sábado, 8 de febrero de 2014

ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ







En pleno reinado de Felipe IV dos hombres solitarios con pasados distintos se encontrarán en Madrid




ENTRE TORREZNOS, GALLINEJAS Y CRIADILLAS




Desde que se asentara en Madrid años atrás, Hernán no tenía demasiados amigos, al menos no como los escasos que tuviera en San Román, su pequeña aldea natal de la provincia de Toledo. Su cuerpo había cobrado unas proporciones adultas, propiciadas por el duro trabajo que realizaba con sus músculos, con tanta pieza que arrastrar y tanta carne que cargar a sus espaldas. Esto le había ayudado a recuperarse físicamente de las fiebres tercianas, aunque el inicio había sido extremadamente duro. Su piel había recobrado el color de su raza gitana. Cuando trabaja descamisado sus compañeros observaban en silencio las cicatrices de su espalda ancha y brazos fornidos, pero ninguno osaba preguntar. Sus facciones infantiles se habían difuminado para dar espacio a las del hombre en el que se había convertido. Lo que no había variado demasiado era aquella mirada triste y melancólica ni su ligera cojera.

Hernán solo había encontrado trabajo en el Rastro, desempeñando un oficio que nunca hubiera imaginado ni deseado: rastrero, matarife... Habiendo huido siempre de las matanzas del cerdo en San Román, no tuvo más remedio que aceptar un empleo en el mercado de reses, vacas, guarros y carneros. El nombre del lugar se debía a que los animales sacrificados se llevaban arrastrando desde los corrales a los postes dónde eran degollados, y por el rastro de sangre que dejaban las piezas descuartizadas. El Rastro se encontraba muy cerca de la Puerta de Toledo, que era de construcción reciente, pues había sustituido a la de la Latina al ampliarse el perímetro de la ciudad en 1625 con la cerca de Felipe IV. En realidad, era de mala calidad y muy sencilla, con dos arcos iguales de ladrillo.

El Albergue de San Lorenzo estaba situado junto a ella y cerca del matadero. Daba cobijo a los pobres que no tenían dónde pasar la noche. En su llegada, Hernán había dormido a la intemperie hasta que un mendigo le había indicado el lugar. Hacía buen tiempo y por aquel entonces no quería gastar su capital a no ser que fuera necesario. Tras tantos meses de permanencia entre las cuatro paredes de la celda, dormir al raso casi era una necesidad, una experiencia liberadora. Sentir el viento en la cara, el sol sobre su piel, las hierbas cuando se tumbaba en el suelo, eran pequeñas cosas que no había valorado en su momento, pero que ahora eran como pequeños tesoros.

Había conocido al guapo pordiosero en las gradas de San Felipe, dónde se hablaba de la clase dominante, de los galanteos del Felipe IV y la prepotencia de su valido, el Conde-Duque de Olivares. Cuando sonaba la campana mayor de los agustinos anunciando el medio día, los contertulios se dispersaban para comer. Entonces, una turba de mendigos, vagos, sin techo y estudiantes de sotanas raídas se agolpaba ante la presencia de uno de los hermanos legos del convento que daba nombre a las gradas para disputarse los restos de las viandas conventuales. Un gallofero habitual, joven pero desdentado, que se aprovechaba de la sopa boba y vivía de ella, se había compadecido de Hernán informándole sobre dónde podría pasar las noches a cubierto…Compartieron jergón y caricias durante semanas, hasta que encontró a otro pardillo forastero que le desplazó. A Hernán no le preocupó demasiado ni se sintió despreciado. Sin bien había llegado a sentir cierto afecto durante aquellas noches de pecado nefando sabía que no era la persona que necesitaba.

Al poco tiempo fue cuando  encontró el trabajo en el  Rastro que le permitía pagarse un reducido cuarto en una sencilla posada. Se tenía que levantar pronto, de madrugada, para conducir las reses a dónde encontrarían la muerte. Con rapidez, para no llegar tarde, desayunaba naranja y aguardiente que vendían los voceadores ambulantes nada más amanecer. El lectuario, la confitura de naranjas amargas sumergidas en miel, era reconocidamente buena para combatir la bilis y le despejaba rápidamente. Le gustaba sentir su fuerza en el paladar, en la lengua. A partir de aquella hora acudían los compradores de carne y los que esperaban los despojos, como las asaduras, tripas, sesos, pulmones, gallinejas, criadillas y mollejas. Años atrás se distribuían gratuitamente, pero ahora, con vista comercial, se empezaba a venderlos a menor precio que la carne, pero como una parte más del despiece de las reses.
         
Durante semanas, Hernán había sentido nauseas, e incluso vomitado a la hora de clavar un cuchillo en el vientre de los animales y soportar sus chillidos de pánico, al desmadejar las gallinejas como si fueran grandes y grasosos ovillos de lana como los que viera hacer a su madre para tejerlos durante sus horas libres de invierno, al ver manar chorros de sangre caliente que despedían un olor dulzón. Atar a las reses a los postes de madera mientras mugían, gruñían o balaban le recordaba, invariablemente, las sesiones del tormento en las que, de manera similar, se había visto inmovilizado, gritando y llorando de dolor. De cuando en cuando, aún se despertaba  por la  noche  aterrorizado y cubierto de sudor, para descubrir que no estaba en una celda de la Inquisición, sino en un sencillo y humilde cuarto sin rejas y... sobre todo, libre.

Había conseguido que ciertos propietarios de las reses le permitieran quedarse con algo  de casquería. Humildemente, como los propios alimentos considerados como desperdicios, logró poner una pequeña barra de freiduría que había adquirido alguna clientela al paso de los meses. En su cuarto, partía los despojos en trozos grandes y los lavaba con cuidado, dándolos varias aguas, dejándolos sumergidos hasta el día siguiente, limpiándolos de nuevo varias veces. Tal proceso le había causado al principio no pocos incidentes con el dueño de la posada hasta que le descubrió con un joven mancebo andaluz. Hernán calló y no dijo nada a las autoridades ni a la vecindad con la secreta esperanza de que, llegado un momento determinado hiciera lo mismo por él. Así fue. Con discreta frecuencia se acostaba con curtidores, mercaderes errantes, pastores trashumantes…

Le agradaba la rudeza de sus cuerpos, la brusquedad de gestos, las distintas formas de enfrentarse a una forma de practicar el sexo prohibida e innombrable. Le causaba casi tanta satisfacción y placer el mismo hecho de la conquista, de la seducción; el interpretar de manera adecuada una mirada mantenida más de lo necesario o dirigida a una zona concreta de la anatomía, el roce o toque más o menos directo, con intención evidente. El riesgo era alto y su corazón se aceleraba tanto o más con el riesgo del coqueteo entre hombres como con el tacto de los cuerpos.


A menudo el río -especialmente cuando empezaba el deshielo en las montañas o abundaban las lluvias torrenciales- inundaba las riveras con remolinos de agua sucia, destruyendo todo cuanto se encontraba a su camino. Arrancaba de cuajo los bancos de las lavanderas o arrastraba la ropa sucia o tendida sembrando la muerte y miseria entre aquellas mujeres que en ocasiones eran arrebatadas por el Manzanares hasta el Jarama. Madrid había sido desde siempre una ciudad rica en aguas, cristalinos manantiales con cualidades medicinales y caños abundantes. A pesar de ello, el agua no llegaba a todos los puntos de la Villa y Corte, y las lavanderas se veían esporádicamente acompañadas de aguadores que coqueteaban o bromeaban con ellas y en ocasiones entre ellos y los viandantes. Era algo que le había llamado la atención despertando en él otro tipo de emociones que deseaba experimentar.

Antonio tenía dieciseis años. Era moreno, delgado, de pequeña estatura. No era especialmente tímido; la vida le había enseñado a defenderse. Como los demás aguadores  cobraba poco, apenas para comer en algunas jornadas. Si se daba bien el día se alimentaba de chicharrones y pan, o gallinejas con aguardiente para entonar el cuerpo. Su madre había sido lavandera y, como todas, iba de casa en casa recogiendo la ropa sucia de aquellos que se podían permitir aquellos servicios; después se encontraba en el río con algunas criadas que también saneaban y tendían las ropas de sus señores. Eran mujeres de vida humilde, generalmente viudas o madres de familia numerosa, maridos borrachos o fugados a las Américas, que vivían en chozas miserables. Bajaban de madrugada con sus cestos y cuarterones de jabón. Durante todo el día se deslomaban en forzadas posturas, descarnándose los nudillos de tanto restregar vestidos, trapos y sábanas, regresando a sus casas con las manos agrietadas o amoratadas a causa del frío, el jabón y el agua.

Antonio había crecido en ese ambiente y desde niño había pedido monedas a cambio de agua fresca o de dejarse hacer… si es que el cliente no era de su gusto. Eso no significaba que solo lo hiciera por dinero, sino que solo cobraba cuando el solicitante no era de su agrado. Ésto lo había descubierto de manera natural años atrás al observar como zagales mayores que él se entregaban a placeres sin nombre entre arbustos y matorrales, al comparar su incipiente vello púbico y miembro inquieto con los espesos y encrespados, con los penes arrogantes. En su primera vez pensó que iba a desmayarse ante aquel arrebato tan diferente a las manipulaciones solitarias, ante aquel torrente sorprendente expulsado en cálidas oquedades hasta entonces solamente contempladas, pero no compartidas.

En contraste con la miseria del pueblo medio y bajo al que él pertenecía, el poder del rey y la nobleza de su entorno se fortalecían día a día. Al establecerse la Corte en Madrid, la Villa se había convertido en el centro político de los extensos territorios del Imperio dominados por la Corona, y también de la vida política, económica y financiera de los reinos peninsulares. Todo ello, lejos de beneficiar y aumentar la capacidad y el poder del Concejo, no estaba suponiendo ninguna ventaja para la Villa y sus ciudadanos. Lejos de defender los intereses locales y vecinales, el Ayuntamiento madrileño se había ido convirtiendo en un muñeco en manos e intereses del Felipe IV. La pobreza en Madrid era miseria; él formaba parte de ella.

De pequeño, subiéndose a un cajón, tendía la ropa o se esmeraba en recogerla cuidadosamente para que no cayera al suelo y se manchara de nuevo. Hacía dos años que su madre y su hermana pequeña habían muerto a causa de los enfriamientos que desembocaron en pulmonías debido a la humedad del río. La hermana que sobrevivió había fallecido el febrero del año anterior junto a otras siete victimad en una de las más grandes e imprevistas riadas del río Manzanares recordadas.  Antonio  se había salvado de puro milagro al agarrarse a unos grandes tablones arrancados del lavadero por la fuerza del agua, rescatado en ultima instancia por unos viandantes valerosos y fornidos cuerpos.

Se había quedado solo.


Hernán tardó en descubrir que la Plaza Mayor de la ciudad de Madrid había sido levantada sobre la vieja y desordenada Plaza del Arrabal. Su ligera desviación de este a oeste había sido el resultado de la imposición municipal de que se dispusiera en paralelo a la prestigiosa calle de Guadalajara, tránsito más directo a Monasterio de los Jerónimos, al que acudía el rey. Por ser la única plaza digna, amplia y céntrica, era un escenario adecuado de fiestas, corridas de toros, juegos de caballos, ajusticiamientos, canonizaciones y Autos de la Inquisición. La Plaza Mayor, terminada en 1620, hacía poco más de treinta años, había sido la construcción más trascendental llevada a cabo hasta el momento. El pueblo se sentía orgulloso de ella, aunque viviera en la miseria. Su finalización, el ensanchamiento de los tramos más estrechos de la calle Guadalajara y el establecimiento de un eje central entre el Alcázar y la Plaza Mayor, con el Palacio de los Concejos en el centro había sido considerada una excelente idea.

Para hacer olvidar los problemas y pobreza que los madrileños tenían a causa de las repetidas crisis de gobierno y decadencia del imperio, de la arraigada afición de la sociedad barroca por la fiesta y la escenografía, las autoridades de la Corte organizaban en ella fiestas, desfiles, festejos y celebraciones organizados por la Corona, el Concejo o la Inquisición. La Casa Real se asomaba a los Balcones de la Casa de la Panadería, y lo mejor de la sociedad cortesana y el Concejo en los de la Carnicería. Hernán había sido invitado a seguir a alguno de ellos, a la prudente distancia que ha de hacerlo un plebeyo hasta que, tras entrar por la puerta de servicio esta desaparecía durante unas horas para luego ocupar cada uno su lugar en la calle. Ni saludos, ni menciones, ni tan siquiera repetidas proposiciones.

En las tabernas y botillerías se despachaban vinos manchegos que se vendían bien entre el populacho y del que Hernán era también asiduo; los vinos eran buenos aliados para justificar determinados deslices carnales con los que podrían justificarse o fingir olvidar los escarceos carnales. El de la “Membrilla” era considerado como uno de los mejores y solía venderse en cuartillos en puestos ambulantes y carromatos situados en la Plaza, así como en la de Santo Domingo y Puerta Cerrada. En ella había mercados de carnes, aves, verduras y frutas muy baratas venidas de las huertas del Alberche, Jarama y Henares; pero también granadas, limones y naranjas de Valencia y Murcia. También se podían encontrar escabeches, arenques, y salazones. Entre aquellos puestecillos, en una esquina, ponía Hernán el suyo no exento de cierto orgullo. Freía las gallinejas en aceite hirviendo y las sazonaba con sal, una cucharada de pimentón dulce y otra de picante. El olor que desprendían las fritangas se confundía con el de los productos de los puestos cercanos, las gentes poco aseadas y los animales vivos en venta, como gallinas, patos, corderos lechales o cochinillos. No ganaba mucho, pero con el trabajo de la mañana tenía suficiente para comer y pagarse el humilde techo sin tener que recurrir al refugio o tocar sus ahorros.

Estaba rodeado por estratégicas alojerías que alternaban su levantamiento, a veces en los mentideros, otras en las plazas. Ofrecían resolís, mistelas y aguardientes a precios competitivos y calidades diversas, según fueran más o menos aguados  por los vendedores. A la hora de comer, Hernán intercambiaba unas buenas gallinejas por una bebida de origen árabe compuesta de agua, miel, arroz y especias aromáticas: el hipocrás. Este y la aloja rivalizaban con los vinos causando no pocos incidentes entre tabernas, tenderos y buñoleros que querían venderlos. Y de nuevo eran lugares llenos de posibilidades para miradas, tonteos y rozamientos no exentos de riesgos y de algún rechazo airado.

La cercanía de los puestos callejeros concitaba la atención de numerosa clientela y en ocasiones hacían las veces de mentideros, en los que los soldados narraban sus proezas, los cómicos su fama y el público; generalmente se mentía sin medida. El tema favorito era la doble personalidad de Felipe IV. Por un lado era estricto y distante, rodeado de etiqueta, de religiosidad con pompa y circunstancia, el arrepentido mil veces de sus pecados; por otro, acudía a mujeres públicas de manera evidente, se filtraba en los corrales de las comedias, era amigo de excéntricos y obseso sexual. Todo ello proporcionaba jugosos rumores y matices para entretenimiento de la plebe.

Hernán despachaba a personas pertenecientes a los gremios artesanos que daban nombre a las calles cercanas: curtidores de piel, zapateros, herradores, guarnicioneros, pellejeros... Con el tiempo coleccionó oficios entre sus piernas, calles en sus labios. Su sueño era poder montar una tienda de cestería con su pequeña fortuna en el momento en que dominara bien las técnicas de manufactura de la ciudad y se quedara vacante algún local que pudiera pagar. Por las noches o en sus ratos libres, entre amante y amante, practicaba en la posada para recuperar la agilidad de antaño y copiar los nuevos modelos que había visto en los tenderetes capitalinos. No se resignaba a ser un matarife, como tampoco lo hacía a estar solo.   

           
En la Corte la moral férrea no se podía romper, pero si doblar en el sentido que se quisiera. Madrid estaba lleno de contradicciones. La fornicación apenas era un grave pecado; la pagada estaba admitida legalmente en ocasiones alternantes. En los últimos tiempos las mancebías más populares se habían visto abocadas a trasladarse. Las putas se mudaron al barranco de San Juan de Dios, a la Torrecilla del Leal y al barranco de Lavapies. Hernán necesitaba de sus servicios de vez en cuando, como desahogo de sus ingles cuando llevaba cierto tiempo sin estrechar en sus brazos espaldas fuertes o llevara sus labios dedos rudos.

Una barragana que le llevaba diez años, que conociera en el barranco de Lavapies y con la que había mantenido un contacto esporádico, le había enseñado años atrás a actuar de manera tranquila y sosegada, preocupándose no solo de su propio disfrute, sino también del que yaciera con él. Con ella descubría variedades dulcemente pecaminosas que nunca hubiera imaginado y que luego aplicaba a sus amantes masculinos. Aquellos hombres toscos se quedaban sorprendidos de lo que era capaz de hacer.

Desde hacía semanas tenía un  cliente fijo que le había llamado la atención. Su aspecto no podía ser más humilde. Sin que él se diera cuenta, Hernán le vendía los mejores y más grandes trozos a un precio menor del conveniente. Simplemente se sentía pagado por su presencia aniñada de mirada experta. Le percibía de manera distinta y no tardó en comprender que nuevas emociones emergían no solo de su entrepierna, sino de su pecho.


Antonio intentaba pasar de largo ante las perolas humeantes de los buñoleros, las tiendecillas de pasteles, los puestos de refrescos y los expendedores de carnes de calidad hervidas: tajadas de carnero, tocino, falda... Haciendo una excepción, a veces se compraba pastelillos de carne, en unas ocasiones dulces y en otras salados. Sobre todo muy especiados y picantes. Eran baratos y asequibles para las miserables posibilidades alimenticias de la población. Aunque tuviera que esperar, le gustaba ver cómo los expendedores hacían la masa de harina de manteca para formar la caja y mirar como la rellenaban de carne, cubriéndola con otra masa más fina para cocerla en el horno y comerlos calientes. Generalmente compartía las colas con rameras ante los bodegones de torreznillos, que resultaban mucho más baratos. Por dos maravedís podía comprar una tajadilla de hígado frito.

Sin embargo, cada vez se dejaba ver más por la Plaza Mayor, en el puesto de un joven de piel morena y ligera cojera que le miraba con estima. Se sentía halagado ante sus maneras y habían cruzado varias palabras ajenas a la simple compra de los torreznos. Al inicio no se había dado cuenta de le trataba no solo como un cliente especial, sino como una persona especial. Cada vez con más frecuencia se mantenían la mirada mientas rozaban sus manos levemente deseando no solo tocar unas criadillas que no fueran de toro o cordero, sino las mutuas; no solo yacer juntos y marcharse, sino quedarse.

martes, 4 de febrero de 2014

EL BAILE MALDITO (AUDIO LIBRO). POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.



Continuando con la idea de los audio libros os presento el primer relato de Halloween que leí en el Espacio Niram auspiciado por el Circulo Literario Mundi Book.

El miedo es intrínseco al ser humano,nos pone en alerta ante los peligros.Sin embargo la fantasía y realidad son difíciles de discernir. La imaginación nos puede causar malas pasadas...o no.





domingo, 2 de febrero de 2014

NO SIEMPRE ES NAVIDAD. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ.



NO SIEMPRE ES NAVIDAD

(Este relato está dedicado a mi tía y a parte de su historia que descubrí hace unas semanas)
Las Navidades son las fechas por excelencia en las que se celebra la inocencia. Sin embargo no debemos de olvidar del todo que a muchos de nuestros mayores les fue arrebatada y que en muchos países en la actualidad por distintas causas esta inocencia no es posible. 


NO SIEMPRE ES NAVIDAD

Me sentía extraña aquella noche. El recelo, el miedo, la desconfianza y la intranquilidad impregnaban el aire y todos temíamos ser atacados inminentemente. Cada vez estaban más cerca. Tú no lo recuerdas, pero eran unas Navidades tristes, oscuras como los uniformes de los enemigos y agrias como la derrota que sufriríamos pronto. Padre y madre hacían lo posible para celebrar estas fechas para distraernos, para crear ilusión con lo poco que tenían. Nosotras queríamos olvidar y jugábamos con las muñecas hechas con trapos, cabellos de lana, cuyos ojos eran botones de distinto color hechas por nosotras mismas.
Bien es cierto que yo no sabía que clase de cambio quería; nos habíamos criado en la guerra y no era capaz de imaginar un mundo distinto en el que no cayeran bombas, se escucharan disparos, las sirenas anunciaran a la población que se dirigiera a los refugios y sin la escasez de comida. Escuchaba como madre tosía y odié a los hombres de oscuro que traían el invierno y las enfermedades  enrollados en las balas y obuses. Gracias a Dios tú eras demasiado pequeña como darte cuenta de aquellas cosas; se han perdido en tu memoria junto aquellos otros recuerdos, buenos y malos.
           
            “El mal tiempo, con toda posibilidad podía retrasar el ataque” -me confesó el jefe de nuestro bando cuándo observó la pesada neblina que se había enganchado al corazón-. Quiso con sus agotadas fuerzas que el frío congelara su entendimiento y abotagara sus remordimientos. De pronto sintió una desgana similar al sueño. No deseaba comenzar de nuevo -me confesó-, no quería sentarse en su butaca y jugar con los hombres que tenía bajo su mando como si fueran piezas de ajedrez. No le atraía lograr más medallas manchadas de sangre, no quería más vino para poder conciliar el sueño; tan solo  quería imaginar lo que haría su familia en aquellos instantes. Incluso era incapaz de sentir morriña, porque llevaba tanto tiempo en aquel antiguo barracón, que ya no creía que existiera un universo fuera de él. Y lo que era peor, ya no le importaba. Tenía la férrea convicción de que no había vuelta atrás. Ante la situación más optimista, aunque los nuestros ganaran la guerra y él regresara con su familia, no dejaría de escuchar los gritos, los lamentos, los lloros. Me dijo que nunca paraban, ni durante la noche cuándo las armas callaban dormidas, ni cuándo encendía la radio a todo volumen para escuchar las estimuladoras arengas; tampoco cuándo se bañaba con agua fría para despejar su ego adormecido.
Mientras yo permanecía callada me recordó que era Navidad y quiso rebuscar en voz alta, en su pasado, algún recuerdo dulce y jugoso con el que convencerse de que aún existía y no se encontraba perdido en un infierno indefinido. Pero no lo consiguió. Lo que antes era dulce, ahora era amargo por lo lejano, por el olor a ausencia. Estaba dispuesto a jurar que ,si alguien le asegurara que había disfrutado de una vida anterior a todo aquello que formaba parte de su presente, no le hubiera creído; lo hubiera considerado una pesada broma ideada bajo los efectos del alcohol. Por increíble que le pareciera, por un rato no recordó quien era el enemigo, había olvidado de qué color era su uniforme y el de sus contrarios, los confundía, dudaba…


Yo sí que recordaba las Navidades pasadas. Entonces, algunos de nuestros hermanos aun estaban vivos y nos llevaban a ti, a mí, y a nuestros hermanos pequeños a caballito por toda la casa adornada de fiesta mientras cantábamos villancicos. Tenía unos doce años y hacía dos que el pueblecito se encontraba intermitentemente acosado, en un estado que no lograba comprender. Pero todo el mundo decía asustado que aquella noche el pueblo sería invadido finalmente, que ya no había solución y que la muerte se cernía en muchas familias. Hombres y mujeres reforzaban las inútiles barricadas, distribuían las escasas armas de fuego y protegían a los viejos, embarazadas y niños en ingenuos lugares que consideraban seguros. Escucharíamos una vez más el silbido de los misiles, los gritos de ambos bandos fundidos en uno solo y los rezos- sobre toda aquella algarabía-; los rezos para que aquellos endebles refugios resistieran. Algunos especulaban esperanzados que, aquella noche, al menos, el frió podría detenerlos… Como los demás nos dirigimos al refugio antiaéreo y madre abrió un cestillo con algo parecido a comida. Yo tenía hambre, y sabía que por mucho que comiera sentiría como las tripas protestaban airadas, como siempre. En tus ojos vi lo mismo. Te abrazaste a madre, cerraste los ojos con fuerza y te tapaste los oídos con las manos… Cuándo me quise dar cuenta, yo estaba abrazada a vosotras dos.

            Los superiores del otro bando habían decidido que a pesar de todo era un día tan perfecto como otro cualquiera para atacar. Sería la embestida definitiva y finalmente podrían invadir nuestra miserable villa  y palpar un escaso permiso que olía a orujo y a testosterona furtiva. Lo de la testosterona lo entendería más adelante.  Nuestro hermano mayor me contó que, tras la barricada, al capitán enemigo le pesaban las piernas como témpanos, pero se obligó a caminar dirección a la trinchera. La fuerza de la costumbre guió su mano y ordenó el ataque con una voz mecánica y monocorde, como quien desea buenos días a un desconocido por pura cortesía. A mi no me parecía ninguna justificación lo que me contaba, sólo pensaba en aquellos vecinos que habían caído a mi lado, en los conocidos habían detenido, en todas y cada una de las repercusiones de la guerra a las que le responsabilizaba personalmente.  Sólo quería salir de allí, escaparme, pero tenía miedo. Ya me habían atrapado una vez; no tardarían nada en hacerlo otra vez. Comprendí que lo más prudente era permanecer callada y quieta.

            He oído que muchos no se acuerdan de lo que sucede en las siguientes horas a una batalla. Nunca recuerdan exactamente lo que pasa en las ofensivas, el ruido y el caos sumen las mentes en un estado de letargo del que no pueden despertar hasta un tiempo indefinido.

            Sin embargo, yo sí que recuerdo con exactitud lo que escuché. Ruidos provenientes de los más profundos de los infiernos, grandes trozos del techo del refugio cayendo sobre nosotros y un silencio sólo perturbado por el agresivo sonido de los megáfonos que ordenaba a la población lo que teníamos que hacer. Debíamos de entregarnos, con los brazos en alto, presentarnos ante los soldados y aguardar a que alguien decidiera que hacer con nosotros. No era la derrota lo que más dolía. Hacía tiempo que eso no era demasiado importante para mí; lo que era incapaz de soportar era tu mirada y la de madre  fulgurando hambre y su tos fea  que la perseguía halla dónde fuera.
            Debía de hacer algo; reflexioné mientras caminaba cabizbaja entre los escombros. Quería hacer algo que evitara que muriéramos. Si pudiéramos comer un poquito mejor tal vez mejoráramos. Los soldados bromeaban mientras descargaban los víveres, comentando el gozo que les esperaba aquella noche con algunas mozas del pueblo.
Sabía que no se debía robar, que era malo, pero peor era morir de hambre. ¡Algunas cajas parecían pesar tanto!  Era pequeña y escurridiza y pensaba ingenuamente que con un poco de suerte tendría una oportunidad. Con la ayuda de la  desesperación y el ímpetu del apetito, esperé a que los soldados no miraran y me precipité sobre una de las cestas. Corrí y corrí, pensando con inocencia que sería más rápida que la muerte. Pero enseguida me apresaron a los pocos segundos y me llevaron al cuartel. Me dolía más la esperanza perdida que las manadas de los soldados apretando con fuerza mis brazos mientras gritaba, protestaba y pataleaba.


            El coronel había recibido órdenes de empezar el trabajo más sucio: decidir a quién ejecutaban o deportaban. Quise pensar que en un principio odiaba sutilmente aquel tipo de decisiones, pero ahora le eran indiferentes. Sólo eran rutina, papeleo. No podía sentir simpatía por nadie, porque en definitiva no sentía nada. Me vio: una niña, si, si... ladrona, estraperlista. Evidentemente había cometido un delito y debía de ser condenada como cualquier otro infractor. El invierno había helado su corazón. Se fijó en aquellos ojos negros míos, más marcados aun debido a la delgadez y a la palidez del rostro. Eran los ojos de la adolescente a la que le robas el primer beso, los que te encuentras mirándote al espejo la primera vez que amas, los ojos de la impotencia, de la rabia, de la inocencia perdida antes de tiempo. Unos ojos en los que se reflejaba él mismo -ya adulto sin sueños- pero con vaga memoria de que una vez los tuvo. El frío comenzó a doler, escuché sus llantos; pudo recordar que tenía una familia esperándole y recuperó unos fragmentos de su vida.
             Yo no entendía nada. Tenía miedo y la mirada de aquel hombre me inspiraba una confusa confianza a la que no quería entregarme. Hizo que todo el mundo se fuera y se quedó a solas conmigo. La niñita a la que había de condenar tan sólo quería comida para su madre y hermanos.
            El hizo un trato con ella, conmigo…
            Quedé libre y pudimos comer regularmente. Pague un precio, pero no me arrepiento, era necesario.
            Esa es, en resumen, la historia de cómo vino tu sobrino al mundo.

sábado, 1 de febrero de 2014

PARTICIPO EN LOS PREMIOS 20BLOGS 2013 (COMO VOTARME)





 Como participar en las votaciones sin sufrimientos


Este año participo de nuevo en los Premios 20Blogs. Algunos me comentáis por privados, correos u otros medios que tenéis dificultades para votar. Familiarizarse con con esta pagina es algo confuso al principio. Intentaré explicarlo con más claridad para que comprendáis el proceso:



(El texto en rojo os llevará a los enlaces cuando paséis el puntero)


Como muchos habréis visto he colocado en la parte superior de la barra lateral del blog un banner en el que os pido el voto para los Premios 20blogs que organiza el diario 20 Minutos.   Para aquellos que no lo conozcáis, se trata de un certamen que se celebra cada año y que reconoce los mejores blogs escritos en español en diferentes categorías.


Si los contenidos que publico por aquí te parecen interesantes te pido que le des tu apoyo a "El Arcón de las Fábulas" votándolo en los Premios 20Blogs en la categoría al mejor blog de "Cultura y Tendencias".


Votar es MUY SENCILLO: en primer lugar hay que ser usuario registrado de 20minutos.es.

Uno se registra en la parte superior derecha de la pagina, a la izquierda de buscar que aparece en rojo.Completar el registro solo te llevará unos segundos pero es todavía más rápido si enlazas tu cuenta de Twitter o Facebook. Simplemente activa o desactiva las casillas para recibir o no información acerca del concurso que no desees. Realmente este es la opción más sencilla.


Una vez registrado, para poder votar en los premios simplemente tendrás que hacer click en el banner que he colocado en la barra lateral (el círculo rojo que pone ¡VOTA MI BLOG!) o directamente pinchando en el enlace que tienes a continuación. También son de agradecer las estrellas y comentarios.


Cada usuario registrado dispone de 20 votos que puede repartir a razón de un voto por categoría. Es decir que podéis votar al blog que más os guste de cada una de las 20 categorías del concurso, aunque sólo podéis dar 1 voto por categoría.

¡Muchas gracias por vuestro apoyo,consejos y votos!





miércoles, 8 de enero de 2014

LOS CISNES YA NO SON TRANSPARENTES. POR DAVID M.VILLA MARTÍNEZ.




Cuando se abusa de presuntas virtudes estas se convierten en defectos.No todo es evidente y de ahí el discernimiento, aprendizaje, en ocasiones el periodo de duelo y los nuevos comienzos.

EN RECUERDO DE M.R,J.
 (1966-2014) 
DE PARTE DE J.R.J


LOS CISNES YA NO SON TRANSPARENTES

Hubo un momento en el que el Universo quiso experimentarse a sí mismo y, en una de sus manifestaciones, hizo la prueba de crear cisnes transparentes en uno de sus planetas piloto: una primera versión de la tierra. Era un intento sano de crear un mundo sin mentiras, sin falsedades.

Eran aves magníficas de gran envergadura, capaces de dominar el cielo en espirales sinfónicas y de dejar sin respiración al resto de los animales que los observaban atónitos. ¡Se diría tanto de sus vuelos si aún  quedase tan solo un superviviente de ese mundo perdido! Se rumorea acerca de aquellas tardes coloreas con matices imposibles por un sol y dos lunas, donde aquellas aves agujereaban las nubes a velocidades increíbles repitiendo sus acrobacias sobre las montañas heladas, para luego descansar en mitad de un lago tan inmenso como  un continente. Allí, juntos, en la superficie del marjal, brillaban como una sola estrella en vital movimiento.

Estas criaturas honestas incapaces de mentir sólo podían digerir cosas transparentes, preferentemente cuarzos blancos molidos o bien el hielo dulce que abundaba en las alturas de las cordilleras. Sus huevos eran como inmensas gotas de agua que descomponían arcoíris. Cuando morían sus restos se convertían en diamantes de caprichosas figuras.

En ocasiones algunos ejemplares jugaban con medusas, sus únicos amigos, ya que les costaba mucho confiar en alguien que no fuese completamente transparente  y, lamentablemente, casi todos tenían como mínimo algún color. Para ellos un águila era lo mismo que una paloma, un gato que un perro y un lagarto que una iguana. Solo eran seres opacos sin diferenciación ante los cuales se sentían superiores. Eran incapaces de ver a través de ellos y solo se quedaban con lo evidente, con el aspecto opacado, con esa única capacidad de entender la transparencia. No escapaban de aquel criterio el resto de las aves coloridas o de lindo trinar; por muy bellas cualidades que tuvieran no eran transparentes... y por lo tanto también eran mentirosas y falsas.

Los límpidos cisnes- no obstante- volaban y volaban encantando a todas las criaturas; formaban figuras  en el cielo a toda hora y momento, formando letras de un lenguaje perdido en una atmósfera analfabeta y figuras geométricas de complicado trazado. Opacaban al resto de los pájaros que, simplemente, preferían humildemente posarse en las ramas de los árboles a observar tan hermoso espectáculo llenos de admiración.

Todo iba bien, aunque la elitista arrogancia de los cisnes fuera constante y evidente, hasta que una mañana, en vez de formar figuras, la bandada se dividió plasmando dos grandes círculos detenidos en el cielo, que poco a poco se empezaron a alinear presagiando lo peor. A medio día, los círculos se juntaron en un punto que logró eclipsar al sol  y como una lupa gigante se generó un poderoso rayo que derritió todo, que quemó todo, que destruyó todo.

El Universo cayó en cuenta de lo sucedido, que aquel modo de percibirse sin mentiras o falsedades solo había traído oscuridad y destrucción; aprendió y comprendió que la transparencia no debía ser visible, si no escondida. Debía de estar tras la humildad y no en los alardes de superioridad que implicaban el distanciamiento. En definitiva debía ser descubierta esforzándose y no mostrada como algo físicamente inherente.

Por ello, en esta nueva versión de la tierra los cisnes no son transparentes. Algunos de ellos solo son blancos en recuerdo a la pretensión de pureza de sus hermanos caídos por su deshonestidad y ego.

Aún así, aún conservan rasgos de su belleza, pero los diamantes hallados kilómetros bajo tierra son tallados.

viernes, 3 de enero de 2014

YA HA SALIDO EL NÚMERO 6 DE LA REVISTA DIGITAL GAY+ART





Gay+Art nº6 (revista de literatura y arte gráfico gay)



Ya ha salido el primer numero del año...como regalo anticipado de reyes. Nuevos relatos, más colaboradores...

Gay+Art es un proyecto de auto-promoción para escritores y artistas gays, lesbianas, transexuales y héterosexuales que incluyan en su obra referencias al mundo homosexual en positivo.

Es gratis y si os gusta, por favor, compartid el enlace.


domingo, 22 de diciembre de 2013

REFLEXIONES:¡UPS! ME ENAMORÉ DE MI MEJOR AMIGA


Cuando una relación de amistad se convierte en algo más que nos puede facilitar o complicar la vida hay que tomar decisiones.

Reflexiones: ¡Ups! Me enamoré de mi mejor amiga


Qué dilema tan terrible, ella es tu amiga del alma, tu compañera en miles de aventuras, es una mujer maravillosa, inteligente, simpática, alegre, con sentido del humor, el sueño de cualquiera y por supuesto es tu ideal de amor, pero, existe un pequeño detalle: ¡es tu mejor amiga!
Sí que es tremenda esta situación, ¿qué se hace en este caso?, ¿sigues siendo la confidente de la mujer que amas, escucharás sus relatos amorosos con otras? ¿Apretarás el corazón y no dejarás salir tus emociones para no ser descubierta y es más, le darás el mejor de los consejos para que conquiste a otra mujer o te armarás de valor y le confesarás a tu amiga que ya no la puedes ver como tal sino como el amor de tu vida? ¡uf!...difícil decisión.
Cristina es una amiga que me escribió contándome esta situación -que por otro lado no me ha sido ajena en mi propia vida-. Ella dice que no sabe cómo pasaron las cosas, pero que de repente se dio cuenta de que se había enamorado de su amiga y que ahora sufre tremendamente cada vez que ella le cuenta de sus amores, pero también le duele pensar que si se lo confiesa la perderá como amiga y como posible novia y todo esto le hace sentir la más fea y triste del universo.
Es cierto, la decisión es difícil pero todo es cuestión de poner las cosas sobre la balanza y ver qué te conviene más.
Lo primero y lo que le aconsejó su hermana mayor es no ver la vida tan fatalista, no todo es negro y no se trata de tirarte al suelo para que te levanten. Hay que ser optimista y decretar siempre en positivo para que atraigas buena vibraciones y no te hundas en el pesimismo que sólo te traerá tristeza y créeme con ella no se conquista a nadie.
Ahora bien, pregúntate ¿qué te duele más, verla con otras sin darte la oportunidad de luchar por ella o poner manos a la obra? Posiblemente si tomas la segunda opción y las cosas no resultan como esperas, la relación ya no será la misma, pero, hablando honestamente desde ahora no es lo mismo y lo peor es que tú estás sufriendo.
¿No es más sano tomar al toro por los cuernos, como dice su hermana y hablar honestamente?, con esto tienes dos posibles escenarios: que tu amiga no te vea como novia y se aleje o bien en el mejor de los casos que ella sienta lo mismo y empiecen una nueva relación de amor.
Ahora bien, si ella se aleja seguramente sufrirás horrores, pero el tiempo te dará la oportunidad de que llegue alguien que ahora no ves por estar deslumbrada con tu mejor amiga. Además, siendo honestos, ¿para qué quieres ser testigo de como otras disfrutan del mujer que amas? Mejor lejos y que cada quien haga su vida. Las abuelitas decían: Más vale una colorada y no 100 descoloridas, ¿entiendes? Lo mejor es ser honesta primero contigo y luego con ella. Deja de sufrir y lucha por lo que quieres, es mejor decir me acuerdo y no me imagino. Si tu amiga no siente lo mismo por lo menos no tendrás que fingir que no te afecta el verla con otra, ya no te lastimes más, que esa relación te hace más daño a ti que a ella.
 Tú tienes la última palabra.

viernes, 13 de diciembre de 2013

SALVOCONDUCTO




En este caso tengo el placer y el honor de contar con la valiosa colaboración literaria de una amiga y colega que ha querido participar en este blog con un relato inquietante.


SALVOCONDUCTO


Siempre nos quedará París
Casablanca

  
Amanecía cuando salimos del gueto. La ciudad se desperezaba mientras recorríamos las calles que, poco a poco, se llenaban de gente. No llevábamos salvoconducto pero confiaba en que nadie se fijaría en la marca que latía bajo la piel, como un número indeleble que señalaba nuestra condición. Cientos de desconocidos se deslizaban perezosos a nuestro paso; éramos sólo cuatro entre tantos: el salvador anonimato de unos cuerpos confundidos en la multitud.

Mientras desayunábamos en la cafetería observaba con desconfianza a mi alrededor, temía que mi cara reflejase las huellas del pecado reciente y me delatara. Relajada, sin embargo, la pareja que nos acompañaba se comía la boca a besos entre sorbo y sorbo de café. Nadie parecía reparar en ellos y si lo hacía era con envidia o, quizá, con cierto reproche por aquel dedo anhelante que acariciaba de modo casi imperceptible el pezón de ella. No les importaba el mundo, de todos modos; ellos podían hacerlo, estaban a salvo, seguían las reglas impuestas por los otros. Nosotras no. A nosotras no se nos permitía; por eso nuestras rodillas apenas se rozaban, el hombro rehuía al otro hombro, los dientes apresaban los propios labios. Labios que horas antes se exploraban y descubrían en la oscuridad de una discoteca de Chueca y que ahora callaban, silenciados por el miedo y la vergüenza.

Se removía incómoda en la silla de plástico. Intimidada, supongo, por la gran ciudad desconocida y mi silencio. Una de las veces su costado rozó el mío y nos quedamos inmóviles. Observé por el rabillo del ojo su cuerpecito delgado, tembloroso y tenso. De repente, respiro con fuerza, levantó la barbilla y apretó los dientes llena de determinación; sentí su mano cálida entrelazando la mía bajo la mesa, contuve el aliento y el instante se congeló.

Me invadió el pánico. Cualquiera podía vernos; cualquiera podía señalarme con su dedo (otro dedo, menos amable, hiriente, juez y verdugo) acusador. Ella se iría pronto, pero yo quedaría allí, en mi ciudad y la marca que ocultaba celosamente sería visible sobre la piel, para siempre. Separé la mano con brusquedad.  Al cabo la miré, furtiva, a los ojos. Leyó la cobardía en los míos y yo... yo la decepción en los suyos. 

Cuando inclinó la cabeza supe que nunca nos quedaría París; ni siquiera nos quedaría Madrid.


Gema Bocardo

BREVE CURRÍCULUM LITERARIO


Gema Bocardo
Blog personal: Puentes y muros 

Licenciada en Derecho. Narración oral y recitales poéticos desde 1996, habiendo formado parte de la Red de Arte Joven de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Escribe poemas, canciones y relatos, algunos de los cuales han sido publicados en diversos blogs y revistas  literarias como Trajín, Azahar, Con sabor a delito, Acantilados de Papel, Groenlandia, Realidades y Ficciones, GayArt... Otros han sido seleccionados en premios literarios como Picapedreros 2012, Ars Creatio 2012, El Dinosaurio 2013, Aseapo 2013, Espartinas 2013...
Colaboradora de La Revista La Oca Loca
Escritora para ICContenidos
Relato Perfecto, publicado en la antología Banco de Maridos Defectuosos.
Poema Anoche en antología Versos en el aire.
Microrrelato seleccionado para la antología Viejos Amigos 2013


viernes, 15 de noviembre de 2013

LEYENDO HASTA EL AMANECER. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ




Esta relato es mi colaboración al programa de radio "Leyendo hasta el Amanecer"

 LEYENDO HASTA EL AMANECER

El día amaneció gris, ausente de sol y enmascarado bajo una niebla espesa y mansa. Milagros desayunaba temprano y sola. Desvelada, angustiada, ansiosa y entre brotes de llanto amargo había estado leyendo hasta el amanecer en un intento de distraerse, de concertar su dispersa mente llena de desazón y miedo. En los momentos en los que se permitió concentrarse, por tercera noche insomne consecutiva, había logrado algo de paz.

Mordió una magdalena de manera mecánica, con desgana llena de nausea a causa del estomago cerrado por los nervios y acabó de beber su café justo en el momento en el que algunos huéspedes irrumpían en el comedor. A las risas y comentarios de cierto tono picante y burdo se dijo que un paseo le sentaría bien y abandonó la gran casa rural en la que se hospedaban.

Muy abrigada, caminando deprisa llegó hasta la calle principal, la única vía asfaltada del pueblo, que intentaba sobrevivir mediante el turismo rural; agradeció pisar al fin terreno uniforme, urbanita… Al pronto se sentó en el saliente de una casa y se masajeó las plantas doloridas por el suelo empedrado de los años cincuenta, que hacía que los pies se torcieran constantemente, convirtiendo el andar en una lucha por mantener el equilibrio cuan fonanbulista inseguro.

Ocupada en esa tarea contempló la arteria principal de la villa que se abría un poco más a la izquierda formando una plaza repleta de tipismo, conservada sin apreciables variaciones desde hacía varios cientos de años y que ahora era utilizada como reclamo turístico.

Allí había llegado con tres amigos más hacía cosa de una semana, con el fin compartido de gozar de itinerarios que se anunciaban inigualables y poco explotados, casi salvajes con el propósito de distraerlos, cabalgar, relajarse, investigar, hacer senderismo…

Los dos únicos bares estaban cerrados y tuvo que esperar aterida de frio más de media hora para que uno de ellos abriera. Fue, sin embargo, una vana espera porque el bar no tenía teléfono; debía aguardar a que abriera el otro establecimiento y, aunque no le convenía, decidió tomar otro café para entrar en calor siendo consciente de que ya nada le pondría más nerviosa de lo que se encontraba. Aún sabiendo la inutilidad de su gesto comprobó de nuevo si su móvil tenía cobertura con el mismo desesperante resultado negativo. Aquella zona montañosa tenía sus caprichosas lagunas para la telefonía móvil convirtiendo en imprescindible aquello que parecía haber sido desechado para siempre: el teléfono fijo.  Todas las aplicaciones de los llamados móviles inteligentes existían…

El camarero, un hombre avejentado prematuramente por el clima y cuya lentitud se acentuaba a los ojos inquietos de Milagros, puso en funcionamiento el antiguo aparato de radio. Ella miraba reiteradamente el reloj de su muñeca, lamentándose impotente del perezoso transcurrir del tiempo. Su ensimismamiento se rompió al oír que el locutor se refería al pueblecillo en el que ella se encontraba y que hablaba con voz neutra de emoción de tres personas perdidas en la montaña, comentando que la búsqueda se estaba dificultando por la gran nevada que caía en su cima desde la noche anterior. Milagros miró a través de la ventana la cumbre nevada que sus amigos se habían animado a transitar antes de que el imprevisto cambio de tiempo se los tragara. Ella se había negado a acompañarlos alegando que había olvidado el calzado adecuado, lo cual era cierto Al bajar la vista posó sus ojos ante un cierre metálico que se deslizaba; el otro bar abría.

Entró en el local como si hubiera llegado al único oasis del desierto y sin poder controlar su alegría se dirigió a saltos al aparato telefónico. El regocijo fue disminuyendo a medida que se sucedían las llamadas. En tres intentos consecutivos la línea comunicaba, en otra le respondió una voz femenina gravada que le invitaba a esperar o escoger opciones numéricas que no le servían para su caso. Luego volvió a comunicar reiteradamente. Desistió.

Los periodistas y cámaras desplazados hasta el lugar de la noticia irrumpieron en grupo. Por un momento estuvo tentada a acercarse y preguntar si sabían algo. Recapacitó, pues posiblemente fuera ella la interrogada y acosada por preguntas insulsas y programadas para casi todo tipo de ocasiones: ¿Cómo se encuentra? ¿Mantiene la esperanza? ¿Cuál es su relación con los desaparecidos?... Aturdida y fastidiada se escabullo abandonando el bar dejando un billete de cinco euros en la barra sin esperar el cambio. No quería admitir ante sus compañeros que se había rendido al desaliento, que se había pasado las noches de angustia leyendo hasta el amanecer para negar la posibilidad de la inminente comunicación de que habían encontrado sus cuerpos sin vida.

Frente a los bares estaba la iglesia, cuya puerta entornada le invitaba a entrar, ofreciéndole la seguridad de la isla firme en el mar embravecido. Al menos podría esconderse de la prensa durante un rato. La agnóstica se introdujo en la fría nave y sentándose en uno de los bancos más próximos al altar sucumbió al llanto, escondiendo el rostro entre las manos, sin poder dominar su cuerpo tenso y agarrotado por los nervios, sacudido ahora por convulsiones y estremecimientos de zozobra.
No pudo detenerse siquiera cuando alguien se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros, intentando con suaves palmaditas calmar su aflicción. Asomando la cara fuera de sus manos, Milagros vio que una mujer de mediana edad con una leve sonrisa y una mirada rebosante de serenidad y entereza le contagiaba de tranquilidad. No hubo palabras pero ella sintió que la comunicación entre ambas era perfecta y que aquellos instantes sirvieron para que descargara sus preocupaciones.
Una voz viril interrumpió aquella escena:

-¡Madre, los han encontrado! ¡Están vivos!

La mujer se levantó inmediatamente y siguió al muchacho. Desde la puerta se volvió a Milagros y mirándola una vez más desapareció. Ella lloró ahora suavemente, mientras una alegría y una calma extrañas se apoderaban de su cuerpo, de su alma, relajando sus músculos y, poco a poco, agotando el caudal de sus lágrimas.

A las pocas horas, en los bares abarrotados se daba oficialmente la noticia. Sus amigos perdidos habían encontrado un abandonado puesto forestal aún en pie donde refugiarse. Heridos, cansados, con miedo, hambrientos, con tan solo sus linternas preventivas habían pasando las noches al resguardo, apretados, abrazados dándose calor mutuamente; leyendo hasta el amanecer un libro de hojas quebradizas olvidado decenios atrás. Cada uno de ellos estuvo leyendo hasta el amanecer para los otros, por turnos… para permanecer despiertos y que el sueño de la muerte no se apoderara de ellos mientras dormían; para asustar al miedo, para que su llanto no congelara sus mejillas, para centrarse en la esperanza que acorta las horas. Cada uno había volcado su propia emoción, entonación, sentimiento logrando un crisol desde un mismo punto de partida.


Milagros sonrió al darse cuenta que, durante aquellas noches en vela, había estado mucho más cerca de sus amigos de lo que había esperado; que no les había fallado. 


Os recomiendo escuchar, si aún no o habéis hecho, el programa radiofónico "Leyendo hasta el Amanecer", donde también podréis tener acceso a los programas anteriores:



En facebook encontrareis todas las semanas información actualizada y haceros seguidores.

domingo, 10 de noviembre de 2013

LA GOTA DE LUZ. POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ






Somos lo que somos,con nuestras virtudes y defectos. Es en lo que somos donde,tras muchas experiencias, buscamos lo que queremos ser.

LA GOTA DE LUZ

      Aquella gota de luz, un minúsculo átomo de claridad, curiosa e inquieta con asomarse fuera de la red ardiente que la envolvía, y que la preservaba, según decían sus compañeras, de la terrible y mortal oscuridad, no dejaba de experimentarse a sí misma
        Ella sabía por lo que le habían contado, que fuera del calor que la unía a otras innumerables partículas luminosas, solo existía la negrura de las tinieblas, el frío que extingue la vida; pero esto, lejos de intimidarla, avivaba aún más su imaginación, estimulando su voluntad ante lo que suponía el mayor reto de su ínfima existencia.
      Había límites marcados, normas establecidas, modos de  comportamiento por los que todas se regían, pero ella se percibía incompleta a pesar de las grandes posibilidades que se presentaban ante sí.
      Mientras tanto, seguía naciendo en las farolas y tubos fluorescentes, en las bombillas navideñas y en los focos de un teatro o de una feria, aunque prefería el movimiento de la llama de una vela, donde mil y un corrientes apenas perceptibles la balanceaban en una danza insinuante e hipnótica. Ardía también en fuegos abrasadores, destructores y asesinos unas veces, reparadores y festivos otras. Sin embargo la tarea que más disfrutaba era cuando, desde la nada, crecía poco a poco, inflando las velas del amanecer, hasta que la luz lo inundaba todo, o cuando se despedía lenta, pausadamente, bajo las mansas sábanas del ocaso. Entonces, se vestía con colores encendidos, y en un arrebato de coquetería se removía y contoneaba por el espacio, confundido su impetuoso entusiasmo con la emoción serena al contemplar a su alrededor el horizonte de un cielo fulgurante e ilimitado.
      A pesar de todo ello, en alguna parte de su elemental anatomía sentía acrecentarse el vacío,  el anhelo de hacer cierto deseo ignorado, que la sumía en una tristeza inclasificable, en la que a duras penas evitaba el naufragio, asida a una tenaz voluntad de búsqueda y a un recelo innato de la rutina y la costumbre. ¡Tenía que haber más!
   Cuando peor se encontraba, a punto incluso de que se desmoronara su férrea autoestima, y tal vez para hacer cierto aquello de que Dios aprieta pero no ahoga, su enigma vital encontró solución.
        Dado su estado confuso, había sido enviada a un arcoíris. Se estaba mudando del azul al rojo cuando observó algo que la dejó pasmada entre ambos colores, arrobada por la sorpresa del encuentro con su propio destino.
     Unos humanos miraban hacia ella y el más pequeño no paraba de brincar, gritar y señalar en su dirección, alzando las manos en un vano intento de agarrarla. Su sonrisa y pequeños saltos despertaron inmediatamente su simpatía y su ternura, mas no fueron los que apresaron su atención, sino sus ojos, provistos de un brillo que, como un castillo de fuegos artificiales, se deshacía en chispas de marfil, virutas albinas de pureza e ingenuidad, con una luminosidad que desde su minúsculo receptáculo competía, sabiéndose ganadora, con la energía absoluta del Universo.
      Y desde ese momento esta briza de nieve encendida, se sintió completa, con la ilusión decidida de llegar a ser algún día tan solo aquello que nunca fue capaz de imaginar: la luz de la mirada de un niño.

domingo, 3 de noviembre de 2013

AUDIO LIBRO: ELLA






A todos mis post les tengo cariño, en cada uno he expresado algo o ese algo ha dicho de mí. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta predilección por este. Es el primer post de este blog :el del 15 de Julio del 2012. El tiempo ha pasado lento y rápido a la vez y no pensé llegar hasta aquí y, si así es, ha sido gracias a vosotros...



RETRATO DE UNA SOLEDAD EN EL OTOÑO DE LA VIDA: UN AFECTO Y COMPLICIDAD PERDIDOS  





viernes, 1 de noviembre de 2013

YA HA SALIDO EL NÚMERO CINCO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"




YA HA SALIDO EL NÚMERO CINCO DE LA REVISTA DIGITAL GRATUITA "GAY+ART"

Como regalo de Halloween os presentamos este número con contenidos que espero que sean de vuestro agrado.Ya podeis descargaros el nº5 de Gay+Art (revista de literatura y arte grafico gay)

Un grupo multidisciplinar de artistas os ofrecemos la revista digital gratuita GAY +ART en el enlace.


Podéis descraros tambien los numeros anterioresSi os gusta, por favor, compartid el enlace.