parte)        

LECTURA DE CARTAS. TAROT. ESPAÑOLAS Y BRASILEÑAS. PREPARACIÓN DE PERFUMES PERSONALIZADOS: AMOR, DINERO, TRANQUILIZANTES, SUERTE, AMARRE, CONTRABRUJERIAS, LLAMA CLIENTES. ASESORAMIENTO DE PAREJAS Y TRABAJOS DE PROTECCIÓN.
AMULETOS DE TODO TIPO PERSONALIZADOS. VELAS PREPARADAS PARA TRABAJAR Y RITUALES DE ALTA MAGIA.
RAPIDEZ Y EFICACIA ASEGURADAS.
VEN A CONOCERNOS Y RECIBIRÁS UN PEQUEÑO  REGALO.


El anuncio, uno más entre tantos insertados en aquella revista especializada, había llamado poderosamente su atención. En el margen superior derecho de la página treinta y dos, bajo un fondo azul celeste rodeado de símbolos cabalísticos, las palabras amarre y rituales de alta magia captaron su interés. ¿Un ritual de amarre podría atraer a Antonio de nuevo a sus brazos? La tienda no se encontraba muy lejos, incluso podía acercarse andando dando un agradable paseo. Pilar siempre había sido un poco supersticiosa, si bien no había profundizado demasiado en aquellos temas esotéricos. Pasar  bajo  una escalera  o que se cruzara ante ella un gato negro despertaba en su ánimo ciertos temores difíciles de controlar. Ahora comenzaba atraerle cada vez más a aquella otra forma de interpretar la vida, la realidad. De niña, había creído en la magia, en protectoras hadas madrinas, terribles dragones con ojos de color carbón encendido, en juguetones duendes esquivos, brujas malvadas que separaban a príncipes enamorados, hechizos o encantamientos en eterna lucha a favor del bien o el mal. Con la madurez, todo aquello había quedado atrás,  junto a los muñecos de peluche, las cocinillas de juguete y creencia en los Reyes Magos. Ahora, su mente desesperada buscaba una última salida que cambiara su situación, un  entorno que no podía ni quería aceptar.
Tras dos días de reflexión se acercó a la tienda, mejor dicho, dejó que sus pasiones, emociones e impulsos la dominaran sobre el raciocinio. Si todo lo que había intentado hasta momento para recuperar a Antonio -o para olvidarlo- había sido inútil, ¿Por qué no probar aquello? Ante el torbellino imparable que era su vida, deseaba entregarse, dejarse llevar, delegar sus propias responsabilidades y acciones en terceras personas o laberínticas circunstancias. ¿Qué podía perder? ¿Dinero? Ya estaba acostumbrada a derrochar;  podía ser una de las mejores inversiones que nunca había hecho. La esperanza  a llevar una vida normal,  aniquilar sus problemas y, sobre todo, atraer su amor perdido, inclinó la balanza. No sin cierto recelo, se paró durante unos minutos ante el escaparate, observando los objetos, a  los dependientes y clientes. A través de simpáticas brujitas de tela y cartón sobre sus escobas o sentadas ante sus bolitas de cristal, de amuletos y libros especializados, comprobó que  tenían un aspecto normal. Respirando hondo traspasó la puerta. Una música New Age de fondo, suave y relajante le tranquilizó. Llena de curiosidad ante la cantidad de objetos desconocidos contempló alguno sin detenerse demasiado. Fisgó unas velas en forma de falo, de esquelética muerte, de diversos Santos, de budas sonrientes en distintas posiciones, de calaveras, de hombres y mujeres desnudos, de serpientes, cabezas y otros diseños difíciles de describir. Curioseó aceites y esencias rituales para ungir y vestir las velas que se encontraban en los estantes de al lado,   hechos con resinas, raíces y cortezas inidentificables. Pasó delante de bolas y pirámides con supuestas propiedades energéticas de distintos colores, tamaños y materiales; al lado de medallas, colgantes, pendientes, pulseras y talismanes con figuras antropomorfas o signos complicados, anillos fotocromáticos que aseguraban cambiar de color según el estado de ánimo, péndulos de radiestesia, puntas de cuarzo, piedras del zodiaco, libros y folletos sobre la reencarnación, viajes astrales, cábala, astrología, rituales mágicos.
-¿Puedo ayudarte en  algo?
Pilar se sobresaltó. Una chica joven con sonrisa luminosa se había acercado a sus  espaldas sin que ella se diera cuenta. Su cabello era largo, hasta casi la cintura, trenzado al estilo africano con brillantes y coloridos abalorios. De su cuello colgaba un amuleto de plata en forma de garra que sostenía una esfera de cristal azul turquesa. Le pareció muy bonito y original. La dependienta se dio cuenta de que lo miraba.

-Se llama la garra del poder -explicó tomándolo con su mano derecha para enseñarselo a Pilar más de cerca- y protege del mal de ojo, envidias y toda clase de vibraciones negativas proporcionando salud, y dinero y amor.
-¡Es precioso! -asintió Pilar.
-¿Qué es lo que necesitas? -insistió ella.
-Bueno, -dudó- no lo sé... Quisiera consultar una cosa, y saber si puedo hacer algo para cambiarla a mi favor
-¡El universo está íntimamente unido, es como un círculo- comenzó a explicar la chica moviendo las manos-, todo lo que está conectado puede ser modificado moviendo o influyendo en uno de sus elementos!
       Pilar no supo que replicar, no la comprendió. Simplemente deseó que ella se encargara de todo, que organizara su existencia.
-Si quieres -propuso la dependienta- podemos pasar a aquella habitación y hablar más tranquilamente.
Pilar sintió miedo, ese miedo ya familiar al desconocido, a lo desconcertante, a lo increíble. El hecho de que su interlocutora fuera una mujer influía positivamente. De haber sido un hombre, no hubiera cedido.
-¿Cuánto cuesta la consulta? -preguntó Pilar ante lo inevitable.
-Treinta euros la tirada de cartas para consultar tu situación y ver los condicionamientos positivos y negativos que te rodean. Tengo que ver tu pasado, el presente y el posible futuro. Lo demás..., si quieres algún ritual –añadió haciendo una pausa- dependerá de lo que quieras y como quieras hacerlo. Sin dar tiempo a la respuesta dio la vuelta al cartel de la entrada al comercio mostrando a la calle un “vuelvo pronto” con bella caligrafía. 
Pilar temió que descubriera demasiado sobre su pasado, aún así la siguió hasta el cuarto. Entraron en un pequeño cubículo en el que había encendidas varias velas y varillas de incienso junto a figuras e imágenes a veces reconocibles y en otras  extravagantes. Ella le había preguntado lo que quería, y Pilar lo diría; desde luego que lo diría.
-Me llamó Iris –informó- si te sientes más relajada puedes fumar, no me importa. Aquí estamos fuera de la vista del público y los inciensos ocultan el olor.
   -Gracias- respondió Pilar sacando inmediatamente una cajetilla de su bolsillo y encendiendo un pitillo.
     -Para empezar, usaremos solamente las cartas del arcano mayor del tarot; luego también las de los arcanos menores. Barájalas -dijo entregándoselas a Pilar- y  centra tu mente en lo que quieres saber. La Energía debe pasar a las cartas, magnetizarlas...
-¡Estoy un poco nerviosa! -repuso Pilar.
-Tranquila, relajante. Cierra los ojos y mezcladas hasta cuando quieras. -Pilar así lo hizo-. Ahora, corta la barajan tres montones.
        Pilar formó tres pequeñas llanuras con los naipes.
     La pitonisa los tomó, comenzó colocarlos y a levantarlos, haciendo muecas y gestos de concentración, sorpresa o duda ante cada uno de ellos.
-¡Vaya! -exclamó la vidente- ¡tu vida parece que no ha sido nada aburrida!
      Pilar se dispuso a escuchar atentamente todo lo aquel mundo del más allá quisiera transmitirle. Tal fue su interés, que el cigarrillo se consumió por sí solo en el cenicero en forma de estrella depositado en la mesa, al lado del tapete rojo donde Iris estaba concentrando su energía.

jueves, 12 de noviembre de 2015

ELLA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



RETRATO DE UNA SOLEDAD EN EL OTOÑO DE LA VIDA: UN AFECTO Y COMPLICIDAD PERDIDOS  



ELLA


Mis pensamientos vuelan esperando la inminencia presumible de la muerte, mientras la vida escapa de entre mis labios con el gemido efímero de aquél que se siente virtualmente al borde de lo que tanto ha deseado. Diez años pasaron ya desde que aquellos dulces jugueteos y caricias dejaron los míos de alimentar, de que mis sentidos se expresaran torpemente a lo largo del resto de mi existencia, pues ya no había nadie con quién me sintiera cómo con ella. Ella fue la primera. En todas la veía y a ninguna he logrado querer como a aquella.

Murió, como una más de entre las anónimas vidas que la fea Parca -monstruo grande y negro- exige sin piedad como libación ritual en culto sangriento. Murió... murió... murió... , me lo repito una y mil veces, pero algo dentro de mí se niega a aceptarlo. Es demasiado duro, es demasiado triste, demasiado... 

He esperado día tras día a que aparezca, alegre, rebosante de vida, de calor, de sangre palpitante y no como sangre inútilmente perdida. Espero, porqué la casa es grande y la siento vacía; porqué los ecos de su silencio aletean. Miro a un lado, miro a otro, y continuamente los recuerdos de tiernas escenas me embelesan. Espero, inútilmente, volver a sentir su cabeza en mi pecho, sus miembros atrapados en mi cintura, su dormitar plácido cuando se recostaba en mis piernas.

¡Murió! Sin saber por qué moría. ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué no me llevaste contigo? ¡No!, No pienso que así lo quisieras. Pero, ¿no ves que ahora no puedo acariciarte ni tenerte entre mis brazos?

Ella, pálida y radiante como el amanecer trémulo de una primavera, silenciosa como la escarcha depositada en la noche. Era hermosa, pero el más rico origen de encanto no radicaba en su exterior, sino más bien en su interior escondido y refulgente que atacaba con insistencia y con piedad el mal que había en mí y que raramente quería reconocer. Supuso, en cierto modo, la voz de mi conciencia.

Porque germinando de la tierra calmaba mi sed su fruto maduro, prieto de pulpa y zumo vital. Ahora, germinando de la tierra, después de tantos años, me sostengo cual árbol sin frutos, sin obras que puedan ser semillas a la hora de que la leña de mi cuerpo se corrompa y sea también, posiblemente, pasto de las llamas cómo inútiles troncos que ya no se asemejan a lo que fueron.

Por ello, durante años, por no mirar al mundo que te arrebató de mí, agacho la cabeza con vergüenza ajena, con el mirar triste, hablar huidizo, semblante pálido y desolado; agacho la cabeza resentido, devorado por el odio, por el olvido de tu faz paulatino y por ello, sin paz dolido. Agacho la cabeza, mas no humilde sino duro altivo en mi hundimiento y con furor desabrido. Me tienta la sumisión, pero es el corazón el que recupera la entereza.

Pero de mi corazón, no de la tierra, germina la esperanza; por qué ella, bella entre las bellas rosas marchitas, primorosa entre los montes áridos y calcinados de mi interior, bonita entre las ruinas de mis proyectos e ideas cuando aún no había despertado del letargo que el odio y resentimiento me habían provocado y alimentado; ella, preciosa entre lo deformado, me dio nueva existencia.

Levántate frente, acoge tu dignidad inherente, tanto en los momentos de interior lucha, cómo en la hora decisiva y, a veces temible, de la triste escucha. ¡Levántate, no te hundas! No consientas corazón mío ser también destruido, si no por las armas, por el delirante raciocinio.

¡Pobre de mí, cuanto tiempo perdí! Roce sus pelos cómo en un sueño, con la inquietud y sensación que se tiene cuando se toca algo que se cree prohibido y a la vez maravilloso. Nada había en ellos que no dejara de traslucir la cariñosa personalidad de su dueña.

Ahora, mis sienes plateadas desde hace tiempo me traen noticias de que un invierno total e inminente se acerca a los noviembres de mi vida; y así, mientras tanto, anhelo y sueño con la eterna primavera por venir, a la cual me acercaré de nuevo y para siempre a mi perra en un infinito y tierno abrazo por el fin de los tiempos, donde las lágrimas no existirán, ni habrá dolor, ni caninos cuerpos que sean arrebatados por borrachos y mezquinos conductores, y habrá vida, y habrá calor.

Lo que me diste nadie me lo arrebatará, está dentro de mí. En mí interior permanecen la fidelidad, la paciencia, la mirada sin reproches, la alegría al recibirme al llegar a casa tras una larga jornada, el restregar de tu cuerpo en mis piernas como si algo de gato tuvieras, los brincos, saltos, juegos, destrezas; los momentos en los que sólo a ti te tuve como única compañera.

Llegué a quererte, quizá egoistamente, más que a los seres humanos, pues en mi ser nunca me sentí tan admirado y aceptado como por ti.



La reina no es la muerte, ni el rey el olvido, sino tú, mi chucha callejera.




viernes, 5 de junio de 2015

LECTURA DEL RELATO "EL OKUPA" POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ EN LA FLAUTA MÁGICA.





La vida da muchas vueltas, todo cambia y lo que creemos saber acerca de nosotros y de nuestro entorno se encuentra en continua evolución. En ocasiones vivimos la existencia como una guerra y nos podemos sentir invadidos.




domingo, 3 de mayo de 2015

CULO VEO, CULO QUIERO (AUDIO RELATO).POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ




CULO VEO, CULO QUIERO (AUDIO RELATO)
POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ


Los refranes tienen su aquel y en este caso puede censurar jocosamente a los caprichos, a quienes se les antoja cuanto ven. ¿O tal vez no siempre es aplicable? 


sábado, 7 de marzo de 2015

ELEVARON.POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ

ELEVARON


EL UNIVERSO ESTA EXPECTANTE ANTE ACONTECIMIENTOS Y LUCHAS INESPERADOS. LA DESTRUCCIÓN Y LA NADA  PERMANECEN DURANTE EONES. ¿QUIEN ES QUIEN? ¿QUE HA SUCEDIDO? ¿DONDE ESTÁ LA SALIDA?



ELEVARON



Elevaron sus brazos al tiempo que recitaban extraños cánticos llenos de devoción a sí mismos. Como si desearan alcanzar las supernovas, articularon los versos de sus manos de manera armoniosa, acariciando el éter mediante complicados dibujos de significado invisible. Sus ojos ciegos intentaron captar una luz que ya no existía, de sus oscuras cuencas vacías manaba sangre maldita sustituyendo las lágrimas piadosas que no fueron vertidas en su momento. Silencio, sobrevino el silencio. Dolorosa espera repleta de esperanza vana.


Tanto los simples harapos como las ricas y coloridas vestiduras se desbarataron sin pureza. Confusos, caminaron desnudos, desposeídos, por los pedregosos senderos incandescentes, contemplando vívidamente en su imaginación el recuerdo de parajes anteriores al desguarnecido que ahora existía. Dunas, montículos, vientos ardientes, calor, desolación... Como almas en busca de un cuerpo que les acogiera fueron deambulando desesperadamente, chocando unos con otros, preguntándose mutuamente:



-¿Dónde se encuentra el camino? ¿Dónde está la luz? ¿Por qué? 





Recíprocamente se interrogaron obteniendo la misma respuesta, en cada momento más cargada de desesperación.

-¡No lo sé! ¡No lo sé...! 

Sus sarmentosas y resecas manos palparon el suelo agostado, sus grietas, sus cenizas, en busca de algo vivo además de ellos mismos a lo que aferrarse. Sólo encontraron cadáveres, cuerpos inertes, consumidos que, al roce de su tacto, se transformaron en polvo, polvo gris, polvo muerto, polvo agraviado que escapó aturdido para posarse perezosamente a sus pies. Vino la noche, más ellos sólo notaron su presencia el percibir momentáneamente el frío alivio sobre sus llagas y ampollas. Los escasos cabellos que les quedaban se quebraron, desaparecieron desmenuzados de sus cráneos; las uñas se desprendieron de sus dedos tras tanto intentó fútil de asir algo en un universo intangible. La carne hedionda se desprendía a colgajos purulentos. De nuevo se preguntaron:

-¿Dónde está la luz, donde el calor? ¿Por qué? ¿Dónde se encuentra la salida?

Una vez más ninguno pudo erigirse como el portador de la respuesta, de la esperanza. Y la angustia les fue invadiendo más hondamente con matices refinados y desconocidos, la desesperación atenazaba sus conciencias abotargadas, el aterimiento traspasó sus cuerpos alcanzando sus entrañas causando un dolor cercano al de la muerte. Asustados comenzaron a empujarse primero, para reñirse abiertamente luego. Encogidos, empobrecidos, quisieron evitar gemir, pero ni aun eso consiguieron. Retazos de gangrenados recuerdos de otros tiempos vividos, de otras existencias distintas y placenteras se materializaron en sus mentes con la dulce melancolía de aquello que fue bueno y que perdieron. Las lágrimas de sangre se intensificaron al ser momentáneamente conscientes de aquella otra vida de la que fueran despojados. En aquel momento, las temperaturas cercanas al cero absoluto las helaron casi inmediatamente.

De pronto, el silencio se quebranto. Un rumor se fue acercando lentamente hasta que, bruscamente, se convirtió en un lamento ensordecedor. Los ecos de dolor de los que quedaron atrás, de aquellos que fueron destruidos, de aquellos que perecieron antes que ellos traspasaron sus mentes. Como un gemido incoherente de significado se fusionó con sus propios lamentos. Remordimiento, el remordimiento se alió al frío para continuar devorando sus entrañas vacías y descompuestas.


Ya no había lágrimas, ya no había sangre, casi no había huesos con que palpar. Sólo quedaron muñones desgastados por el roce constante e infructuoso, por las peleas inútiles, por la interminable búsqueda de Vida. Algunas falanges quedaron olvidadas en el camino. Las ásperas lenguas ya no existían y sus resecas gargantas sólo podían emitir gemidos inconexos con los que intentaban interrogarse acerca de la luz, de la salida... Sus pies se habían roído de tanto caminar y, ahora, se arrastraban penosamente sobre los restos de sus esqueléticas extremidades. El calor, la arena, las afiladas rocas que antes desollaran sus piernas reclamaron ahora lo que restaba de carne, calcinaban al presente sus huesos. Poco a poco, abandonaron fragmentos necrosados de sí mismos durante su desplazamiento, jirones que les pertenecían pero que nada podían hacer por recobrar. Vino la noche, y nuevamente el frío les atenazó. Quebró sus dientes confusos, ajó aún más sus cráneos desguarnecidos, desmenuzó muchos de sus descalcificados huesos.


-"¿Y la luz? -pensaron- ¿Dónde está la salida? ¿Hasta cuándo tendremos que vagar en la desolación?"

Intentaron por millonésima vez comunicarse inteligentemente, mas únicamente pudieron transmitirse guturales alaridos procedentes de su tristeza. Reaparecieron los ecos de los que les precedieron en el exterminio y, aún careciendo de oídos, escucharon desde su dictamen los clamorosos reproches, los armónicos lamentos de sus víctimas. La conciencia se manifestó como consciencia y recordaron las cabezas que en su nombre se cercenaron, las mujeres a las que se violaron, los niños a los que se degollaron; las victimas de mil y un genocidios y holocaustos, las causas sin acciones por la que fueron aniquilados. En sus mentes se formaron interminables montañas y valles de cadáveres, océanos y mares de muerte y destrucción cometida por ellos o en su nombre. El sentimiento de yerro se anexionó al frío para continuar socavando lo poco que quedaba de sus entrañas.


El soplo trasladaba la polvareda de sus entidades de un lugar a otro, era castigado por el solo hecho de serlo. Las cenizas se interrogaban mutuamente, en silencio:

-"¿Dónde está la salida? ¿Dónde está la luz? ¿Acaso no hay fin para esta tortura? ¿Estamos condenados a la eternidad de la nada? "

Las moléculas, azotadas, abrasadas por el viento intentaron modificarse, conformar una mínima y simbólica apariencia de los cuerpos que fueron a fin de albergar su ego. Más los egos no fueron capaces ya de encarnare. Ya solo eran eso: egos. El frío más puro y cruel experimentado hasta el momento los cristalizó.

Emergieron de la negrura los fantasmas de sus víctimas. Miles de millones de rostros se cernieron sobre sus consciencias. Todos distintos, todos diferentes, todos con su historia, todos muertos, sin dejar descendencia ni en la memoria de los suyos; pues por haber no había descendencia, ni memoria, ni suyos... No quedaba nada; solo quedaba la nada…Y en esta ocasión recordaron claramente, recordaron todo el dolor, muerte y destrucción que ellos mismos generaron. La congoja no tuvo por donde expresarse al carecer ya de cuerpos. Sólo sus sentimientos parecían sobrevivir, y desde ellos, incapaces de soportar tanto horror, por fin clamaron:

-¡Basta ya! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Lo sentimos!


El céfiro se paralizó, los astros detuvieron su curso, las estrellas esperaron atentamente sentir sus palabras, las llamas del infierno parecieron congelarse, el tiempo quedó suspenso, el universo entero se distorsionó a la espera de la reflexión final. Los Creadores fueron conscientes de que solamente tras purgar el mal realizado, tras reconocer la destrucción de la que fueron responsables, encontrarían la paz, la luz, la salida. La Humanidad, juguete de sus manos, se presentó ante ellos como una sola voz. Tras eones y eones, los Dioses y Humanos extintos -el crepúsculo de lo que todos fueron- se comunicaron.


-"¿Dónde está la luz? -Inquirieron algunos Dioses más elementales-¿Dónde se encuentra la salida?"


Los espectros de los que fueron Humanos, de los que fueron sus Hijos, respondieron:


-Sin mortales que os adoren, ¿Qué sois? Sólo bocas vacías, oídos sordos, cuerpos imaginarios sin ropajes, muertos eternos condenados a la soledad y a la invisibilidad.

-“¡Somos Dioses! –Respondieron- estamos más allá del bien y del mal. Somos inmortales. ¡Nuestro es el poder!

¿De qué os sirve a vuestro presunto poder, si no sois capaces de cobrar forma ante vosotros mismos, si ya ni entre vosotros os reconocéis? Sin nuestros miedos e ignorancias, sin nuestras alegrías y frustraciones, sin nuestras esperanzas y deseo de trascendencias, sin nuestra fantasía no sois nadie; si no creemos en vosotros no sois nada. No existís si no lo hacemos nosotros. ¡Ese es nuestro poder!.

Los ecos reverberaron disgustados con intención de regresar al mundo de la nada y esperar eones a que los Dioses se encontraran preparados para entender. El decepcionado cosmos se disponía a entrar en movimiento.

-“Esperad” –suplicaron- ¡Ayudadnos! ¡Salvadnos! ¡Dadnos la luz! No nos dejéis aquí.

-No podemos hacer nada -clamaron como una sola voz-; no existimos, no somos. Nos aniquilasteis o permitisteis nuestra destrucción. Contemplasteis impasibles nuestra evolución. A lo largo de los tiempos, en el nombre de cada uno de vosotros hemos sido juzgados, sacrificados, torturados; se han levantado guerras malditas en nombre de vuestra bendición. Únicamente si decidís Morir para Crear de nuevo, tendréis una oportunidad. Vuestra limitada fuerza creadora se encuentra aún en vuestras esencias. Debéis sacrificar vuestra inmortalidad para instaurar un mundo mortal. Ese mundo mortal y perecedero evolucionará. Con suerte generara seres conscientes de sí mismos y de su caducidad, entes que -como nosotros- ante el miedo a dejar de existir, ante la necesidad de dar explicaciones y significado a lo desconocido os reinventarán, os necesitarán. Ante fenómenos como el rayo, el viento, las aguas, el movimiento de los astros, la vida y reproducción de los animales y plantas o la muerte de los miembros de sus sociedades los nuevos seres primitivos carecerán de explicaciones racionales. Al no disponer de respuestas naturales para sus interrogantes se refugiaran en otras que aludan a fuerzas o seres sobrenaturales. Sólo así naceréis, tendréis nombres, formas, poderes y se os adorara; sólo así tendréis cuerpo, color, luz, salida del mundo de la sombras y del desierto de la no existencia.

El universo permaneció absorto.

-Ahora bien, una vez vivificados habréis de cuidar a vuestros nuevos adoradores para que no perezcan como colectivo; tendréis que ser bondadosos con ellos, deberéis protegerlos incluso de ellos mismos, pues de lo contrario la Nada regresara.


Las cenizas se removieron, recombinaron sus átomos, se transmutaron de inorgánicas a orgánicas. Edades más tarde, apareció la atmósfera y con ella vino la luz nueva, con la luz se recombinaron reiteradamente las cenizas. La nueva vida se edifico a partir de los restringidos restos de cuerpo simples: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, así como de los restos de calcio, azufre y fósforo. Los dioses inmortales perecieron, los ecos se extinguieron y la vida efímera comenzó a extenderse y afianzarse poco a poco. Inicialmente bajo la aparición de moléculas orgánicas como los ácidos animados, azúcares, urea. Con el tiempo aparecieron las células simples y más tarde las formas de seres más complejos.


Transcurrieron eternidades y períodos. Los vergeles abundaron, los ríos se extendieron, los seres vivos evolucionaron, se transformaron e intentaron dominar la tierra bajo distintas formas, pero muchas fracasaron. Mientras tanto los dioses permanecieron olvidados, dormidos, muertos... Un sinnúmero de días y noches transcurrieron bostezando. La conciencia de sí mismo intento emerger bajo el frío y el calor, pero no lo consiguió. Probó suerte primero en los mares, más tarde en el cielo, finalmente sobre la tierra. Unos seres débiles y primitivos se desarrollaron, tuvieron conciencia de sí mismos y de su muerte, buscaron sentido a la sequía, a la enfermedad, al dolor, pidieron protección en la caza y para su familia y hogares.

Un día, unos inquietos arácnidos se preguntaron:


-¿Dónde está la luz? ¿Dónde está la salida? ¿De dónde venimos? ¿A donde vamos? ¿Qué sentido tiene la muerte?

Elevaron sus peludas patas hacia el cielo al tiempo que sus mandíbulas recitaban extraños cánticos llenos de devoción. Como si desearan tocar el cielo articularon sus pedipalpos de manera armoniosa, acariciando aire, percibiéndolo a través de sus pilosidades: la primera y rudimentaria adoración apareció. Ese día aconteció la vuelta de los Dioses. regresaron del olvido a causa de la necesidad de conclusión de los arácnidos; sus preguntas les devolvieron a la vida.

Las antiguas cenizas se reunieron, del polvo cobraron vida,fueron tallados y esculpidos, tomaron formas y colores semejantes a los de sus fieles pues, al fin y al cabo, habían sido creados a imagen y semejanza de sus criaturas.

En ese día las primeras deidades fueron bautizadas, se les otorgó poder. Acompañaron a aquellos seres con el firme propósito de no permitir que murieran.ya que un eco del pasado susurraba que no sería de su agrado encontrarse de nuevo en el infierno y purgatorio al que los Hombres, primeros Avatares Creadores de los Dioses les habían relegado a causa de  sus pecados.