miércoles, 28 de agosto de 2013

EL CIERVO.POR DAVID M. VILLA MARTÍNEZ





EL CIERVO

Cuando, por extraño que parezca, somos conscientes de que podemos elegir.


Tras haber escuchado el toque de una lejana trompeta que se prolongó en el aire durante unos segundos, Mario comenzó a andar por el camino. Colgada del hombro, una mochila pesada con cosas mayoritariamente innecesarias descansaba sobre el cinturón de cartuchos que rodeaba su cintura; una escopeta prolongaba su brazo derecho, a la vez que la mano se cerraba en una firme presión alrededor  del arma.

Andaba despacio, en una cadencia monótona, mirando a derecha e izquierda alternativamente, como un radar que alertara de cualquier alteración del paisaje o indicio de riesgo. A ratos, se detenía y entonces, sus oídos se afinaban en busca del roce delator que indicara la presencia de la presa o de un peligro inminente.

El camino que había elegido ese día subía cada vez más y pronto se encontró en la cima de un pequeño monte, lo suficientemente destacado sobre el horizonte como para mostrarle la difusa lejanía, desenfocada por las corrientes de aire cálido que oscilaban verticalmente.

Cansado, dolorido y con sed contempló ensimismado la geométrica división de la tierra, como un inmenso puzle de piezas marrones y verdes, salpicado por pequeños círculos de amapolas rojas y las reptantes líneas de arroyos y afluentes líquidos.

Mario guiño un ojo y alargó la mano izquierda. De esa manera la ausencia de perspectiva anulaba las distancias y, como en un ensueño de gigante, le permitía aplastar la mancha de un pino o borrar con el pulgar los alineados puntos de una viña como si creara su propia realidad del paisaje que contemplaba. Cerraba ambos ojos, los abría, alternaba su visión con uno y con otro comprobando cuan distinta era la percepción: total, parcial, angular, periférica… siempre limitada.

Todo parecía estar al alcance de su mano, como en una exposición interactiva que no comprendía del todo, como en un mundo alternativo en el que los sueños se consuman instantáneamente sin pensar en el ayer, sin esperar al mañana.

Al recuperar su visión total -la de siempre, la acomodada a lo que han de ser las cosas según el criterio general- la superposición infinita de planos se alejó de aquella naturaleza imaginaria y le trajo de nuevo a su realidad. Llevaba demasiados años ocupándose tan solo de pequeñas tareas, nada demasiado prolongado, percibiéndose limitado e incapaz de tomar una decisión sobre su futuro.

Los consejos externos -como calmantes anestesiantes de los deseos- que le recomendaban que siguiera hundido en una vida acomodada, sin grandes aspiraciones asegurándolo un sostenimiento uniforme y suficiente habían logrado que las demoras, miedos y postergaciones impidieran, con su entramado espeso, vislumbrar la luz de un desenlace cierto.

La última gota que en un suministro lento e infatigable amenazaba con hacerle zozobrar en el mar de los parásitos, había sido aquella cacería, que ahora veía como una droga más, otro entretenimiento nuevo para adormecer la conciencia, la inseguridad, la soledad y el dolor.

Mario, movido por una inercia perezosa, descendió del montículo. Siguiendo un extraño empuje, abandonó el camino y se internó campo a través. Conjurando el temor al extravío, se movió en línea recta siempre que supo, salvando para ello los desniveles que servían como lindes del terreno, atravesando barbechos poblados de maleza densa que le llegaba hasta la cintura, o introduciéndose en los arroyos. En algunos estuvo cerca de caer al resbalar en algunas piedras mojadas e incluso pensó que no haría pie  y tragaría agua.

Al subir una pequeña pendiente, aquél viaje impensado, encontró bruscamente su objetivo. Mario se echó intuitivamente a tierra, a treinta metros de donde de encontraba un ciervo de cornamenta simétricamente perfecta que pastaba al abrigo una gran peña rocosa. Su silueta de un rojo mate recorría tranquilamente el terreno.

Mario -a fuerza de la costumbre- echó mano de su escopeta y sin apenas levantarse, intentó adoptar una postura más propicia, pero su pie derecho resbaló y desprendió un puñado de tierra y piedras que rodó ladera abajo.

El ciervo levantó entonces la cabeza e inexplicablemente permaneció inmóvil, atento a la figura que ya había apoyado sobre su hombro la escopeta cargada. El punto de mira del arma fue recorriendo el lomo de crespo pelo, el cuello de trazado cónico, hasta situar su cruz como el cebo que atrae la muerte, entre los ojos sin miedo.

El dedo de Mario se tensó sobre el gatillo; todo discurría según lo esperado. Así acostumbraba ser lo correcto en esas circunstancias, un reparto de papeles de acuerdo a lo convencional, a no ser que…

Un pensamiento sentido más rápido que el reflejo físico cruzó su mente y despertó su voluntad con descargas de inconformismo no exentas de inseguridad. Un estampido rompió el silencio y el arma golpeó su hombro en su retroceso causándole cierto dolor que no supo discernir, como si la costumbre le regañara por el descuido, por optar por la voluntad propia. Mario había levantado unos centímetros la escopeta, dirigiéndola fuera del objetivo que, sin asustarse caminó lentamente dirección a la peña rocosa.

Aquella primera rebelión contra lo establecido tuvo el efecto dominó que puede comenzar con los accidentes leves. Ahora, sin influencias externas, sintió una conexión especial con su interior y supo que ahí estaban la causa y el remedio del orden cósmico y también de su caos particular.

Se sentó entonces en un pequeño claro y durante unos minutos más se dedicó a reparar la entraña de sus anhelos. Después de quitarse la mochila se desnudó y se tendió al abrigo de la luz del sol reparador, mientras en la placidez de su rostro se proyectaba una segunda decisión.

Contempló emocionado como el ciervo subía tranquilamente la peña rocosa, parándose de cuando en cuando mientras volvía la cabeza y le miraba con ojos compasivos, esperando…

Pasaron las horas en un instante. No entendía, estaba fuera de toda lógica y razonamiento. Aún así, se puso de pie y comenzó a caminar, a seguirlo....

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