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martes, 26 de abril de 2016

EL AMARRE (Cuarta Parte-Fin)




EL AMARRE (Cuarta Parte)-Photography by Marko Popadic




Cuidado con lo que piensas, precaución con lo que deseas, serenidad a la hora de lo que pides al universo y los medios que  utilizas para adquirirlo: él se puede encargar de concedértelo estés equivocado o no. Eres lo que piensas, lo que sientes y si no eres consciente de ello, si no intentas poner freno o control a tus energías negativas, ellas te controlaran a ti.



EL AMARRE (Cuarta Parte-Fin)


José Luis miró a Pilar fijamente con aquellos ojos profundos y ligeramente extraviados bajo unas cejas anchas, densamente pobladas. Poniendo una mano en su hombro, le explicó nuevamente:

-Tenemos un Dios sexual, una religión sexual con un líder sexual -aclaró, tocando el pecho izquierdo de ella para recalcarlo- y un séquito de seguidores muy sexuales. El culto satánico en la actualidad, era en la mayoría de las ocasiones asociaciones o sectas como aquélla, en las que se practicaba el esoterismo y el sexo a discreción.

 -Lo sé. Ya me lo has dicho muchas veces -contestó sumisa al Oficiante.

-Éste es el momento. Hasta ahora sólo has vislumbrado el poder del dios verdadero, el único señor. Ha llegado la hora de que partícipes en una auténtica misa negra, y no en pequeños rituales introductorios. Si no te interesa este no es tu sitio –presionó, entrecerrando los ojos. 


A Pilar le gustaba la sexualidad. El prostituirse esporádicamente habría supuesto una verdadera fuente de placer y de dinero. Desde que descubriera aquella faceta de su personalidad, había mantenido numerosas relaciones con clientes escogidos, siempre a su gusto. Nunca feos, ni repulsivos. Ella se consideraba en condiciones de elegir. El dinero había vuelto a sus manos, la penuria parecía haber quedado atrás.


La comunión de integración sectaria se centraba mediante aquellas reuniones y su participación ritual. En este punto, estuvo a punto de echarse atrás, porque una parte de ella quería seguir adelante, mientras que otra, adormecida, le repetía: "esta gente está aún peor que yo”. 


-Es el comienzo... Si consigues unirte fuertemente a nosotros, pronto verás los resultados. Antonio, tu amado -susurró con malignidad disimulada- estará cada vez más cerca cuanto más partícipes; tu madre estará tu merced para siempre. No volverá a dañarte; tú serás su dueña.

Aquella noche Pilar recordó el momento -años antes- en el que Antonio le había regalado una alianza de oro -la que había empeñado- con el propósito de comprometerse para siempre y reafirmar su relación. "Volverás a mí -pensó convencida- y cumplirás tus promesas." 


Pilar bajo con lentitud las escaleras del sótano. Ligeros murmullos, susurros en lenguas desconocidas aleteaban el aire creando un ambiente hipnótico, monótono. Exteriormente la casa parecía normal, una de tantas. Nada hacía imaginar lo que frecuentemente escondían sus paredes. Al ser simplemente una novicia, había sido conducida a ella con los ojos vendados. En el interior del vehículo, había sentido como el ruido de los coches se amortiguada y quedaba atrás, como pasaban los minutos sin forma y como el camino se iba haciendo más abrupto. Previsiblemente, el centro de reunión se encontraba a las afueras de la ciudad, escondido. El resto de sus sentidos parecían encontrarse sobrestimulados, atentos a la más mínima percepción. Sólo le quitaron la venta cuando se encontraron en el interior de la casa, frente a la puerta conducía a la reunión.

Hacía frío. Encabezada por dos acólitos, penetró en una cámara situada al fondo de un largo pasillo. Ya se encontraban reunidas unas quince personas, la mayoría conocidas. Al igual que ella llevaban unas túnicas negras con capucha. Antes de descender, un atractivo muchacho de ojos tristes las había ido entregando a junto a un cirio negro. Mientras aguardaban la aparición de José Luis -el Oficiante- y de sus acólitos, Pilar se fijó en cada uno de los detalles de aquel cubículo. Una vieja mujer situada a la izquierda, a la que no conocía, se aproximó para explicarle todo cuanto veía. Con ropajes normales, sin su capucha, en la calle, hubiera parecido una adorable ancianita a la que cualquiera se hubiera ofrecido a cruzar la calle o recoger del suelo la bolsa de la compra que se hubiera escurrido de sus artríticas manos. En cambio, allí se parecía a las brujas de los cuentos infantiles que había leído de pequeña. Posando sus sarmentosas manos sobre ella, acariciando suavemente su hombro, fue señalando los diversos artefactos que conferían el ritual. Algunos de ellos ya le eran familiares. En la mesa que servía de altar debía extenderse la joven que serviría de víctima propiciatoria. Los antiguos altares de los rituales infernales siempre habían estado formados por seres vivos. El instinto natural era el fundamento en que ellos basaban sus expectativas. En el ara, se centraría en toda la atención de los asistentes. Una armoniosa voz -la de la anciana- le recordó el simbolismo del crucifijo fálico me encontraba sobre el altar y el de los cirios negros y blancos a cada lado. 

-Los negros -comenzó- representan la luz de Lucifer que, según las escrituras, era portador de la luz, del conocimiento, de la llama viva, del deseo ardiente, de las llamas del pozo insondable -añadió con solemnidad-. En la misa negra sólo se pueden usar cirios: de los blancos y negros. Se pueden prender tantos cirios negros como se necesiten.

Uno de los negros, de mayor tamaño, se encontraba la izquierda del ara, a la derecha, el blanco. El primero representaba el poder de las tinieblas; el otro, la hipocresía de los magos blancos y sus seguidores. Los azabache tenían la finalidad de conseguir el poder y el éxito de los participantes, empleándose para consumir los pergaminos de las bendiciones satánicas. El blanco se usaría para lograr la destrucción de los enemigos. En una mesa lateral divisó, ensimismada, una bellísima espada que, bajo la luz cobraba una tonalidad casi dorada, refulgiendo como si estuviera dotada de vida. El mango, de color amarillento, parecía de hueso. La coparticipante, a la que no pudo ver el rostro pero que reconoció por la voz, se inclinó sobre su espalda susurrándole al oído:

-El poder de la espada es una fuerza agresiva, es como una extensión plagada de intensidad del brazo que el Oficiante emplea para sus gestos. 

Durante los rituales, José Luis no era tal; investido por el poder y el respeto, era en aquellos momentos el Oficiante.
Pilar reconoció el ídolo de oro de Baphomet –también llamado Cabra Infernal, Cabrito Negro o Chivo Expiatorio- que se encontraba sobre la mesa. Una cabeza de repulsiva fealdad, con barba y cuernos en la cabeza, destacaba sobre un cuerpo deformado retorcido. La figura, representaba a los poderes de las tinieblas combinados con la potencia creadora de la cabra.
     José Luis apareció al fin, provocando un murmullo entre los asistentes. Pilar se sintió impresionada. Jamás hubiera imaginado que se presentará ante ellos con aquella aureola de poder. Bajo su túnica abierta de color rojo, se encontraba desnudo. A cada movimiento, a cada gesto, mostraba sus carnes, sus piernas, su torso, sus ingles... Su modesto pene se encontraba en semierección. Le acompañaban dos ayudantes jóvenes, en medio de los cuales iba una desnuda adolescente de apenas dieciséis años. Mientras se preparaba para la ceremonia, los acólitos tendieron a la chica sobre la mesa trapezoidal. Pilar cálculo que tendría un metro de altura por cuatro de diámetro. La doncella quedó inmóvil sobre ella. Por la mente de Pilar se cruzó el temor de que la sacrificaran realmente. Como si leyera sus pensamientos, la anciana le dijo:

-Es prácticamente imposible que el sacrificio se efectúe hasta el final -siseó. 


-¿Prácticamente? -exclamó Pilar en voz baja.

Entonces su mente quiso escapar de allí, pero no lo logró. Se encontraba en aquella situación por unos motivos concretos; fuera como fuera tenía que llegar hasta el final. No podía defraudar a José Luis. Está subyugada. Uno de los ayudantes agitó las campanillas nueve veces, girándolas en dirección contraria a las agujas del reloj, dirigiendo los toques a los cuatro puntos cardinales. Su sonido, alto y estridente, generó el silencio más absoluto en la estancia. Tradicionalmente el gesto se efectuaba al inicio de la ceremonia con el fin de purificar el ambiente de todo sonido externo, y nuevamente al finalizar el mismo para actuar como indicador de la petición conseguida. El ritual iba a comenzar. El Oficiante tomó la espada y la dirigió durante unos segundos a la figura del Baphomet; luego, apuntó con ella al norte, al sur, al este y al oeste, citando palabras extrañas que ella no logró entender del todo, pero que la estremecieron. Terminada la introducción, se dirigió hacia los congregados. Durante unos instantes interminables escrutó los rostros de todos y cada uno de ellos. Cuando fijó su mirada en Pilar, ésta sintió como si la sangre se helara en sus venas: sintió miedo, terror. Nuevamente deseó escapar. 

-¡Hermanos míos en Satanás! –declamó José Luis-. Estamos esta noche reunidos una vez más para ayudarnos y conseguir que en nuestro Señor nos apoye en lograr todos nuestros deseos y propósitos. Todos aquellos que han de realizar alguna petición -prosiguió- avancen y depositen los pergaminos con sus súplicas en manos de los acólitos.

Varias personas avanzaron. Pilar contempló el suyo, fabricado como los otros con piel de oveja en el que había expresado sus amores y sus odios. Era el medio -según explicaron- por el que el escrito podía ser consumido en el cirio blanco y ser enviado al otro mundo tras ser leído por el Oficiante. En su irracionalidad, Pilar dio un paso al frente, y luego otro, y así hasta que entregó el rollo. Al contemplar el rostro del encapuchado quedó prendada en sus ojos. Era Jaime, uno de los primeros compañeros que había conocido y que le habría apoyado amistosamente. El deseo ascendió desde sus ingles. La mirada verde le correspondió con una enigmática respuesta que no supo entender. La mesa lateral disponía ahora las peticiones, cuidadosamente colocadas. El sacerdote continuó. 

-Antes de iniciar este acto de la misa negra, ruego a todas las personas asistentes que no crean interiormente o que alberguen dudas que salgan de esta sala. Sus mentes podrían perjudicar seriamente el desarrollo y resultado de este ritual. 

Pilar pensó que una puerta se abría ante ella, pero comprendió que tal sugerencia era más que un puro formalismo que una opción real. Aunque ya no estaba segura de encontrarse preparada, no podía escapar. El Oficiante realizó una pausa teatral, haciendo gala del magnetismo con el que atraía a sus incondicionales, que esperaron con respiración entrecortada. Nadie se movió. Con voz generosa y transfigurada expresión en la que parecía haber rejuvenecido diez años, comenzó a recitar:

-¡Bendito sea Satanás, bendito sea Lucifer, bendito sea en todas las criaturas demoníacas del Averno que no es conceder su apoyo y poder desde los abismos infernales! Los creó para que fuéramos impuros y faltos hipocresía ante él, en él tenemos redención por medio de su sangre, con el perdón de todas nuestras transgresiones. Nos da a conocer su maldad para el cumplimiento de los tiempos, y mediante él nos es dada la herencia maligna que debe asolar el mundo para que resplandezca la verdad de los crímenes cometidos por los honrados y puros. ¡Gloria a Satanás! 

Los concurrentes, como accionados por un resorte invisible, encendieron sus cirios. El sacerdote se aproximó al altar. Sus ojos resplandecían ante el reflejo de las velas con un fulgor sádico, impredecible. Se inclinó para besar los pechos de la joven víctima. Ella no se resistió, sino que con un latigazo de sensaciones se arqueo ligeramente. Uno de los acólitos le entregó una copa enorme, el Cáliz del Éxtasis  Era de plata y su superficie envejecida por los años mostraba complicadas figuras talladas. No podía ser de oro -recordó Pilar-, el color estaba reservado a las religiones y el Reino de los Cielos. La copa fue colocada encima del cuerpo desnudo.

-¡Hoc est enim corpus meun! -clamó José Luis. 

Con lentitud ceremoniosa, tomó un cuchillo que había sobre la mesa lateral y procedió a rasgar la piel de uno de los senos desnudos de la drogada joven que, aparentemente, ignoraba lo que estaba sucediendo. De la limpia herida manó un hilo de sangre que fue resbalando morbosamente hasta ser recibido en el cáliz. Luego, él hizo lo mismo en su propio brazo izquierdo tras subirse las mangas de la túnica. Pequeños cortes cicatrizados evidenciaban que había repetido el acto en innumerables ocasiones. No se inmutó. Su rostro permanecía impasible. La nueva sangre fue mezclada en la copa con la anterior. La tomó con ambas manos y, sacando de la misma una especie de oblea, murmuró sobre ella unas palabras desconocidas. Se la comió. Con respeto similar al prestado a los reyes, se inició el desfile de los presentes, arrodillándose ante él para recibir la hostia impura de sus manos. Pilar no pudo evitar expresar una mueca de repugnancia ante todo lo que acababa de ver. Su psicología, por todos aquellos deberes y dolores morales, reales o imaginarios, se disgregó. Los sahumerios  alimentados con la mezcla de varias drogas alucinógenas desdoblaron lo que restaba de racionalidad y sensatez. Consciente del gesto sacrílego que iba a cometer, pero al tiempo incapaz de evitarlo, se incorporó a la fila. Por su mente pasearon los horrores que su psíquis enferma había padecido, las maneras que había utilizado para escapar de la dura realidad que era incapaz de aceptar. 

Pilar le miró, entreabrió los ojos y recibió en su lengua el producto del espanto que acababa de presenciar. Sorprendentemente, el sabor de la roja hostia blasfema era dulce, dulce como el pecado, como la venganza, como su esperanza de recuperar su amor perdido; dulce como aquellos labios que deseaba y que desde hacía años había intentado substituir inútilmente por otras bocas que no habían logrado satisfacerla. 

Pensó en su padres, en todo aquello que le enseñaron, en aquellas otras devociones olvidadas que tiempo atrás rechazó y que en ese momento quería recordar, en aquellas sutiles autotorturas mentales a las que se había expuesto. Recibía mensajes contradictorios.

Los incensarios despidieron oleadas de humo crepitante que entorpecieron aún más su consciencia. Algunos encapuchados se inclinaron sobre los braseros para inhalar con ansia los tóxicos aromas.

Sintió un calor que nacía de sus entrañas, un ardor que la hizo sudar copiosamente. Sin percatarse de lo que hacía se despojó de su túnica quedándose desnuda, como comenzaban hacerlo los demás, subyugada por la misma pasión alucinógena. Inflamada por unas pasiones irrefrenables consintió que la desdentada anciana que le había servido de instructora succionara sus pezones. Percibió sus cálidas encías desdentadas, el cómo apretaban sus pechos. Cerró los ojos. Numerosas manos comenzaron a palmear su cuerpo, ungiéndolo con un aceite caliente y viscoso que se deslizó lentamente hasta sus pies. Adormecida, entreabrió los ojos, deseando corresponder al placer proporcionado del que era centro.

Cuando se apercibió que su cuerpo estaba cubierto de sangre pensó que era suya. Al recordar una jofaina plateada se tranquilizó: entre nieblas recordó que habían sacrificado a una cabra. En los estertores de su mente adormecida quiso pedir perdón por lo que estaba haciendo, forcejeando con sus amantes anónimos.


Los ojos verdes a los que había entregado sus deseos apergaminados se plantaron ante ella. Fue penetrada brutalmente mientras que lenguas, pechos y genitales la acosaban. Con el orgasmo, el nexo con la realidad se esfumó. Con su renovado complejo de culpabilidad y afán de destrucción, se presentó con nitidez un amargo pensamiento: como si se encontrara maldita presumió que moriría pronto, que la parca la perseguiría y alcanzaría para llevarla a un lugar más horrendo que aquél. Se dejó mecer por aquellos que la rodeaban sintiéndose como una marioneta. Por primera vez, el hombre de ojos verdes fue investido con la imagen de Antonio, con los brazos de Antonio, con los besos de Antonio, con el miembro de Antonio, que fue sentido y experimentado con completa intensidad. 

El que al terminar el ritual fuera vendada de nuevo para que no supiera donde se encontraba la alivió someramente. Aún aturdida, no quiso mirar a nadie. No regresó a las reuniones y, a pesar del miedo, contra todo lo esperado, ninguno de sus componentes la buscó o se interesó por saber de ella. Por algún motivo intuía que ya no era necesaria…


La realidad o la falsedad de la secta demoníaca carecían de importancia. La validez o no del presunto rito satánico no era lo determinante. Al fallar las ayudas naturales, ¿no era lógico para ella acudir a las sobrenaturales? Para su mente enferma, transgredir aquel tabú fue demoledor, Sujeta desde su infancia a unas creencias y costumbres colectivas muy rígidas, escuchando de sus padres y abuelos terribles historias sobre la condenación; dominada por una profunda y permanente obsesión por la muerte, Pilar se perdió. Se creyó maldita, hechizada, embrujada y generadora de un proceso mortal. Un elemento nuevo había emergido: la demopatía, la creencia en los influjos demoníacos  Se había desatado en ella un proceso incontrolado de autosugestión marcado por alucinaciones tan reales como la vida. 

Se convenció de que la hostia sacrílega estaba liberando sustancias misteriosas que deterioraban su fisiología. En su nuevo universo, irreal y desfigurado, se sintió envenenada por dentro sabiendo que ya nada ni nadie podría ayudarla. 



-Te quiero Antonio -musitó Pilar con dulzura en la voz y odio en la mirada-. ¡Sabes que te quiero y que esto lo hago por nuestro bien! 

Antonio no respondió estaba amordazado con un pañuelo, atado y desnudo. 

-¿Por qué no me respondes? –interrogó ella con una sardónica sonrisa. 

Antonio quiso decir algo, suplicarle que le soltara, que le dejara en libertad, que le diría la verdad, que tuviera compasión… ¡Que dolía, que dolía mucho! Pero no se movió pues estaba amarrado y bien amarrado a las cuatro esquinas de la cama. La miró llorando, horrorizado, lleno de rabia y padecimiento; impotente, casi al borde del desvanecimiento. ¡Se sentía como un guiñapo, como un muñeco destrozado! En realidad era eso, un inmenso muñeco vivo y latiente.

Pilar, completamente desnuda, sentada al borde de la cama, le clavó lentamente hasta el fondo otro alfiler rojo junto a los tres que ya tenía entre la carne y la uña del pulgar de la mano derecha. Antonio apenas pudo retorcerse, todo su cuerpo parecía un inmenso corazón palpitante. ¡Si al menos pudiera gritar o desvanecerse del todo!

Pilar dirigió su mirada hacia el pasillo, regodeándose una vez más al ver el cadáver apuñalado de la que fuera su rival en vida. El final de su contrincante había sido rápido; la había acuchillado en el cuello nada más abrir la puerta de la villa sin dar oportunidad a los gritos. Había pillado a Antonio en una de sus frecuentes siestas y sobre él había vertido una mezcla concentrada de aquellas sustancias delirantes, inhibidoras de la voluntad que usara el Oficiante. Se había sobresaltado inicialmente, pero el efecto fue rápido, demoledor.

Como si de un inmenso muñeco de trapo, similar al que había utilizado meses atrás en sus infructuosos rituales, Antonio se encontraba inmovilizado y aseteado pacientemente por cientos de alfileres de color rojo, rojo pasión, rojo venganza, rojo muerte lenta por días de inanición, rojo sangrado por los intentos de cortarse el mismo las venas con las ataduras para acelerar el final inevitable. 

Pilar tomó un nuevo alfiler y mientras le atravesaba el glande marchito repitió lo mucho que le quería… Cuando anocheciera, a la hora sagrada, se tendería a su lado abrazándole; prendería fuego a la gasolina con la que había rociado la casa de la pareja y esperaría, no sabía muy bien cómo, a que las cenizas de ambos se entremezclaran y se dispersaran lo más lejos posible…. ¡Tal y como mandaba el propio ritual de desamor que ella misma había inventado y que solo aportaba dolor y destrucción a sí misma y a los que la rodeaban!  

martes, 19 de abril de 2016

EL AMARRE (Tercera Parte)



EL AMARRE (Tercera Parte)

Obcecada, equivocada de camino, perdida en sí misma profundiza en los tortuosos senderos de  su vació interior. Pilar se asoma a los abismos....

EL AMARRE (Tercera Parte)


       -¡Hola! -saludó Pilar al entrar en la tienda.
       -Hola, –correspondió Iris- espera un segundo. Enseguida te atiendo.
       La pitonisa estaba cobrando algunos artículos a una pareja de joviales ancianos. Mientras él pagaba, la mujer no hacía más que mirar unos pequeños pendientes de plata en forma de duendecillos. A su marido le pasó desapercibido tal capricho y ella no se atrevió a expresarlo de viva voz. Cuando se fueron, Iris se dirigió a Pilar con su habitual alegría y simpatía.
       -¿Cómo ha ido la cosa? -preguntó.
     -¡Mal, muy mal! Hice todo lo que me dijiste, punto por punto, pero no ha sucedido nada de nada -se lamentó.
      -¿Estás segura? -preguntó la dependienta con incredulidad.
     -Lo estoy -respondió seria, esperando que ella, nuevamente, le proporcionara alguna solución.
      -Desde luego, tendría que haber dado resultado, para qué te voy a decir otra cosa -sentenció echándose la mano a la boca intentando pensar algo que añadir.
      -Quiero seguir intentándolo -aseveró Pilar con mirada extrañada.
      -¿Deseas otros sortilegios?
      Pilar contesto sin dar tiempo a que su mente razonara.
      -Lo que hemos hecho es magia blanca…
      -Si, así es -respondió expectante.
     -Bien, esta vez quiero algo... ¿Cómo te diría? -fingió pensar- más fuerte, más poderoso.
      -Ya te digo que te puedo ofrecer otra serie de rituales y que...
     Pilar no la permitió terminar. Alzando ligeramente la mano para interrumpirla y negando con la cabeza añadió:
    -¡No entiendes! Quiero a otro tipo de magia más poderosa. ¿Qué tal la magia negra? -preguntó cómo si nada.
    Por primera vez desde que la conociera, vio a Iris sorprendida y con la jovialidad quebrada.
       -¡No, lo siento! -se apresuró a decir-. Nosotros no hacemos ese tipo de trabajos.
       -¿Seguro? -insistió Pilar- El dinero no sería un problema.
       -¡Desde luego que no! -repitió ella casi ofendida.
       -Entonces, ¿Puedes decirme a dónde puedo a acudir?

     -Te aconsejo que no recurras a ella. Es algo que a nosotros no nos gusta. Además, siempre termina uno cargado negativamente, se paga un precio. Lo que uno desea para los demás termina repercutiendo en nosotros mismos de una u otra manera. ¡Cuidado con lo que deseas y con los medios que eliges para conseguirlo! 
       -No has contestado a mi pregunta, ¿Conoces a alguien?
    La vidente volvió su mirada, y comprendió que de nada serviría el procurar que desistiera. ¡Cuanto antes se marchara, mejor! Sintió un escalofrío en su espalda e impulsivamente tomó una hoja de papel y escribió en ella un número de teléfono móvil.
     Pregunta por José Luis, -indicó entregándole la nota- pero no le digas que te he mandado yo. Es lo único que te pido.
     -¡Gracias!
   -No deberías dármelas, no te he hecho ningún favor -alegó convencida. Espero que sepas lo que haces. Yo no quiero saber nada, me lavo las manos. Te pido que no vuelvas…
    Cuando Pilar se marchó, Iris se arrepintió inmediatamente de haber accedido a sus deseos. "Bueno –pensó- ya es mayorcita para saber dónde se mete”.
     Efectivamente, Pilar era adulta, pero no tenía ni la menor idea de dónde se iba a meter.


    Las señales de su incipiente conversión no fueron fáciles de detectar, no incluyeron el abandonó de vida en familia, pero ya se encontraba distanciada de ella con anterioridad, no se habían cortado demasiados lazos con amigos, ya que apenas tenía. Sus cambios radicales de personalidad fueron achacados, como siempre, a su problemática personal. Su historia había sido ya demasiado compleja y cayó en nuevos comportamientos, pensamientos estrafalarios que cualquier persona en su sano juicio consideraría increíbles o incomprensibles. Las personas que recientemente habían pasado por alguna experiencia traumática dolorosa, que acumulaban ansiedad o incertidumbres intensas eran presas fáciles para la secta. Su falta de integración familiar, carácter débil e introspectivo, su desencanto hacia los demás y hacía sí misma, la carencia de afecto o comprensión junto a sus sentimientos de culpabilidad, la infelicidad y frustración la perfilaban como la candidata ideal. 


     José Luis nunca preguntó quién le había dado su teléfono, simplemente le interrogó acerca de lo que quería. Necesitada de seguridad, respuestas, fue adoctrinada básicamente en una nueva serie de valores, de propósitos y creencias sugestivas, atrayentes ante su vacío personal. El líder la convenció, le explicó que, antes de que ella se incorporara como miembro de pleno derecho, habría de aprender algunos conceptos esotéricos. La sumisión indiscutida a José Luis había sido un proceso sencillo al no ser capaz de dirigir sus propias riendas vitales. De manera retorcida, pensaba encontrar paz espiritual, felicidad y dar cumplimiento a sus deseos mediante formas distintas a las que había intentado hasta el momento: diversas religiones, psiquiatría…Tenía que romper la incertidumbre y la ansiedad con respecto al futuro. Pilar fue despojada, en cierta manera, de su pasado, cuestión que podría haber sido beneficiosa si lo hubiera hecho de buena fe y en otro contexto, pero... 


     Cuando conoció al resto de los integrantes, la simpatía les salía por los poros; todo el mundo la abrazaba y le decía que estaban contentos de que ser uniera a ellos. No comprendía las reticencias de Iris en el momento de darle aquellas referencias. Pilar se sintió aceptada, incluso amada, por primera vez en muchos años. ¡Qué fácil era en ocasiones dejarse engañar, autoengañarse por la necesidad de afecto! Se dejó convencer por halagos y voces de apoyo, sin darse cuenta de cuán falsas e impostadas eran. 



    Las semanas transcurrieron, y poco a poco los nuevos lazos emocionales establecidos con ellos fueron precipitados, profundamente irracionales y desmedidos. La confianza exagerada en aquellas personas había polarizado la desconfianza y suspicacias que sentía por el resto de la humanidad. Pilar había conocido tanto sufrimiento a causa de sus padres, trabajo, amigos, parejas y sí misma, que pronto comenzó a identificarse con los líderes de mayor de edad, proporcionándole una imagen materna o paterna aparentemente más agradables que las que había tenido realmente. Daban respuesta firme a toda pregunta, seguridad y confianza. En cierta medida, no se estaba dejando engañar. El mecanismo era mucho más complicado: estaba pidiendo a gritos que alguien le desvelara una doctrina o ideas que le ayudaran a dar sentido a su vida, que se hicieran cargo del pesado fardo que era su existencia, que se responsabilizaran de sus frustraciones, ambiciones, aspiraciones y penas. Pilar no se había planteado con sinceridad que estaba cayendo en un lugar peligroso. Creía, como si fuera una drogadicta, que lo podría controlar todo en cada momento. Interiormente se aseguraba que abandonaría el grupo cuando hubiera sacado de él lo que buscaba. El anzuelo que le habían tendido, el recuperar a Antonio: esa fue su fatalidad. Ella lo mordió con fuerza. El cruel espejismo se clavó en la boca de su ánimo y se hincó más y más cada vez que intentaba soltarse. El que de por si tuviera tendencias anoréxicas e insomnio aceleró su pesca, al no recargar sus defensas físicas y psicológicas. 



     José Luis era ensalzado con exageración, adoración. La fama de su poder y su conocimiento del mundo oscuro era capaz de cautivar a todos aquellos débiles de razón y corazón. Líder indiscutiblemente carismático, era el primero en creer, sin fisura alguna, ser un poderoso oficiante elegido por el propio Satanás. Su mente enferma y extremadamente inteligente deseaba satisfacer sus más inmediatas necesidades, justificar sus limitaciones y debilidades. El grupo se basaba en una doctrina creada por él, y presuntamente recogida y aprendida de famosos maestros iniciáticos de medio mundo. Su idea del ocultismo era de un ecléctico compendio de tendencias pseudofisosóficas que pretendía desvelar los secretos y misterios naturales. El grupo creía en el a pie juntillas, a pesar de no ser lógico o demasiado elaborado; se limitaba a una parodia de una misa cristiana en la que se ridículizaba y blasfemaba todo significado divino. Se basaba en las debilidades y aspiraciones de sus seguidores. Tocaba a todos y cada uno de ellos su fibra sensible o era expuesta de manera que coincidiera con su forma de pensar, o sentir en aquel momento preciso. Gran parte de su atractivo se basaba en el oscurantismo. Sin embargó, como cualquier otra, no soportaría un análisis racional. Todo lo nacido de las creencias emocionales era inadmisible a la razón, incluido el conflicto del Dios padre y bondadoso, su reverso positivo. Nada de ello respondía a un proceso lógico de pensamiento, ni a un orden natural, ni a una realidad palpable. En el caso de Pilar, la doctrina había llegado a su corazón acariciando su ambición, promesas de riqueza, empleo, ayudas económicas, venganza contra su madre y deseos románticos o sexuales con su amado Antonio. Traía consigo grandes problemas emocionales antes de ingresar en la secta y, por ello, comenzó a sufrir daños adicionales en su contacto con los cultos extremistas que comenzaba a controlar su personalidad e inhibir su comportamiento autónomo. Estaba perdiendo los restos de su capacidad de pensar y funcionar de un modo efectivo, había entrado con más fuerza aún en ese estado difuso de atención limitada en el que los marcos de referencia ordinarios se difuminaban con rapidez.

miércoles, 6 de abril de 2016

EL AMARRE (Segunda Parte)



EL AMARRE (Segunda parte)

Pilar, esperanzada, se dispone a cumplir sus deseos de recuperar a su amor adentrándose en un universo desconocido hasta el momento para ella.


EL AMARRE (Segunda Parte)


       El pequeño obsequio consistió en un decorativo incensario de madera con incrustaciones de latón para quemar varillas de incienso con aroma a sándalo, también incluidas. Pilar agradeció el insignificante detalle, comparado con los cerca de trescientos euros que había pagado por la consulta y los componentes para hacer el ritual de separación y  amarre.
   Pensando en la manera de llevar el ritual a cabo discretamente y no en su casa, decidió alquilar una pequeña habitación en una pensión de la calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol. Consumado en su propia casa, no podía efectuar los complicados sortilegios sin que su madre preguntara. Con una pequeña maleta en la que había metido al azar algunas prendas de vestir, entró en el cuarto. Era sencillo, antiguo pero muy limpio y con baño privado. La dueña resultó ser una mujer agradable de mediana edad que, tras preguntarle cuántos días pensaba quedarse, le entregó las llaves del portal, de la pensión y de su cuarto para que entrara y saliera a su antojo. Sobre una desvencijada cómoda, fue colocando todos y cada uno de los objetos que había comprado: alfileres rojos, una pastilla de carbón vegetal, tres muñecos: uno negro, otro rosa y el amarillo; una estampa de  D. Juan de Volteo -que no  sabía quién era y del cual desconocía su historia-, esencias,  velas y sahumerios. Los contempló alternativamente, recordando cómo debía de utilizar cada uno de ellos. El sortilegio debía de llevarse a cabo comenzando en un martes. Ese tipo de trabajo era uno de los adecuados para el caso en el que hubiera tres personas involucradas en el tema amoroso; la pareja formada por Antonio y su mujer, y Pilar que disputaba el amor del primero. Debía de separarlos antes de realizar el ritual de atracción de Antonio. Ni siquiera consideró las implicaciones de tratarle como un objeto sin voluntad; las consideraciones de “obligar” a alguien a querer sin la propia iniciativa nacida del “alma”.
Se desnudó completamente y se lavó las manos con las aguas correspondientes a aquel día, nombres vagos y extraños que no significaban nada para ella pero en los que creía en esos momentos.
     La habitación no contaba con mesa de escritorio, así que depositando la lámpara en la cama, tomó la mesilla de noche y la colocó de manera que le fuera más práctico proceder. Sobre la opción elegida colocó un paño limpio de color blanco, unos de los azules, las tres figuras, los alfileres rojos y recipiente con el carbón vegetal. Ungió las velas con esencias oleosas de dudoso aroma, prendió el carbón y echó sobre él varios sahumerios que comenzaron a  humear y crepitar. Ella se percató de que el olor podía llamar la atención de alguno de los huéspedes o de la misma dueña de hostal, así que abrió la ventana -que daba a un patio interior- de par en par. Bautizó, como si fuera un sacerdote, a los tres muñecos. El negro se llamaría Elvira, el amarillo a Alberto y el rosa llevaría su nombre: Pilar. Los pasó varias veces por el humo, cada vez más denso, cada vez más crujiente a causa de las resinas inflamables. Luego, con sumo cuidado para no quemarse, pasó uno de los alfileres y lo clavó en la cabeza del muñeco que representaba a Antonio mientras recitaba la oración que le habían entregado... En un papel, sobre la tela, colocó las figuras de Elvira y Antonio juntas y la suya separada. Luego, se lavó las manos con otra de las aguas.
        De pronto cayó en el detalle de que, a la mañana siguiente, cuando la dueña entrara a hacer la habitación, ésta se encontraría de cara con toda aquella parafernalia. Explicó que deseaba que no arreglarán su cuarto, ya que sus horarios podrían ser muy irregulares; no sabía ni cuando se podía acostar o levantar. Pilar agregó que, por ello, no  supondría ningún inconveniente  asearlo ella misma. Sólo le quedó la confianza de que la mujer cumpliera su promesa y no le venciera la curiosidad. Aquella noche durmió  convencida de que los hados estaban ya trabajando, cumpliendo sus promesas mediante las ofrendas que había realizado.
 Ya miércoles, salió de compras. Convencida de que para el éxito de la operación también tendría que poner algo de su parte compró dos modelos atrevidos en una tienda  carísima. No le importó el precio; tenía que aparecer ante Antonio deslumbrante, sensual e irresistible. Su preferido estaba compuesto por un pantalón de pitillo, estampado en colores muy vivos, conjuntado con una camisa sin mangas anudada bajo el pecho, dejando ver su vientre liso y suave. Pensando que el conjunto quizá fuera demasiado veraniego para aquella época del año, pues estaba comenzando  octubre, también adquirió una sobrecamisa haciendo juego que le daba una gran facilidad de movimientos. Por la tarde visitó varias zapaterías y tras probarse más de una docena de pares, se llevó cuatro. En la pensión se probó todos los conjuntos, se contempló en el espejo, ensayando posturas y andares, poniendo al día su feminidad.
El jueves, ansiosa, repitió el mismo proceso con las aguas azules y las velas marrones. En esta ocasión, colocó el muñeco amarillo entre los otros dos y separado de ambos, tras clavar en el segundo alfiler rojo, en este caso en el corazón. Pilar soñó aquella noche que el verdadero corazón de Antonio comenzaba a inflamarse de amor por ella, sintiéndose cada vez más ajeno a su esposa.
       El viernes descubrió que su tarjeta de crédito se encontraba casi en números rojos. Decidida, fue a una casa de empeño y compra de oro, tan populares en los últimos tiempos. Ella y el dueño regatearon durante largo rato sobre el valor de una cadena de oro con un pequeño berilo, un anillo también de oro y una pulsera. No sufrió demasiado al desprenderse de aquellos recuerdos regalados por Antonio y que había conservado a lo largo del tiempo. ¡Cuándo regresara a ella obtendría muchos más! Le dieron lo suficiente para sus propósitos.
Fue a un salón de belleza. Le hicieron una limpieza de cutis que dejó su piel tersa y resplandeciente,  la manicura y pedicua, se permitió un relajante masaje corporal y se arregló el pelo de manera natural, sin complicaciones estilísticas. Hacía meses que no cuidaba tanto su imagen y, hacerlo, levantó su autoestima y su seguridad pérdidas desde el día en Antonio rompiera con ella. Al salir a la calle, la gente volvía la mirada con admiración, algunos incluso la piropearon con mayor o menor acierto y educación. Estaba hermosísima. Pensó que quizá hubiera una manera de  obtener algo de dinero de manera fácil y rápida para ir tirando...
             El sábado continuó con el ritual. Hizo lo mismo que los anteriores, pero con las últimas aguas y unas de las de color verde. Esperanzada, clavó el tercer y último alfiler en el vientre del muñeco bautizado con el nombre de Antonio y le ató al  rosa -el suyo-, con una cinta roja, dándole tres vueltas y finalizando con tres nudos. Envolvió todos los componentes con el trapo blanco, incluidos los amantes atados. 
          No había dudado ni un momento el lugar en el que debía determinar el ritual: la Casa de Campo. Sin problema alguno, salió del hostal y tomo el coche. Era noche cerrada. Durante el camino fue imaginando nuevamente todo aquello que supuestamente  había sucedido durante los días anteriores. La dependienta le había asegurado que en el plazo de una semana  su hombre se pondría en contacto con ella, regresaría a su lado con amor renovado y fogosa pasión. Cuando aparcó el vehículo y salió de el, se sintió intimidaba por la solitaria y silenciosa oscuridad. Hacía fresco. No le hubiera sobrado  alguna ligera prenda de abrigo. Paso a paso se internó entre los árboles, mirando detenidamente alguno de ellos con la predisposición de intuir cuál sería el elegido. Finalmente, se paró ante un gran pino de grueso tronco y ramas extendidas. A tientas, con la escasa luz de la luna en cuarto menguante avanzado, sacó un pequeño pico de su bolsa y comenzó a cavar con ansia bajo el árbol, buscando sus raíces. Pequeños terrores de tierra -al principio secos, más tarde húmedos- fueron amontonados a su derecha. La piqueta retumbó hasta sus hombros: había topado con una piedra. Dificultosamente la agarró por uno de sus extremos para sacarla, pero era más grande de lo que parecía. Haciendo palanca con la herramienta y una piedra de  tamaño medio  consiguió levantarla, no sin romperse algunas uñas dolorosamente.
El esfuerzo hizo que su organismo entrara en calor. Ya no sentía fresco, sudaba. No se le había ocurrido vestirse más adecuadamente para no mancharse: tal vez con unos vaqueros y unas zapatillas deportivas y no con una falda ajustada y zapatos de medio tacón. Se secó la frente con el dorso de la mano, dejando pequeños granos de tierra adheridos en ella. Colocó la bolsa en el hueco que había dejado la piedra y empujó esta hasta dónde la había encontrado. El bulto quedó completamente sepultado. Satisfecha, la cubrió con la tierra extraída. Para que no se notara que alguien ha había estado hurgando ahí, rebuscó ramitas resecas y piñas, esparciéndolas al azar sobre el suelo removido. Se quedó mirando el lugar durante unos minutos. 
 Sólo le quedaba una cosa por hacer. Tomó el muñeco negro por un extremo con la intención de prenderle fuego. La incineración debía hacerse con cerillas, no con mechero. Tuvo que de encender tres antes de que una pequeña llama amarillenta lo inflamara. Poco a poco se extendió, cuando el calor fue insoportable lo soltó y dejó que terminara de consumirse en el suelo. Un odio visceral acompañó a la destrucción de la figura; finalmente la pisó con rabia y esparció sus cenizas lo más distanciadas que pudo. El ritual había terminado.

 Pilar regresó a su casa, es decir, a casa de su madre. Ella ni siquiera preguntó dónde había estado, mi alabó la nueva imagen de su hija. Pilar, a pesar de saber cómo era, había albergado la esperanza de que ella le halagara. No fue así. Disimuló el odio y el rencor acumulados de aquella progenitora tóxica emocionalmente.
Tachando los días en el calendario con un rotulador rojo, transcurrieron las jornadas. Finalizado el tiempo previsto  no sucedió nada. Dejó transcurrir unos días más, durante los cuales comenzó a desesperar. Con ansiedad, se interrogaba si había cometido algún error al hacer el ritual o si el trabajo no había sido lo suficientemente potente. La dependienta le había advertido la lejana posibilidad de que no diera buen resultado en el caso de que los amantes hubieran hecho  algún otro trabajo que les protegiera contra la brujería. Era improbable, una posibilidad entre un millón. Sin embargo, Pilar se aferró a ella  ya que no quería reconocer que todo lo que había hecho no había servido de nada, que era un engaño. Era más fácil mentirse a sí misma y no perder el ánimo. No sabía si cabría la posibilidad de reclamar. Al fin y al cabo, no era un comercio en el que la gerencia asegurara que si un cliente no quedaba satisfecho se devolvería el dinero. Evidentemente, algo ha había salido mal. A los quince días de haber efectuado el supuesto hechizo, Antonio no había aparecido pidiéndole perdón declarándo su incondicional pasión.

lunes, 7 de marzo de 2016

EL AMARRE (Primera Parte)







Este será un cuento más largo de lo usual y posiblemente conste de cuatro post para no cansar al paciente y sufrido lector. Tal vez sea el relato más "oscuro" hasta el momento, junto con el relato "ELEVARON". Está basado en hechos reales, en parte de la vida de un hombre que podía haber llegado a ser mi pareja; por azares del destino nuestros caminos se encontraron y también, oportunamente, se separaron.¡Menos mal!
Nada más lejos de mi intención de molestar, herir susceptibilidades con la evolución de la trama u ofender a las mujeres. Como licencia literaria el que una mujer fuera la protagonista daba más juego. A ellas les puede quedar siempre el consuelo que en la realidad fue un hombre.
En todo caso, el sexo del protagonista, así como la orientación sexual que tenga es algo que considero secundario. Esta es una historia de desamor-que no de amor- y de como, según deseemos....
  
EL AMARRE (Primera Parte)        

LECTURA DE CARTAS. TAROT. ESPAÑOLAS Y BRASILEÑAS. PREPARACIÓN DE PERFUMES PERSONALIZADOS: AMOR, DINERO, TRANQUILIZANTES, SUERTE, AMARRE, CONTRABRUJERIAS, LLAMA CLIENTES. ASESORAMIENTO DE PAREJAS Y TRABAJOS DE PROTECCIÓN.
AMULETOS DE TODO TIPO PERSONALIZADOS. VELAS PREPARADAS PARA TRABAJAR Y RITUALES DE ALTA MAGIA.
RAPIDEZ Y EFICACIA ASEGURADAS.
VEN A CONOCERNOS Y RECIBIRÁS UN PEQUEÑO  REGALO.


El anuncio, uno más entre tantos insertados en aquella revista especializada, había llamado poderosamente su atención. En el margen superior derecho de la página treinta y dos, bajo un fondo azul celeste rodeado de símbolos cabalísticos, las palabras amarre y rituales de alta magia captaron su interés. ¿Un ritual de amarre podría atraer a Antonio de nuevo a sus brazos? La tienda no se encontraba muy lejos, incluso podía acercarse andando dando un agradable paseo. Pilar siempre había sido un poco supersticiosa, si bien no había profundizado demasiado en aquellos temas esotéricos. Pasar  bajo  una escalera  o que se cruzara ante ella un gato negro despertaba en su ánimo ciertos temores difíciles de controlar. Ahora comenzaba atraerle cada vez más a aquella otra forma de interpretar la vida, la realidad. De niña, había creído en la magia, en protectoras hadas madrinas, terribles dragones con ojos de color carbón encendido, en juguetones duendes esquivos, brujas malvadas que separaban a príncipes enamorados, hechizos o encantamientos en eterna lucha a favor del bien o el mal. Con la madurez, todo aquello había quedado atrás,  junto a los muñecos de peluche, las cocinillas de juguete y creencia en los Reyes Magos. Ahora, su mente desesperada buscaba una última salida que cambiara su situación, un  entorno que no podía ni quería aceptar.
Tras dos días de reflexión se acercó a la tienda, mejor dicho, dejó que sus pasiones, emociones e impulsos la dominaran sobre el raciocinio. Si todo lo que había intentado hasta momento para recuperar a Antonio -o para olvidarlo- había sido inútil, ¿Por qué no probar aquello? Ante el torbellino imparable que era su vida, deseaba entregarse, dejarse llevar, delegar sus propias responsabilidades y acciones en terceras personas o laberínticas circunstancias. ¿Qué podía perder? ¿Dinero? Ya estaba acostumbrada a derrochar;  podía ser una de las mejores inversiones que nunca había hecho. La esperanza  a llevar una vida normal,  aniquilar sus problemas y, sobre todo, atraer su amor perdido, inclinó la balanza. No sin cierto recelo, se paró durante unos minutos ante el escaparate, observando los objetos, a  los dependientes y clientes. A través de simpáticas brujitas de tela y cartón sobre sus escobas o sentadas ante sus bolitas de cristal, de amuletos y libros especializados, comprobó que  tenían un aspecto normal. Respirando hondo traspasó la puerta. Una música New Age de fondo, suave y relajante le tranquilizó. Llena de curiosidad ante la cantidad de objetos desconocidos contempló alguno sin detenerse demasiado. Fisgó unas velas en forma de falo, de esquelética muerte, de diversos Santos, de budas sonrientes en distintas posiciones, de calaveras, de hombres y mujeres desnudos, de serpientes, cabezas y otros diseños difíciles de describir. Curioseó aceites y esencias rituales para ungir y vestir las velas que se encontraban en los estantes de al lado,   hechos con resinas, raíces y cortezas inidentificables. Pasó delante de bolas y pirámides con supuestas propiedades energéticas de distintos colores, tamaños y materiales; al lado de medallas, colgantes, pendientes, pulseras y talismanes con figuras antropomorfas o signos complicados, anillos fotocromáticos que aseguraban cambiar de color según el estado de ánimo, péndulos de radiestesia, puntas de cuarzo, piedras del zodiaco, libros y folletos sobre la reencarnación, viajes astrales, cábala, astrología, rituales mágicos.
-¿Puedo ayudarte en  algo?
Pilar se sobresaltó. Una chica joven con sonrisa luminosa se había acercado a sus  espaldas sin que ella se diera cuenta. Su cabello era largo, hasta casi la cintura, trenzado al estilo africano con brillantes y coloridos abalorios. De su cuello colgaba un amuleto de plata en forma de garra que sostenía una esfera de cristal azul turquesa. Le pareció muy bonito y original. La dependienta se dio cuenta de que lo miraba.

-Se llama la garra del poder -explicó tomándolo con su mano derecha para enseñarselo a Pilar más de cerca- y protege del mal de ojo, envidias y toda clase de vibraciones negativas proporcionando salud, y dinero y amor.
-¡Es precioso! -asintió Pilar.
-¿Qué es lo que necesitas? -insistió ella.
-Bueno, -dudó- no lo sé... Quisiera consultar una cosa, y saber si puedo hacer algo para cambiarla a mi favor
-¡El universo está íntimamente unido, es como un círculo- comenzó a explicar la chica moviendo las manos-, todo lo que está conectado puede ser modificado moviendo o influyendo en uno de sus elementos!
       Pilar no supo que replicar, no la comprendió. Simplemente deseó que ella se encargara de todo, que organizara su existencia.
-Si quieres -propuso la dependienta- podemos pasar a aquella habitación y hablar más tranquilamente.
Pilar sintió miedo, ese miedo ya familiar al desconocido, a lo desconcertante, a lo increíble. El hecho de que su interlocutora fuera una mujer influía positivamente. De haber sido un hombre, no hubiera cedido.
-¿Cuánto cuesta la consulta? -preguntó Pilar ante lo inevitable.
-Treinta euros la tirada de cartas para consultar tu situación y ver los condicionamientos positivos y negativos que te rodean. Tengo que ver tu pasado, el presente y el posible futuro. Lo demás..., si quieres algún ritual –añadió haciendo una pausa- dependerá de lo que quieras y como quieras hacerlo. Sin dar tiempo a la respuesta dio la vuelta al cartel de la entrada al comercio mostrando a la calle un “vuelvo pronto” con bella caligrafía. 
Pilar temió que descubriera demasiado sobre su pasado, aún así la siguió hasta el cuarto. Entraron en un pequeño cubículo en el que había encendidas varias velas y varillas de incienso junto a figuras e imágenes a veces reconocibles y en otras  extravagantes. Ella le había preguntado lo que quería, y Pilar lo diría; desde luego que lo diría.
-Me llamó Iris –informó- si te sientes más relajada puedes fumar, no me importa. Aquí estamos fuera de la vista del público y los inciensos ocultan el olor.
   -Gracias- respondió Pilar sacando inmediatamente una cajetilla de su bolsillo y encendiendo un pitillo.
     -Para empezar, usaremos solamente las cartas del arcano mayor del tarot; luego también las de los arcanos menores. Barájalas -dijo entregándoselas a Pilar- y  centra tu mente en lo que quieres saber. La Energía debe pasar a las cartas, magnetizarlas...
-¡Estoy un poco nerviosa! -repuso Pilar.
-Tranquila, relajante. Cierra los ojos y mezcladas hasta cuando quieras. -Pilar así lo hizo-. Ahora, corta la barajan tres montones.
        Pilar formó tres pequeñas llanuras con los naipes.
     La pitonisa los tomó, comenzó colocarlos y a levantarlos, haciendo muecas y gestos de concentración, sorpresa o duda ante cada uno de ellos.
-¡Vaya! -exclamó la vidente- ¡tu vida parece que no ha sido nada aburrida!
      Pilar se dispuso a escuchar atentamente todo lo aquel mundo del más allá quisiera transmitirle. Tal fue su interés, que el cigarrillo se consumió por sí solo en el cenicero en forma de estrella depositado en la mesa, al lado del tapete rojo donde Iris estaba concentrando su energía.

domingo, 28 de junio de 2015

EL ARTESANO. POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ.




Todos podemos ser creadores...Cada uno debe decidir cual es su mejor obra maestra.


EL ARTESANO

Ese día el artesano tenía dificultades para concentrarse en lo que sus manos tallaban. La madera se le antojaba áspera, estéril, torpe para descubrir la maravilla de sus formas y volúmenes a medida que con los golpes maestros, perfeccionados a fuerza de ser repetidos, arrancaba del tronco macizo, aún cubierto en parte por la corteza oscura, astillas finas, de unas dimensiones breves, casi medidas.
Nunca hasta el momento había sido tan consciente de lo limitado de sus intentos por devolver parte de su fuerza primitiva a aquello que fue sólido sustento del milagro verde de la Naturaleza. Esculpía una imitación del movimiento en figuras congeladas, cincelando el brillo de una mirada bajo una capa de barniz, adornando de colores vivos lo que ya no tenía vida.
Tras haber visto su gran obra, cualquier intento de apartarla de su pensamiento era fútil; la contemplaba como si estuviera en su presencia y su fantástica visión hacía que todos los objetos que habían salido de sus manos, alabados en exposiciones y codiciados por coleccionistas y decoradores, quedaran sin valor, reducidos a reflejos pasajeros del arte auténtico.
Siguiendo un apremiante impulso, abandonó el taller, con tal urgencia que olvidó colocar el cartel que rezaba:”vuelvo en unos minutos”. En el trayecto hacia su casa recordó la omisión, pero fue incapaz de alterar su camino, sus pies, como si fueran dueños de  voluntad propia, no parecían dispuestos a perder un solo minuto en regresar.
A pesar de que no lo esperaba aún, su compañera no se extrañó al verle llegar, aún antes de confirmar en sus ojos la causa de su vuelta anticipada.
Caminó hasta el dormitorio y contempló, exhausto por la carrera y ahogado por la emoción, el comienzo de la vida, impresionado como el primer día ante la fragilidad de la cabeza menuda, ahora lo único visible de la figura en reposo. Advirtió el pequeño torso, apenas dilatado por una leve y tranquilizadora respiración, que mecía suavemente las alegres sábanas; las proporcionadas extremidades que se estiraban y encogían en intervalos irregulares en una comunicación sin palabras.
Sin apartar la vista del ignorante durmiente, acercó una silla y al sentarse, sintió las manos de su mujer apretando sus hombros. Estiró  una de las suyas hacia el pequeño cuerpecito para asegurarse, una vez más, de su realidad y  -ajeno a todo lo que no estuviera en aquella habitación- disfrutó, perdido el control del tiempo, de la más perfecta de sus creaciones:
Su hijo.



viernes, 19 de junio de 2015

LA PRIMERA NOVELA QUE PUBLIQUÉ, "DIARIO DE UNA IMPOSTURA", AHORA DISPONIBLE EN AMAZON EN VERSIÓN KINDLE



A la edad de veinte años, Miguel ingresa en un convento en un intento casi inconsciente de huir del mundo y sublimar una orientación sexual que es incapaz de aceptar. Renunciando a todo lo conocido, su pasado, sus amigos y su familia se incorpora en una comunidad que espera le proporcione la paz. Lo que no consigue es renunciar a si mismo. 

La soledad, el profundo sentimiento de culpabilidad y vergüenza, las continuas luchas entre la dicotomía de sus creencias religiosas y su homosexualidad le llevan desde el principio a escribir un diario, en el que poco a poco va vertiendo todo lo que lleva dentro y que ha estado reprimido durante años. Descubrirá que aquello de lo que esperaba escapar, se encuentra también entre aquellas paredes. A través de farsas, imposturas e hipocresías se impone la realidad de que la homosexualidad es algo habitual entre sus compañeros de comunidad hasta límites insospechados. 

El desmoronamiento de sus creencias religiosas básicas, la contemplación de una realidad incuestionable, el surgimiento de un amor no buscado y las eternas preguntas con nuevas respuestas le conducen a la rebelión, hacia una evolución moral y personal inesperadas tras una larga crisis de identidad: se abre ante él un mundo distinto, en el cual la autoaceptación es simplemente el primer paso... hacia la libertad. 

Este libro fue publicado anteriormente en formato físico bajo el seudónimo de Miguel Martín (de ahí el nombre del protagonista), debido al tabú que suponía relacionar en una misma obra homosexualidad e iglesia. Hoy sale a la luz por primera vez en formato electrónico bajo su verdadero nombre, David Mario Villa Martínez.


domingo, 11 de enero de 2015

REFLEXIONES:RUPTURA. POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ


Reflexiones: Ruptura

Reflexiones: Ruptura


Quienes han experimentado un rompimiento amoroso probablemente pueden identificarse con muchas de las partes que se mencionan. Es importante señalar que nos referimos específicamente a algo que podemos llamar parálisis psicológica, desorientación y vacío que se experimenta tras la ruptura o separación de los amantes. No en todos los casos se experimenta la misma situación, porque la conducta humana varía mucho de una persona a otra.
Generalmente en una primera crisis se logra soportar esta situación aún siendo muy grave, la persona afectada no sabe cómo enfrentarlo. El dolor sentimental que produce esta relacionado con la intensidad del compromiso existente en la relación amorosa.
La ruptura y dolor se relaciona con lo que llamaremos cambio afectivo y este se determina por la cantidad de tiempo que uno ha pasado con la otra persona y por la profundidad del compromiso. Por ejemplo, hay parejas que han concluido o que se han visto hace poco tiempo y en estos casos el periodo para el cambio afectivo generalmente es corto.
Cuando la pareja continúa estando junta en períodos de estabilidad, alternados con crisis sentimental, el tiempo sigue y la relación sentimental pasa por un periodo de mayor profundidad en las emociones y sentimientos. Es importante que en los periodos de rompimiento, la persona siga desarrollando sus actividades y funcionamiento normal mientras que las heridas del ego se curan. Sabemos que no siempre es así: cuando el dolor es profundo la persona pasa por períodos largos de sentimientos confusos y vaivenes emocionales.
Consideramos que rompimiento, o los efectos del rompimiento, se vuelven mas problemáticos cuando se intenta reprimirlos o inhibirlos a través de la negación o a través de los excesos, como son las drogas, el alcohol y el sexo. El fracaso en reconocer y expresar el sufrimiento emocional puede perjudicar la salud psicológica y emocional de las personas, ya que serán afectadas sus posibilidades reales de formar nuevas relaciones amorosas en el futuro. Se puede temer que en la siguiente relación se repita la misma historia de acontecimientos, o peor aún, se duda de que uno mismo sea capaz de amar. Eso suele propiciar que "atraigamos" lo que pensamos con nuestra actitud.
Hacer frente a la experiencia del dolor y comprender en lo que uno fallo puede convertir el dolor en una experiencia de crecimiento y dejar una huella de ideas y emociones de cómo afrontar nuevas relaciones amorosas. La secuencia de un rompimiento emocional mal resuelto puede afectar a algo más que la salud emocional. Cuando la vida se llena de sufrimiento por la pérdida y no se pueden afrontar los sentimientos que acompañan a este sufrimiento, el cuerpo recibe la señal de que no se quiere recuperar.
Las penas no resueltas, la represión y la desesperación debilitan el sistema inmunológico, acarreando padecimientos en el organismo y dejando espacio a las enfermedades. Así que el dolor de la separación, aunque difícil, es necesario vivirlo; se debe recuperar, al igual que otras heridas, la capacidad de sanación de las emociones.
Después de sufrir una pérdida amorosa o sentimental el querer vivir desconectado de las emociones puede ser el peor error; experimentarlo significa estar en contacto con una realidad dolorosa que debe superarse.
Tampoco se trata de quedarse instalado en el dolor eterno y sufrimiento por la pérdida. Existen una amplia cantidad de síntomas que se experimentan por el dolor sentimental. Se puede abusar de la comida o del alcohol, así como de las pastillas para distintos dolores, para dormir, tranquilizantes, antidepresivos; pareciera que se está buscando una medicina para liberar el dolor. Lo lamentable es que no existen. Para cerrar las heridas del amor se debe pasar por un proceso, en otras palabras es el trabajo que debemos hacer para restablecer nuestra capacidad de amar. Debemos de empezar por nosotros mismos.
Se pueden producir un número importante de trastornos como son perder el apetito, dejar de dormir o de descansar, la pérdida de peso; se sube de peso, se pierde el cabello, se quiebran las uñas, se padece gastritis, se producen diarreas. Lo más difícil son los lapsos en que se pierde la memoria o en los que nos damos cuenta de que sólo usamos nuestra capacidad racional para recordar el dolor y a la persona relacionada con el mismo.
Tal vez se llegue a sentir como si tuviera poca o ninguna energía. La mayor parte de las personas tratan de sumergirse en la rutina diaria. Somos incapaces de recordar o ver lo bueno que tiene la vida o la gente que lo rodea.
Los pensamientos quedan limitados a la persona que hemos perdido y al dolor que esto nos produce. Muchas personas se aíslan, se recluyen y dejan de tener contacto por el temor a ser lastimados, o a no poder volver a encontrar alguien que valore lo que sentimos. Cuando se entra en el dolor emocional, es posible que nuestra vida parezca sin control.
Todo lo que nos rodea se encuentra lleno de un profundo vacío que se siente en el interior de nuestro ser. Existen una serie de etapas que se cubren en el proceso de la pérdida:

1. La pena y el dolor.

2. Sentirse culpable.

3. Enojarse.

4. Adaptarse a una nueva situación emocional.

5. Resolver el conflicto.

6. Encontrar el nuevo amor.

Es importante que sepamos que el dolor no siempre permanecerá en nuestra vida, es algo que se transformara al pasar el tiempo. En el momento de la pérdida los amigos, la familia, el trabajo, son los mejores aliados. Es importante que si el dolor supera tus fuerzas busques la ayuda de un especialista.
El dolor es una etapa que se puede superar comenzando por quererse a uno mismo.

martes, 14 de octubre de 2014

ALTURAS Y PROFUNDIDADES. POR DAVID MARIO VILLA MARTÍNEZ.






 ALTURAS Y PROFUNDIDADES


         El hombre de las profundidades contempló una vez más las simas en que se contenía su reino, los hoyos de distancias invertidas que se prolongaban más allá de lo medible, mostrando relieves dispares en los breves relámpagos de luz, provocados por la electricidad estática de infinidad de seres que se mezclaban en una bacanal de roces ciegos. La fauna abisal iluminaba, con gamas increíbles de colores y formas indescriptibles, aquella belleza de naturaleza oscura y oculta.

     Contempló cómo se expandían en fosas verticales, escarbando  con hambrientas lenguas de agua el fondo en busca de alimento invisible a los ojos en la mayoría de los casos, donde la presión, el frió y la oscuridad anunciaban el límite de la vida. Admiró los cráteres colonizados por la vida, huellas del impacto cósmico de algunos meteoritos. Atisbó los barrancos y cañones, frescos regazos donde reposaban riachuelos y arroyos, regueros y torrentes fusionados con los océanos: todo lo que aspiraba a ser centro y entraña del mundo.

      Sabía, o mejor intuía, la existencia de un mundo más elevado y de un ser que como él, lo poseía y  regia. Se confesaba a si mismo que estaría bien conocer aquello que crece en busca del ciclo. A pesar de todo, en silencio, hace recuento una vez más de sus pertenencias, consciente  de ser la mano que ejecuta un plan superior ineludible. 

El hombre de las alturas elevó la vista hacia sus dominios. No dejaba de asombrarse ante el hecho de que, cuando ascendía hasta lo más alto del territorio, todo a su alrededor parecía elevarse, dejándolo nuevamente sumido en una altura menor. Lo comprobaba una y otra vez e intentaba disfrutar con ello. Se exaltaba por el paisaje de nieves eternas, de cielos sin nubes bajo un sol constante. Durante las noches daba la impresión de que, alargando la mano, se podía cosechar un racimo de parpadeantes estrellas burlando la vigilancia del guardián lunar.
No obstante, eran las aves las que ofrecían el espectáculo más bello a sus ojos. Sus formas y tamaños, especialmente concebidos para el vuelo, se dibujaban sobre un fondo de escarpadas y vertiginosas cumbres. Se deslizaban por los cielos en maravillosas coreografías aladas, al son de los ecos de la música inmortal del espacio sin fin.
Desde sus cimas, el hombre de las alturas observaba a veces lo que a sus pies se extendía y que, sin una razón fundada, sabia propiedad de otro individuo como él, al que le gustaría enseñar las maravillas de su elevada morada.

Ambos ignoraban que, cada veinticuatro mil años, se rompe el equilibrio de la Naturaleza, sin ninguna razón aparente, como si el único enemigo fuera ella misma. Como se troca la impureza en virginidad, la locura en juicio y la nada por el todo, las alturas y las profundidades se intercambian con el fragor de una contienda sin armas, con el estrépito de millones de rocas reorganizándose en una permuta imposible. Se suspende el tiempo y se concentra la vida en una diminuta semilla que brotará nuevamente sobreviviendo a aquella vorágine.
Justo en el ecuador de la mudanza ambos hombres se encuentran al mismo nivel. Solo durante un ínfimo fragmento de la mínima fracción de segundo. Es suficiente, no obstante, para que ambos se miren a los ojos, se reconozcan en la repetición de un cataclismo similar que se viene produciendo sin principio dese el infinito de los tiempos. Tiempo suficiente para que aquel tenue deseo sembrado en su interior de conocer lo opuesto, aquello que a que cada uno es vedado, germine, crezca, se desarrolle, de fruto y se seque donde nació. Y es que, al instante siguiente, el hombre de las alturas se despierta como señor de las profundidades y su desconocido acompañante se viste con la túnica de las alturas, enterrando bajo el polvo del olvido su afán común: un efímero milagro que son incapaces de alcanzar llamado comunicación.