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viernes, 23 de mayo de 2014

VIOLETAS PARA AMALIA. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ



Dicen que el amor nos hace ver las cosas de una manera diferente cuando permitimos que entre en nuestras vidas. ¿Permitimos que por miedo o por lo que digan los demás se nos escapen oportunidades?

(DEDICADO A MI VECINA PILAR )


VIOLETAS PARA AMALIA


Como todos los días, Antonio se acicaló con discreción, pero sí lo suficiente como para intentar impresionar a Amalia. Se había despertado más temprano de lo habitual, pues le parecía que la cama se encontraba provista de alfileres puntiagudos que azuzaban a sus carnes para que se irguieran de una vez. Las horas, los minutos, discurrían perezosamente, y pensó que el mejor remedio para aplacar su intranquilidad era la prematura actividad. 


El pijama cayó al suelo, como una inerte piel de serpiente expulsada ante la aparición de una nueva, cuando se introdujo la ducha. Se demoró bajo ella hasta que el agua fría terminó por despejar sus pensamientos y vigorizar su cuerpo. Se afeitó cuidadosamente para no infringirse los cotidianos cortes o enrojecimientos en su castigada piel. Se peinó meticulosamente y se echó colonia, sonriendo con incredulidad ante el recuerdo de los gratificantes efectos sensuales que su publicidad prometía. Eso sí, se puso la camisa blanca que ella le había regalado por su cumpleaños, dos meses atrás. Se contempló satisfecho ante el espejo que, tal como esperaba, le devolvió un guiño de complicidad. 

Desayunó en la cafetería de la esquina. El ser cliente asiduo tiene la ventaja de intercambiar “buenos días” y obtener en la mesa lo que se desea. Algunos camareros, por cortesía, solían añadir: “¿Lo de siempre?”. Degustó el café con churros con una fruición que a él mismo sorprendido, procurando no ensuciar su impoluta vestimenta. Y ahora -como siempre- se encontraba quince minutos antes de lo previsto en el lugar de la cita, sentado en uno de los viejos bancos cercanos a los almendros. Siempre se había sentido atraído por ellos. Árboles aparentemente muertos durante meses, de pronto, de su sequedad manifestaban vida, flores rosadas o blancas se abrían escandalosamente de entre unas ramas desprovistas aún de hojas. El parque era amplio y cuidado. Gracias al casi nulo ruido del tráfico podía apreciar el canto de los gorriones, a veces nerviosos, en ocasiones confiados, que cabían en un puño. Con épico valor se aproximaban para picotear, nerviosamente, las migajas abandonadas de meriendas infantiles. 

Le gustaba acudir el primero a la citas, revivir la sensación de descubrimiento, de novedad, atracción al verla aparecer destacando de entre todas las mujeres como un ángel de mirada azul, muy azul. Cotidianamente dedicaba este interludio a recordar el como la conoció. Fue allí mismo: faltaban días para hacer un año. Sí, los almendros ya habían roto en flor. Durante uno de sus paseos había posado sus ojos en ella inevitablemente. Se encontraba sentada, llorosa, ausente, con una apariencia de sangrante soledad. Antonio pensó primero en ignorarla, en no entrometerse en aquella vida ajena. ¡Bastante tenía con sus propias preocupaciones! Finalmente se sentó junto a ella en el otro extremo del banco e intentó entablar conversaciones intrascendentes y tópicas que la distrajeran o, incluso, arrancaran el esbozo de una sonrisa. Así, sin pretenderlo, sin esperarlo, sin desearlo... empezó todo. Tímidamente comenzaron a buscarse cada vez que iban al parque, procuraban sentarse cada vez más cerca el uno al otro. Un año significaba muchos paseos compartidos, conversaciones mantenidas, confidencias intercambiadas. El invierno había favorecido otro tipo de intimidad al tener que guarecerse en la cafetería con terraza cerrada climatizaba que permitía nuevas complicidades. 

No, no fue un flechazo. El no había creído nunca en ellos. Fue el paulatino conocimiento mutuo, y el compartir esperanzas y desesperanzas, ilusiones, momentos en la mesa, cines, actividades en común; el pasado, un poco de futuro y sobre todo el presente. No, - reflexionó- esa relación no nació como una solución para matar el tiempo, era para vivirlo. Así lo sentían ambos a pesar de todas las adversidades. Antonio deseaba llegar hasta el final, dar el paso decisivo, expresar visiblemente sus deseos y sentimientos. 


Con puntualidad, ella apareció. A él se le alteró el corazón como el primer día. Ella, al verle, retocó su cabello recogido en un acto de inconsciente coquetería. Lucía un vestido estampado en tonos azules, unos zapatos y un bolso perfectamente conjuntados junto una blanca pasmina ligera, mas como complemento coqueto que por necesidad climatológica. ¡Siempre en ella la azul! ¡Se acercaba su dulce princesa, la reina de su corazón, la dueña de su vida, el despertar de su alma! 

El se levantó; le dio besó en la mejilla depositando en sus manos un ramillete de violetas y se sentaron juntos en el banco, muy juntos. A ninguno pareció molestarle. Mirando nerviosamente a su alrededor, por si alguien les observaba, se cogieron de la mano y decidió hablar. En el interior de su boca encontró piedras frías que incomodaban su dicción y absorbían su saliva como si fueran esponjas marinas. Nada de lo que tenía tan primorosamente preparado salió de sus labios. No era su memoria, sino su corazón el que le dictaba las palabras. 

-Amalia, gracias por acudir una vez más. Siempre temo que un día no te presentes, que te hayas cansado de mí, de esta situación. Sabes lo mucho que significas para mí, a pesar de que nunca te lo he dicho claramente –añadió bajando la mirada-. Sabes que, hasta cierto punto, lo que estamos haciendo es absurdo. Un absurdo para los demás, sin embargo para mí es lo más coherente y palpable de mi vida. -Antonio inspiró profundamente. Las pequeñas rocas le seguían incomodando. Al fin, tras unos segundos de dudas y titubeos, se decidió. 

-Mis sentimientos van mas allá de la amistad…No me salen las palabras. No me juzgues mal. Te quiero, Amalia. 

Una extraña sensación de serena euforia invadió a Amalia. El instante imaginado mil veces se había hecho realidad. En el pecho de la anciana comenzó a latir el corazón de una jovencita. ¡No era una locura! ¿Era posible volver a vivir? Una lágrima se deslizó por sus arrugadas mejillas. El azul sólo se nubló en sus ojos. 

-¡Amalia! -Replicó el nerviosamente- ¿Te he ofendido? ¿Te ha molestado lo que te he dicho? 

-No, al contrario.- calmo ella, dándole una cariñosa palmadita con la mano libre. 

Con su mano derecha, en la que se apreciaba el paulatino avance de la artritis, se dejó llevar por lo que sentía. Sin darte importancia a que el resto de los jubilados miraran o no, acarició sus blancos cabellos, esos cabellos que en algún tiempo fueron negros, rizados, siempre rebeldes. Hacía lustros que habían dejado de existir para dar paso al color del otoño, casi del invierno 

-¿No te das cuenta de que yo también te quiero, aunque digan que somos unos viejos? En realidad lo somos –apostilló encogiéndose de hombros-.Afirman que a nuestra edad ya no hay lugar para el amor o las pasiones, sin embargo -afirmo con dulce ironía y sonrisa abierta- eres el príncipe azul que esperaba desde mi juventud. 

Antonio escuchaba atentamente y las piedrecillas se disolvieron como terrones de azúcar, dejando en su paladar un regusto a sosiego. 

-Estoy confusa –reconoció-. Somos viejos. ¿Qué es lo que sentimos si nuestros cuerpos no son que eran? Somos arrugas, achaques, una colección de pastillas, dentaduras postizas, estamos más cerca del fin de lo que creemos…. 

-Amalia, desde que me jubile mi vida no ha sido más que soledad. Al no haberme casado el trabajo llenaba el vacío, me evitaba pensar demasiado en él. Nunca encontré una mujer que me amara; tal vez no aprendí a amar lo suficiente para descubrir y conservar el amor. Buscaba a otras cosas... ¡Ya sabes! 

Amalia intentó interrumpirle con un gesto de fingido escándalo. Le impidió continuar con el tema. El gusto de su boca ahora era dulce y siguió por otros derroteros. 

-No hagamos caso al mundo que pretende condenarnos a la insensibilidad, que intenta convencernos de que somos inservibles para amar, para esperar, para vivir en deseos o pasiones. No escuchemos a nuestros compañeros, que nos miran asombrados como si estuviéramos cometiendo un pecado, como si quebrantáramos las buenas formas y maneras, como si él cariño estuviera reservado a los jóvenes. Hagamos las locuras que nuestra juventud no cometimos, o repitámoslas. No por ello aceptaré ser “un viejo verde” 

-Antonio -objetó ella con curiosidad- ¿Qué es lo que puedes ver en mí, en un cuerpo erosionado por los años que no es la sombra de lo que fue? Otras mujeres, que se conservan mejor o que son más jóvenes podrían ofrecerte más. 

-Te quiero a ti. Quiero a estas manos apergaminadas, casi resecas, deformadas -susurró tomándolas más fuertemente entre las suyas- porque son capaces de acariciarme sin lástima o piedad. Para mí son tersas y suaves, son delicadas y hermosas como las de una jovencita. Son las manos que me dan y transmiten ternura. Sí, todo tu cuerpo tiene caminos que los años han recorrido por tu vida, al igual que el mío. Para mí tus mejillas son sonrosadas, tus ojos luminosos; tu boca, radiante, pues es la que me dice que me quiere aunque calle discretamente, y no otra. 

Amalia no pudo evitar sonreír. La verdad es que no podía negar que su pretendiente fuera un conquistador nato. ¡Que habría sido de joven! Sus palabras no la habían hecho sentir más joven, pero sí menos vieja. Recordó otros hombres, otras declaraciones, otros besos, otros cuerpos. Mensualmente se difuminaban, se confundían, se entremezclaban. El hambre impulsa a veces a cometer actos que no se desean, pero que parecen ser la única salida. Recordó, ya sin amargura, a los hombres a los que se entregó durante la guerra civil y postguerra para alimentar a su familia. Vino a su memoria la imagen de su fugaz marido, que la abandono con tres hijos pequeños para irse -como suele suceder- por otra más joven. Antonio estaba al tanto de esa oscura parte de su pasado, y aun así... Reflexionó. No, no habría tenido demasiada suerte con los hombres. 

-Está bien- concedió ella-. Vivamos los años que nos quedan con toda la intensidad que podamos. Neguémonos a convertirnos en despojos eternamente pegados al televisor, enfrascados en sus recuerdos, en los errores cometidos ó en aquello que perdimos. Apostemos por el futuro, aunque ese futuro pueda terminar mañana. Lo importante es amar, sentirse vivo, el que ya no nos encontramos solos; el que mi príncipe ha venido, después de tantos años, a rescatarme con su brillante armadura y afilada espada del monstruo que me tenía encerrada en el castillo de la soledad. 

Ahora fue el quien rió jocosamente al verse comparado con tan hidalgo personaje. En los ojos de Amalia, encontró el mar sereno una vez más, y contemplando respondió: 

-¡Valiente príncipe achacoso! ¡Con bastón en lugar de espada, con faja para la hernia en lugar de resplandeciente coraza! 

Ella beso sus labios logrando que Antonio se ruborizara ligeramente. Como a una doncella, apoyó la cabeza sobre su hombro contemplando el ramo de violetas. El más hermoso que nunca tuvo. 

A su lado, como todos los años en su aproximada fecha, los almendros despuntaban gloriosamente. Promesas de flores. Frente a ellos, en otro banco, un vejete con sombrero y gafas bifocales que fingía leer el periódico distraídamente les sonrió con complicidad. 

Pasados unos minutos alzó los ojos y ya no les vio. En cambio, su amigo Tomás se aproximaba con sus muletas nuevas tras someterse a un cambio de prótesis de cadera. En su fuero interno, deseo que se sentara a su lado. Ambos sabían de sus mutuas correrías, de sus amores pasados llenos de cautela por época en la que les había tocado vivir. 

-¡Hola , Buenos días! -dijo él, tomando asiento con esfuerzo para no caer de golpe-. 

-¡Hola! -replicó, arrojando el diario en la papelera cercana- “¿Y si me atreviera a decirselo?”-sopesó.







sábado, 8 de febrero de 2014

ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ







En pleno reinado de Felipe IV dos hombres solitarios con pasados distintos se encontrarán en Madrid




ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS




Desde que se asentara en Madrid años atrás, Hernán no tenía demasiados amigos, al menos no como los escasos que tuviera en San Román, su pequeña aldea natal de la provincia de Toledo. Su cuerpo había cobrado unas proporciones adultas, propiciadas por el duro trabajo que realizaba con sus músculos, con tanta pieza que arrastrar y tanta carne que cargar a sus espaldas. Esto le había ayudado a recuperarse físicamente de las fiebres tercianas, aunque el inicio había sido extremadamente duro. Su piel había recobrado el color de su raza gitana. Cuando trabaja descamisado sus compañeros observaban en silencio las cicatrices de su espalda ancha y brazos fornidos, pero ninguno osaba preguntar. Sus facciones infantiles se habían difuminado para dar espacio a las del hombre en el que se había convertido. Lo que no había variado demasiado era aquella mirada triste y melancólica ni su ligera cojera.

Hernán solo había encontrado trabajo en el Rastro, desempeñando un oficio que nunca hubiera imaginado ni deseado: rastrero, matarife... Habiendo huido siempre de las matanzas del cerdo en San Román, no tuvo más remedio que aceptar un empleo en el mercado de reses, vacas, guarros y carneros. El nombre del lugar se debía a que los animales sacrificados se llevaban arrastrando desde los corrales a los postes dónde eran degollados, y por el rastro de sangre que dejaban las piezas descuartizadas. El Rastro se encontraba muy cerca de la Puerta de Toledo, que era de construcción reciente, pues había sustituido a la de la Latina al ampliarse el perímetro de la ciudad en 1625 con la cerca de Felipe IV. En realidad, era de mala calidad y muy sencilla, con dos arcos iguales de ladrillo.

El Albergue de San Lorenzo estaba situado junto a ella y cerca del matadero. Daba cobijo a los pobres que no tenían dónde pasar la noche. En su llegada, Hernán había dormido a la intemperie hasta que un mendigo le había indicado el lugar. Hacía buen tiempo y por aquel entonces no quería gastar su capital a no ser que fuera necesario. Tras tantos meses de permanencia entre las cuatro paredes de la celda, dormir al raso casi era una necesidad, una experiencia liberadora. Sentir el viento en la cara, el sol sobre su piel, las hierbas cuando se tumbaba en el suelo, eran pequeñas cosas que no había valorado en su momento, pero que ahora eran como pequeños tesoros.

Había conocido al guapo pordiosero en las gradas de San Felipe, dónde se hablaba de la clase dominante, de los galanteos del Felipe IV y la prepotencia de su valido, el Conde-Duque de Olivares. Cuando sonaba la campana mayor de los agustinos anunciando el medio día, los contertulios se dispersaban para comer. Entonces, una turba de mendigos, vagos, sin techo y estudiantes de sotanas raídas se agolpaba ante la presencia de uno de los hermanos legos del convento que daba nombre a las gradas para disputarse los restos de las viandas conventuales. Un gallofero habitual, joven pero desdentado, que se aprovechaba de la sopa boba y vivía de ella, se había compadecido de Hernán informándole sobre dónde podría pasar las noches a cubierto…Compartieron jergón y caricias durante semanas, hasta que encontró a otro pardillo forastero que le desplazó. A Hernán no le preocupó demasiado ni se sintió despreciado. Sin bien había llegado a sentir cierto afecto durante aquellas noches de pecado nefando sabía que no era la persona que necesitaba.

Al poco tiempo fue cuando  encontró el trabajo en el  Rastro que le permitía pagarse un reducido cuarto en una sencilla posada. Se tenía que levantar pronto, de madrugada, para conducir las reses a dónde encontrarían la muerte. Con rapidez, para no llegar tarde, desayunaba naranja y aguardiente que vendían los voceadores ambulantes nada más amanecer. El lectuario, la confitura de naranjas amargas sumergidas en miel, era reconocidamente buena para combatir la bilis y le despejaba rápidamente. Le gustaba sentir su fuerza en el paladar, en la lengua. A partir de aquella hora acudían los compradores de carne y los que esperaban los despojos, como las asaduras, tripas, sesos, pulmones, gallinejas, criadillas y mollejas. Años atrás se distribuían gratuitamente, pero ahora, con vista comercial, se empezaba a venderlos a menor precio que la carne, pero como una parte más del despiece de las reses.
         
Durante semanas, Hernán había sentido nauseas, e incluso vomitado a la hora de clavar un cuchillo en el vientre de los animales y soportar sus chillidos de pánico, al desmadejar las gallinejas como si fueran grandes y grasosos ovillos de lana como los que viera hacer a su madre para tejerlos durante sus horas libres de invierno, al ver manar chorros de sangre caliente que despedían un olor dulzón. Atar a las reses a los postes de madera mientras mugían, gruñían o balaban le recordaba, invariablemente, las sesiones del tormento en las que, de manera similar, se había visto inmovilizado, gritando y llorando de dolor. De cuando en cuando, aún se despertaba  por la  noche  aterrorizado y cubierto de sudor, para descubrir que no estaba en una celda de la Inquisición, sino en un sencillo y humilde cuarto sin rejas y... sobre todo, libre.

Había conseguido que ciertos propietarios de las reses le permitieran quedarse con algo  de casquería. Humildemente, como los propios alimentos considerados como desperdicios, logró poner una pequeña barra de freiduría que había adquirido alguna clientela al paso de los meses. En su cuarto, partía los despojos en trozos grandes y los lavaba con cuidado, dándolos varias aguas, dejándolos sumergidos hasta el día siguiente, limpiándolos de nuevo varias veces. Tal proceso le había causado al principio no pocos incidentes con el dueño de la posada hasta que le descubrió con un joven mancebo andaluz. Hernán calló y no dijo nada a las autoridades ni a la vecindad con la secreta esperanza de que, llegado un momento determinado hiciera lo mismo por él. Así fue. Con discreta frecuencia se acostaba con curtidores, mercaderes errantes, pastores trashumantes…

Le agradaba la rudeza de sus cuerpos, la brusquedad de gestos, las distintas formas de enfrentarse a una forma de practicar el sexo prohibida e innombrable. Le causaba casi tanta satisfacción y placer el mismo hecho de la conquista, de la seducción; el interpretar de manera adecuada una mirada mantenida más de lo necesario o dirigida a una zona concreta de la anatomía, el roce o toque más o menos directo, con intención evidente. El riesgo era alto y su corazón se aceleraba tanto o más con el riesgo del coqueteo entre hombres como con el tacto de los cuerpos.


A menudo el río -especialmente cuando empezaba el deshielo en las montañas o abundaban las lluvias torrenciales- inundaba las riveras con remolinos de agua sucia, destruyendo todo cuanto se encontraba a su camino. Arrancaba de cuajo los bancos de las lavanderas o arrastraba la ropa sucia o tendida sembrando la muerte y miseria entre aquellas mujeres que en ocasiones eran arrebatadas por el Manzanares hasta el Jarama. Madrid había sido desde siempre una ciudad rica en aguas, cristalinos manantiales con cualidades medicinales y caños abundantes. A pesar de ello, el agua no llegaba a todos los puntos de la Villa y Corte, y las lavanderas se veían esporádicamente acompañadas de aguadores que coqueteaban o bromeaban con ellas y en ocasiones entre ellos y los viandantes. Era algo que le había llamado la atención despertando en él otro tipo de emociones que deseaba experimentar.

Antonio tenía dieciseis años. Era moreno, delgado, de pequeña estatura. No era especialmente tímido; la vida le había enseñado a defenderse. Como los demás aguadores  cobraba poco, apenas para comer en algunas jornadas. Si se daba bien el día se alimentaba de chicharrones y pan, o gallinejas con aguardiente para entonar el cuerpo. Su madre había sido lavandera y, como todas, iba de casa en casa recogiendo la ropa sucia de aquellos que se podían permitir aquellos servicios; después se encontraba en el río con algunas criadas que también saneaban y tendían las ropas de sus señores. Eran mujeres de vida humilde, generalmente viudas o madres de familia numerosa, maridos borrachos o fugados a las Américas, que vivían en chozas miserables. Bajaban de madrugada con sus cestos y cuarterones de jabón. Durante todo el día se deslomaban en forzadas posturas, descarnándose los nudillos de tanto restregar vestidos, trapos y sábanas, regresando a sus casas con las manos agrietadas o amoratadas a causa del frío, el jabón y el agua.

Antonio había crecido en ese ambiente y desde niño había pedido monedas a cambio de agua fresca o de dejarse hacer… si es que el cliente no era de su gusto. Eso no significaba que solo lo hiciera por dinero, sino que solo cobraba cuando el solicitante no era de su agrado. Ésto lo había descubierto de manera natural años atrás al observar como zagales mayores que él se entregaban a placeres sin nombre entre arbustos y matorrales, al comparar su incipiente vello púbico y miembro inquieto con los espesos y encrespados, con los penes arrogantes. En su primera vez pensó que iba a desmayarse ante aquel arrebato tan diferente a las manipulaciones solitarias, ante aquel torrente sorprendente expulsado en cálidas oquedades hasta entonces solamente contempladas, pero no compartidas.

En contraste con la miseria del pueblo medio y bajo al que él pertenecía, el poder del rey y la nobleza de su entorno se fortalecían día a día. Al establecerse la Corte en Madrid, la Villa se había convertido en el centro político de los extensos territorios del Imperio dominados por la Corona, y también de la vida política, económica y financiera de los reinos peninsulares. Todo ello, lejos de beneficiar y aumentar la capacidad y el poder del Concejo, no estaba suponiendo ninguna ventaja para la Villa y sus ciudadanos. Lejos de defender los intereses locales y vecinales, el Ayuntamiento madrileño se había ido convirtiendo en un muñeco en manos e intereses del Felipe IV. La pobreza en Madrid era miseria; él formaba parte de ella.

De pequeño, subiéndose a un cajón, tendía la ropa o se esmeraba en recogerla cuidadosamente para que no cayera al suelo y se manchara de nuevo. Hacía dos años que su madre y su hermana pequeña habían muerto a causa de los enfriamientos que desembocaron en pulmonías debido a la humedad del río. La hermana que sobrevivió había fallecido el febrero del año anterior junto a otras siete victimad en una de las más grandes e imprevistas riadas del río Manzanares recordadas.  Antonio  se había salvado de puro milagro al agarrarse a unos grandes tablones arrancados del lavadero por la fuerza del agua, rescatado en ultima instancia por unos viandantes valerosos y fornidos cuerpos.

Se había quedado solo.


Hernán tardó en descubrir que la Plaza Mayor de la ciudad de Madrid había sido levantada sobre la vieja y desordenada Plaza del Arrabal. Su ligera desviación de este a oeste había sido el resultado de la imposición municipal de que se dispusiera en paralelo a la prestigiosa calle de Guadalajara, tránsito más directo a Monasterio de los Jerónimos, al que acudía el rey. Por ser la única plaza digna, amplia y céntrica, era un escenario adecuado de fiestas, corridas de toros, juegos de caballos, ajusticiamientos, canonizaciones y Autos de la Inquisición. La Plaza Mayor, terminada en 1620, hacía poco más de treinta años, había sido la construcción más trascendental llevada a cabo hasta el momento. El pueblo se sentía orgulloso de ella, aunque viviera en la miseria. Su finalización, el ensanchamiento de los tramos más estrechos de la calle Guadalajara y el establecimiento de un eje central entre el Alcázar y la Plaza Mayor, con el Palacio de los Concejos en el centro había sido considerada una excelente idea.

Para hacer olvidar los problemas y pobreza que los madrileños tenían a causa de las repetidas crisis de gobierno y decadencia del imperio, de la arraigada afición de la sociedad barroca por la fiesta y la escenografía, las autoridades de la Corte organizaban en ella fiestas, desfiles, festejos y celebraciones organizados por la Corona, el Concejo o la Inquisición. La Casa Real se asomaba a los Balcones de la Casa de la Panadería, y lo mejor de la sociedad cortesana y el Concejo en los de la Carnicería. Hernán había sido invitado a seguir a alguno de ellos, a la prudente distancia que ha de hacerlo un plebeyo hasta que, tras entrar por la puerta de servicio esta desaparecía durante unas horas para luego ocupar cada uno su lugar en la calle. Ni saludos, ni menciones, ni tan siquiera repetidas proposiciones.

En las tabernas y botillerías se despachaban vinos manchegos que se vendían bien entre el populacho y del que Hernán era también asiduo; los vinos eran buenos aliados para justificar determinados deslices carnales con los que podrían justificarse o fingir olvidar los escarceos carnales. El de la “Membrilla” era considerado como uno de los mejores y solía venderse en cuartillos en puestos ambulantes y carromatos situados en la Plaza, así como en la de Santo Domingo y Puerta Cerrada. En ella había mercados de carnes, aves, verduras y frutas muy baratas venidas de las huertas del Alberche, Jarama y Henares; pero también granadas, limones y naranjas de Valencia y Murcia. También se podían encontrar escabeches, arenques, y salazones. Entre aquellos puestecillos, en una esquina, ponía Hernán el suyo no exento de cierto orgullo. Freía las gallinejas en aceite hirviendo y las sazonaba con sal, una cucharada de pimentón dulce y otra de picante. El olor que desprendían las fritangas se confundía con el de los productos de los puestos cercanos, las gentes poco aseadas y los animales vivos en venta, como gallinas, patos, corderos lechales o cochinillos. No ganaba mucho, pero con el trabajo de la mañana tenía suficiente para comer y pagarse el humilde techo sin tener que recurrir al refugio o tocar sus ahorros.

Estaba rodeado por estratégicas alojerías que alternaban su levantamiento, a veces en los mentideros, otras en las plazas. Ofrecían resolís, mistelas y aguardientes a precios competitivos y calidades diversas, según fueran más o menos aguados  por los vendedores. A la hora de comer, Hernán intercambiaba unas buenas gallinejas por una bebida de origen árabe compuesta de agua, miel, arroz y especias aromáticas: el hipocrás. Este y la aloja rivalizaban con los vinos causando no pocos incidentes entre tabernas, tenderos y buñoleros que querían venderlos. Y de nuevo eran lugares llenos de posibilidades para miradas, tonteos y rozamientos no exentos de riesgos y de algún rechazo airado.

La cercanía de los puestos callejeros concitaba la atención de numerosa clientela y en ocasiones hacían las veces de mentideros, en los que los soldados narraban sus proezas, los cómicos su fama y el público; generalmente se mentía sin medida. El tema favorito era la doble personalidad de Felipe IV. Por un lado era estricto y distante, rodeado de etiqueta, de religiosidad con pompa y circunstancia, el arrepentido mil veces de sus pecados; por otro, acudía a mujeres públicas de manera evidente, se filtraba en los corrales de las comedias, era amigo de excéntricos y obseso sexual. Todo ello proporcionaba jugosos rumores y matices para entretenimiento de la plebe.

Hernán despachaba a personas pertenecientes a los gremios artesanos que daban nombre a las calles cercanas: curtidores de piel, zapateros, herradores, guarnicioneros, pellejeros... Con el tiempo coleccionó oficios entre sus piernas, calles en sus labios. Su sueño era poder montar una tienda de cestería con su pequeña fortuna en el momento en que dominara bien las técnicas de manufactura de la ciudad y se quedara vacante algún local que pudiera pagar. Por las noches o en sus ratos libres, entre amante y amante, practicaba en la posada para recuperar la agilidad de antaño y copiar los nuevos modelos que había visto en los tenderetes capitalinos. No se resignaba a ser un matarife, como tampoco lo hacía a estar solo.   

           
En la Corte la moral férrea no se podía romper, pero si doblar en el sentido que se quisiera. Madrid estaba lleno de contradicciones. La fornicación apenas era un grave pecado; la pagada estaba admitida legalmente en ocasiones alternantes. En los últimos tiempos las mancebías más populares se habían visto abocadas a trasladarse. Las putas se mudaron al barranco de San Juan de Dios, a la Torrecilla del Leal y al barranco de Lavapies. Hernán necesitaba de sus servicios de vez en cuando, como desahogo de sus ingles cuando llevaba cierto tiempo sin estrechar en sus brazos espaldas fuertes o llevara sus labios dedos rudos.

Una barragana que le llevaba diez años, que conociera en el barranco de Lavapies y con la que había mantenido un contacto esporádico, le había enseñado años atrás a actuar de manera tranquila y sosegada, preocupándose no solo de su propio disfrute, sino también del que yaciera con él. Con ella descubría variedades dulcemente pecaminosas que nunca hubiera imaginado y que luego aplicaba a sus amantes masculinos. Aquellos hombres toscos se quedaban sorprendidos de lo que era capaz de hacer.

Desde hacía semanas tenía un  cliente fijo que le había llamado la atención. Su aspecto no podía ser más humilde. Sin que él se diera cuenta, Hernán le vendía los mejores y más grandes trozos a un precio menor del conveniente. Simplemente se sentía pagado por su presencia aniñada de mirada experta. Le percibía de manera distinta y no tardó en comprender que nuevas emociones emergían no solo de su entrepierna, sino de su pecho.


Antonio intentaba pasar de largo ante las perolas humeantes de los buñoleros, las tiendecillas de pasteles, los puestos de refrescos y los expendedores de carnes de calidad hervidas: tajadas de carnero, tocino, falda... Haciendo una excepción, a veces se compraba pastelillos de carne, en unas ocasiones dulces y en otras salados. Sobre todo muy especiados y picantes. Eran baratos y asequibles para las miserables posibilidades alimenticias de la población. Aunque tuviera que esperar, le gustaba ver cómo los expendedores hacían la masa de harina de manteca para formar la caja y mirar como la rellenaban de carne, cubriéndola con otra masa más fina para cocerla en el horno y comerlos calientes. Generalmente compartía las colas con rameras ante los bodegones de torreznillos, que resultaban mucho más baratos. Por dos maravedís podía comprar una tajadilla de hígado frito.

Sin embargo, cada vez se dejaba ver más por la Plaza Mayor, en el puesto de un joven de piel morena y ligera cojera que le miraba con estima. Se sentía halagado ante sus maneras y habían cruzado varias palabras ajenas a la simple compra de los torreznos. Al inicio no se había dado cuenta de le trataba no solo como un cliente especial, sino como una persona especial. Cada vez con más frecuencia se mantenían la mirada mientas rozaban sus manos levemente deseando no solo tocar unas criadillas que no fueran de toro o cordero, sino las mutuas; no solo yacer juntos y marcharse, sino quedarse.

domingo, 22 de diciembre de 2013

REFLEXIONES:¡UPS! ME ENAMORÉ DE MI MEJOR AMIGA


Cuando una relación de amistad se convierte en algo más que nos puede facilitar o complicar la vida hay que tomar decisiones.

Reflexiones: ¡Ups! Me enamoré de mi mejor amiga


Qué dilema tan terrible, ella es tu amiga del alma, tu compañera en miles de aventuras, es una mujer maravillosa, inteligente, simpática, alegre, con sentido del humor, el sueño de cualquiera y por supuesto es tu ideal de amor, pero, existe un pequeño detalle: ¡es tu mejor amiga!
Sí que es tremenda esta situación, ¿qué se hace en este caso?, ¿sigues siendo la confidente de la mujer que amas, escucharás sus relatos amorosos con otras? ¿Apretarás el corazón y no dejarás salir tus emociones para no ser descubierta y es más, le darás el mejor de los consejos para que conquiste a otra mujer o te armarás de valor y le confesarás a tu amiga que ya no la puedes ver como tal sino como el amor de tu vida? ¡uf!...difícil decisión.
Cristina es una amiga que me escribió contándome esta situación -que por otro lado no me ha sido ajena en mi propia vida-. Ella dice que no sabe cómo pasaron las cosas, pero que de repente se dio cuenta de que se había enamorado de su amiga y que ahora sufre tremendamente cada vez que ella le cuenta de sus amores, pero también le duele pensar que si se lo confiesa la perderá como amiga y como posible novia y todo esto le hace sentir la más fea y triste del universo.
Es cierto, la decisión es difícil pero todo es cuestión de poner las cosas sobre la balanza y ver qué te conviene más.
Lo primero y lo que le aconsejó su hermana mayor es no ver la vida tan fatalista, no todo es negro y no se trata de tirarte al suelo para que te levanten. Hay que ser optimista y decretar siempre en positivo para que atraigas buena vibraciones y no te hundas en el pesimismo que sólo te traerá tristeza y créeme con ella no se conquista a nadie.
Ahora bien, pregúntate ¿qué te duele más, verla con otras sin darte la oportunidad de luchar por ella o poner manos a la obra? Posiblemente si tomas la segunda opción y las cosas no resultan como esperas, la relación ya no será la misma, pero, hablando honestamente desde ahora no es lo mismo y lo peor es que tú estás sufriendo.
¿No es más sano tomar al toro por los cuernos, como dice su hermana y hablar honestamente?, con esto tienes dos posibles escenarios: que tu amiga no te vea como novia y se aleje o bien en el mejor de los casos que ella sienta lo mismo y empiecen una nueva relación de amor.
Ahora bien, si ella se aleja seguramente sufrirás horrores, pero el tiempo te dará la oportunidad de que llegue alguien que ahora no ves por estar deslumbrada con tu mejor amiga. Además, siendo honestos, ¿para qué quieres ser testigo de como otras disfrutan del mujer que amas? Mejor lejos y que cada quien haga su vida. Las abuelitas decían: Más vale una colorada y no 100 descoloridas, ¿entiendes? Lo mejor es ser honesta primero contigo y luego con ella. Deja de sufrir y lucha por lo que quieres, es mejor decir me acuerdo y no me imagino. Si tu amiga no siente lo mismo por lo menos no tendrás que fingir que no te afecta el verla con otra, ya no te lastimes más, que esa relación te hace más daño a ti que a ella.
 Tú tienes la última palabra.

miércoles, 30 de enero de 2013

LOS MIEDOS DE LOS GAYS



LOS MIEDOS DE LOS GAYS



La soledad, la interminable búsqueda del hombre “ideal”; mentiras e infidelidades disfrazadas de dulzura; desconfianza e historias de múltiples encuentros y hasta desencuentros. Sentimentalmente ¿a qué le temen los gays?

LOS MIEDOS DE LOS GAYS

Cuánto miedo puede haber después de tantos golpes en el alma, de estar en segundo plano por tanto tiempo, de estar con las personas equivocadas, de ser vistos sólo como cuerpos efímeros o compañías simples.

¿Cuánto miedo podemos sentir y qué podemos hacer con él?. ¿Qué hacemos ante una mirada que te estremece el alma y te da miedo la desconfianza propia y la del otro? ¿Que prevalece:la jugosa manzana o la imprevisible serpiente? ¿Cual es la que realmente me ofreces?

Tengo miedo porque muchas veces me han visto el cuerpo y no me han explorado el alma, mi forma de pensar fue pasada por alto en tantas ocasiones que me redujeron a una absurda pregunta: ¿qué eres: activo, pasivo o versátil? Historias de placer y algunas de dolor que, aunque se neutralicen los recuerdos, asustan demasiado en algunos momentos por tanta incertidumbre.

Hombres que juran una fidelidad inexistente, un amor intenso y maduro que se acaba con el primer cuerpo que se ofrece o se antoja. Una vez sólo fui el amante que debía esconderse, abrazarse en lugares lejanos, cerrados y escuchar palabras a susurros que sólo eran mentiras. Alguna otra vez me celaron tanto que terminé enfermo de duda y de desconfianza, otras se enamoraron de mi y yo no pude por más que intenté.

Fui compañía de soledades, levanté miradas de deseo, besé sin amor, me sentí vacío; desperté con alguien, sólo se levantó y se fue. Estuvieron conmigo y fui el trofeo que se mostraba pero con el jamás se podía comprometer por miedo a perderse, estuve con quien no supo definir su sexualidad y mucho menos lo que tenía conmigo y fui violentado con silencio.

Palabras y palabras he escuchado, he construido castillos que terminan derrumbados, futuros que jamás se cumplen, lágrimas contenidas y a veces tiradas a mares, sentimientos que nacieron para morir rápidamente.

Pasé por momentos en los que dudé del amor, me marchité en vida, dejé de soñar en encontrar ese hombre que despertara conmigo cada mañana, que viajara conmigo, que me hiciera soñar, que no temiera abrazarme, ni decirme jamás lo que siente, que sea equitativo, que crea en mi, que me diga te amo y mi interior se estremezca y hasta hoy he pensado que mi forma de amar y sentir no es para este momento, que lo que espero no existe… lloré tanto que me sequé y hasta dejé de hacerlo.

Quise cambiar tantas veces, arrancarme el corazón para dejar de sentir; quise ser frío, quise no volverme a ilusionar y de repente llegas con tus llamadas que transmiten una voz segura y firme, una mirada tierna con ciertas murallas, y sueños que me aterran porque inevitablemente sé que podría visualizarlos contigo y que no sé si se lleguen a construir.

Temo, temo tanto a tu desconfianza, a tus historias de desencuentros, como a tus papeles de segunda, a tus vidas entrelazadas. Sólo te pido que no mientas… porque no me voy a detener, ya no soy víctima de la vida.

Tu eres víctima de la vida?