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martes, 2 de julio de 2013

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO (SEGUNDA PARTE)





(ADVERTENCIA DE CONTENIDO HOMOERÓTICO EXPLICITO)

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO (SEGUNDA PARTE)

El salón estaba presidido por una foto en blanco y negro –enmarcada- de un chico blanco desnudo sosteniendo en sus brazos un rollizo bebé negro. El adulto, sentado en una silla de mimbre, con los pies cruzados sobre una mesa también de junco -ocultando púdicamente sus genitales- miraba al rorro dormido, que apoyaba su cabecita sobre su hombro derecho. Al fondo se veía el mar a través de una ventana abierta. Le agradó la combinación de virilidad y ternura que el fotógrafo había logrado plasmar en aquella imagen.

Las mesas laterales y del centro eran de cristal y hierro con acabado óxido-cobrizado. En primer término, grandes candelabros de hierro forjado. Al fondo, un mueble estantería de madera de olivo con marquetería de Ten contenía varias piezas de cerámica vanguardista de polifacéticos colores y formas. El éxito de los contrastes estribaba en el azul fuerte de los sofás, los azules y óxidos de los cortinones y la madera de cerezo para casi la totalidad de los muebles. En otra pared, bajo una réplica de un cuadro del pintor Antonio López, se encontraba la cadena de música.

-¿Te gustan los cantos gregorianos? -preguntó Jorge. Roberto se acercó por detrás mientras él se agachaba para poner en marcha el equipo. Agarrando su cintura, dio un significativo golpe de caderas.

-Me encantan -contestó, dándole un beso en la mejilla cuando Jorge se incorporó.

 -Eres un irreverente -censuró banalmente Jorge.

 -¿Por qué? ¿Por la música sacra?

-En parte sí, pero también porque quieres cometer sacrilegio con mi cuerpo –bromeó-.

-Por ti, no me importaría caer en herejía –replicó socarronamente.

Cuando comenzó a sonar el “Puer natus est nobis” en modo VII, la habitación cobró un encanto cercano a lo mágico. Se sentaron en el sofá, muy juntos. Jorge cerró los ojos y movió la cabeza al son de los cantos, embargado por la música como si hubiera sido poseído por miles de musas que le dominaran. A Roberto le gustó aquella pasión con que vivía el ritmo y disfrutaba de las notas. Se limitó a observar aquella faceta que no esperaba descubrir en un hombre aparentemente tan rudo y viril: la sensibilidad.

El piso era pequeño, pero en él se vivía a lo grande, ya que Jorge había estudiado las necesidades más importantes, sin reservar espacios inútiles para actividades que se podían realizar en contadas ocasiones. La sensación de amplitud se veía favorecida gracias a la utilización de los mismos materiales y colorido a lo largo de toda la vivienda. Había conseguido armonía, continuidad y equilibrio sin sobrecargar demasiado algunas zonas. Los poco más de sesenta metros cuadrados se habían distribuido en un salón-estar, un dormitorio principal con libros, un segundo dormitorio para utilizar básicamente como estudio, un baño, cocina y recibidor que, por sus dimensiones, era más un aislante con respecto al rellano de la escalera. Colores fuertes, que oportunamente contrastados producían un entorno atractivo, daban al apartamento un encanto relajado. Las paredes estaban cubiertas con estuco veneciano, con fondo beig y, sobre éste, óxido rojizo. Los techos eran lisos, algo más claros y las molduras color blanco, con el fin de separar visualmente paredes y techos y conseguir la ilusión de mayor altura. Las puertas estaban lacadas en mate, al tono de las paredes.

-Es una casa preciosa –alabó Roberto por cuarta vez, obligando a Jorge a salir de su ensimismamiento. Él sonrió.

-Gracias. He tenido que ingeniármelas para tener de todo en tan poco espacio. He prescindido de la librería, pasándola al dormitorio, y el comedor lo he sustituido por esta mesa de centro -explicó tocándola con la palma de la mano-, que con solo girar la base se puede convertir en una mesa para comer.

-Realmente ingenioso. La casa está muy bien aprovechada.

-Espero que opines lo mismo de mí -respondió inclinando la cabeza para besarle  al tiempo que posaba una de sus manos en el muslo, ascendiendo lentamente a su entrepierna.

-Primero tendremos que comprobarlo, ¿no crees?

-Quisiera enseñarte un par de libros en el dormitorio... ¿te apetece? -propuso con doble intención.

-¡Me encanta cultivarme! -exclamó dándole un cariñoso azote en el culo.

Jorge se levantó y disminuyó la intensidad de la iluminación, basada en apliques de yeso orientados hacia el techo y estucados igual que las paredes para que no cobraran protagonismo. Al entrar en el dormitorio el vigorexico advirtió que, el empleo de los colores fuertes, lejos de achicar el espacio, creaba un ambiente cálido y acogedor.

Sus especulaciones en el gimnasio durante sus ejercicios iban a esclarecerse… Contra todo lo esperado el acercamiento había sido mucho más rápido y natural de lo que abrigaba o había planeado. Esa misma tarde, en los vestuarios, mientras Jorge se duchaba y Roberto se secaba las piernas sentado en uno de los bancos, el vigorexico encontró abierta su bolsa de deporte. Al lado de una toalla cuidadosamente doblada, un peine, un frasco de colonia Loewe y desodorante de la misma marca, se encontraba un ejemplar de la revista digital “GAY+ ART” sacado por la impresora y cuidadosamente encuadernado en una carpeta de plástico transparente. Jorge se acercó con el propósito de tomar la toalla justo en el momento en el que Roberto se había inclinado para contemplar mejor la portada.  Pensando que era la oportunidad que esperaba, Roberto se decidió.

-¿Es el último número?

-Si, -respondió Jorge, sentándose a su lado. Comenzó a secarse vigorosamente la cabeza, con el pene reposando sobre los listones de madera del banco- Ha salido ayer…

-El ordenador me está dando problemas  y no he tenido tiempo de bajarla –respondió Roberto con una naturalidad que tranquilizó a Jorge-. ¿Podrías prestármela como termines de leerla?

-Tengo una idea mejor -argumentó con una incipiente erección que no intentó disimular-: ¿Te apetece que la veamos juntos en mi casa?

-Desde luego. Me parece una idea estupenda.

Estaba claro que, al llegar a la casa, la revista no saldría de la bolsa de deportes.



En el dormitorio, la cama estaba situada contra la ventana, separada por una repisa que hacía las veces de cabezal. La luz exterior era tamizada con una cortina de lamas orientables. A ambos lados, estanterías de madera de cerezo que llegaban hasta el techo, parecían a punto de desmoronarse bajo el peso de los numerosos libros. Una de las baldas parecía desafiar las leyes de la gravedad. A la izquierda se encontraba una mesa de cristal y acero. Jorge colocó un cenicero y una cajetilla de tabaco rubio al lado de un despertador digital en forma de pirámide. Se desnudaron mutuamente con lentitud, sin pasar a la siguiente prenda hasta aquella parte de sus cuerpos no fue completamente explorada. Dejaron la ropa a los pies de la cama, sobre un mueble con cajones de idéntica madera que las estanterías. La camiseta de Roberto se deslizó por uno de sus extremos hasta caer al suelo de parquet. Apartaron la colcha azul, y mientras Jorge apagaba los focos del cabecero, Roberto se tendió en la cama. Aún había suficiente luz natural como para mantenerlas encendidas y la penumbra les proporcionaba un escenario agradablemente erótico. El canto gregoriano que llegaba heréticamente desde el salón propiciaba la intimidad.
Jorge acarició los muslos de Roberto. Después, con fuertes y experimentados dedos, masajeó sus nalgas y las ingles, hasta que él se dio la vuelta. Jorge, entregado, frotó y oprimió su pene con falso disimulo. Roberto permaneció con los ojos cerrados y se dejó hacer.



Jorge tomó su polla y la introdujo en su boca; le agradó que estuviera húmeda y caliente. Primero tomó su miembro con la mano y lo acarició levemente con sus labios como si besara una flor. Luego cerró los dedos como si fuera un tallo y besó y mordió la punta del capullo. Roberto aparentó mostrarse insensible ante su deliciosa insistencia. Lejos de arrendarse, su compañero lo introdujo en la boca cerrando los labios con fuerza, tirando de él como si deseara arrancárselo. El badajo cobró un vigor desconocido para el propio Roberto. Por unos instantes pensó que iba estallar. Satisfecho por la excitación que provocaba, Jorge introdujo el dedo índice entre sus nalgas con precaución. Fue fácil, apenas se resistió… Mientras lo metía y sacaba rítmicamente se insertó su miembro en la boca más profundamente y lo apretó y soltó alternativamente, para terminar mordiéndola suavemente. A Roberto le fue imposible permanecer inmóvil por más tiempo y posó las manos sobre la cabeza de Jorge acompasando sus movimientos, empujando con fuerza para que la felación fuera más intensa. Como respuesta, Jorge apartó sus manos y las sujetó, acariciando el miembro con su lengua hasta que de nuevo lo introdujo en su boca hasta la mitad, acariciándolo y chupándolo enérgicamente. Era evidente que Roberto eyacularía de un momento a otro. Deseando que quedara totalmente satisfecho, Jorge se metió todo el badajo en la garganta, apretándolo con gran esfuerzo hasta el pubis, como si quisiera tragárselo entero. Roberto se arqueó violentamente entre gemidos incontrolados cuando su amante insistió que excretara en su boca. A pesar de sus súplicas salpicadas de placer no cejó en su empeño, sino que siguió masturbándole hasta que Roberto casi lloró, sintiendo como si  su alma abandonara  el cuerpo durante unos segundos en los que se sintió morir dulcemente y alcanzar lo divino.

viernes, 10 de mayo de 2013

LOS ORGASMOS DE VIGOREXICO





LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO

Dedicado a M.A.V .con todo cariño, tal y como le prometí.

 Algunos pasan por etapas en las que el cuidado de su cuerpo es esencial y una fuente de superación, de realidades e incluso fantasías.

LOS ORGASMOS DE VIGOREXICO

Roberto caminó erguido, orgulloso de su cuerpo, con la presunción y exhibición de aquellos que lo han cuidado y quieren transmitir su masculinidad ante los demás tanto como convencerse a sí mismos de ella.

Tras la noche anterior se sentía vigorizado. Natalia había insistido -sin que él se resistiera- en amortizar la suite del hotel hasta el último momento, antes de abandonarla a las doce. Esperaba que las aparatosas manchas en las sábanas pasaran desapercibidas cuando las camareras asearan el cuarto. Sabía que era estúpido  preocuparse por lo que pudieran comentar; al fin y al cabo no le conocían y estaban acostumbradas a ver manchas de semen –entre otras cosas- todos los días. Habían desayunado juntos, tardíamente, en una pequeña cafetería en la calle Cisneros. Varios albañiles se quedaron mirando a Natalia y, su fuera de lugar vestido de noche. Ante su indiferencia los obreros se la comían con los ojos, se daban codazos y luego carcajeaban escandalosamente. Roberto pensó que aquel objeto de deseo que ellos no podían tocar había estado entre sus brazos poco antes. Esto le hizo sentir que se encontraba en un agradable escalafón de superioridad a pesar de no encontrarse en un andamio. Ellos nunca sabrían lo que era yacer con ella y de lo que era capaz. Culpable por haber devorado ávidamente cinco porras junto a dos cafés con azúcar -pues no tenían sacarina-, se había consolado ante la perspectiva de que durante aquella misma tarde, a base de constancia, perdería las calorías ganadas con glotonería.

Ella se había mostrado silenciosa, su mente parecía estar en otro lugar; no prestaba atención a la conversación. Al contemplar sus ojeras -que no logró disimular el maquillaje- las achacó al cansancio. A la luz del día seguía siendo bella, pero el misterio y sofisticación de la noche habían disminuido notablemente, a pesar de haberse retocado en el baño durante casi media hora. “Al fin y al cabo es bastante mayor que yo, ¿qué esperabas?”-se explicó a sí mismo-. Había intentando mantener viva la conversación, pero sin demasiado éxito. La mujer que se encontraba junto a él no era la dinámica y segura de sí misma de la jornada anterior. Al despedirse, se habían intercambiado los números de teléfono móvil con cierta vergonzosa premura.

Con aparente indiferencia se encaminó a las barras para hacer unas dominadas. Era un magnífico ejercicio para desarrollar los músculos de la espalda: él era un ejemplo evidente de su indudable, a la par que sacrificada, efectividad. Se requería una gran fuerza muscular para llevar a cabo el ejercicio con cierta dignidad y elegancia. Los novatos solían desistir avergonzados a la cuarta o quinta repetición -si es que llegaban-, necesitando en muchas ocasiones un compañero más avezado que les ayudara a alzarse y disminuir el peso de su cuerpo, sosteniéndoles.

Alzó la vista, sabedor de que algunas miradas distraídas contemplarían su evolución. Su joven ego narcisista se sintió henchido, y por lo tanto reafirmado. Indudablemente acudían al gimnasio otros cuerpos mucho más fuertes y desarrollados que el suyo, pero no importaba mientras también gozara de su público. Se ajustó las muñequeras, se agachó para cobrar impulso y, como un resorte, se lanzó hacia las barras. Le satisfizo su precisión. Con una separación de las manos algo mayor que la anchura de los hombros, permaneció colgado de la barra durante unos segundos. Desde esa posición, ascendió hasta que la barra quedó por debajo de sus clavículas, y el  tríceps pegado al dorsal. Tal como le habían enseñado cuando comenzó a asistir al gimnasio a los dieciséis años no se dejó caer volviendo a la completa extensión de los brazos -lo que le había propiciado una pequeña lesión años atrás-, sino que resistió la tensión muscular con estoicismo. El ejercicio, inexplicablemente, le proporcionaba un doloroso placer similar al erótico. Cada vez que el esfuerzo era mayor, la tensión de sus sudorosos brazos se iba haciendo implacable. A pesar de ello continuó –con la mandíbula apretada-, manteniendo el pecho salido y respirando correctamente; aspirando el aire al bajar el cuerpo y expulsándolo al llegar al final de la repetición. Al cabo de tantos años de práctica, el proceso y la sincronía eran automáticos;  por ello, pudo permitirse el concentrar sus pensamientos en Natalia. Recordó sus caricias y su piel. Se imaginó desnudo, realizando complicadas maniobras sexuales junto a ella, ambos colgados de la barra, como si fueran trapecistas de un circo evolucionando sin red. Finalizadas seis series de diez, se dejó caer suavemente sin perder el equilibrio, se sentó y descansó; sólo lo suficiente para recuperarse un poco, no permitiéndose mostrar su verdadero cansancio.

Una parte de él se sentía tentada a llamarla durante los próximos días; otra, reconocía que, en el caso de hacerlo, la relación nunca iría más allá de decrecientes escenas de cama y relativa intimidad. Con el tiempo, si es que continuaban tratándose, podrían llegar a ser amigos, pero desde luego no empalagosos enamorados. Emocionalmente sólo conseguiría implicarse con un hombre, enamorarse de un hombre. Había sido sincero durante el desayuno cuando le confesó que, si bien había disfrutado con ella, sus preferencias bisexuales eran predominantemente masculinas. Ella no había demostrado sorpresa, su rostro no se inmutó ni hizo comentario alguno, quizá albergando la consabida esperanza de “redimirlo” totalmente para la heterosexualidad, demostrando así el poder de su femineidad. Muchos caían en aquel error de perspectiva y creían que el fracasar equivalía a un menoscabo de su poder de seducción. “No -rechazó Roberto-, es demasiado inteligente como para pensarlo”. Llegó a especular sí que aquel silencio durante el desayuno se podía atribuir a aquella revelación, pero lo cierto es que éste había aparecido mucho antes, prácticamente al salir del hotel.

Roberto se levantó para hacer unas series de bíceps crural. Se tumbó boca abajo, con los talones enganchados en la parte del aparato giratorio, haciendo fuerza con el bíceps crural hasta que el aparato se elevó con facilidad. La resistencia que ofrecía no le pareció suficiente. Movió la clavija que equilibraba las pesas dos líneas más arriba, sumando diez kilos al contrapeso de la máquina. Mantuvo todo el cuerpo en contacto con el tablero  apretando los glúteos para no levantarlos. La presión contra la acolchada superficie y el inevitable deslizamiento le originó una erección.

Desde donde se encontraba contempló a un compañero de gimnasio haciendo aberturas con mancuernas. Era Jorge, un joven moreno, bien proporcionado, con rizado vello en el pecho y algo mayor que él. Se había matriculado tan solo unos tres meses atrás. Sus músculos no estaban tan definidos como los suyos, ni eran tan voluminosos, pero denotaban un trabajo constante y una equilibrada proporción. No habían coincidido demasiado durante los entrenamientos y, cuando lo hacían, tal sólo cruzaban unas palabras de saludo, comentarios triviales y adioses. Nada personal... Roberto se sentía cada vez más atraído por él y procuraba estar cerca suyo.

Jorge, con el propósito de atacar directamente los músculos pectorales, se encontraba tumbado en el banco con las mancuernas encima del pecho y los brazos semi-extendidos. Bajaba los brazos hacia los lados, con los codos ligeramente doblados y las palmas de las manos hacia arriba. A través de las piernas abiertas -sujetándose con los tobillos al banco- asomaban sus genitales de entre unos vaqueros cortados casi a la altura de la entrepierna. Algunos no utilizaban ropa deportiva a pesar de que las normas del gimnasio así lo establecían. A la hora de la verdad, cada uno vestía como quería sin que ningún monitor le llamara la atención por ello. Roberto le contempló ensimismado, agradecido de que no llevara ni slips ni suspensorio, disfrutando aún más de su ejercicio y de la situación privilegiada, intentando ajustar su ritmo al de su compañero como si se encontrara sobre él, armonizando y complementando ambos ejercicios en uno solo. El objeto de su deseo, al llegar a la posición máxima, comenzó a subir nuevamente los brazos contrayendo los músculos durante todo el movimiento, procurando no encajar los codos al finalizar el ejercicio, realizándolo estrictamente, con lentitud.

La excitación de Roberto llegó al clímax. Los gemidos del orgasmo pasaron desapercibidos, confundiéndose con los del sufrimiento del esfuerzo físico. Finalizó las series cuando finalizó su placer. Exhausto, permaneció unos instantes tendido, parpadeando pero sin apartar la vista, jadeando ante aquel doble esfuerzo cardiaco. El sudor corporal disimulaba la humedad de la corrida

Satisfecho de la placentera jornada se duchó con la intención de sentir deslizar del agua fría sobre su cuerpo para vigorizarlo nuevamente. En las duchas comunitarias compartió su desnudez con un jubilado de sesenta y dos años que en unos meses, sin haber hecho anteriormente ningún tipo de ejercicio, consiguió moldear su aspecto con la armonía de un joven. Era extraño el contraste con su cara avejentada y llena de arrugas, que conservaba el innegable atractivo de cuando fuera mozo. Roberto le admiraba por su constancia y tenacidad. No conocía ningún caso como aquel  y deseó envejecer como él.

Dejó el gimnasio, despidiéndose virilmente de los compañeros y monitores, cargando sobre el hombro la bolsa de deportes. “Ciertamente, hacer ejercicio proporciona grandes satisfacciones -se dijo a sí mismo con picardía.”

En las últimas veinticuatro horas había hecho el amor en tres ocasiones: dos físicamente con una mujer, y una con un hombre, en su imaginación. Hacerlo con Jorge en su mente durante unos minutos le había satisfecho más que con Natalia durante casi toda la noche.

“¿Cómo será tenerlo realmente entre mis brazos?”

Pensó que tendría que hacer algo para intentar averiguarlo.

Mientas hacía ejercicio en el salón de su casa encontró la manera de hacerlo...

LOS ORGASMOS DEL VIGOREXICO


(RELATO INCLUIDO EN EL NUMERO DOS DE LA REVISTA GAY+ART)